Sin bragas no hay miedo 25. Lágrimas #2
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25. Lágrimas #2

Llego al cabo de un rato y tras buscar un parking, es imposible aparcar en Madrid, me dirijo al juzgado.

Esperaba encontrar mucha gente aquí, el doctor Gris es un personaje importante.

Seguro que me he equivocado de juzgado. Abro el correo del móvil para comprobarlo de nuevo.

Leo: «Juzgado número quince en la calle Poeta Joan Maragall, 66».

La dirección es correcta, así que me encamino hacia el juzgado.

Lo más probable es que esté todo el mundo en el interior.

Una vez dentro, continúo sin ver a multitud alguna.

Miro el reloj, lo cierto es que buscando aparcamiento he perdido mucho tiempo, pero en ningún caso pueden haberse ido ya.

Siempre me gusta llegar tarde a las bodas, igual me pasa con los entierros.

Con aparecer al final es suficiente y así me ahorro todo el proceso que no soporto.

Me acerco hasta la misma puerta del número quince; la abro y compruebo que no hay mucha gente, es un acto familiar con apenas una veintena de invitados.

Debo de haberme equivocado. Cuando me disponía a cerrar la puerta observo a la pareja que se está casando.

Es Alegría, pero el novio no es Diego, ¡es un desconocido!

No entiendo nada. Me siento y veo cómo acaba la ceremonia.

Las bodas en el juzgado son muy rápidas, esta se ha alargado un poco más porque uno de los invitados, que debe de ser el padre adoptivo de Alegría, ha dado un pequeño discurso.

Ha sido emotivo, en él ha recordado el primer día que vieron en el orfanato a la que sería su hija y luego ha explicado la mujer en que ahora se ha convertido.

También ha tenido recuerdos para otra hija que al parecer falleció.

La mitad de los invitados han estado llorando.

Luego dirán que ha sido un discurso precioso.

A la gente le parecen preciosos los discursos que los hacen llorar, a mí me parecen tristes.

El acto ha concluido. Los invitados se acercan a dar la enhorabuena a la pareja. Todos se conocen entre sí y yo no puedo evitar sentirme un bicho raro en este lugar. Solo conozco a Alegría, así que tengo intención de saludarla y marchar cuanto antes.

—¡Enhorabuena, doctora!

—¡Fran! ¡Me alegro mucho de verte! Gracias por venir.

—Alegría, no entiendo nada. Pensaba que te casabas con el doctor Gris. Mis últimas noticias son que estabais juntos los dos.

—¿Con Diego? No, qué va —me contesta con una sonrisa.

—Pero yo recibí invitaciones por parte de ambos. Me cita en su casa en un rato. No puede ser casualidad. ¿Es una broma?

—Por supuesto que no —me dice todavía riendo—. Cuando se entere Diego se va a morir de la risa.

—¿Puedes explicarte?

—Diego y yo somos muy buenos amigos. Comenzamos a salir, es cierto, pero lo nuestro no tenía futuro.

Aun así, nos queremos mucho. Cuando ambos pensamos en casarnos con nuestras respectivas parejas nos pareció buena idea hacerlo el mismo día.

De esta forma, ninguno tendría que ver al otro casarse con un tercero.

En el fondo, nos da cierta pena no haber acabado juntos.

Pensamos que esto era una excentricidad graciosa.

Somos así. Pero, dime tú, ¿qué tal estás? ¿No has venido con tu mujer?

—Bueno, ¿cómo se dice? Nos hemos dado un tiempo.

—¡Oh, lo siento mucho, Fran!

—No, estamos bien, creo que es el camino correcto. No estamos viviendo juntos, pero nos vemos bastante. Yo los visito con frecuencia, ya están en la nueva casa. Hemos hecho lo que había que hacer. No te preocupes, todo está bien. Hoy es vuestro día.

Una de sus amigas se la lleva de mi lado, le están pidiendo que se quite la liga y la entregue.

—No, dejadme, no llevo liga. ¿Cómo voy a llevar yo liga? —dice Alegría mirándome como si yo supiese algo de sus ligas.

—Me marcho —aprovecho para decirle cuando me mira de nuevo—. Tengo que llegar a tiempo de la boda de Diego. Por cierto, ¿con quién se casa?

—Desde luego, tú no ves las revistas del corazón. Está en todas las portadas —dice riendo.

—No, no las veo.

De nuevo en mi vehículo de antigua gama voy camino de la casa de Diego.

Me intriga pensar en la persona que ha elegido para casarse, no es nada fácil superar a la doctora Constante, pero ellos los han querido así.

Mi mujer y yo no tuvimos que elegirnos el uno al otro, solo sucedió.

Comenzamos a estar juntos siendo unos niños, en ningún momento hubo flechazo alguno, simplemente el roce hizo el cariño.

Tanto nos rozamos que al final nos enamoramos.

Lo de estos dos es muy distinto. Han sido noviazgos exprés.

Hace unos meses estaban juntos y ahora se casan con personas distintas.

No es fácil comenzar una relación, pero en ocasiones es todavía más difícil acabarla.

Surgen muchos miedos ante una situación así: miedo a la soledad, miedo a ser reemplazado, miedo a equivocarte y, por supuesto, miedo al qué dirán.

Creo que en nuestro caso hemos hecho lo mejor, solo que estamos volviendo a empezar.

Llego por fin a la mansión de los Gris. No confío en llegar a tiempo de verlo casar.

Al final he estado más tiempo del que debía en la otra boda y el tráfico no ha ayudado a que pudiese recuperar el tiempo perdido.

