Sin bragas no hay miedo 21. Claustrofobia #2
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21. Claustrofobia #2

De nuevo voy bajando por las escaleras, sin ascensor.

No hace falta decir que prefiero bajar a subir.

Odio los ascensores, no solo ellos me producen claustrofobia.

Es uno de los miedos más habituales, así que tampoco soy un caso tan raro.

Que existan personas con fobia a cualquier lugar cerrado y estrecho es bastante frecuente.

Me supone una sensación de pánico y ahogo que se agrava cuanto más pequeño es el espacio.

¿Se puede vivir con esto? Por supuesto, yo lo hago, aunque también depende de la gravedad o intensidad con la que se sufra.

Una vez tuvimos un detenido que no podía soportar estar en la celda y eso que eran veinte metros cuadrados.

Lo mío no es tan grave, aunque el acontecimiento que la produjo sí lo fue.

De niño caí en una especie de pequeño pozo que estaba sin tapar.

Estaba de excursión con otros niños por el monte cuando me colé.

Quedé literalmente empotrado, sin poder mover los brazos ni las piernas, a más de tres metros por debajo del suelo, tardaron en sacarme casi seis horas.

Llegué a perder el conocimiento en varias ocasiones.

Que me haya quedado esta secuela es lo mínimo que pudo pasarme.

Me lo tomo bien y me sirve para hacer ejercicio, pues nunca subo a un ascensor.

En ocasiones paso algo de vergüenza. La gente no lo entiende y se burla siempre.

Ya me he acostumbrado, pero a estas alturas no creo que sea capaz de superar este miedo.

Cuando la otra noche llegué al apartamento de la doctora estaba seguro de que sería una de las plantas altas.

Siempre me sucede lo mismo. Hoy ya lo sabía y venía concienciado a subir escaleras.

Lo que no sabía es que al llegar arriba la doctora Alegría me recibiría con semejante atuendo.

Precioso, por cierto, como ella. Nadie te hace un recibimiento así sin motivo.

En el momento que la he visto me he puesto en modo macho alfa.

Mis pensamientos no han sido los más idóneos y necesarios para llevar a cabo una investigación.

Es imposible concentrarse con una belleza de esta magnitud frente a uno.

Esas piernas y ese cuerpo, adornado con esa larga melena negra.

Mis temores o ilusiones, mejor dicho, se han confirmado enseguida.

Me ha ofrecido un café, que ni siquiera he tomado.

Cuando me ha limpiado la nariz con su dedo chupado ha sido…

En ese momento estaba claro que la situación se había desbocado.

Y el beso con pequeños mordiscos en el cuello ha supuesto el detonante imparable.

Hay que reconocer que Drácula sabía dónde mordía y los efectos que eso producía en sus víctimas.

Me he sentido igual por unos instantes, justo hasta que he tomado la iniciativa porque ella lo ha permitido, claro.

Lo que no esperaba era la inoportuna llamada de mi mujer.

Eso lo ha fastidiado todo. Y encima saco la vena de la sinceridad y me confieso con la doctora.

La maldita sabe escuchar, es su oficio. En definitiva, le he contado mis interioridades a una sospechosa de asesinato a la que estoy investigando.

Intento concentrarme en la investigación e ir dejando todos estos pensamientos que me distraen.

Son casi las doce del mediodía. Tengo el tiempo justo de ir a entrevistar a otro sospechoso y parar un momento a comer algo antes de ir a recoger a mi esposa para visitar la que puede ser nuestra nueva vivienda.

Estamos viendo unos adosados a las afueras de Parla.

De ahí a la comisaría tardaría unos treinta minutos por la A2.

Los niños tendrían que cambiar de colegio y hacer nuevos amigos.

Están acostumbrados, pues la mayor parte de su vida ha sido así.

Sería la última vez, esto es una condición que forma parte del trato para que acepten la mudanza.

Tenemos algunos ahorros y dos empleos. Además, la cuota de la hipoteca viene a ser menos de lo que pagamos de alquiler.

Tengo cuarenta y pico, es el momento, ahora o nunca.

Cuando llega el momento en que a causa de los años que uno tiene ya no te conceden una hipoteca, es que la vida te va cuesta abajo.

Creo que los niños vivirán bien allí. Solo tenemos que arreglar las cosas entre Carmen y yo. Arreglarlas o dejarlas así, no lo sé.

Subo a mi arcaico Opel Zafira, conecto el móvil al manos libres y marco el teléfono directo del compañero de la comisaría que me ha llamado hace un instante.

—¡Hola de nuevo! Ya puedo hablar. Sí, me habías pillado liado.

Has dicho que junto a la nota escrita por la doctora habíamos encontrado otra prueba, ¿de qué se trata?

