Sin bragas no hay miedo 20. Amor y odio #3
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20. Amor y odio #3

Nos despedimos así y cada uno toma su camino.

Ella cruza la calle en dirección al estudio.

La veo marcharse y pienso que no solo parece una niña, además, huele como una niña, lo he podido comprobar al besarla.

Levanto la mano y pillo un taxi. Casi me atropella al parar.

Al taxista no le sobra simpatía. Le indico una dirección y asiente con un gruñido.

Imagino que todos tenemos derecho a tener un mal día.

Partimos rumbo a las oficinas del Grupo Peñalara Gris.

La empresa tiene su sede en uno de los edificios de la Castellana.

Todo el edificio es propiedad de Peñalara Gris, aunque las oficinas solo ocupan una de sus veintiocho plantas.

La última, como no. La que proporciona las mejores vistas de Madrid.

El resto de plantas están arrendadas a distintas empresas, muchas de ellas con intereses cruzados con la nuestra.

Mi padre era muy previsor, dejó el testamento redactado de forma muy sencilla.

Yo era su único heredero y mi madre la usufructuaria de todos los bienes existentes.

De esa forma, si él faltaba antes, mi madre podría disfrutar de todos los bienes, pero nunca saldrían de la familia, incluso si ella llegase a contraer nuevas nupcias algún día.

Sin duda, la mayor fortuna son las acciones de la empresa.

Esta se compone en gran parte de muchos inmuebles en alquiler, así como de las participaciones en el resto de empresas del grupo; sobre todo, farmacéuticas y telecomunicaciones.

Tengo en mi poder más del sesenta por ciento de las acciones.

Mis tíos ya han fallecido todos, algunos de mis primos pusieron a la venta sus acciones, que mi padre no tardó en adquirir.

Otros primos ocupan distintos cargos directivos en empresas del grupo.

Mi madre, además del usufructo recibido, goza de un importante patrimonio privativo, recibido a su vez de sus padres.

Algún día también todo eso pasará a mi poder.

Soy un auténtico braguetazo, la verdad. Recuerdo el día en que fui a ver a Estéfano tras la muerte de mi padre, una vez adjudicada la herencia.

—Buenos días, Estéfano. —Lo veo sentado en el sillón de su despacho y se pone en pie para contestarme.

—Buenos días, doctor Gris. —Ahora ya no era Diego, era el doctor Gris—. Me alegra verlo por aquí. Hay muchos temas que debemos tratar y que no admiten más dilación. La empresa debe continuar funcionando al margen de este triste incidente. Siento mucho la muerte de su padre, era…

—Te puedes ahorrar todo el discurso, Estéfano. La última vez que nos vimos pude oírte despotricar sobre mi persona cuando hablabas con mi padre .

—Señor, yo solo… mi intención es siempre conseguir lo mejor para la empresa.

—Claro, y lo mejor eres tú, sin duda —le contesto, disfrutando de verlo por fin nervioso ante mí, una vez perdido el apoyo de su mentor—. Lo que vas a hacer ahora es recoger tus cosas y salir de este despacho enseguida —sigo regocijado al ver cómo cambia el gesto de su cara.

—Era justo lo que me esperaba, un tipo de su calaña no podía actuar de otra forma.

Espero que no tire por la borda en cuatro días todo el esfuerzo de su padre en estos años.

—Ha sacado la vena altanera y arrogante, ese es mi Estéfano, ahora sí se manifiesta tal y como es—.

No está usted preparado para dirigir esta empresa, es tan solo un playboy de tres al cuarto, un niño rico y mimado, pero el dueño, al fin y al cabo.

—¡Mi querido Estéfano! —digo soltando una carcajada que lo deja fuera de lugar—.

Lo que te estoy tratando de decir es que quiero que recojas las cosas de este despacho y te traslades al de mi padre.

En opinión de este niño rico y mimado, así como accionista principal de esta empresa, no hay nadie mejor que tú para llevar el timón.

—Yo… ¿qué puedo decir? Lo siento mucho. —Toda su altivez ha desaparecido por completo—. Le aseguro que no le defraudaré. Muchas gracias, de verdad.

Con estos recuerdos en mi cabeza salgo del ascensor en la última planta del edificio. El ascensor desemboca directamente en un amplio espacio que hace las funciones de hall. Al fondo, una simpática secretaria me recibe.

—Buenos días, señor Gris, el señor Estéfano le está esperando .

—Buenos días, disculpa, ¿cómo era tu nombre? —le pregunto con una amplia sonrisa

—Pilar, señor.

—Muchas gracias, Pilar —le contesto mientras me abre la puerta del despacho de Estéfano, que se encuentra sentado en su sillón y se levanta para recibirme.

—¡Hola, Diego! ¡Cómo me alegro de verte! Pasa y siéntate, por favor. —Vuelvo a ser Diego para Estéfano—. Anoche vi el programa en el que intervenías y esta mañana he oído la triste noticia del fallecimiento de esa presentadora. ¿Va todo bien?

—Bueno, bien, lo que se dice bien… En la cena de ayer, Sandra, que es como se llamaba la presentadora, me acusó ante un policía de haber tenido algo que ver en la muerte de mi padre.

Y tras la cena, apareció muerta en el plató de televisión.

Así que ahora mismo soy sospechoso no de una muerte, sino de dos.

Me he pasado media noche en la comisaría.

La cara de Estéfano no da crédito a lo que está oyendo.

—Pero ¿cómo no me llamaste inmediatamente? Hubiese acudido con nuestro equipo jurídico al momento.

—Soy inocente de ambos casos, no quiero demostrar que estoy asustado ni nada parecido.

—Con la justicia hay que tener cuidado, a veces no basta solo con ser inocente.

Un malentendido o un buen fiscal ambicioso pueden dar con tus huesos en la cárcel.

No podemos permitir que el principal accionista de nuestra empresa esté en boca de nadie por un hecho de esta gravedad.

Si te vuelven a molestar, te ruego, por favor, que me lo comuniques de forma que ponga en marcha todo el poder de nuestra maquinaria legal.

—Está bien, te lo agradezco. Dime qué es eso tan urgente por lo que me has hecho venir.

—Una demanda —me dice con una cara de circunstancia que me alarma.

—¿Una demanda? Estéfano, estamos metidos en cantidad de negocios y recibimos demandas a menudo. Como bien acabas de decir, tenemos todo un batallón de abogados en nómina. ¿Qué tiene de especial esta demanda para que me hagas venir?

—Se trata de una demanda de paternidad.