15. Noche #2
—¿Lidia? Sí, claro que la recuerdo. ¿Cómo olvidarla?
Era una niña horrible, mal encarada, una consentida, en especial por la señora Úrsula, nuestra cuidadora.
Siempre he pensado que la manía que a mí me tenía esta señora podía venir a consecuencia de mis discusiones con esa niña.
Yo tenía continuas peleas con ella, se metía conmigo sin motivo y me hacía la vida imposible.
Era una especie de líder de las «malotas» del centro.
Le gustaba humillar y reírse, sobre todo de las más débiles.
Lo que era inexplicable es que la señora Úrsula nunca encontraba suficiente motivo para castigarla.
Justo todo lo contrario que a mí. Siempre era yo la que salía mal parada en las discusiones y eso hacía que todavía odiase más a ambas, si cabe.
Intenté relacionarme con ella lo menos posible. Así que no puedo decirte mucho más.
—Creo que esa tal Lidia es mi hermana —me dice entonces dejándome perpleja.
—Lo siento, lo siento mucho, de verdad, cómo iba a saber…
—No te preocupes. —Me sonríe—. No la conozco de nada.
Nunca he tenido la más mínima relación con ella.
Desde pequeño he sabido que mi padre tuvo una hija fuera de su matrimonio.
Todos en casa lo sabían, pero era un tema tabú del que no estaba permitido hablar.
Así que nunca me había preocupado por saber nada más sobre ese tema, aunque sé que era algo que atormentaba a mi madre.
Mi padre nunca la reconoció como hija. Y a la muerte de este sentí que era mi deber indagar sobre el asunto.
Al fin y al cabo, es mi hermanastra. Tenemos el mismo padre.
No sé si ella conoce su historia y, de no ser así, no sé si yo debería ponerla al corriente.
—Es muy posible que no lo sepa —le digo—.
La mayor parte de las niñas que allí estábamos no sabíamos nada de nuestra vida anterior.
El centro prefería no dar más información que la indispensable.
No eran historias bonitas. Siempre había casos en los que no lo podían evitar, pero la mayoría de las veces optaban por un mutismo total.
¿Por eso me has preguntado la edad? ¿Pensabas acaso que yo podía ser Lidia y que había cambiado de nombre?
Ella tenía al menos dos años menos que yo y, a pesar de todo, me hacía la vida imposible
—Digna hija de mi padre —dice riendo—. Sé que es cierto que hubo un incendio en San Segundo, me enteré cuando intentaba descubrir algo sobre mi hermanastra. Pero, ¿por qué dice Sandra que hubo un asesinato? No sabía nada al respecto.
—Pues ya somos dos —le contesto de mala gana mientras me arropo con la chaqueta que me ha puesto sobre los hombros.
No hace falta ser muy listo para percatarse de que prefiero cambiar de tema, así que continuamos andando en la fresca noche.
Diego me ha ofrecido tomar un taxi. Todavía quedan unos veinte minutos hasta mi piso, pero yo prefiero ir paseando.
Confío en que el frío me ayude a despejarme la mente y aclararme las ideas.
Aquella noche, de la que no quiero hablar, estaba castigada en la escalera.
La señora Úrsula me había pillado infraganti, de pie, revolviendo cosas en el armario taquilla que cada una de nosotras tenía junto a la cama.
Eran ya las once y pico de la noche y todas dormían desde hacía rato.
Era el mes de marzo y mis terribles alergias me habían invadido como cada año por esas fechas.
No me encontraba bien y apenas había cenado.
Tenía la nariz embozada y respiraba con dificultad.
Por supuesto, no podía oler nada. Tampoco el olor a tabaco que delataba a la señora Úrsula.
Acababa de encontrar rebuscando en mi armario una tableta de chocolate de la que solo quedaban un par de onzas.
Aún no había dado el primer bocado, hambrienta como estaba de no haber cenado casi, cuando oí la famosa frase: «abríguese bien».
Del susto se me cayó el chocolate y casi me da un infarto.
Había cometido varias faltas: estar levantada después del toque del timbre que indicaba el momento en que debíamos acostarnos, comer fuera de las horas establecidas, tener comida en los armarios y no sé si alguna más.