¿Una sudadera negra y unos alicates? De acuerdo, ya me informas cuando los analicen los del laboratorio.

¿Algo más? ¿Llamadas de teléfono? ¿De quién?

Muy interesante, ya lo creo, voy a verlo de inmediato.

Han encontrado unos alicates y una sudadera juntos en una bolsa de basura en el contenedor que hay en la calle junto al estudio.

Es muy posible que el asesino los echase ahí tras usarlos.

Quien cortó los cables pudo aprovechar el momento de confusión sin luz en el estudio para salir a la calle, tirar la sudadera y los alicates y marcharse.

O bien, volver a entrar, si es alguno de los que allí se encontraba aquella noche.

Espero que podamos sacar algún dato de estas pruebas, estoy tan perdido como en un primer momento.

Pienso en las llamadas de teléfono de las que me acaban de informar.

Absorto en intentar buscar un sentido a todo esto, llego a las oficinas del Grupo Peñalara.

Busco aparcamiento, por supuesto, no hay.

Voy al parking más cercano, uno justo enfrente.

Aparco en el segundo sótano, el primero está lleno, y salgo a la calle.

Hace calor, así que me quito la americana.

Me gusta ir con americana al trabajo, me da un aspecto más profesional.

No llega a ser la gabardina de Colombo, pero no está mal.

Desde la acera de enfrente observo la torre donde se ubican las oficinas.

Imponente, todo un símbolo del poderío de la empresa.

Un enorme edificio negro con el logotipo de la empresa en la parte superior.

Cruzo corriendo por una zona sin semáforo y me dirijo a la puerta principal.

Busco en los carteles que hay en ella la ubicación exacta de la empresa dentro del edificio.

¡No jodas! Las oficinas de la empresa están en la planta veintiocho, la última de todas.

¡Ni de coña! No pienso subir andando todas esas escaleras.

Me voy a la cafetería más próxima, de allí llamaré a la empresa e intentaré que sea el gerente quien baje.

La cafetería parece una tienda de Apple con hermosas cristaleras y con algunas macetas artificiales para romper con su color verde el blanco que predomina por toda la estancia.

Hay mesas altas con sillas a juego y otras de altura normal.

Escojo una de las altas que se encuentran al final, en la zona más discreta de la cafetería.

Saco mi móvil y busco en Google el número de teléfono de la empresa.

—¡Buenos días! Soy el subinspector Amat, de homicidios, quería hablar un momento con el señor Robles. Me da igual si está ocupado, he de decirle algo muy importante, solo será un instante. Espero al teléfono. Usted dígaselo.

Transcurren un par de minutos hasta que la voz de la secretaria me indica de nuevo que espere al teléfono, que pronto me pasará la llamada con el señor Robles en el momento que este pueda atenderme.

Una musiquilla institucional me entretiene.

De vez en cuando una voz grabada me recuerda que pronto me atenderán.

Pasan al menos cinco o seis minutos. Cuando ya estoy a punto de colgar, cansado de la espera, suena la voz del señor Robles, que me pregunta inquieto qué es lo que ocurre.

—Siento molestarle, señor Robles, soy el subinspector Amat, de homicidios.

Estamos investigando una serie de muertes y debo hacerle unas preguntas al respecto.

En este momento estoy abajo, en la cafetería que está junto al edificio de su oficina.

Necesito verle un momento y así puedo evitar citarlo en la comisaría.

Por necesidades de la investigación no debo ser yo quien vaya a su oficina, no es oportuno por el momento que me vean allí.

Le vuelvo a decir que siento mucho incordiar, pero es por evitarle el trago de tener que ir a la comisaría.

Así parece todo mucho más informal. Muy bien, muchas gracias, no se preocupe, no tengo ninguna prisa .

Son muchos años de profesión, tengo comprobado que la gente es capaz de cualquier cosa con tal de no ir a la comisaría y, de la misma forma, yo soy capaz de lo que sea por no subir a pie veintiocho plantas.

Aprovecho y como algo mientras baja. Ha transcurrido más de media hora, he tomado hasta el café, cuando veo entrar al señor Robles.

Aunque lo conozco por la prensa, su aspecto resulta inconfundible.

Se trata de un cincuentón bien cuidado, alto y delgado.

Lleva un traje azul marino impecable que debe costar más que mi sueldo de dos meses.

Su pelo luce bastantes canas, pero su rostro no refleja ni una sola arruga.

Levanto la mano para darme a conocer desde el rincón de la cafetería.

He elegido el mejor lugar para mantener la charla con la mayor intimidad.

Me ve enseguida y me contesta asintiendo con la cara.

Se dirige hacia mí y me levanto para recibirle.

—Muchas gracias por atenderme, señor Robles, soy el subinspector Amat —le digo estrechando su mano, que es suave pero fuerte.