17. Una torta a destiempo
El piso de la doctora Alegría huele como ella.
No es perfume, es una colonia fresca, suave y ligera, como a mil flores.
Lo primero que percibo siempre al entrar en una vivienda es su olor.
La mayoría de las veces el olor define a una persona.
Puede proporcionar una inexplicable sensación de bienestar rodearte de esa persona o entrar en su morada, o también puede ocurrir lo contrario.
Siempre había pensado que yo tenía cierta obsesión con los olores hasta que hace poco más de un año acudió a mi consulta un paciente con osmofobia.
Así es, hasta los olores pueden provocar un miedo irracional por una aversión e hipersensibilidad psicológica que desencadene graves problemas para el afectado.
En el mundo hay una infinidad de olores, unos agradables y otros repugnantes.
Muchas veces los aromas nos evocan momentos vividos y recuerdos, sean estos buenos o malos, y en otras ocasiones los olores nos avisan de peligros como el olor a humo o gas.
Entrar en el piso de la doctora Alegría hubiese sido un placer para alguien con esa patología.
El piso es muy acogedor, pequeño, sobre todo para mí, acostumbrado a la mansión familiar.
El salón está unido a la cocina con una pequeña isleta que separa los ambientes.
Predomina el blanco, tanto en las paredes como en los escasos muebles que contrastan con unas cortinas estampadas con un dibujo moderno a colores que podrían pasar por flores.
—Ahí, en ese mueble, tienes un mini bar —me dice señalando un pequeño aparador en la pared—. Sírvete lo que quieras, me voy a quitar estos zapatos, me pongo cómoda y salgo enseguida.
He visto montones de pelis y sé perfectamente que significa eso de «me pongo cómoda».
Mi mente calenturienta apenas ha tardado dos milésimas de segundo en imaginarse a la doctora con un sutil y semitransparente salto de cama negro, en contraste con las paredes, sin nada más debajo que unas pequeñas braguitas.
Intento recuperar mi ritmo cardiaco, al trote en esos momentos, y me sirvo un ron cola.
Con la copa en la mano me recuesto sobre el sofá, como no, de color blanco.
Mi mirada vaga por la habitación en busca de detalles que me hagan conocer más sobre la personalidad de Alegría.
Esta maravillosa persona que conozco hace solo unas horas, pero que ya ha logrado cautivarme.
No encuentro nada en especial. Las paredes sin apenas cuadros, tan solo uno en una pared, en colores, que evoca algo parecido a las flores, parece que se combina con las cortinas.
Un mobiliario de color madera clara combinado con blanco y algunos capazos de mimbre que le dan un toque informal y rústico dentro de todo el ambiente urbano.
Por lo demás, no hay ninguna foto. Nada que haga suponer que la persona que allí habita tenga un pasado.
Podría ser la morada de cualquiera. De una mujer, sí, pero de cualquier mujer.
Quizá a lo largo de la noche y si la lujuria nos lo permite, pueda descubrir alguna de sus intimidades.
Quizá si la ocasión lo consiente, yo deba confesarle algunas de las mías.
Como la noche en la que vi a mi padre golpear a mi madre la primera vez.
O cuando, tras una discusión con mi padre, desaparecí de casa sin dar más explicaciones.
Llegó un momento en que las discusiones con mi padre eran continuas.
Él estaba obsesionado con que me hiciese cargo de la empresa.
Habíamos tratado el tema una y mil veces sin llegar nunca a ningún acuerdo y terminando siempre la conversación enfadados, pero ese día había dado un paso más, me había levantado la mano.
Bueno, levantado y bajado, porque no lo vi a tiempo y me propinó un sonoro tortazo.
Sabía que en ocasiones le había pegado a mi madre, pero nunca hice nada, como el cobarde que soy.
También es verdad que mi madre era la primera que no deseaba que hiciese nada.
Lo cierto es que en aquella ocasión me pilló desprevenido y sorprendido.
Sí, esa fue mi mayor emoción en aquel momento.
Ni dolor, ni rabia, ni pena, ni miedo; fue sorpresa.
Y creo que él también se sorprendió, incluso más que yo.
Era ya un anciano y acaba de cortar de raíz la más mínima esperanza de ver cumplido su sueño.
Como siempre, no hice nada, no dije nada, di media vuelta y me fui.
Ni siquiera di un portazo al salir. Vagué un par de horas por las calles de Madrid, por el centro, en la mismísima Gran Vía, donde más gente había, donde más solo me encontraba.
Porque así era como deseaba estar: solo.
Revolcándome en mi miseria. Yo, un psiquiatra hecho y derecho, no era capaz de recomponerme de la torta que me había propinado un débil anciano.
Aquel anciano era mi padre y aquella noche la última en la que lo vi con vida.