Así que, si el castigo era solo pasar la noche en la escalera, podía darme por satisfecha.
En ocasiones, el castigo permitía que, junto al albornoz para evitar la fría escalera, pudiésemos sacar también la almohada.
Esto suponía una ventaja importante que te hacía la noche mucho más cómoda.
Siempre pienso que en los momentos actuales quizá hubiésemos podido tener un móvil para entretenernos.
¡Qué distinto hubiese sido todo en ese caso!
Hubiese pasado toda la noche en las redes sociales sin problema.
Pero lo cierto es que la noche se hacía muy larga si no conciliabas el sueño sentada en aquella escalera de mármol.
Por suerte, yo era una verdadera experta.
Eran muchas las veces que frecuentaba el lugar, en ocasiones, si estábamos varias, llegábamos a pasar un rato entretenido pensando cómo íbamos a vengarnos el día de mañana.
Aquella noche estaba sola, había logrado dormirme en la escalera recostada en la almohada .
«¡Eh, tú, niña! —Oí entre sueños despertándome, mientras alguien me daba patadas en el culo—. ¿Estás despierta?». Le dije que sí y luego le pregunté qué ocurría a la señora Úrsula que intentaba despabilarme. «Nada, nada, siento haberte asustado, bonita. Anda, acompáñame a la cocina, Alegría».
Nunca me había llamado por mi nombre. Era la primera vez que lo hacía y no sabía por qué, pero se me heló la sangre y un escalofrío recorrió toda mi espalda al oír mi nombre en su boca.
Lo siguiente que recuerdo de aquella noche es estar en la calle, bajo las estrellas y la luna llena, oyendo los llantos de algunas niñas y los gritos de las cuidadoras mientras corrían de un lado a otro, indicando a todas que se alejaran del centro y se situaran a salvo de las llamas.
Llamas enormes, majestuosas, que se alzaban una sobre otra y que parecían llegar hasta las estrellas que las contemplaban desde su privilegiada posición.
Amarillas, naranjas, incluso azules, según lo que en ese momento estuviese ardiendo bajo su poder implacable.
Aun estando lejos de ellas, sentía un reconfortable calor en mis mejillas ante la noche helada.
El orfanato de San Segundo desapareció para siempre esa noche. No recuerdo mucho más, pero sí recuerdo que fue la noche más feliz de mi vida.
—Mi padre estuvo realizando donaciones durante muchos años a ese orfanato —me dice Diego sacándome de mi ensimismamiento—. Seguro que por eso Lidia era la protegida de esa cuidadora .
—Puede ser —le contesto afirmando con la cabeza y mirando a sus azulados e irresistibles ojos.
—Sin duda, el dinero que donaba le hacía purgar el pecado de no haberla reconocido nunca. —Y, al decirlo, me echa la mano por encima del hombro y me acerca junto a él.
—¿Y tú? ¿No te has planteado buscarla ahora que sabes que existe? Yo no podría vivir sin conocerla, aunque ya te advierto que su carácter no es para nada agradable —le digo dejándome abrazar.
—No sé, lo pienso a menudo, pero tengo muchas dudas al respecto. Tampoco sé cómo lo encajaría mi madre y bastante ha sufrido la pobre ya con este asunto.
—Lo cierto es que para ti es una hermana o hermanastra, pero para ella no es nada. Solo un recuerdo de la infidelidad de su marido. Es normal que no quiera saber nada de ella.
—Así es, por todo eso aún no he tomado una decisión.
No me gustaría tener que hacerlo a espaldas de mi madre, pero en el fondo creo que estoy deseando conocerla.
Llevo cuarenta años siendo hijo único. Y, ya sabes, los cuarenta son los momentos de ahora o nunca.
Si lo he de hacer, lo tengo que hacer ya. No tendría sentido retrasarlo más.
—Pues ya está, hemos llegado —le digo mientras me quito la chaqueta y se la devuelvo—. Vivo aquí, en este portal —le señalo con el dedo y veo su rostro dudando qué decirme, así que me adelanto—: ¿Quieres subir?
—¿Te parece? —me dice y le noto cierto entusiasmo .
—Me parece que deberías subir, solo a tomar una copa —digo riendo.