Sin bragas no hay miedo 21. Claustrofobia #3
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21. Claustrofobia #3

—No hay de qué, perdone usted por la tardanza, estaba despachando unos asuntos que no admitían demora. Y, por favor, llámeme Estéfano, si no le importa.

—Por supuesto, Estéfano, yo me llamo Fran. —Me conviene establecer un ambiente de confianza con él, siempre es más fácil obtener información así—. Como se habrá enterado por las noticias, la señora Sandra Ricci, conocida presentadora de televisión, ha fallecido .

—Sí, aunque he oído que se trata de un accidente. Quiere decir…

—Aún lo estamos investigando, pero hay serios indicios de que puede ser una muerte provocada.

—Lo siento, no sé en qué puedo colaborar, subinspector.

—Como le digo, estamos todavía en la fase inicial de la investigación, pero hay un par de datos que le afectan de alguna forma.

—En su cara se aprecia cierto temor, mis años de experiencia me indican que puede estar ocultando algo—.

La noche en la que murió la señora Ricci, se realizó una cena en la que estábamos presentes varias personas, entre ellas, yo mismo y el doctor Gris, el mayor accionista de la empresa que usted dirige.

En esa cena, la señora Ricci acusó al doctor Gris de tener algo que ver en la muerte de su padre.

—Sin duda, no es algo que favorezca a la empresa, pero, en cualquier caso, no veo cómo puedo ayudarle.

—Hasta ese momento todo es una mera casualidad, pero hemos investigado las llamadas hechas y recibidas por el móvil de la señora Ricci en los días anteriores.

Hay unas cuantas de esas llamadas que han merecido nuestra atención.

Se han realizado entre ella, la señora Ricci, y su oficina.

—La cara de Estéfano a estas alturas es todo un poema, si sospechaba que ocultaba algo, ahora estoy seguro—.

Me parece que tiene usted algo que contarme.

—Yo fui la persona que le pasó la información a la señora Ricci —me dice, tomando aire, tras unos instantes de duda—. Me atormenta la idea de que esa información haya podido tener algo con su muerte. Lo he hecho todo con la mejor intención, por el respeto y devoción que sentía por el señor Gris.

—Se refiere al fallecido padre del doctor Gris, entiendo.

—Así es.

—Pues tendrá que explicarse —le indico—. Por el momento esta situación no le favorece.

—El día que murió el señor Gris nos encontrábamos solos en su despacho, él y yo.

Estábamos estudiando la posibilidad de realizar unas inversiones en el extranjero, algo habitual.

El señor Gris no tenía muy buen aspecto aquellos días, aunque en ese momento estábamos hablando con normalidad.

De repente, me dijo que se encontraba mal.

No me dio tiempo ni siquiera a rodear la mesa para llegar a su lado.

Cayó al suelo desplomado. Me acerqué lo más rápido que pude y comprobé que todavía estaba consciente.

Me quité la chaqueta y se la puse bajo la cabeza para que estuviese más cómodo mientras llamaba a urgencias.

No sé cuánto tardaron, creo que no fue mucho, aunque cuando llegaron ya había fallecido —termina su relato y me mira dubitativo.

—Supongo que hay algo más —le digo haciendo un ademán con la mano para que continúe.

—Antes de expirar me confesó que pensaba que alguien le estaba envenenando.

—¿Dijo quién podía ser o dio alguna pista?

—Sí, algo dijo.

—¿Y… ?

—Sus únicas palabras, además de manifestar que alguien le estaba envenenando, fueron «cría cuervos».

Se calla y me mira.

—¿Y ya está? ¿De verdad? Le dice «cría cuervos» y usted por esas palabras deduce que el doctor Gris estaba… ¿envenenando a su padre? ¿Eso es todo? No me lo puedo creer.

—El señor Gris nunca hablaba en vano. Cada una de sus palabras tenía siempre un significado y estoy seguro de que si cuando se sentía a las puertas de la muerte dijo eso, se debía referir a su propio hijo.

—Incluso así, sigo sin comprender cómo llega usted a la señora Ricci, y qué tiene que ver la doctora Alegría con todo esto. —Levanto la mano para pedir otro café al camarero—. ¡Por favor!, otro café. ¿Qué quiere tomar, Estéfano?

—Un té verde, si es tan amable.

—Enseguida —nos contesta el camarero.

—Veo que le resulta difícil, pero le agradezco que continúe con su explicación.

—A la muerte de su padre, el doctor Gris depositó en mí toda su confianza para gestionar la empresa.

—«Y así se lo paga», pienso yo—. No solo las cuestiones empresariales están a mi cargo, también muchas de las gestiones particulares de la familia recaen en mi persona de forma habitual.

Tanto su madre como el doctor son muy despreocupados con las gestiones administrativas que deben realizar, y desde mi despacho nos ocupamos de ellas desde siempre .

—Lo entiendo, ellos bastante trabajo tienen con gastar tanto dinero. Siga, por favor.

—Lo que voy a decirle ahora es un tema confidencial y le ruego, por favor, que tome las medidas necesarias para que bajo ningún concepto se haga público, pues el daño a la familia sería irreparable.

