Sin bragas no hay miedo 19. El sol y el comisario
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19. El sol y el comisario

—¡Te he dicho mil veces que no quiero que cojas mi portátil, Iván!

—No es tu portátil, Álvaro, es de los dos, al menos mientras le arreglan el suyo —dice su madre—. No es culpa suya que no funcione, lo tienen que arreglar y mientras lo hacen os lo debéis turnar como buenos hermanos.

—Pues al menos que deje de descargarse más porquerías hasta que tenga otra vez el suyo. Me lo va a petar con toda esa mierda.

—¡Álvaro, por favor, quieres dejar de hablar así! Anoche papá llegó muy tarde y está descansando, lo vais a despertar.

—¡No os preocupéis por mí! —grito—. Me habéis despertado hace rato y os estoy escuchando todo el tiempo.

—Pues entonces sal de la habitación, aún puedes desayunar con los niños antes de que se vayan al cole.

—Voy enseguida —le digo a Carmen, mi mujer, mientras me desperezo en la cama.

—¿Quieres un zumo de naranja? Las compré ayer del súper. Son las primeras naranjas de sangre de la temporada. Me dijo la chica que salían muy buenas también para zumo .

¿Naranjas de sangre? ¿De verdad? A veces me parece que Carmen se olvida de cuál es mi trabajo, no se le pueden ofrecer naranjas de sangre a un policía justo el día que viene de investigar un asesinato la noche anterior.

—No, con un café es suficiente. Solo he dormido un par de horas y tengo que volver cuanto antes a la comisaría.

Acabo de entrar a la cocina, los niños están sentados ojeando sus móviles, por eso estaban tan callados.

—¿Ya estáis así tan temprano? Os tengo dicho que no me gusta para nada que estéis con los móviles en la mesa.

—Déjalos un momento, Fran —me dice mi esposa—, es de la única forma que dejan de discutir, total, se van ya para el cole.

Carmen es… un sol. Lo pienso cada día, en cada momento, cada vez que la miro.

A pesar de eso, le soy infiel a menudo. Al principio me suponían unos enormes remordimientos estos engaños, porque no se pueden calificar de otra forma.

Con el paso del tiempo me he acostumbrado, me he justificado.

Soy un buen marido, un buen padre. La quiero a ella y quiero a los niños, pero necesito desahogarme de vez en cuando. ¡Muy de vez en cuando!

Carmen ha sido mi novia de toda la vida.

Ambos éramos vecinos en Alcorcón. Nuestros padres eran amigos de muchos años.

Con frecuencia yo estaba en su casa y ella en la mía.

Como dice la canción, no ha sido un amor loco, ha sido poco a poco.

La célebre frase de «el roce hace el cariño» se nos puede aplicar a la perfección.

Pasábamos mucho tiempo juntos, en el colegio, por la calle, en nuestras casas.

Los dos éramos vírgenes cuando descubrimos el sexo juntos, ella conmigo y yo con ella.

Creo que para Carmen fue más una curiosidad que otra cosa.

Lo cierto es que a menudo nos encontrábamos solos en casa, estudiábamos, jugábamos y follábamos.

Todo con asiduidad y normalidad. Nada hacía presagiar la evolución que ella iba a sufrir.

Todo marchó más o menos normal hasta que tuvimos a nuestro primer hijo, Álvaro.

A partir de ese momento, me resultaba cada vez más difícil hacer el amor con Carmen.

A partir del segundo, Iván, la situación empeoró.

Hace ya más de dos años que no mantenemos relación sexual alguna.

El camino no ha sido fácil. Pienso que cada pareja suele tener algún problema.

Unas se separan, otras han de afrontar la pérdida de un hijo, para otras la convivencia es un calvario, en muchos casos la situación económica es insostenible.

Los problemas que cada pareja puede tener son múltiples.

Visto así, lo nuestro no parece tan grave.

Y no es que nos hayamos rendido a la primera ni mucho menos.

Hemos visitado especialistas de todo tipo.

El resumen es que, sin poder llegar a descubrir el motivo, Carmen ha desarrollado, según el diagnóstico que nos han dado, erotofobia, un gran temor al sexo y a la sexualidad.

Con cada intento de solucionarlo, el problema no ha hecho más que empeorar.

Estos dos últimos años, ya dándonos por vencidos, todo parece haber vuelto a la normalidad.

Ya no hacemos el amor, tan solo algunos abrazos y besos resignados.

Hemos cerrado ese problema del que ya no hablamos y hemos conseguido volver a la felicidad.

En especial yo, que me tiro a toda la que puedo .

Carmen no necesita el sexo, yo sí. Ante esta extraña enfermedad, por el momento, incurable para nuestra relación, ¿qué podía hacer?

No me metí en el seminario con voto de castidad.

No estoy seguro hasta qué punto ella piensa que puedo vivir sin sexo o si, por el contrario, lo sabe todo y se hace la tonta.

En cualquier caso, no hablamos de este tema.

Igual el día que lo hablemos se acaba todo.

