18. Las bragas las carga el diablo #2
Desde el balcón de mi piso, en un sexto, diviso con dificultad el rostro de Diego.
Está subiendo al coche con el inspector.
El hecho de haber encontrado las bragas de Sandra en su poder no ha facilitado para nada que pueda dejar de ser sospechoso de la muerte de esta, más bien al contrario.
El inspector ha considerado conveniente que le acompañase a la comisaría a prestar declaración.
Al margen del asesinato o no de la presentadora (sin ser para nada algo irrelevante, por supuesto) hay otro tema que me inquieta: el instante y la circunstancia en que Diego se apoderó de las bragas.
Me ha dicho que hacía meses que no mantenía relaciones con ella.
En ese momento notaba que me estaba mintiendo, de hecho, incluso me ha dado cierto morbo pensar que podía estar poniéndole los cuernos a Sandra. Pero ahora me fastidia todo esto.
El coche arranca y enseguida se marcha. Noto el frío en mi cuerpo.
Miro hacia arriba y compruebo que la noche se ha cerrado.
Unas nubes han ocultado a la luna por completo y la oscuridad se cierne sobre la ciudad.
No me gusta la oscuridad, no me gusta la noche.
Todas las cosas horribles que me han pasado en esta vida han sido por la noche.
Siendo pequeña, en el orfanato, desarrollé somnifobia, miedo a dormir.
Me daba pánico la idea de acostarme a dormir porque terribles pesadillas venían a mi mente.
La noche pasó así a convertirse en mi peor enemigo.
En lugar de ser un momento reparador, suponía un padecimiento terrible que intentaba superar por todos los medios.
Con el paso del tiempo, logré desarrollar una técnica para no dormirme.
Era sencilla, pero muy efectiva. Consistía, solamente, en quedarme boca arriba.
Nunca he podido dormir en esa posición. Para poder conciliar el sueño debo situarme boca abajo, abrazando la almohada.
Solo así puedo dormir. Me acostaba así cada noche y me ponía boca arriba para no dormirme.
Entonces luchaba por traer a mi mente solo pensamientos positivos.
Me imaginaba en una preciosa casa con un padre y una madre maravillosos, pendientes de mí.
O imaginaba tan solo que me estaba comiendo un enorme pedazo de tarta de manzana, que siempre ha sido y es mi postre favorito.
En esa posición y con esos pensamientos, aguantaba todo el tiempo del que era capaz hasta que estaba cansada y con mucho sueño.
Solo entonces me daba la vuelta, abrazaba la almohada y me quedaba durmiendo agotada.
Si no lo hacía de inmediato, me tocaba volver a la posición anterior y comenzar de nuevo el proceso.
Había noches que lo conseguía enseguida, otras estaba cambiando de posición casi toda la noche, sin apenas dormir, con lo que eso suponía al día siguiente, en el que me encontraba agotada.
Ahora estoy ya en la cama. Podemos decir que he superado mi somnifobia, aunque continúo aplicando la misma técnica.
Me ha llegado a gustar estar boca arriba, tumbada en la cama, con la vista perdida en el techo o con los ojos cerrados.
Me gusta esta posición en la que no puedo dormir, pero sí soñar, porque sueño despierta y así soy yo la que elige los pensamientos, los sueños que quiero tener.
El día ha sido intenso, parece que todo ha tenido sentido.
Antes de ir al programa he sufrido un choque con un apuesto y estúpido personaje que ha resultado ser mi compañero de tertulia.
Hemos congeniado bien, demasiado bien diría yo.
Los apagones del programa parecían presagiar la desgracia que se avecinaba.
Diego ha irrumpido con fuerza en mi vida.
No lo tenía previsto. Quería adoptar a un niño, o preferiblemente una niña, como madre soltera.
Igual estoy dejándome llevar. Un polvo es un polvo, no tiene por qué acabar en matrimonio.
No tengo ninguna intención de que acabe, ni siquiera como relación.
Es un crápula, no se ata a nada ni a nadie.
En el fondo es un niño mimado y egoísta que lo ha tenido todo en esta vida.
No tenemos nada en común. A mí todo me ha supuesto un enorme esfuerzo.
Cada paso que he dado en mi vida me ha costado sangre, sudor, y de haber podido llorar, también lágrimas.
Muchas lágrimas que él, con su acomodada vida, nunca podrá entender.
La vida en el orfanato de San Segundo fue dura.
Cuando lo abandonamos parece que todo empezó a mejorar poco a poco.
Tras el incendio, nos repartieron a todas entre distintos centros que la empresa mantenía en varias poblaciones.