—Siento si he tardado en salir. —Oigo la voz de Alegría y para mi desilusión está con la misma ropa, como ella había dicho, tan solo se ha quitado los zapatos de tacón y se ha puesto unas cómodas zapatillas de estar por casa—. Estaba contestando unos mensajes del móvil.
—No te preocupes, me he puesto una copa como me has sugerido y estaba aquí pensando.
—Sí, imagino que en todas las acusaciones que ha vertido Sandra sobre nosotros —me dice Alegría mientras se sienta a mi lado en el sofá.
—Exacto —miento—, todavía no me explico de dónde se saca toda esa sarta de mentiras. Lo que es indiscutible es que para ella la audiencia está por encima de cualquier relación de amistad.
—¿Eso es lo que sois vosotros? ¿Amigos?
—Más o menos. Bueno, en realidad nos conocemos desde hace años.
—Cuéntamelo —me dice Alegría, mirándome con sus preciosos ojos claros, de un color que no sabría definir.
—Fue al principio de tener su programa, realizó una entrevista a mi padre como magnate de la ciudad.
Acudió a mi casa y a mí me hicieron una encerrona para salir en el programa.
Mi padre aprovechó la ocasión y me presentó ante toda la audiencia como el sucesor de su imperio empresarial.
Me sentó tan mal que, tras el rodaje, quedé con ella para pedirle que hiciera el favor de obviar esa parte de la grabación.
No quería aparecer ante el mundo con un cargo que siempre me he negado a aceptar.
No deseaba darle ese gusto a mi padre. Fue entonces cuando entablamos amistad Sandra y yo.
—¿Y fue entonces cuando os liasteis? —me suelta de golpe con su carita de ángel, de la sorpresa toso, casi me atraganto con el sorbo que estaba dando a mi copa.
—Sí —le digo tras unos segundos de duda, nada peor para ligar con alguien que reconocer otro amorío, salvo que ello despierte el morbo de la persona.
—¿Y aún estáis enrollados? —insiste—. ¿Cuándo fue la última vez que hiciste el amor con ella? —me dice dejándome perplejo, pues bajo ningún concepto puedo reconocer que hace tan solo unas horas.
—No sé, hace meses —le contesto mientras me levanto incómodo a ponerme otra copa—. ¿Quieres algo? ¿Qué te pongo?
—Me pones tú, mentiroso —me dice con su voz aniñada y sensual—. Ven aquí.
—Alegría, ¿estás segura? ¿No era solo tomar una copa?
—¿Acaso no puede una cambiar de opinión?
—Sí, solo que no querría que… —no acabo la frase porque ya tengo su boca en la mía .
Lo que parecía una frágil mujer se ha convertido en una leona de repente.
Me muerde no solo los labios, la cara, las orejas, incluso las cejas, de forma que llego a temer por mis propios ojos.
Se me cae el vaso con los restos de ron cola al blanco sofá.
Por un momento creo que eso la va a detener, cuando vea la mancha que produce.
Pero no, solo parece insuflar más moral al asunto.
Me agarra de la mano y me lleva a lo que espero sea una habitación, pero que visto lo visto podría ser el matadero.
Al abrir la puerta respiro hondo; es la habitación.
Me lanza a la cama y comienza a desvestirse de pie frente a mí, que apenas alcanzo a poder desabrocharme la camisa.
Algo tenía que pasar para cortar el momento y suena mi móvil.
Lo coge ella y lo lanza a una butaca que hay junto a la cama.
El móvil continúa sonando unos segundos hasta que dejamos de oírlo.
Solo espero poder estar a la altura. Hace unas cuatro horas que descargué todo mi arsenal con Sandra y, aunque estoy tremendamente excitado, he tenido poco tiempo para reponerme.
Alegría acaba con mis problemas para desabrochar la camisa.
De un tirón me arranca todos los botones.
¡Una camisa de doscientos euros! Menos mal que al fin y al cabo soy rico.
Los zapatos y los pantalones no suponen ningún obstáculo para ella.
Me los quita con la misma facilidad que un carnicero despelleja a un conejo.
Y de los calzoncillos no hablemos. La delicada doctora Alegría parece tener una doble cara, cualquiera diría que es la doctora Jekyll.
Vuelve a sonar un móvil, esta vez es el suyo; se oye más débil, pues se ha quedado en el salón.
Por supuesto tampoco le hacemos ningún caso.
Una vez desnudos los dos, se sienta encima de mí.
Ha adivinado que esta es mi posición favorita para hacer el amor.
La comodidad y visión que me permite la postura es, sin duda, inigualable con cualquier otra.
Y, en este caso, la imagen ante mí es, cuanto menos, celestial.
Agarro sus pechos que no dejan de botar y así continúo aguantando sus embestidas que son cada vez más fuertes.
Todavía no la conozco mucho, pero después le preguntaré si monta a caballo, porque lo que es cabalgar, cabalga de maravilla.