Sin bragas no hay miedo 18. Las bragas las carga el diablo
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18. Las bragas las carga el diablo

La pérdida de un ser querido es complicada de superar.

De los sucesos más difíciles que nos toca afrontar durante nuestra existencia en este mundo.

La época en la que visité al psicólogo —y hablo en pasado porque ya no acudo a esas visitas y no es que no las necesite— me dijo que sufría de un miedo irracional a poder perder a los seres queridos.

¿Irracional? Como se nota que no tiene mi trabajo, en el que muchos días compruebo como esos miedos se hacen realidad una y otra vez.

Muchas de las situaciones de temor que producen nuestros miedos se quedan en simples amenazas.

En realidad, nunca las vivimos, pero para la pérdida de los seres queridos debemos prepararnos, de esa no nos libramos.

Tarde o temprano te alcanza. Y, la verdad, por mucho que intentes prepararte, nunca lo consigues.

Por mucho que alguien piense que es capaz de pasar el duelo, no sabe cómo lo hará hasta que le ocurre.

Sandra era un ser querido para mí, al margen de la relación sexual que podíamos tener, creo que la consideraba una amiga más que una amante.

Eso lo digo en su beneficio, me parece un rango mayor el de amiga que el de amante.

Lo cierto es que, al menos de momento, mi faceta policial ha superado a la de amigo.

Mi mayor sentimiento en este momento es el deseo de localizar al o a los culpables.

Ya me tocará pasar la pena cuando detenga a los criminales.

En este momento, por mi mente pasan varias personas como posibles causantes de la muerte de Sandra, pero hay dos que se llevaban el primer puesto en el ranking.

Los doctores han sido los primeros en abandonar la mesa, les ha dado tiempo a preparar el escenario del crimen y a marcharse.

Y lo más importante, tienen un móvil. Sandra iba a darme pistas decisivas para su posible imputación en dos homicidios.

Muerta ella, se pierden esas pistas y pueden quedar impunes.

A simple vista no había nadie más a quien pudiese beneficiar su muerte.

Es importante localizarlos lo antes posible, antes de que puedan organizar su coartada.

Es la segunda vez que toco el timbre. Soy consciente de que a nadie le gusta que llamen a su puerta de esa forma a estas horas de la noche. Lo que tengo claro es que, si la doctora se encuentra en su casa, va a tener que abrirme la puerta, pues no pienso marcharme de aquí hasta que así sea.

—¿Quién es? —Oigo al fin por el telefonillo.

—Soy el subinspector Amat, doctora, haga el favor de abrirme.

—¿Sabe usted la hora que es, inspector?

—Subinspector, por favor, y sí, sé perfectamente la hora que es. Le aseguro que el motivo está más que justificado.

—Está bien, suba usted.

La puerta de la calle se abre y paso .

El bloque de edificios de la doctora Alegría es de nueva construcción.

Creo que todavía huele a nuevo, a pintura y barniz.

Es de las viviendas construidas tras remontar la crisis anterior, de las que se están construyendo por las nuevas zonas de expansión de la ciudad.

Llama la atención que en estas edificaciones les han dado más espacio a las zonas comunes y, por el contrario, se lo han quitado al interior de los pisos.

Debe de ser para ahorrar costes y lograr mayor rentabilidad por parte de la promotora.

Mi curiosidad por estos temas inmobiliarios excede del ámbito policial.

El motivo es que, desde hace un tiempo, mi mujer y yo estamos buscando un piso al que trasladarnos.

Llevamos toda la vida pagando un alquiler que ahora se nos ha puesto por las nubes.

Parece que mi destino laboral es por fin bastante estable tras haber recorrido durante años varias localidades de toda España.

Llevo casi cinco años en Madrid. Mi mujer estaba cansada de tanta mudanza y ahora tiene un trabajo que le gusta.

Y los niños ya tienen doce y nueve años.

Han hecho amigos en el colegio, es muy difícil moverlos de nuevo.

Espero acabar mi carrera en Madrid, aunque sea a costa de no ascender.

Así está en estos momentos mi vida. Una buena estabilidad salvo por el hecho de que tenía un amante a la que acaban de asesinar.

El tamaño del ascensor también ha aumentado.

Es de seis plazas, siempre que tengas un peso que se considere normal.

Está recubierto de espejos por todas partes, incluso por el techo.

Me asomo, lo miro bien y me marcho hacia la escalera.

No me gustan los ascensores. Los malditos ascensores y la maldita claustrofobia.

Hace unos meses tuvimos a un detenido que se encontraba en un noveno piso.

Tuvimos que bajarlo por las escaleras. Ni siquiera dos policías fueron capaces de meterlo en el ascensor.

Estoy hablando de un hombre, por llamarlo de alguna forma, que había asesinado, violado y descuartizado al menos a tres mujeres sin ningún tipo de pudor ni remordimiento.