La reja exterior está abierta, pero un par de elegantes vigilantes de seguridad se encuentran en la entrada y me hacen el alto.

Hay varios coches delante del mío. Avanzamos más lento de lo que me gustaría, pero los vigilantes han de comprobar la identidad de cada uno de los invitados.

Una vez a su altura me piden mi nombre y comprueban en una tableta que estoy en la lista.

Me indican que pase, dentro otro vigilante me señala hacia donde debo ir con el coche.

No llego hasta la casa, se ha habilitado una zona para los vehículos algo más lejos que el aparcamiento habitual.

Es lógico, debe haber más de cien vehículos estacionados allí.

Aparco y bajo del coche. Intento alisarme un poco la ropa y quitar las arrugas que pueda, me coloco bien el nudo de la corbata y me dirijo hacia la casa.

Fuera de la misma se ha establecido la zona para el banquete.

Multitud de mesas y sillas adornadas con manteles blancos cubren la superficie de césped.

Una suave brisa mueve ligeramente los manteles mientras que de fondo se escucha una música de ambiente.

Es demasiado nítida, no parece provenir de un altavoz, por lo que busco su origen con la mirada y encuentro a los músicos.

En uno de los laterales hay una plataforma cubierta a su vez con un techo de madera, también blanca.

En ella, una pequeña orquesta está tocando.

Hay varios violines y un piano. Sin duda, son los dos instrumentos musicales ideales para una boda.

Lo digo pensando en la mía, en la que tuvimos que contratar un arpa.

Era la ilusión de Carmen y yo nunca he dejado de cumplir con sus ilusiones.

Espero que lo tenga en cuenta a la hora de analizar todo lo que ahora estamos pasando.

Delante de la plataforma de la orquesta hay un gran espacio libre.

Imagino que tras la comida y, si el tiempo acompaña, será una estupenda pista de baile.

No hay una buena boda sin un buen baile.

Y lo digo yo, a quien para nada le gusta bailar.

En nuestra boda también tuvimos una orquesta, además del arpa.

La chica que tocaba el arpa era una amiga de mi mujer.

No nos cobró nada por hacerlo y estuvo amenizando toda la cena.

No la he vuelto a ver. Nuestra orquesta era solo de dos músicos.

Igual es algo pretencioso llamarla orquesta.

Pese a eso tocaban bien. Eran un bajo y un trompetista, pero animaban de una forma increíble.

Estuvimos bailando hasta altas horas de la mañana, luego nos fuimos a nuestro piso.

Esa noche solo pudimos dormir y a la mañana siguiente, iniciamos nuestro viaje de novios.

Fueron los diez días más maravillosos de mi vida y eso que aún no teníamos a los pequeños.

Nos fuimos a las islas Canarias. Era lo que tocaba, todos nuestros amigos se iban a Canarias y no podíamos ser menos.

Quedan tan lejos aquellos días y, al mismo tiempo, tan cercanos.

Estoy pensando que igual es buena idea proponerle a Carmen que volvamos a Canarias, no lo hemos hecho desde entonces y si estamos empezando de nuevo, puede ser conveniente.

Hoy no ha querido acompañarme a la boda, aún es pronto.

Al final de todas las mesas hay una especie de carpa en la que se puede ver a los novios.

La ceremonia ha comenzado, hay muchos invitados delante de mí y no alcanzo a ver a Diego.

Oigo a quien los está casando decir que pueden besarse.

La ceremonia ha concluido y están casados.

Un pequeño hueco se produce entre el personal y alcanzo a ver a Diego de espaldas abrazando y besando a su pareja.

Por fin se separan y la veo. Me resulta familiar, conozco esa cara, es… ¡Adrián Rúa!

Todos los invitados están dándoles la enhorabuena, es imposible llegar hasta ellos por el momento.

Los veo ir y venir, los hay a cientos. Hay varios famosos y conocidos tanto del mundo empresarial como del cine.

Al igual que ocurría en la boda de Alegría, todos parecen conocerse entre sí, pero yo no conozco a nadie.

Me encuentro todavía más solo que en la boda anterior.

En este instante, un ejército de camareros perfectamente uniformados sale de la casa.

Todos llevan bandejas llenas de copas que van distribuyendo entre los invitados.

Van ataviados con un uniforme blanco, incluso los zapatos son del mismo tono.

Tan solo destaca un pequeño emblema de color en la solapa, se trata del escudo de la familia Gris.

¡¿Cómo no iban a tener escudo familiar?!

Tras más de veinte minutos en los que me ha dado tiempo a tomar un par de copas ofrecidas por los camareros, consigo llegar hasta los novios.

—¡Enhorabuena, Diego!

—¡Subinspector Amat! ¡Qué alegría verlo de nuevo!

—Es inspector, doctor.

—¿Cómo? ¡Para una vez que pensaba que había acertado!

—Pues no, me ascendieron y eso que solo resolví un caso de los tres… o puede que ni eso.

—Quizá los haya resuelto todos y no es consciente. Venga, le presento a Adrián, aunque creo que ya lo conoce.

—Sí, estuvo con nosotros en la famosa cena —le digo estrechando la mano de Adrián—. Aquella noche fue en la que nos conocimos todos.

—Como ve, inspector, siempre podemos obtener algo bueno de todo, como le gusta decir a mi madre: «No hay mal que por bien no venga».

—Es usted increíble, Diego, siempre ve la parte positiva de todo. Creo que es la única persona que conozco que no le tiene miedo a nada.

—¡Qué dice, Fran! —exclama riendo—. Tengo muchos y, además, uno de los peores: el miedo a ser yo mismo.