Sin bragas no hay miedo 21. Claustrofobia
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21. Claustrofobia

—¡Ya va, ya va! —grito, aunque estoy sola en casa.

Miro el reloj de la mesita de noche y compruebo que son las diez y media de la mañana.

Anoche me costó dormirme, normal, pero una vez lo conseguí, parece que lo hice de forma profunda.

No pongo el despertador. No tengo ganas de madrugar, de hecho, nunca las tengo y hoy menos que nunca.

Tras los años pasados en el orfanato, mi mente desea romper con todo lo que allí hacía.

Hasta en las cosas más triviales. Si allí madrugaba, ahora no me pongo el despertador nunca.

Me levanto cuando me despierto. De ahí que nunca tenga visitas en la clínica por las mañanas.

Si allí nos obligaban a acostarnos temprano, ahora soy ave nocturna.

Si allí nos obligaban a no dejarnos ningún resto de comida en los platos, ahora me la dejo a menudo.

Si allí nos obligaban a llevar bragas, ahora no me las pongo, salvo cuando no tengo más remedio.

Ya sé que todo esto indica una personalidad inestable e insegura, pero sin bragas me siento libre, pierdo el miedo y pienso que puedo ser yo misma.

Tengo posibilidad de elegir, aunque esa elección no sea la correcta.

¡Me encanta elegir! ¡Me encanta equivocarme! El timbre sigue sonando.

—¿Quién es? —contesto por fin .

—Soy el subinspector Amat. Me gustaría hablar con usted un momento, doctora. —Oigo que me dicen desde el telefonillo de la calle con una voz cavernosa, profunda, pero sexy al mismo tiempo.

—Suba, por favor.

Abro la puerta de la calle y pienso que ponerme mientras sube, creo que me quedo como estoy, al fin y al cabo, ha venido sin avisar

—¡Buenos días, inspector! —le digo al abrirle la puerta y observar su sorpresa al verme con tan solo un mínimo y semitransparente salto de cama puesto—. Perdone que le reciba así, no le esperaba.

—No se preocupe, será solo un momento. En parte puede que venga a traerle buenas noticias.

—¿Buenas noticias? ¿Qué buenas noticias puede haber con todo lo que nos ocurrió anoche? A no ser que haya detenido ya a los culpables de todos esos horribles crímenes.

Mientras hablo compruebo que está muy atento a partes de mi cuerpo que no participan en la conversación, pero que se aprecian tras mis transparencias.

—No, por desgracia, no hemos detenido a nadie, solo tenemos sospechosos.

—Y ¿soy yo una de esas sospechosas, inspector? —Le señalo el sofá para que se siente—. ¡Cuidado! No se siente ahí, ayer se me cayó una bebida y puede que todavía no esté bien seco, podría mancharse su pantalón. Venga, póngase aquí, un poco más cerca de mí .

—En realidad —comienza a decirme—, ahora mismo todo el mundo que tenía alguna relación con la señora Ricci puede ser objeto de investigación, poco a poco iremos descartando, o añadiendo, personas según avance la investigación.

—Lo entiendo, inspector, perdone que no le haya ofrecido nada, ¿le apetece a usted algo? —se lo digo en un tono con doble sentido y contoneándome de forma sensual, de verdad que es guapo este tipo.

—Un café estaría bien, la verdad, no he tomado nada esta mañana.

Está mintiendo de forma descarada.

—Entonces, ¿qué es esa manchita de café que tiene sobre la nariz? —Se la quito con el pulgar tras meterlo en mi boca y chuparlo, luego le paso el mismo dedo sobre sus labios—. Chupe y compruebe que son restos de café.

—Puede que sí haya tomado un café esta mañana, he salido tan rápido que no lo recordaba —me contesta balbuceando.

Mientras habla, yo me levanto y me siento sobre él a horcajadas.

Voy directa al grano. No tengo edad ni ganas de andar con rodeos y en su cara veo que lo está deseando.

Nada separa nuestros cuerpos salvo sus pantalones vaqueros.

Me inclino con mi boca sobre su cuello sin encontrar resistencia de ningún tipo.

Bajo mi sexo se la noto dura como un bate de béisbol.

Le muerdo el cuello y lo noto estremecerse.

Ya es mío. Está a mi merced y puedo hacer lo que quiera con él.

Comienzo a desabrocharle el pantalón. Permanece callado.

Me ayuda, pues el botón está muy sujeto.

Una vez abierto le meto la mano bajo el calzoncillo y saco su miembro.

Es de tamaño considerable, me sorprendo. Y mira que yo…

—¡Ostras, inspector! ¡Menuda arma reglamentaria tiene! Así cualquiera detiene a los delincuentes. Lo siento, pero no tengo preservativos de esta talla.

Son las últimas palabras que puedo pronunciar.

Me levanta en volandas y me arroja sobre el sofá.

Ya no importa la mancha en este del día anterior.

Ahora es él quien lleva la delantera. Se pone sobre mí y me empala una y otra vez.

Como no puede ser de otra forma, en plena apoteosis, suena su móvil.

¡Coño, que esto es como en los entierros!

Cuando uno entra tiene que apagar el móvil.

Por supuesto no lo descuelga, pero continúa sonando.