Aquello resultó inesperadamente dramático para algunas de las chicas que tenían una estrecha amistad entre ellas.
Las relaciones que aparecen en estos sitios no son las habituales, son mucho más intensas, en todos los sentidos.
Siempre son las situaciones límite las que forjan los mayores afectos.
Y nosotras, a menudo, vivimos situaciones límites dentro de aquellas gruesas y frías paredes.
Yo no tenía ese problema. La única persona a la que apreciaba era la señora Julia, y aprovechó aquella circunstancia para jubilarse.
Me daba por satisfecha con no volver a coincidir con la señora Úrsula, aunque, por otra parte, era imposible que lo hiciera.
Incluso se puede decir que tuve bastante suerte.
Me llevaron al centro más cercano, en Valladolid.
Este no tenía nada que ver con el anterior.
Estaba ubicado dentro de la población, como si no tuviese nada que ocultar.
No era una edificación moderna, pero tampoco tan antigua como San Segundo.
En su interior todo resultaba más alegre y confortable.
Y, lo que es más importante, no había sótano en el patio.
Toda mi vida cambió por completo en aquellos días.
Crecía feliz con nuevas compañeras y, para mi sorpresa, con nuevos compañeros.
A la vez que se despertaba mi alegría, haciendo por fin honor a mi nombre, se despertaba también en mí una libido desconocida.
Tuve varios encuentros con chicos, a pesar de que nos sometían a una férrea vigilancia en ese sentido.
Había un pequeño rellano en el último de los tres pisos que tenía el nuevo centro, justo antes de salir a la terraza que no se solía visitar, pues teníamos prohibido el acceso a la misma al haber caído desde el tejado una niña años antes.
El rellano quedaba oculto a la vista de todo el mundo y proporcionaba una intimidad fantástica para mis fines sexuales en aquellos momentos.
De esta forma, fueron varios los muchachos con los que visité aquel espacio frío, duro, pero recóndito, excitante y entrañable con el paso de los años.
El pensamiento de mi descubrimiento del sexo en aquellos años me trae a la mente el momento de hoy con Diego.
Sigo boca arriba en la cama, sigo sin dormir y sigo con los sueños que quiero.
En este momento, nada mejor que recordar el revolcón con Diego.
¡Qué mejor forma de olvidar que soy sospechosa de un crimen!
No ha sido intencionado, de verdad. Me justifico a mí misma.
Cuando le he dicho que subiese no tenía otra intención que la de charlar con él.
Intentar pensar juntos la estrategia que debíamos seguir tras la acusación que Sandra nos había echado encima, a sabiendas de que su siguiente paso sería sacar toda esta mierda en su programa.
Esa era mi única intención. Pero ha sido tan amable, tan atento, es tan guapo y apuesto, con esa melenita negra en contraste con esos ojos azules, que, cuando lo he tenido cerca, no he podido evitarlo.
En el momento que me ha dicho que hacía tiempo que no tenía relaciones con Sandra, justo en ese momento, cuando he notado que mentía y que me podía vengar de ella si todavía mantenía su relación.
No sé, con todo eso no he podido evitar besarlo y me he desatado.
He de reconocer que cuando se le ha caído el vaso al sofá y me lo ha puesto todo perdido, lo hubiese matado.
¡Joder! ¡Qué es blanco! ¿Cómo se puede ser tan manazas en un momento así?
Lo he tenido que llevar a la habitación.
Bajo ningún concepto podía estar haciendo el amor ahí, viendo la mancha en el sofá.
Una vez en la habitación me he alegrado de estar allí.
El juego y las posibilidades que proporciona la cama no son las del sofá.
Y verlo allí tumbado me ha puesto a mil.
A cualquier hombre le excita ver cómo se desnuda una mujer y la idea de su excitación me pone más.
Y justo en ese momento, como no puede ser de otra forma, suena el móvil.
¿En serio? Se lo he quitado de las manos y lo he lanzado lejos.
De no hacerlo, es capaz de ponerse a atender la llamada.
Lo de romperle la camiseta no ha sido premeditado, aunque no sé si me he pasado un poco.
Yo misma casi me parto de la risa con la cara que ha puesto cuando han saltado todos los botones por los aires.
Quitarle el resto de la ropa ha sido más sencillo.
Y una vez desnudo… Me siento sobre él. Seguro que al muy cabrón no le gusta la posición.
Preferiría tomarme por detrás, con el culo en pompa, humillándome al son de la penetración.
Pero soy yo quien ha tomado la iniciativa y la que está encima.
Domando a mi potro. Esperando que reviente de placer en cualquier momento y acabemos de cabalgar juntos .