20. Amor y odio #2
—No se preocupe, no es relevante. —Si lo hicieron, desde luego fue porque ella quiso.
No tiene explicación alguna, pero Sandra era así.
Prefiero ahorrarme los datos escabrosos con este individuo.
No lo considero relevante, pero sí desagradable—.
Está claro que para ella solo fue un pasatiempo, pero usted pensó que había algo más y a partir de ese momento se dedicó a acosarla.
Se encaprichó de ella porque con su fobia social nadie se había fijado en usted desde hacía años.
Sandra no le hacía caso, usted no lo encajó bien, el tema se le fue de las manos y la mató.
—¿Cómo se atreve? —Se pone en pie—. ¡Eso es mentira! Nunca le hubiese hecho daño a Sandra, yo la quería.
—Será mejor que se siente de nuevo, señor Ferrer. La señora Ricci fue asesinada ayer, como usted bien sabrá .
—Yo solo sé lo que han dicho las noticias, que había fallecido. No sé nada de ningún asesinato. ¡Es horrible! —dice cogiéndose la cabeza entre las manos, una vez sentado de nuevo.
—Anoche estaba usted espiando a la señora Ricci cuando esta volvía de cenar.
—No estaba espiando a nadie.
—Yo en persona lo pude ver. Y cuando lo llamé, se subió a un coche y huyó de allí. ¿No es así?
—No la estaba espiando, nada más esperaba un momento propicio para poder hablar con ella.
—¿Dónde fue tras huir con el coche?
—A mi casa.
—Y, ¿permaneció ahí toda la noche? ¿Ya no volvió a salir?
—Así es.
—Vive con su madre, ¿podrá ella corroborar eso?
—Bueno, estaba durmiendo cuando llegué. No sé si me oiría.
—En definitiva, señor Ferrer, se le vio merodeando cerca de la escena del crimen instantes antes de que ocurriese.
Ser un amante despechado se puede considerar un móvil.
Y la única persona que podría darle una coartada estaba durmiendo y no puede hacerlo.
Será mejor que no abandone la ciudad por el momento por si lo necesitamos. Volveremos a vernos.
Me doy la vuelta y me dirijo hacia la salida. Paso por la señora de la puerta y ni la miro, oigo que ella me dice algo.
—Adiós, que pase un buen día .
—¿Doctor Gris? ¿Qué hace aquí? ¿Puedo ayudarle en algo?
—me está preguntando Esther en la puerta del estudio de Tele Tú.
No contesto y solo levanto los hombros en señal de interrogación—.
Espere un momento, por favor, la policía no deja pasar a nadie ajeno a la cadena, enseguida salgo.
—Apenas unos instantes después, sale del edificio.
—¡Hola de nuevo, doctor! Usted dirá — me dice con su cara de niña.
—Hola, Esther, en realidad no tengo ni idea de qué hago aquí.
Después de la ajetreada noche apenas he dormido nada.
Me he levantado con la cabeza embotada y con un montón de preguntas sobre todo lo ocurrido.
No sé por dónde empezar, pero me gustaría saber el motivo de la acusación que Sandra hizo anoche sobre mí.
Al margen del interés que ella pudiese tener y que, por supuesto, no es otro más que ganar audiencia, quisiera saber de dónde se ha sacado esa patraña.
—Me parece, doctor, que no puedo ser de mucha utilidad en todo esto.
Lo que sí puedo es acompañarle a tomar un café, si quiere, no le veo buena cara y quizá eso lo reanime un poco.
Además, siendo uno de los sospechosos, como ayer parecía insinuar el subinspector Amat, no parece buena idea que lo vean por aquí de nuevo.
Ya sabe que se dice: «el culpable siempre vuelve a la escena del crimen».
—Seguro que tienes razón, Esther. Vamos a la cafetería de ahí enfrente .
Nos dirigimos a la cafetería mientras nos cruzamos con varios coches de policía.
El estudio de televisión es un hervidero de gente esta mañana.
Dos policías de uniforme identifican a todo el que quiere entrar e impiden el paso a aquellos que no trabajan allí.
Tele Tú ha tenido que echar mano de programas grabados con anterioridad para cubrir el horario de emisión, pues casi toda su actividad está parada por el incidente.
Nos sentamos en la terraza de la cafetería.
Desde allí tengo una perfecta visión de toda la gente que entra y sale al estudio.
No somos los únicos que lo estamos mirando.
De hecho, la terraza está llena y pillamos la única mesa que queda libre.
Solo hay una silla, por lo que debo recorrer la cafetería hasta encontrar otra disponible.
Sin duda, la noticia y la distracción esta mañana para sus clientes es lo acontecido en el local de enfrente.
—¡Vaya movida! ¿No, Esther? —nos dice el camarero que acaba de llegar y que conoce de sobra a mi acompañante, como cliente habitual que es—. Dicen que ha sido un asesinato.
—No se sabe nada todavía. Lo están investigando —le contesta Esther con diplomacia.
—Un solo, por favor —le digo al camarero en un tono cortante con la intención de que de por acabado su cotilla interrogatorio, no me he sentado aquí para responder a este individuo.
