Sin bragas no hay miedo 18. Las bragas las carga el diablo #3
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18. Las bragas las carga el diablo #3

Hemos estado el tiempo justo. No me gusta alargar hasta el infinito estos momentos.

Me aburro si no vamos al grano. El amor, como el café, corto e intenso.

Nos quedamos en la cama, cada uno en su lado, exhaustos y boca arriba, en mi posición de pensar.

Vuelvo entonces a mi papel de niña buena y le digo que no entiendo que me ha pasado, que serán los nervios, que no suelo ser tan efusiva y mucho menos en una primera cita. Tengo que guardar un poco mi imagen.

Es hora de saber algo más de él y paso al interrogatorio. Le pregunto por su padre, pero rápidamente me hace un cambio de tercio y encuentro que soy yo la que estoy respondiendo a su interrogatorio. Mejor lo dejamos estar y saco un tema neutral: los hijos o, mejor dicho, el miedo a tenerlos.

Y ahora sí, cojo la almohada, la abrazo y me pongo boca abajo. Espero dormirme enseguida, si no lo consigo… otra vez boca arriba.

A las cuatro de la mañana —sin una copa, sentado en una comisaría como sospechoso, y encima no de uno, sino de dos asesinatos— cualquiera puede perder la moral.

Yo no, yo soy una persona con un tremendo autocontrol, con una carrera brillante, con un pasado intachable, con una familia poderosa e influyente.

Por todo esto, es incomprensible cómo puedo tener tan baja autoestima.

—Perdone la espera, doctor. Tome este café, por favor, la noche se nos ha complicado con una pelea en la que ha habido dos heridos y un muerto. No estaba de guardia, pero como me han pillado aquí he tenido que echar una mano. Enseguida estoy con usted.

El subinspector Amat cierra de nuevo la puerta y me vuelve a dejar solo.

Es inevitable, si estás, como estamos todos, suscritos a las plataformas de pago de televisión, no estar hasta las cejas de series policiacas.

Estoy cansado de ver emplear estas tácticas con los sospechosos.

Los encierran en una habitación y los dejan un tiempo excesivo con cualquier excusa.

Esperan que mientras pasa el tiempo los nervios del acusado acaben por traicionarlo mientras ellos lo observan a través del falso espejo que hay en la sala.

Seguro que el subinspector está en estos momentos mirándome con alguno de sus compañeros, fumándose un cigarro e intentando ver en mi comportamiento algún indicio de culpabilidad.

Al menos ha tenido el detalle de traer un café.

O está aplicando la estrategia de poli bueno y luego vendrá el malo.

Espero que el café no contenga ninguna especie de suero de la verdad.

Lo cierto es que me viene de perlas. El día no ha podido ser más ajetreado y la noche no digamos.

He mantenido relaciones sexuales con dos chicas maravillosas.

Intento recordar cuándo fue la última vez que me ocurrió algo así y, enseguida me acuerdo, nunca.

Lo he conseguido en diferentes días, pero ¿el mismo día?

eso no me había pasado jamás. Tampoco me habían acusado de un asesinato nunca y menos de dos el mismo día.

Parece que hoy todo pasa por duplicado .

Respecto a la muerte de Sandra, puedo entender que aparezca como sospechoso.

Me acusa de un crimen y, antes de que pueda facilitar las pistas que pueda tener, aparece muerta.

Tiene su lógica creerme culpable. Pero mi padre…

¿Qué puede hacer pensar que he matado a mi padre?

Para empezar, murió de un infarto. Estéfano estaba presente y certificaron su fallecimiento como una parada cardiorrespiratoria.

No hay ningún indicio que pueda hacer pensar otra causa o forma de la muerte.

No me llevaba bien con mi padre, eso era evidente. Aun así, he sentido mil veces la última conversación que mantuve con él, justo el día antes de su muerte.

—Diego, tienes que comprender que la familia siempre se ha hecho cargo de los negocios familiares.

Yo ya tengo una edad y quiero dejar todo bien resuelto.

Has disfrutado de la vida lo que has querido.

Con tus juergas universitarias, tardaste en sacarte la carrera casi el doble del tiempo necesario.

Ahora tienes tu clínica privada que, por supuesto, también he pagado yo.

Solo te pido que al menos figures como presidente en la empresa, que ocupes mi cargo.

De hecho, ni siquiera has de llevar la dirección ejecutiva, para eso ya está Estéfano.

—Sí, Estéfano está para eso y para tapar todas tus mierdas —le contesto malhumorado y harto ya de esta conversación recurrente.

—¿Qué quieres decir con eso?

—Nada.

Me doy la vuelta para marcharme, no tiene sentido tras una vida de silencio sacar el tema a estas alturas, pero mi padre me agarra el brazo y me da la vuelta de forma violenta .