En cambio, no soportaba meterse en un ascensor.

La mente humana tiene estas cosas que no alcanzo a comprender.

Cuando llego al rellano del piso de la doctora me encuentro con cuatro puertas distintas.

Estoy intentando adivinar cuál de ellas será mientras recupero de nuevo la respiración tras la subida por las escaleras.

No me parece prudente comenzar a llamar en cada una de ellas hasta dar con la vivienda de la doctora.

Menuda sorpresa se lleva uno si pasadas las dos de la mañana la policía llama a tu puerta.

Antes de que me decida, una de las puertas se abre y la sorpresa me la llevo yo.

—¿Qué demonios ocurre, inspector?

Es el doctor, a quien no me esperaba, el que abre la puerta, la más alejada, la última a la que hubiese llamado tras despertar a media finca.

—Soy subinspector, ¡joder! —«¿De verdad es tan difícil?», pienso—. Siento presentarme así, les he estado llamando, a los dos, pero no contestaban a mis llamadas y el asunto es delicado. La señora Ricci ha muerto.

—¿Qué? ¿La señora Ricci? ¿Está hablando de Sandra? ¡Pero si hemos cenado todos juntos hace un momento !

—Así es —le contesto con la mayor frialdad de la que soy capaz manteniendo una entereza profesional como si la cosa no fuese conmigo—. La hemos encontrado en el plató. Todo apunta a que ha sido asesinada.

—¡No puede ser! ¡¿Quién iba a hacer algo así?! —dice la doctora Alegría que se incorpora al salón desde una habitación.

Continúo en la puerta, desde allí diviso la totalidad del salón y la cocina que se encuentran juntos, es un tipo loft.

A mi mujer le encantan, pero yo no acabo de ver eso de que todas las dependencias estén juntas.

Mientras ambos doctores hablan alborotados y agitados entre ellos por la repentina noticia, estoy pensando que, aunque el piso tiene un aspecto acogedor y moderno al mismo tiempo, queda muy pequeño para mí.

Observo la distribución. Teniendo en cuenta que hay cuatro viviendas por planta, llego a la conclusión de que el piso en el que me encuentro, al margen de la dependencia en la que estamos, debe tener un aseo y otra habitación como mucho.

Por no tener no tiene ni recibidor. Uno accede directo al salón.

Como digo todo son ahorros para el promotor.

—Perdone, inspector, no le he ofrecido pasar. Por favor, entre y siéntese —me dice ahora la doctora sacándome de mis pensamientos inmobiliarios.

—Es subinsp… —«Qué más da», pienso. Entro y cierro la puerta.

—¿Quiere tomar algo, un café, agua…?

—No, gracias, tengo que hacerles unas preguntas .

—¿Cómo que unas preguntas? ¿Está diciendo que nos considera sospechosos? —dice el doctor malhumorado.

—Necesito saber qué hicieron nada más abandonar la cena, a dónde se dirigieron en ese momento.

—¡Es increíble! ¿En serio? —El cabreo del doctor va en aumento—. Esta noche nos acusan de dos muertes y ahora ¿quiere acusarnos de otra? ¿De verdad? ¿Piensa que somos asesinos en serie o qué? ¡Sandra era mi amiga! ¡Mi amiga! ¿Entiende?

—¿Tan solo eran amigos? —le pregunto aguantando la calma, pues me irrita que me griten y yo también puedo ser muy desagradable si me lo propongo.

—A usted eso no le importa.

—En realidad sí me importa, puede ser relevante para el caso.

—¿Y usted? ¿Qué era usted para Sandra, inspector? ¿Solo un amigo? Igual no es usted la persona idónea para investigar este caso. Igual es alguien con un interés especial y debería dejar el asunto a otro policía más imparcial. O puede que incluso sea usted quien ha tenido que ver algo con su muerte.

Son las últimas palabras que le dejo pronunciar.

Me ha costado llegar hasta aquí sereno, pero esas insinuaciones o, más bien, acusaciones directas, desatan en mí un impulso que no puedo evitar.

Antes de que consiga detener a mi mano, esta se ha cerrado y proyectado con violencia sobre la cara del doctor.

Por suerte, al estar ambos sentados en el sofá, la caída no ha sido muy fuerte.

No obstante, la sangre hace aparición en su cara.

—¡Por dios, se ha vuelto usted loco! —interviene la doctora situándose entre los dos—. No puede usted venir a mi casa y agredirnos así.

—Lo siento, ha sido un… —los segundos pasan, no he acabado la frase cuando digo—: ¡Alto, no se mueva, deje eso inmediatamente!

El doctor está sangrando un poco, apenas un pequeño corte en el labio. Por suerte, le he dado tan solo de refilón. Ha sacado un pañuelo de su bolsillo para taponar la herida. Un pañuelo con unos encajes preciosos. Solo que no es un pañuelo. Son unas bragas. Unas bragas que reconozco de inmediato.