—Claro —dice él pillando la indirecta—. Y tú, Esther, ¿qué quieres tomar? ¿Café con leche y tostada ?
—Nada más el café con leche sin lactosa, no me pongas la tostada, no tengo hambre.
—Muy bien.
Se marcha. Me da la impresión de que me echa una mirada de desprecio, me da igual.
—Me sienta mal la lactosa, hace años que tomo leche sin ella.
—Sí, a mí tampoco me sienta muy bien. Hay cada vez más personas que han dejado la lactosa. —Un silencio incómodo se hace entre nosotros por unos instantes.
—¿Qué piensa que va a pasar ahora, doctor? —me dice Esther mirándome con sus preciosos y grandes ojos negros, que recuerdan a los dibujos animados japoneses.
—No sé, por el momento todos somos sospechosos.
—Pero nosotros la queríamos, yo la apreciaba de verdad.
Para mí era mucho más que mi jefa. Es cierto que tenía mal genio cuando se acercaba el directo, pero era la tensión necesaria para el programa.
Ella fue la que me dio una oportunidad en la cadena.
Este trabajo lo tengo gracias a ella. Ni siquiera sé si lo podré conservar ahora que no está.
—Mira —le digo, pues algo ha llamado mi atención—, fíjate quién está entrando al estudio.
Son Gloria y Ángel, no parecen muy afectados, se les ve incluso contentos con esa forma de saludar a los policías.
Está claro que no se llevaban nada bien con Sandra.
Igual ahora Ángel consigue el trabajo que tanto ansiaba .
—¿Piensas que son capaces de hacer algo así con tal de obtener ese puesto? —me pregunta.
—Nunca se sabe, la gente a veces es capaz de cualquier cosa.
La realidad se vive por cada uno de formas muy distintas.
Ángel no parece una persona muy decidida.
El miedo al fracaso, la atiquifobia, como se conoce técnicamente, nos puede llevar a cometer errores al autoconvencernos de que estamos haciendo lo correcto.
Los límites de esos errores pueden estar situados en umbrales que escapan a la razón de una mente sana.
En cualquier caso, Esther, como digo, por el momento y mientras no se descubran a los culpables, todos somos posibles asesinos.
—No diga eso, doctor, ¿qué podemos hacer? —Y me vuelve a mirar con esos ojazos negros.
—¿Qué te parece si comienzas por llamarme Diego? —le digo situando mi mano en su hombro intentando tranquilizarla.
—Me parece bien —me contesta sonriendo con su carita aniñada.
—Perdona la indiscreción, Esther, ¿qué edad tienes? Ya sé que nunca se debe preguntar eso, pero…
—No pasa nada, no me importa, tengo treinta y seis recién cumplidos hace menos de dos semanas.
—¡No me digas! Pareces mucho más joven. —Me reconforta que tenga esa edad, no me gustaría comenzar a flirtear con una niña.
—Sí, la verdad es que todo el mundo me lo dice. Al ser pequeñita, delgada e ir casi siempre con vaqueros y zapatillas debo parecer más joven .
Mi mente ya ha comenzado a analizar las ventajas del descubrimiento de la edad de Esther, a la que hacía menor.
También ha podido descubrir la belleza oculta de esta chica, que ahora se manifiesta con más claridad.
Parece una mujer en el cuerpo de una niña y con esos ojazos negros a juego con su corta melena.
Y ese perfume intenso, como a hierba fresca recién cortada.
En estos momentos me parece una presa fácil.
La vulnerabilidad que le produce la muerte de su jefa, la inseguridad en su entorno laboral, así como mi posición, me facilitarían mucho el camino.
Seguro que no me costaría nada seducirla llegado el caso.
No descarto que esa sea mi intención en breve plazo, me parece en verdad muy atractiva.
Una llamada de teléfono me saca de estos pensamientos. Conozco el número que me está llamando.
—Sí, Estéfano, me pillas ocupado en este momento. ¿De qué se trata? ¿Una demanda? ¿Contra la familia? Estoy de acuerdo que no es para tratarlo por teléfono. En un rato estaré en la oficina. Hasta luego.
—¿Problemas? —me pregunta con dulzura.
—Imagino que nada que no pueda solucionarse con dinero. No te preocupes. Bueno, Esther, ha sido un placer conversar contigo, pero he de marcharme. Yo invito —dejo un billete de cinco euros en la mesa, bajo el plato.
—Gracias.
—¿Te importaría dejarme tu número de teléfono, Esther? Es por si hay alguna novedad sobre todo esto .
—Ahora te mando un guasap, yo tengo tu móvil. Tengo todos los contactos de Sandra, muchas veces era yo quien los tenía que llamar.
—¡Ah! Pues estupendo, me lo envías y me grabo tu número. —«Una chica eficiente, además de guapa», pienso.
—Adiós entonces —me dice lanzándome la mano para estrechar la mía como despedida.
—Hasta pronto —le contesto trayendo la mano hacia mí y dándole dos besos.