16. Oscuridad #2
Miro el reloj, son ya casi la una de la mañana.
Espero que Sandra no tarde. Mañana voy a tener un día duro, quiero madrugar y puede que todavía quede noche por delante.
Un grito desgarrador me saca de nuevo de mis pensamientos.
Corro hacia el lugar de donde parece venir el grito, al que acompaña ahora un llanto histérico.
Recorro rápido el largo pasillo hasta el plató.
Allí me encuentro a una pareja. Ella está llorando desconsolada y él la abraza.
Son Ángel y Gloria, que me miran estupefactos.
Sobre el plató una persona yace tumbada en un charco de sangre con la cabeza fracturada.
Una hilera de focos, que parece haberse descolgado, le ha partido el cráneo.
Voy corriendo a ver en qué estado se encuentra.
No le veo la cara, está llena de sangre, pero puedo ver su traje dorado, su pelo rubio y corto. Es Sandra. Y está muerta.
—¿Está viva, está viva? —grita preguntando Gloria, que continúa llorando.
Le contesto con un movimiento de cabeza negativo mientras saco el teléfono para llamar a urgencias.
Siempre lo hacemos, aunque tengamos la certeza, como en este caso, de que no hay nada que hacer.
Y ellos, cuando llegan, siempre intentan reanimar a la persona, aunque una gran parte de las veces saben que es inútil.
La vida es así. La muerte es así. Nunca he sabido si es la segunda la que forma parte de la primera o, en el fondo, solo es la vida la que forma parte de la muerte.
Lo cierto es que nacemos para morir y cada día que pasa estamos más cerca de nuestro objetivo.
Quizá el doctor Gris tenía razón esta noche y quizá una historia feliz es solo una historia que no ha llegado al final.
Tardo apenas unos minutos en dejar de ser Fran, el marido infiel, para volver a ser el subinspector Amat.
Mi ramalazo policial aparece de súbito y comienza a analizar la escena por si no fuese tan solo una fatal casualidad.
Sandra estaba sola en el plató o, al menos, eso pensaba ella.
Conocía su costumbre de volver tras el programa a la sala y reflexionar un rato a solas.
Era bastante maniática y obsesiva en ese sentido.
No era la primera vez que la acompañaba tras la cena.
El plató puede resultar peligroso para alguien que no lo conozca.
Multitud de cables, cámaras y focos se ubican en distintas zonas del mismo.
Un accidente laboral no es tan difícil que se produzca.
A Sandra le ha caído encima una hilera de focos que pendía de un cable.
La altura a la que se encontraban y el peso de los mismos justifican de sobra el impacto mortal.
Lo que no tiene justificación alguna es que el extremo del cable parece cortado limpiamente.
No es una rotura accidental. Alguien ha cortado el cable.
Sin duda, estamos ante una muerte intencionada, un homicidio.
Me vuelvo hacia los demás. El plató está ya lleno de gente.
En primera fila veo a Esther, parece estar en shock.
No reacciona, tampoco llora, tiene la mirada fija en el cadáver.
Adrián está a su lado con las manos tapándose la boca y los ojos llorosos.
Ángel y Gloria continúan abrazados y ella no deja de llorar escandalosamente.
Llegan algunas personas más del equipo y se unen al resto en silencio.
—Les tengo que pedir que por el momento nadie abandone el local.
Por desgracia, esto parece algo más que un simple accidente.
—Miro al conserje, que está entre el grupo, a quien conozco de vista—.
Si es tan amable de cerrar las puertas. Les ruego a todos que permanezcan en esta sala.
No se preocupen, en unos minutos llegarán mis compañeros, les tomarán declaración y podrán irse cada uno a sus casas.
Como esperaba se produce un gran alboroto.
—Acaba de sumar un asesinato más para investigar, si dos le parecían pocos ya tiene tres —me dice Ángel en un tono que no me gusta .
—Sí, pero al fin y al cabo los sospechosos son casi los mismos. Así que el trabajo no aumentará mucho. Por cierto, ¿qué hacen aquí? ¿No se habían marchado?
—Nos marchamos de la cena, pero teníamos que pasar por aquí a por algunas cosas.
—¿Cosas como qué?
—Unas bolsas de compra para la casa que hicimos esta tarde cuando veníamos hacia el programa. Vivimos cerca de aquí y solemos aprovechar el camino para hacer pequeñas compras.
—¡Por favor, inspector! ¿No pensará usted que hemos tenido algo que ver con este horrible accidente? —dice Gloria entre sollozos.
—Lo que yo piense no es de su incumbencia, por el momento a todos los que se encontraban aquí les tomaremos declaración e iremos avanzando en la investigación con las pruebas que vayamos encontrando.
Lo que me ha quedado claro en la cena es que entre ustedes había algo que no producía buenas vibraciones.
Y usted, Ángel, me ha parecido especialmente nervioso.
—El pique lógico entre colegas de profesión, nada más —añade Ángel.
—A mí me pareció algo más que eso, pero, bueno, el tiempo lo dirá. Ahora lo mejor es que se acomoden hasta que hagamos nuestro trabajo.
Mis compañeros están llegando, vienen con los servicios médicos que rápidamente certifican la muerte.
No hay posibilidad alguna de reanimación.
Sandra tiene la cabeza destrozada y la pérdida de sangre es definitiva.
Tenemos la hora de la muerte, la víctima identificada y el motivo del fallecimiento parece claro.
Todo debe de transcurrir de forma rápida.
Los compañeros de la científica analizarán la escena, el forense realizará su trabajo y, por último, el juez ordenará el levantamiento del cadáver.
La fama que tanto ansiaba Sandra la tendrá en breve.
Su muerte y los detalles que luego se descubran sobre la misma llenarán portadas y serán cubiertos por distintos programas.
Puede que incluso por el que hasta ahora era su propio programa.
Quizá Ángel pueda, por fin, dar testimonio de lo ocurrido como presentador del programa.
En el fondo creo que a Sandra no le hubiese gustado más ningún otro tipo de despedida.
Era, como se suele decir, de las que quería ser la muerta en el entierro.
En cualquier caso, ahora lo que toca es averiguar quién ha sido capaz de cometer este cobarde acto y hacerle pagar por ello.
Me acerco al cuerpo sin vida de Sandra y rebusco en su bolso.
Localizo su móvil, llevo los correspondientes guantes de látex para no perjudicar ninguna prueba posible.
Enciendo el móvil, sé que no tiene contraseña ni filtro alguno para acceder.
Sandra siempre decía que ella no tenía nada que esconder en su móvil, pero lo cierto es que olvidaba cualquier contraseña o patrón de seguridad que pusiese.
Accedo a su agenda de números de teléfono y, tras unos instantes de búsqueda, me copio los dos números que estaba buscando.
Llamo al primero. No me contestan. Llamo al segundo.
Lo mismo, no tengo contestación, así que la siguiente llamada es a mi central, allí solicito una dirección.
Me la facilitan enseguida. La introduzco en el Google Maps; ya no sé dar un paso sin él.
Compruebo que está tan solo a unos minutos del estudio.
Me despido de mis compañeros que ya están tomando declaración y salgo raudo hacia la puerta.
Cuando estoy llegando uno de los oficiales me grita:
—¡Subinspector, un momento! ¡Hay algo que tiene que ver!
—¿Qué ocurre? —le pregunto al oficial cuando llego a su lado.
—El forense ha descubierto algo inusual —me dice con cara de asombro.
—¿Inusual? ¿De qué se trata?
—Es la víctima. No lleva bragas.