Todo termina al unísono, la llamada del móvil y nuestra llegada a la meta.

—¿Hace esto con todas las sospechosas a las que interroga, inspector? —le digo mientras me arreglo la poca ropa que llevo encima.

—Usted sabe que no soy inspector, ¿verdad?

—¿Cómo dice?

—Que soy subinspector, no inspector, ¡joder! —Lo noto un tanto agobiado.

—Bueno, en realidad, yo no distingo…

—Lo siento, me he dejado llevar, esto no está bien. —Se mece el pelo con las manos agachando la cabeza mientras mira el número de la llamada que ha recibido—. Es mi mujer la que ha llamado .

—Perdone, ins… subinspector, ni siquiera sabía que estaba casado. Yo…

—No es culpa tuya. —De repente, ha pasado a tutearme—. No es mi primera infidelidad. De hecho, lo hago de forma habitual, demasiado habitual. Y el remordimiento viene y va. Unas veces lo llevo mejor y otras peor. Pero es que nunca me había llamado, digamos que estando con las manos en la masa.

—Hablas… —Yo también lo voy a tutear después de esto—, bueno, como si la víctima de la infidelidad fueses tú en lugar de tu esposa.

—Es una larga historia. Me he montado una autojustificación para todo esto, pero no me funciona al cien por cien. En el fondo sé que solo es una excusa para dar rienda suelta a mis instintos.

—Te recuerdo que soy psicóloga. Si lo necesitas puedo darte una sesión gratuita. Es lo menos que puedo hacer después de ocasionar este trastorno.

Se ríe.

—No, gracias. Por el momento creo que voy a pasar, aunque no lo descarto para un futuro. Tengo que irme, pero no quiero hacerlo sin decirte para lo que había venido.

—Pues soy todo oídos —le digo apoyando mi espalda en el sofá

—No me importa el asunto de San Segundo en absoluto —me dice, por lo que ahora sí dejo de sonreír y me pongo seria—.

De hecho, incluso aunque se hubiese producido algún delito estaría prescrito.

Me interesa, tan solo, en tanto pueda aclarar algo sobre la muerte de Sandra.

—En ese momento suena su teléfono móvil—.

Disculpa, es de la comisaría. —Me hace una señal de silencio poniendo su dedo índice en los labios mientras contesta la llamada—.

¿Sí? Dime. ¿Una nota? ¿Eso pone? ¿Otras pruebas?

Bien, yo me encargo, gracias. En un rato estaré allí y me explicas el resto de esas pruebas encontradas, estoy ocupado ahora mismo.

Cuelga la llamada y me mira con preocupación, justo cuando va a hablar el móvil vuelve a sonar. Lo descuelga sin mirar el número.

—Te he dicho que estoy ocupado en… ¡Ah, hola cariño! No, no he visto tu llamada. Sí, lo recuerdo, tenemos la visita para ver la casa a las cinco de la tarde. No, no iré a comer, pero paso a por ti a las cuatro y media. Sí, yo también te quiero.

Fran se queda un momento cabizbajo, justo el tiempo que necesito para preocuparme por lo de la nota que le he oído decir. A veces hacemos tonterías y las hacemos en el peor momento.

—Era de la comisaría, la primera llamada, claro.

—Claro. —Asiento con la cabeza.

—Me dicen que han encontrado una nota manuscrita con amenazas de muerte contra la señora Ricci. Al parecer la letra es suya, doctora.

—¿Ya no vas a tutearme, Fran? Es una idiotez. Estaba cabreada por la gratuita acusación que había vertido sobre mí en la cena. Cuando pasamos por el estudio, antes de que vosotros llegarais, se me ocurrió escribirla y la dejé en la mesa de su camerino aprovechando que no había nadie.

—¿Hiciste algo más?

—¿Algo? ¿Algo como qué? ¿Matarla? ¿Preparar su asesinato? ¡Por favor, Fran! Soy incapaz de cometer un acto semejante. Estuve todo el tiempo con Diego. ¿O piensas que la matamos entre los dos?

—Lo siento, doctora. Tengo que marcharme. Aquí tiene mi tarjeta, si recuerda algo, no deje de llamarme, por favor.

Me entrega una tarjeta de visita.

—¡Váyase a la mierda, inspector! —le increpo rompiendo la tarjeta y tirándosela a la cara.

Seguro que, tras cerrar la puerta, ahora mismo está recogiendo todos los trozos de la tarjeta rota que me ha arrojado a la cara y recomponiéndolos.

Es muy orgullosa, pero no la creo capaz de haber matado a Sandra.

Por otra parte, es muy difícil que en tan breve espacio de tiempo se haya podido poner de acuerdo con el doctor Gris para hacerlo.

Casi se acababan de conocer y, aunque estuvieron todo el tiempo juntos, cada uno es la coartada del otro.

No acabo de creer lo que me acaba de pasar.

Vengo a entrevistar a una sospechosa y acabo acostándome con ella.

Si todo esto llega a conocimiento del comisario, no es que me retiren del caso, es que me echan a la calle.

Imagino los titulares: «Se descubre que el policía encargado de la investigación era, al mismo tiempo, amante de la sospechosa y de la víctima» .