—¿Cómo que nada? Di lo que tengas que decir, ¡habla como un hombre! —me grita.

—Pues que eres un cabrón, un maldito cabrón y un cobarde que le has amargado la vida a mamá.

Siempre pasa igual, cuando nos callamos las cosas con el tiempo se enquistan y las soltamos de malas formas y en los peores momentos.

Justo cuando entraba mi madre y me oye decir aquello.

Años de silencio para reventar de la manera menos civilizada, pero el mal ya está hecho, una vez desencadenado es difícil parar.

—Prueba con mi hermanastro, igual con él tienes más suerte.

—Maldito animal desagradecido.

Y ahí me cayó el tortazo.

Desde la serenidad que me da el tiempo transcurrido pienso que, aun teniendo razón, puede que mereciese aquel tortazo.

De todas formas, creo que aquel golpe activó algo en mi interior, algo que a partir de aquel momento me haría decir las cosas cuando tocan sin guardarlas dentro de mí, sin dejar que se pudran con el paso del tiempo y que al sacarlas inunden todo con su nauseabundo olor.

Como en cualquier enfermedad, es mejor afrontar los problemas en sus inicios.

—Hola de nuevo, inspector, o ¿puedo llamarle Fran? Dadas las cosas que tenemos en común.

Yo también sé tocar las narices y puedo ser muy cabrón, al fin y al cabo, lo debo de haber heredado de mi padre.

—Prefiero que me llame subinspector Amat, si no le importa. ¿Y qué es eso que tenemos en común usted y yo? Yo no soy el sospechoso de asesinato al que le encontraron las bragas de la fallecida.

—¡Venga, Fran! No se haga el tonto conmigo y dejémonos ya de jueguecitos por esta noche. Empiezo a perder la paciencia, dada la hora que es, y mire que soy un hombre paciente.

—No está en situación de perder la paciencia, doctor.

—Mire, le voy a resumir la situación de forma muy clara.

Me ha golpeado sin motivo, por lo que le puedo poner una denuncia que me estoy planteando.

Me trae aquí porque tenía relaciones con la fallecida.

Igual que usted. ¡No, no ponga esa cara de sorpresa!

Sandra no ocultaba sus relaciones, igual que yo conozco la suya usted conoce la mía.

Así que, si soy sospechoso por ser su amante, usted, Fran, está en el mismo barco que yo.

Lamentaría llamar a estas horas al abogado de la familia, pero si tardo más de cinco minutos en salir de aquí lo voy a hacer.

Le aseguro que en ese caso no voy a ser yo el único perjudicado.

Lo siento especialmente por su esposa e hijos.

—¿Cómo se atreve? ¡Será hijo de puta! —me dice el subinspector agarrándome por el cuello de la camisa sin botones, aunque enseguida se calma, lo están viendo sus compañeros—. ¡Hijo de puta! —me dice de nuevo mientras se da la vuelta para salir de la sala de interrogatorios.

—En realidad, mi madre es una santa, el cabrón era mi padre —le digo en tono de burla.

—Claro, y por eso lo mató. —Y cierra la puerta, aunque vuelve a entrar en un par de minutos—. Puede marcharse por el momento, volveremos a vernos .

—Cuando quiera, pero, a ser posible, en horas más normales. ¡Hasta pronto, inspector!

Por fin salgo a la calle de nuevo, tras más de dos horas encerrado en esa angustiosa comisaría.

Es increíble el tráfico que hay en la ciudad a pesar de ser a estas horas de la mañana.

Dicen que Nueva York es la ciudad que nunca duerme.

Madrid debe de ser la ciudad que siempre está despierta.

Entre el ajetreo y el café creo que me he desvelado.

Viene a mi mente el momento que he pasado con Alegría y al mismo tiempo el que he tenido con Sandra.

Reflexiono sobre si mi encontronazo con Fran vendrá a consecuencia de haberme sentido un poco celoso por su relación con Sandra.

Aunque lo mío con ella era algo sexual, no dejaba de tenerle cariño.

Lo cierto es que de tanto compartir cama —bueno, cama, sofá, escritorio, pasillos y hasta algún que otro sitio público, pues le encantaba hacerlo en los sitios más insospechados— al final nos habíamos tomado afecto.

O al menos yo a ella, porque, visto lo visto, acusarme de haber matado a mi padre no parece la mejor forma de expresar cariño a nadie.

Siendo objetivo, no puedo reprocharle a Sandra su gusto por Fran.

Desde luego, es mucho más macho que yo. Más alto, más fuerte, seguro que más guapo.

Y lo del hoyuelo en la barbilla con ese mentón no tiene parangón.

Si supiese dibujar, otro de mis anhelos, y me pidiesen que dibujara a un inspector del FBI, no dudaría en dibujar a Fran.