Sin bragas no hay miedo 20. Amor y odio
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20. Amor y odio

Me preocupa haber ocultado mi relación con Sandra al comisario.

Tampoco sé muy bien el motivo por el que lo he hecho.

Está claro que deseo llevar el caso, no tanto por mejorar mi expediente como por hacer justicia con Sandra.

En el fondo, éramos amigos. No me convence la palabra amantes.

Me hace recordar que engaño a mi esposa y no me siento cómodo con ello.

Nuestra relación de amistad estaba por encima del sexo.

Eso era una parte importante, muy importante, el origen de nuestra relación.

Es cierto, pero, además, quiero pensar que éramos amigos. Así que se lo debo.

Ha llegado el momento de consultar nuestro fichero Sidenpol.

Si la gente supiese de la existencia de esta información en poder de la policía, les causaría una gran inquietud.

En malas manos, puede causar un daño irreparable a la persona.

Aquí almacenamos, no solo datos delictivos, también otro tipo de información como la salud, la vida sexual y raza de todas aquellas «personas físicas nacionales y extranjeras que tengan órdenes de búsqueda, que hayan sido detenidas o se haya demostrado su implicación en hechos delictivos, incluso si no ha recaído sentencia judicial» .

Mi despacho está en la parte norte del edificio, donde nunca llega el sol.

Si ya de por sí esta comisaría es un sitio algo deprimente, mi despacho se lleva la palma.

Es un cuarto pequeño, con una pequeña ventana en la parte superior derecha que solo realiza funciones de tragaluz, pues no se puede acceder a sus vistas.

Aunque, bien pensado, tampoco debería quejarme, pues la mayor parte de mis compañeros están ubicados en la parte central de la comisaría sin ninguna ventana.

El problema es que a mí me gusta ver la calle, necesito ver la calle, pues una sensación de claustrofobia me invade siempre que estoy un tiempo sin verla.

A menudo intento concentrarme en mi trabajo, de esta forma evito males mayores.

Es una lástima que la forma de evitar mis desgracias sea pensar en las de otros. Una lástima o una suerte, no lo sé.

Enciendo el ordenador, mientras carga veo a la parte derecha de este la foto de mi mujer y mis dos niños.

Siempre están ahí, vigilándome, recordándome quien soy.

La foto apenas tiene un par de años y hay que ver cómo han cambiado los niños.

Carmen está igual, quizá un poco más delgada en la foto, pero igual de guapa.

No me da tiempo a mucho más, el viejo ordenador que me había acompañado durante años nos lo han sustituido hace solo unas semanas por un nuevo portátil.

La transformación digital y el reto de cero papeles también ha llegado a nuestra vieja comisaría, que ahora contrasta con los nuevos equipos.

La intención oculta de que tengamos estos nuevos ordenadores portátiles es que podamos llevarnos el trabajo a casa.

Hasta el momento, mi portátil no se ha portabilizado, nunca me he llevado el ordenador a casa.

El trabajo es otra cosa, este lo llevo en mi cabeza y es difícil olvidar cuando uno ve lo que ve en el día a día.

Introduzco los datos que tenía apuntados en mi libreta, escribo «Juan Carlos Ferrer».

Aparecen multitud de nombres como resultado a la consulta.

Acoto la búsqueda a Madrid. Ahora son bastantes menos.

Introduzco ahora un nuevo campo, el de funcionario.

El resultado es ya tan solo de pocas personas.

Solo uno de ellos trabaja en la Delegación de Agricultura.

Imprimo la ficha y la recojo de la vieja impresora, esta sigue entre nosotros sin hacer honor a los nuevos ordenadores.

Me voy hacia mi ansiada calle tras pillar las llaves de uno de los coches de la comisaría.

Prefiero utilizar mi coche siempre que puedo, pero la Delegación de Agricultura está a más de treinta minutos y es mejor que pague la comisaría.

Hoy he tenido suerte, tengo a mi disposición un seat León, uno de los últimos modelos que han entrado a la comisaría.

Está aparcado justo frente a la puerta de la comisaría.

Abro la puerta con el mando, el de mi coche particular ya no funciona y tengo que meter la llave en la cerradura, lo que me produce un absurdo malestar.

Conecto mi móvil al coche e introduzco la dirección de destino.

Cuando uno no tiene aparcamiento reservado es un auténtico calvario.

Es una lástima comenzar un interrogatorio estando de mala leche por estar buscando aparcamiento más de quince minutos.

El tráfico, aunque parezca increíble, es fluido esta mañana.

Llego al lugar en el tiempo previsto. Un letrero de metal rectangular en rojo con letras blancas indica en su parte superior: «Comunidad de Madrid».

En la parte de abajo, sobre el blanco con letras negras aparece el literal: «Delegación Comarcal de Agricultura».

