Sin bragas no hay miedo 17. Una torta a destiempo #2
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17. Una torta a destiempo #2

Creo que está sobrevalorado llegar al orgasmo al mismo tiempo que tu pareja, pero desde luego malo no es.

Compartir estos segundos de clímax con la doctora Alegría es una sensación irrepetible.

Y digo irrepetible porque, por más que lo volvamos a hacer una y mil veces más en el futuro, solo hay una primera vez y ha sido esta.

Se pueden hacer muchas cosas tras hacer el amor, sin duda ir al baño es una de las más recomendables, sobre todo para profundizar en la higiene personal, de la que soy un firme defensor a ultranza.

Otra sería fumar un cigarrillo, pero hace años que lo dejé.

Para mí lo ideal es permanecer abrazados aún impregnados de todo tipo de fluidos corporales.

Abrazados y en silencio, pero Alegría no parece ser de las que se callan.

—No sé qué me ha pasado, Diego. No suelo ser tan… no sé. Creo que ha sido la presión por todo lo de esta noche, la tensión del programa, esta cena tan inesperada y estresante…

—No te preocupes, me ha encantado. Solo que ha sido una sorpresa. Como has dicho que solo sería una copa —le digo riendo—. Aunque por esta noche me gustaría no tomar más copas, me ha bastado con esta.

Ella se une a mis risas.

—¿Cómo murió tu padre? —me suelta sin más preámbulos.

—No hablo nunca de eso. En mi casa tenemos muchos temas de los que nunca hablamos.

—Ya, como en cualquier casa, pero para algo yo soy psicóloga. A mí me lo puedes contar.

—Fue una muerte de lo más normal. Un infarto cuando estaba en su oficina. Ni siquiera estaba en una agitada reunión. Se encontraba solo con Estéfano.

—¿Quién es Estéfano?

—Su mano derecha, un intrigante y fiel escudero que no me soportaba, pero un magnífico gestor para la empresa. Sin él mi padre no hubiese llegado tan alto.

—Hablas en pasado, ¿ahora te soporta o es que ya no está en la empresa?

—Es una larga historia, prefiero dejarla para otro día. Mejor dime tú por qué Sandra piensa que tuviste algo que ver en el asesinato la noche del incendio.

—Es que no hubo ningún asesinato esa noche. No tengo ni idea de dónde ha sacado esa absurda teoría —me dice mientras se quita de mi hombro de forma que ambos quedamos cada uno en su lado de la cama mirando al techo.

—¿Nunca has pensado en tener hijos? —me pregunta tras unos instantes de silencio en el que cada uno estaba absorto en sus pensamientos .

—Por el momento, no. Soy tan mal hijo que ni me lo he planteado. Me produce miedo solo pensarlo.

—¿Y por qué te da miedo? ¿Acaso es otra de tus famosas fobias?

—me dice Alegría con una sonrisa que veo de reojo, pues continuo con la mirada perdida en el techo—.

¿O es por la inversión indiscriminada en pañales, chupetes, comida, ropa, estudios, máster y un sin fin de cosas que se traducen en el alargamiento infinito de la hipoteca?

En tu caso no creo que sea esto. Eres rico, estás por encima del noventa y nueve por ciento de los problemas del resto de los mortales.

—No —le contesto—, desde luego que en mi caso no es por eso. Creo que es demasiada responsabilidad. Más de la que puedo soportar. Me gustaría que mi hijo fuese mejor persona que yo.

—Bueno, por lo poco que te conozco, eso lo tiene bastante fácil —me dice riendo.

—¡Estamos en un mundo tan hostil! — digo yo, poniéndome trascendente.

—¡Qué va! No estamos en un mundo hostil. Estamos en un mundo feliz. Todo depende del cristal a través del que mires en tu vida. A un hijo hay que transmitirle felicidad, emociones positivas, lo demás es cosa suya. De todas formas, no quiero tener hijos.

—¡Venga! Me estás echando todo este sermón sobre los hijos y ahora eres tú la que me dice que no quieres tenerlos. ¡No me lo puede creer !

—No los quiero tener biológicamente, mi intención es adoptarlos. De hecho, ya hace años que estoy en lista de espera.

—Claro, imagino que tiene que ver con tu paso por el orfanato.

—Por supuesto, me parece una aberración que estemos trayendo más niños al mundo cuando hay tantos en esos centros en espera de unos padres que les proporcionen una vida normal.

¿Sabes cuántos niños y niñas existen tan solo en España en centros pendientes de adopción?

—Niego con la cabeza—. Unos veinte mil y otra cifra similar con padres de acogida que no terminan de saber cuál será su situación definitiva.

—Pero, ¿cómo es eso posible? ¿No hay gente que los quiera adoptar? Se podría hacer una campaña de concienciación.

—¿Que no hay gente, Diego? Hay unas cincuenta mil solicitudes pendientes de resolverse. Las parejas se marchan a otros países aburridos de la espera aquí. A los pocos países con los que existe convenio de adopción, que encima son muchos menos de los que deberían ser.

—¿Qué ocurre entonces? ¿Cómo es posible que con tantas personas deseosas de adoptar sea tan difícil? —le pregunto extrañado mientras me levanto de mi posición y sitúo mi cara encima de la suya.

—La pregunta no es sencilla de contestar.

Una burocracia asfixiante, unos centros que forman parte del proceso y que no acaban de estar dispuestos a perder unos ingresos cada vez que se les marcha un niño.

La edad de las criaturas, que en el momento que cumplen seis o siete años dejan de ser del gusto de los futuros padres.

Los distintos problemas que muchos de los pequeños que allí están arrastran por motivos genéticos o sociales.

Muchos de ellos tienen padres biológicos con graves trastornos de adicciones, también otros muchos han sido víctimas de malos tratos o abusos de distintos tipos.

Todos estos no reúnen el perfil ideal que unos padres desean que tenga su futuro hijo.

No sé, es un cúmulo de factores que, en definitiva, dificultan muchísimo el proceso.

—Si tenía pocas ganas de tener un hijo, has logrado quitármelas del todo. Encima si algún día las tengo, me voy a sentir fatal por decidir esa opción en lugar de la de adoptar.

—En cualquier caso, decidas lo que decidas, no pretendas ser el mejor padre del mundo. No hace falta. No sé si esto lo dijo alguien famoso. —Y se ríe de nuevo.

—De todas formas, con la edad que tengo, me voy a ocupar más de los nietos que de los hijos.

Ambos nos reímos abrazándonos.

En ese momento, con ella a solas, me parece estar en el cielo, pero siempre hay algún imbécil que estropea estas situaciones. Y ese imbécil está ahora tocando el timbre a las dos de la mañana.