22. Síndrome del orfanato
Las nueve de la mañana no es una hora a la que suela ir por la calle.
Soy ave nocturna. Me cuesta irme a la cama por las noches y me cuesta levantarme de ella por la mañana.
¿Pereza? Lo parece, pero no es. Soy todo lo contrario a una persona perezosa.
Nunca dejo para mañana lo que puedo hacer hoy y nunca dejo de hacer nada que me hubiera propuesto hacer.
Otra cosa es que me guste acostarme cansada, rendida del día, para que pronto pueda conciliar el sueño, para que no vengan a mi mente los monstruos y miedos que suelen venir en forma de pensamientos.
Porque en esta vida, si una pretende ser feliz, si una pretende tan solo vivir, no debe pensar más que lo justo.
En el orfanato no podía elegir la hora de acostarme y mucho menos la de levantarme.
Tuve que luchar contra muchos frentes, muchas normas que no compartía, contra la señora Úrsula, pero sobre todo tuve que luchar contra mí misma.
Yo era mi peor enemiga, lo sigo siendo a menudo.
Mi mente, la mente para cualquiera, puede ser su mejor o peor aliado.
En la actualidad tenemos más conocimientos que nunca sobre cómo funcionan nuestras emociones, pero, al mismo tiempo, nos cuesta más librarnos de las negativas.
Aprender a gestionarla es, sin más, la base de la felicidad, o, como diría Diego, de los momentos felices.
En una ocasión una compañera me dijo que yo era una PAS (Persona Altamente Sensible) que vivía la vida de una forma más intensa que muchas personas, que percibía sutilezas del entorno que el resto de personas no podía, que tenía la necesidad de caer bien y evitar conflictos.
No me conocía. No soy así. O puede que lo fuera hasta los siete años, cuando ingresé en el orfanato.
Allí cambié para el resto de mi vida. Al final nunca predicamos con el ejemplo.
Si algo les digo a los pacientes en mi consulta es que somos el presente.
El pasado es lo que fuimos, no puede condicionarnos definitiva e inevitablemente.
Nos ha ayudado a ser lo que somos, pero ha quedado atrás y ahora somos alguien distinto.
El pasado puede ayudarnos a comprender nuestro presente, pero nunca a condenarlo.
Las niñas de orfanato no sabemos llorar.
Dejamos de hacerlo hace mucho tiempo, cuando aprendemos que, aunque derramemos lágrimas, nadie vendrá a consolarnos.
Al contrario de lo que puede parecer, eso no te hace más fuerte.
Crecer con esa carencia afectiva es lo que se conoce como el síndrome del orfanato.
Las habituales emociones se intensifican en esos lugares fríos.
La tristeza, el dolor, la ansiedad… La pobreza afectiva se traduce en baja autoestima e inestabilidad emocional.
Pero yo lo sé, y lo controlo o lo intento.
A estas horas de la mañana la ciudad es un hervidero de gente.
Es otra de las cosas que no me gusta: la gente.
La gente en plural y la gente en singular.
Tengo una cualidad que es casi una maldición.
Soy capaz de ver lo malo de cualquiera enseguida, sin apenas conocerlo.
Todo el mundo tiene una parte buena y una mala.
Yo percibo esa parte negativa a primera vista.
Como si una aureola gris flotase alrededor de la persona con todos sus defectos escritos sobre esa niebla que los rodea.
Por eso, al poco de conocerlos o incluso sin llegar a hacerlo, casi todo el mundo me cae mal.
Me parecen vacíos, egoístas, soberbios, superficiales, falsos…
Lo dicho, «en casa del herrero, cuchara de palo».
Nadie en su sano juicio que me vea andando por la calle ahora podría decir que tengo baja autoestima.
Con este cuerpo de casi metro ochenta, tacones incluidos; bajo un ajustado vestido de licra negra; unas mangas francesas con volante que dejan al descubierto multitud de pulseras en mi muñeca izquierda que me confieren un aire un tanto hippy.
El brazo derecho contrasta con el de las pulseras, tan solo un elegante y fino reloj en él.
El cuello del vestido redondo y cerrado adornado con una mínima gargantilla plateada.
La parte baja del vestido por encima de las rodillas, quedando estas al descubierto como el resto de mis largas piernas sin medias.
La melena negra, ondulada hasta media espalda.
Los zapatos negros también, en punta y con un pequeño tacón, bastante alta soy ya.
Un pequeño bolso plateado en la mano que rompe el negro de mi pelo y el vestido.
Imposible pasar desapercibida con esas curvas, a las que añado un sutil, pero sexy, contoneo de mis caderas al andar.