Por el momento vivimos una relación asexual y feliz.

—¡Hasta luego, mi vida! —se despide Carmen con un beso de amigo en la mejilla—. Me marcho para la guardería. ¡Vamos niños! Que os acompaño a la parada del autobús.

—¡Adiós, Fran! —me dicen los niños como si fuesen adoptados, solo me llaman papá si me van a pedir algo.

—¡Hasta luego chicos, portaos bien! Y, Álvaro, ¡lleva cuidado de tu hermano pequeño!

Son buenos niños, mucho mejores que el cabrón de su padre.

Han salido a su madre. Carmen es maestra, ha terminado hace poco las asignaturas que le quedaban para acabar la carrera que tuvo que dejar para acompañarme por toda España en mis destinos.

Entre las mudanzas y los niños no pudo acabar en su día los estudios.

Ahora, con los niños más crecidos, los ha podido retomar.

Por el momento está trabajando en una guardería.

Ha echado varios currículums en colegios privados y no descarta presentarse a oposiciones.

Es una luchadora, lo dejó todo por mí y yo se lo pago de esta forma.

Bueno, es difícil acabar con los remordimientos.

Siempre hay algún que otro brote. Lo mejor es no pensarlo .

Tengo que empezar a organizar la investigación.

Esta mañana he de ver al comisario. Doy por descontado que me asignarán los casos, pues es probable que todos estén relacionados.

De dos asesinatos hemos pasado a tres en cuestión de una hora.

Creo que lo mejor será que comience por el de Sandra.

El padre del doctor murió hace meses y el incendio del orfanato de San Segundo fue hace años.

Si ambos asesinatos han esperado tanto tiempo a salir a la luz, no pasa nada porque esperen algo más.

Sandra, mi Sandra, la Sandra de mucha gente, tenía muchos amigos, bastantes con derecho a roce.

También tenía muchos enemigos. Era lo que se conoce como una trepa en el mundo profesional.

La típica persona que —cuando ve una posibilidad de promocionar o tan solo de colgarse una pequeña medalla en su expediente— es capaz de cualquier cosa, pasando por encima de quien sea.

Por desgracia, he conocido a muchas personas así en mi profesión, las hay en cualquiera, y en la suya más si cabe, pues la audiencia no perdona y se puede subir y bajar del estrellato en un plazo muy corto.

Recapitulando el día de ayer, por si me viene alguna pista a la cabeza, lo primero que pienso es en el tipo calvo que se puso violento con ella: Juan Carlos, creo que me dijo que se llamaba.

Lo tengo apuntado. Creo que esa debe ser mi primera línea de investigación, pues no me gustó nada el perfil de este individuo.

También tenemos a Ángel y Gloria, sus propios compañeros, parece difícil que unos compañeros puedan hacer algo así; pero la experiencia demuestra que en la mayor parte de los casos la rata suele estar dentro, siempre me lo dice el comisario.

De todos es conocido que Sandra le quitó, in extremis, el puesto a Ángel.

Ya estaba casi anunciado que iba a ser el próximo presentador del programa, cuando de repente apareció Sandra y se llevó el puesto.

Incluso, en la cena, Gloria amenazó delante de todos a Sandra.

Además, los asesinatos premeditados, como me da la impresión de que este ha sido, es más fácil organizarlos entre dos personas.

Con esta teoría, los doctores llevan muchos números para ser los culpables.

Tenían un motivo más que justificado. En este caso, ni siquiera es por rencillas vengativas por situaciones anteriores, sino para evitar posibles problemas.

Sandra debía darme hoy las pistas para que comenzase la investigación por los homicidios de los que los culpó en la cena.

Con todos estos pensamientos he llegado ya a la puerta de la comisaría.

No entiendo como los vecinos no respetan nuestros parkings.

Tendremos que ponernos serios con este tema.

No hay nada peor para comenzar el día que no poder aparcar.

Me encantaría poder venir andando desde casa, pero es imposible por la distancia.

Tenemos la comisaría en Móstoles y nosotros vivimos en Fuenlabrada, además necesito el coche para el trabajo, pues tenemos menos coches oficiales de los que necesitamos.

Me gustaría cambiar el coche, lo compramos cuando nació Iván, hace nueve años, teníamos un Ibiza que ya no daba más de sí.

Compramos este, un Opel Zafira de segunda mano, que ahora ya va por los catorce años y casi trescientos mil kilómetros, aunque me gusta porque huele a Carmen.

Con la compra del nuevo piso, mejor dicho, adosado, tenemos que dedicar todo nuestro esfuerzo financiero a ello.

Encima, si la compra se realiza, todavía necesitaré más el coche.

Nos trasladamos a las afueras de Parla, a una nueva urbanización, donde los niños se podrán criar con otros aires, fuera de la gran ciudad.

Aunque lo hacemos sobre todo por ellos, son los primeros que no quieren oír nada de cambiarnos, están en la edad, pero luego nos lo agradecerán, o no.

