21. Claustrofobia #4
Deseo poner mi mente en orden antes de seguir la conversación.
El paseo hasta el baño me despejará un poco.
Atravieso la cafetería. Los aseos casi siempre están en la parte contraria a donde uno se encuentra sentado.
En este caso hay que bajar además unas cuantas escaleras.
Están en el sótano, aunque este es igual de acogedor, limpio, blanco y elegante que el resto de la cafetería, solo que sin ventanas.
Y lo que es más extraño, huele muy bien para ser un baño.
Entro y observo que el urinario es una pared de espejo por donde el pis resbala hasta un canal por el que desaparece.
Me parece increíble estar meando frente a un espejo que me permite ver cómo mis genitales expulsan la orina.
A mí y a cualquier otro que pueda establecerse a mi lado, pues la pared admite al menos hasta tres usuarios al mismo tiempo.
Soy, desde luego, partidario de las desinhibiciones y de normalizar cualquier cosa en la sociedad, pero esto me parece surrealista.
El interiorista que lo diseñara aún debe estar riéndose de pensar que se lo coló al propietario.
Retomo mis pensamientos al lavarme las manos, una vez he dejado de ver mi pene desaguando.
La exposición de Estéfano me ha dejado impactado.
Al margen de que sus intenciones puedan albergar un noble propósito, el fin no puede justificar los medios cuando este produce más daño que el bien que se persigue lograr.
Para ambos doctores esto puede resultar muy perjudicial, incluso siendo inocentes.
Sí, pienso que ambos son inocentes. Diego puede ser un niño mimado y un mujeriego, pero no lo imagino asesinando a nadie y menos a su padre.
Y Alegría, cierto es que parece tener una doble cara, por una parte, es una chica tímida y discreta, aunque luego en la cama se transforma en una verdadera bestia.
Espero poder repetir lo de esta mañana otro día.
Ambos me parecen inocentes de los homicidios de los que Sandra los acusó, incluso el de ella misma.
Estuvieron juntos toda la noche. Se acababan de conocer y no considero posible que juntos pudiesen maquinar el asesinato en tan poco tiempo.
Por otra parte, también descartaría al propio señor Robles.
No tiene sentido que le pase una información así a Sandra y luego quiera eliminarla.
Como ha dicho, ya la había utilizado en varias ocasiones y sabía de su discreción a la hora de revelar sus fuentes de información. El secreto profesional lo protegía .
—Disculpe por la espera, Estéfano. —Ya estoy de vuelta a mi mesa—. Me decía usted que buscando a la hija del señor Gris la cosa no había salido como esperaban. ¿Qué quiere decir con eso?
—Como le he contado, mis investigaciones han llegado por el momento hasta la noche del incendio en el orfanato. Estaba decidiendo por donde continuar con mis pesquisas para localizar a la niña cuando, precisamente esta mañana, ha sucedido algo que las hace innecesarias.
—¿Qué quiere decir?
—Se ha recibido una demanda de paternidad.
—¿De la madre desaparecida?
—No, qué va, la pobre falleció hace unos años.
La demanda proviene de la hija. Bueno, en realidad, no es una demanda como tal, es un escrito de un famoso despacho de abogados de aquí, de Madrid, que nos emplaza a llegar a un acuerdo o interpondrán una demanda.
Pero ya le digo que es muy difícil algún acuerdo a estas alturas, sobre todo por parte de la señora.
—¡Vaya! ¿Y no le parecen demasiadas casualidades todos estos acontecimientos al mismo tiempo? —le digo esperando ver su respuesta, es un tipo inteligente y me interesa conocerla.
—Lo cierto es que sí, aunque he estado intentando buscar una relación y no la encuentro.
—Tendremos que buscarla nosotros y lo primero será ir a ver a esa… ¿cómo ha dicho que se llama la chica del orfanato?
—No se lo he dicho, se llama Lidia, Lidia Expósito.
Sabrá que este es un apellido habitual en los orfanatos cuando no se conocen a los padres.
De todas formas, el contacto es el propio despacho de abogados.
No nos ha facilitado ningún dato para que podamos contactar con ella por el momento.
Hasta ahora, lo único que sabemos de ella es lo que aparecía en su ficha de los archivos del orfanato.
El archivo no sufrió apenas daño en el incendio, por lo que pude acceder a sus datos.
—¿Algo relevante en ellos?
—Nada, su nombre, fecha de nacimiento y demás. También constaba, que en alguna ocasión, había recibido ansiolíticos por ataques de ansiedad provocados por un terrible miedo a las arañas.
—¿A las arañas? —«Si estuviese aquí el doctor Gris seguro que le ponía nombre a esa fobia», pienso—. ¿Algo más?
—No, nada más.
—Bien, Estéfano. Me parece que a partir de ahora estaremos en contacto. Tome mi tarjeta y si recuerda algo que piense que puede ayudar en la investigación, no dude en llamarme, por favor. Ya he pagado la cuenta cuando he ido al baño. Por cierto, a esta cafetería hay que venir meado.
—¿Cómo dice?
—Nada, nada, cosas mías. Le acompaño hacia la calle.
—Tan solo un dato más, subinspector, pienso que debe saberlo cuanto antes. Es algo que no facilitará la investigación sobre la muerte del señor Gris ni tampoco la demanda de paternidad.
—¿De qué se trata? —le pregunto intrigado ya en la calle.
—El señor Gris fue incinerado.