Es un consuelo comprobar que el edificio es tan antiguo y está en tan mal estado como nuestra comisaría.

Cruzo la puerta y mis temores se hacen realidad.

Lo único que tiene allí menos de treinta años es el cartel del exterior.

Una funcionaria desocupada y con cara de pocos amigos me mira y me lanza la pregunta, así sin más, con la que suele desarmar al visitante:

—¿Tiene usted cita? —Y adivinando mi respuesta antes de que me dé tiempo a contestar, añade—: Sin cita previa no podemos atenderle. Tendrá usted que reservar en el teléfono que indica ese cartel y volver cuando la tenga.

—Buenos días a usted también —le digo en el tono más sarcástico que puedo y le enseño mi placa—. Se trata de un asunto policial. ¿Trabaja aquí el señor Juan Carlos Ferrer?

—Sí… sí —me contesta la señora tras dudar unos instantes. Me encanta la reacción que suele producir la muestra de la placa, es como si viesen a un fantasma—. Acompáñeme y le indico dónde se sienta.

Voy tras ella, me pasa entre varias mesas separadas por placas de metacrilato. Sin duda, la pandemia ha dejado tras de sí un aspecto más desolador, si cabe, en estas instituciones.

—Es aquel del fondo, el que está solo. No suele atender al público por no sé qué enfermedad rara que tiene .

—Gracias, ya continúo yo —me dirijo hacia el individuo y observo que este se pone inquieto, conforme ve que me acerco.

—Lo siento, pero no atiendo a la gente, tendrá usted que acudir a…

—Soy policía —le digo mostrando mi placa por unos instantes tan breves que no podría leer nada, daría igual que le mostrase el carnet del gimnasio—. ¿No me recuerda? El otro día en el estudio de Tele Tú.

—Yo no he tenido nada que ver con eso. —Por su cara está claro que sí me recuerda, sus nervios aumentan—. ¿Qué quiere de mí?

—Nada, tan solo hacerle unas simples preguntas. ¿Le viene bien aquí o prefiere acompañarme a comisaría?

—Aquí está bien. Mejor aquí.

—Lo imaginaba. Bueno, comencemos. Se llama usted Juan Carlos Ferrer.

—Asiente con la cabeza mientras le hablo—.

Si alguno de los datos que le digo es incorrecto, me lo indica, por favor.

Como digo, Juan Carlos Ferrer Álvarez, nació usted el 23 de septiembre de 1977 en Aranjuez.

Sus padres se trasladaron a Madrid por trabajo en el año 1982, siendo usted un niño, y, al año siguiente, su padre, que también era funcionario de hacienda, falleció.

Desde entonces vive usted con su madre. Trabaja aquí desde que aprobó la oposición hace unos veinte años.

No se le conoce pareja ni ningún tipo de actividad o afición en especial al margen de su trabajo.

No le constan antecedentes penales. Parece usted una persona tranquila y aburrida.

Lo único extraño fue una denuncia del año 2019, que acabó en nada.

—No fue una denuncia, más bien una confusión —añade nervioso—. Yo solo estaba paseando al perro por la noche y un grupo de chicas pensó que las vigilaba a través de la ventana. No hice nada malo.

—Así que tiene un perro —le digo mientras tomo nota en mi pequeña libreta, más que nada por hacerme el interesante.

—En realidad, ya no lo tengo. Se escapó hace unos meses y no lo he vuelto a ver.

—Interesante —digo y vuelvo a anotar—. Dígame, ¿por qué me ha dicho su compañera que no atiende al público? ¿Qué enfermedad es esa que dice que tiene?

—Esa mujer es una estúpida. —En eso estamos de acuerdo, aunque prefiero no darle la razón—. Yo no tengo ninguna enfermedad, simplemente es una fobia social. Me cuesta relacionarme con los demás, me produce ansiedad. Como podrá observar, presento síntomas de sudoración, temblores y taquicardias.

—¡Ya veo! Pensaba que era porque soy policía.

—Me pasa con todo el mundo, por eso estoy liberado de la atención al público.

—Pero a la señora Sandra Ricci sí la atendió.

La afirmación lo deja descolocado, no esperaba que tuviese esa información.

—No recuerdo —comienza diciendo, pero por mi cara se percata de que no es el camino a seguir y corrige la declaración—. En realidad, no atiendo a nadie casi nunca, pero en ocasiones si hay mucho público, intento echar una mano a mis compañeros.

«Eso no se lo cree ni él», pienso. Echar una mano a sus compañeros, este tipo tan huraño. Además, ahora todas las visitas son con cita previa. No se les puede acumular el trabajo. Si no esperaba esta pregunta, con la siguiente lo voy a dejar noqueado.

—Y, ¿cómo llegó a acostarse con la señora Ricci?

Es evidente que por su cara no podía imaginarse ni de lejos que conocía ese dato.

—Yo… no sé… Ella…