—Si está en mi mano, así será. Continúe —le digo sin comprender porque se preocupa tanto tras acusar a Diego.

—El fallecido señor Gris tuvo una hija fuera de su matrimonio hace muchos años.

—Eso sí que no me lo esperaba, el impoluto y ejemplar empresario era un crápula, al menos no soy el único—.

Esto era conocido tanto por su esposa como por su hijo, aunque al parecer nunca hablaban del tema.

En su momento se llegó a un acuerdo con la madre, una chica del servicio de la casa, para que abandonara a su hijo en un orfanato y se marchara.

Todo ello a cambio de una sustanciosa cantidad de dinero, claro está.

—No entiendo, ¿no bastaba con pagarle para que se marchara? ¿Era necesario que abandonase al crío?

—La idea era que renunciara a él, de forma que con el tiempo no apareciese reclamando nada. Era una chica muy joven y estaba sola, tampoco le hubiese resultado fácil sacar adelante a una criatura.

—Era su madre y con el dinero podría haberlo hecho sin problema —le contesto irritado al pensar que los ricos puedan salirse con la suya de ese modo, al tiempo que destrozan una vida, o dos .

—No obstante, el tema no ha salido como deseábamos.

Aparece el camarero, nos deja su té y mi café.

—¿Qué quiere decir? —le pregunto mientras me hecho todo el azúcar y comienzo a darle vueltas con la cucharilla, él no toca su humeante té.

—Ahora llegaremos a eso, antes permita que le continúe poniendo al día. Como le he contado, la madre desapareció y a la cría se la ingresó en un orfanato. El señor Gris estuvo durante años haciendo importantes donaciones a ese orfanato, de forma que la atención a la criatura estuviese garantizada.

—Es todo un detalle por su parte.

—El hijo del señor Gris acudió una mañana a verme tras la muerte de su padre. Me realizó el encargo de que encontrase a su hermano, pues hasta ese momento él desconocía el sexo de este, que ha resultado ser una niña.

—¿Una niña? —exclamo y doy un sorbo a mi café, él sigue sin probar su té—. ¿Y la tiene localizada?

—Estoy en ello, aunque creo que no hará falta.

—¿Qué quiere decir, Estéfano? Me está volviendo loco.

—Comencé mis investigaciones en el orfanato de San Segundo, pues allí fue donde ingresaron a la niña.

—¿San Segundo? Pero ese es el orfanato que ardió. Justo en el que estaba la doctora Alegría, a la que acusó Sandra, la señora Ricci, de haber cometido un asesinato. ¿Qué relación existe entre la niña abandonada y la doctora?

—Que yo sepa ninguna, al margen, de que estuvieron en el mismo orfanato .

—Es demasiada casualidad, no puede ser.

—Deje que siga, subinspector. Como le digo, mis investigaciones comenzaron en el orfanato.

He llegado hasta el día en el que se produjo el cierre del mismo.

Fue tras el incendio, pues quedó muy deteriorado y pensaron en no rehabilitar dado su elevado coste.

En la investigación pude descubrir que aquella noche una persona falleció.

—No me diga que fue la niña.

—No, se trataba de una de las cuidadoras, una tal señora Úrsula. No recuerdo el apellido. Y aquí viene lo interesante. Indagando sobre el suceso, me encontré con que la última persona que vio con vida a la pobre fallecida fue otra niña llamada Alegría, la actual doctora.

—Bueno, de ahí a pensar que eso significa que la asesinó hay un gran trecho.

—Por supuesto, así es, y al principio no le di mayor importancia.

Fue cuando tuve conocimiento de que el doctor Gris y ella iban a acudir juntos a un programa cuando se me ocurrió la idea de pasarle la información a la señora Ricci.

Sabía que juntar las dos muertes despertaría el interés de Sandra y que se haría cargo de la investigación de alguna manera.

—Esto es muy retorcido por su parte, Estéfano.

—Como le he dicho, mi motivo no es otro más que se esclarezca la muerte del señor Gris. Aprecio a su hijo, y más tras la confianza que ha depositado en mí, pero si tuvo algo que ver con la muerte de su padre, no se lo perdonaré. Prefiero despejar la duda que sobre él tengo en este momento .

—Entonces, ¿me está diciendo que acusar a los doctores de dos homicidios a través de un programa de televisión era la mejor forma de llegar a conocer la verdad?

—Así es, sabía de la ambición de la señora Ricci así como de su discreción a la hora de revelar sus fuentes de información.

Ya la hemos utilizado en otras ocasiones en las que nos ha interesado desprestigiar a algún competidor.

Basta con darle algo de carnaza y ella hace el resto.

Pensé que de esta forma se llegaría hasta el final para esclarecer los dos posibles homicidios.

Si ambos son inocentes, no tienen nada que temer y si fuesen culpables, habríamos hecho justicia.

—¿Nada? ¿Ha oído usted hablar del daño reputacional?

—Es un daño colateral, inevitable en este caso, pero valía la pena con tal de saber la verdad.

—Necesito ir un minuto al baño, disculpe, por favor.