Entro a la comisaría, un bajo en el centro de Móstoles, que tendrá más de treinta años.

No se ha reformado desde el día en que se abrió.

Toda ella está hecha a imagen y semejanza del comisario.

Un tipo mayor, rechoncho, canoso y descuidado que viste siempre con el mismo traje gris y que debe tener la misma antigüedad que la comisaría.

—¡Subinspector Amat! —Oigo, entre todo el alboroto, nada más cruzar por la puerta. Es la voz del comisario, que no acierto a saber cómo ha logrado verme ya.

—Buenos días, señor —le digo, entrando a su despacho.

—Parece ser que la noche ha resultado movidita, por lo que me han dicho.

Me señala la silla para que me siente, todo un lujo, pues lo normal es que te despache de pie sin pasar de la puerta.

—Así es —le contesto tomando asiento—. Hemos tenido un asesinato, el de la presentadora de televisión Sandra Ricci, se trata de…

—Sí, ya sé perfectamente quién es la difunta —me corta tajante—. Lo que me gustaría saber es qué demonios hacía usted cenando con una persona que al rato aparece muerta. ¿Qué relación tenía usted con esa señora, subinspector?

—Tan solo una relación profesional, comisario.

Ahora sé por qué me ha ofrecido tomar asiento.

—¿Solo profesional? ¿Y le invita a cenar?

—La cena era con varios invitados más, por supuesto.

—Por supuesto. ¿Y quiénes eran esos invitados y qué hacía usted con ellos? Si puede saberse.

—Sandra, la señora Ricci, me llamó para que acudiese a esa cena porque en ella iba a desvelar dos posibles homicidios cometidos por alguno de los invitados a la cena y deseaba que yo llevase la investigación.

—Muy interesante, ¿y por qué acudió a usted precisamente? Tenemos en Madrid muchos policías, aunque no todos sean tan altos y guapos como usted.

—Señor, si está insinuando que…

—Yo no insinúo nada, subinspector. Lo que quiero decir es que, si usted tenía con esa señora alguna relación más que profesional, es el momento de decirlo. No puedo darle un caso a alguien que tenga conflicto de intereses. ¿Entiende usted?

—Naturalmente que lo entiendo, comisario —digo con mi mejor cara de póker—. Y le agradezco mucho que me haya dado el caso, pues…

—Todavía no se lo he dado, que yo sepa. ¿Qué otros homicidios son esos de los que habla?

—Ambos son casos antiguos. Sandra, quiero decir, la señora Ricci, insinuó que el doctor Gris, uno de los invitados al programa que acababa de emitir minutos antes, podía haber tenido algo que ver en la muerte de su padre.

—¿Gris? ¿Tiene algo que ver con Gris, el famoso empresario que falleció hace poco?

—Así es, comisario. El doctor Gris es hijo del señor Gris, el fallecido presidente del Grupo Peñalara Gris.

—¡Vaya! ¿Y el otro homicidio?

—Junto al doctor Gris, otra invitada del programa había sido la doctora Alegría Constante. —Por la cara del comisario no la conoce de nada—. Se trata de una psicóloga que debatía con el doctor Gris en el programa. La doctora pasó su infancia en el orfanato de San Segundo.

—¿El que se quemó?

—Así es.

—Hará al menos veinte años de aquello.

—Alguno más, señor.

—¿Y…?

—La señora Ricci nos desveló en la cena que en aquel incendio hubo entonces un homicidio y señaló a la psicóloga como la posible culpable del mismo.

—No recuerdo ninguna muerte en aquel momento, pero hace tantos años. En cualquier caso, el delito estaría incluso prescrito. ¿Qué más nos da?

—Pienso que a la señora Ricci no le importaba hacer justicia tanto como aumentar la audiencia.

Que el delito estuviese o no prescrito para ella no tenía la menor importancia.

Su intención era generar interés por los homicidios cometidos por dos de sus invitados y así aumentar el éxito de su programa.

—Con razón me gusta cada día menos la televisión. ¿Piensa usted, subinspector, que puede existir alguna relación entre las distintas muertes?

—En principio no, salvo que la última sea consecuencia de intentar evitar que se investiguen las primeras, pues la señora Ricci tenía que facilitarme pruebas de su acusación.

—No me gusta —me dice el comisario levantándose y dándome la espalda mientras mira por la ventana de su despacho.

—No me gusta nada cuando las cosas dejan de ser sencillas, no me gusta la muerte de un ricachón, no me gusta la muerte de una persona famosa y menos de la tele.

No me gusta nada esto a menos de seis meses de mi jubilación.

Le voy a dar este caso o casos, quiero que de momento investigue los tres homicidios por si están relacionados, aunque uno de ellos esté prescrito.

Pero no quiero ni el más mínimo desliz con todo esto.

Y quiero estar informado al minuto de todo lo que vaya averiguando.

Esto puede ser muy bueno para usted, subinspector, o muy malo.

—Está bien, comisario, muchas gracias por su confianza.

No puedo evitar atragantarme y toser al contestar.