Y por supuesto, este es uno de esos días en que no llevo bragas .
Casi todo el mundo con el que me cruzo me mira.
Ya no es porque sea muy guapa o lleve un vestido ajustado, que también, creo que es, sobre todo, por mi altura, les llama la atención.
Son muchos los que al pasar a su lado me miran los pies.
Es curioso la forma de mirar de unos y otros, dice mucho sobre quien efectúa la mirada.
Los hay descarados y otros más disimulados.
Aunque en general, los hombres se quedan con la mirada puesta en las zonas que presentan más curvas, mientras que las mujeres realizan un rápido escaneo general mirando de arriba hacia abajo y viceversa.
Me resulta violento volverme una vez me cruzo con la gente, pero apostaría las bragas, que no llevo, a que al menos la mitad de ellos se vuelven a mirarme el culo.
Hace ya cuatro días de la terrible noche en la que falleció Sandra y me acusaron de un posible homicidio, que ahora ya conoce todo el mundo.
Tras la visita del subinspector Amat, Fran, ya no he vuelto a tener noticias en ningún sentido hasta anoche.
Recibí una llamada de Ángel, me preguntaba si estaría dispuesta a tener una entrevista con él.
Sin cámaras, por supuesto, o al menos en un primer momento.
La idea de Sandra le pareció a Ángel una aberración al principio, pero, ahora, tras quedarse con el puesto de ella, la posibilidad de sacarle partido al asunto le ha hecho cambiar de opinión.
El enfoque que desea darle es distinto, según me comentó por teléfono.
Su idea es dejar en una posición comprometida a su predecesora, sembrando la duda sobre su ética profesional y haciéndonos parecer a Diego y a mí como dos de sus víctimas para exculparnos al final.
Podemos tener la oportunidad de limpiar nuestro nombre desde la misma plataforma televisiva que ha sembrado las dudas días antes, pues todo esto ya ha salido a la luz.
Ahora mismo, tanto Diego como yo estamos en boca de todos, y nos consideran posibles sospechosos de homicidio.
Visto así, parece que tenemos poco que perder.
Por el momento solo voy a escuchar a Ángel, luego decidiré con más calma qué hacer.
Estoy ya llegando al estudio de Tele Tú cuando frente a él observo a una pareja un tanto acaramelada en la mesa de la cafetería.
Me detengo antes de entrar y miro hacia allí.
El hombre de la pareja está de espaldas a mí, por lo que no le veo bien, le está retirando el pelo de la cara a la chica que parece muy jovencita.
Su pelo es negro, liso y lleva una media melena suelta sobre la cara.
Cuando él se lo aparta y coloca tras las orejas, quedan al descubierto unos grandes ojos oscuros.
En ese momento ella me ve y levanta la mano para saludarme.
Estoy levantando la mano para corresponder el saludo cuando su pareja se vuelve.
La sonrisa que le estaba dedicando a Esther se me congela en la boca.
Es Fran, con su mentón de tipo duro, su pelo corto y su cara de no haber roto nunca un plato.
Él también levanta el brazo para saludarme, pero no respondo a su saludo.
Me doy media vuelta y me marcho por donde he venido.
Soy tonta, sin duda, ¿voy de Mata Hari y en realidad soy una sentimental?
No lo sé, lo único que sé es que toda la seguridad en mí misma con la que venía luciendo mis curvas mientras andaba se ha desparramado de repente por el suelo.
No tiene por qué ser así. No tiene sentido.
Que hace unos días me lo tirara no significa nada.
Yo en su lugar hubiese hecho lo mismo si me cruzo con otro hombre que me guste.
Da igual, no puedo dejar de sentirme como una imbécil, como si me hubiese engañado.
Fran, un policía que me está investigando, que acabo de conocer y que no significa nada para mí.
¿Necesito terapia? Necesito una buena copa de vino.
Necesito estar sola un rato y regodearme en mi victimismo.
Estoy de nuevo a las puertas de mi edificio.
Busco las llaves en mi pequeño y plateado bolso.
Tanteando con los dedos descubro un pequeño trozo de cartón reconstruido a base de pedazos de celo.
Lo saco y leo: «Fran Amat, subinspector de homicidios».
Ni siquiera lo rompo de nuevo, lo arrugo sin más y lo tiro en mitad de la acera de la calle.
—Sí, Carmen, lo sé, no lo olvidaré. El otro día fue una causa de fuerza mayor, el comisario me llamó para una reunión urgente y no tuve más remedio que acudir. Estaba en horario laboral, tenemos varios homicidios encima de la mesa y no pude decirle que no. ¡Que sí! No fallaré, tranquila.