Sin bragas no hay miedo 15. Noche
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15. Noche

No podía imaginar ni por un momento que la cena que nos tenía preparada Sandra iba a transcurrir por estos derroteros.

Desde luego, tiene un rostro impresionante.

Nos invita a su programa, por supuesto, sin cobrar un euro y luego nos pega esta puñalada por la espalda.

Cuando he vuelto al estudio a por mi maletín, me han asaltado pensamientos poco adecuados.

Un lápiz y un papel pueden ser las peores armas.

Ahora me arrepiento de lo que he hecho, pero hecho está.

Solo confío en que no empeore la situación.

Por suerte, el doctor Gris, Diego, estaba a mi lado en estos momentos.

No sé cómo hubiese reaccionado si esta situación la he de encajar yo sola.

Lo he conocido apenas hace unas horas, pero me encuentro con él como si fuese un amigo de toda la vida, de esos en los que se puede confiar y a los que te apetece contar todas tus intimidades.

Aunque solo sea para que te escuche y diga que te estás equivocando, una vez más.

Como aquella noche, la del incendio, que parecía tan lejana pero que ha vuelto con toda su intensidad.

Porque los monstruos y los miedos de cada uno siempre vuelven.

La vida en el orfanato comenzaba a las siete de la mañana, demasiado temprano para unas niñas como nosotras para las que soñar era lo mejor a lo que podíamos aspirar.

Soñar que un día te llamarían al despacho de la directora y allí te presentarían a una familia.

Una que tuviese más niños, más hermanos, mascotas, un jardín, una vida de ensueño, unos padres, lo habitual.

La brigada, como llamábamos al bloque de las casi cien niñas que habitaban la nave en la que todas juntas pernoctamos, se levantaba con el sonido de un desagradable timbre, similar al de una cárcel al uso.

La luz matinal entraba por las viejas ventanas de madera que no encajaban bien y dejaban colarse, no solo la luz, sino además todas las inclemencias del tiempo.

El orfanato de San Segundo estaba ubicado en una pequeña loma en la antigua carretera de Ávila a Salamanca.

No estaba lejos de la población, pero parecía un sitio apartado.

Antiguo convento de monjas de clausura, perteneció a una orden que ya estaba extinguida desde hacía años.

A principios de los ochenta una ONG que regentaba ya varios orfanatos llegó a un acuerdo con la Iglesia, propietaria del edificio, y estableció allí el orfanato.

La falta de presupuesto hizo que se conservara la mayor parte de la distribución anterior y por supuesto, la fachada, lo que le daba un aspecto decimonónico, a pesar de los esfuerzos en cambiar el ambiente interior a base de colores y dibujos colocados de forma estratégica en las distintas estancias.

Sus altos techos, gruesas paredes y grandes habitaciones, así como aquel olor rancio, no le proporcionaban un aspecto acogedor.

Los gestores de aquella institución parecían haberse contagiado de su antigüedad y aplicaban, así, una forma de gestionarlo impropia de la época en que estábamos viviendo.

Debía ser la única institución del país en la que todavía se discriminaba a sus huéspedes por el sexo, dado que solo éramos chicas.

Igual era por seguir la tradición de las anteriores monjas del lugar.

La multihabitación, en la que todas dormíamos, era una alargada nave en la que un pasillo central discurría entre las camas colocadas a ambos lados.

Se accedía a ella desde el centro, una vez subías por las escaleras de mármol desde el piso inferior.

Escaleras en las que era curioso apreciar la senda que se había esculpido con el paso del tiempo, al subir y bajar las monjas en formación de hileras.

Nosotras ya lo hacíamos todas en tropel.

Una vez en el interior de la nave dormitorio, si te dirigías hacia la izquierda, al final el pasillo, se llegaba a los aseos.

Estos a su vez consistían en una gran sala con unas veinticinco pilas para lavarnos y tres pequeños cubículos con una taza de inodoro cada una.

Las puertas de estos tenían grandes aperturas, tanto por la zona de arriba como por la parte inferior, lo que le dotaba de muy poca intimidad.

Apenas teníamos unos minutos para asearnos, tanto al levantarnos como al acostarnos, por lo que el tránsito y el alboroto en aquel aseo comunitario era parecido a un mercadillo, solo roto cuando en ocasiones la cuidadora hacía aparición para que guardásemos silencio.

Todavía hoy, no entiendo las ventajas de asearse en silencio.

En la otra parte del pasillo de la nave se encontraba el dormitorio de la cuidadora.

Celda, la llamaban, a pesar de que la celda era la nuestra.

Nuestra cuidadora principal, la señora Úrsula, gustaba de pasearse sigilosamente entre nuestras camas cuando se apagaba la luz por las noches.

Iba en busca de cualquier actividad que ella consideraba incorrecta, tal y como podía ser hablar o levantarte al aseo una vez apagada la luz, pues allí todo tenía su horario.

Era silenciosa y sagaz como un lince, pero un olor a tabaco rubio barato que fumaba la delataba, de esta forma nos anticipaba sus movimientos para evitar pillarnos desprevenidas.

Muchas noches lograba su presa y los castigos entonces eran de lo más variado, según siempre su estado de ánimo y la gravedad que ella estimaba que tenía la infracción.

A modo de ejemplo, estar hablando con la compañera de la cama contigua solía sancionarse con pasar la noche durmiendo en la escalera.

Sus palabras preferidas entonces eran «abríguese bien».

Si oías estas palabras, y a las mismas no se añadía ninguna torta, es que ibas a pasar la noche en la fría escalera.

Al menos tenía el detalle de advertirte sobre el abrigo necesario.

El sótano del patio lo reservaba solo para los casos más graves de comportamiento, como desafiarla en público.

En honor a la verdad, tengo que decir que el día no se pasaba mal en el centro, a todo se acostumbra una.

Entre semana, a las ocho y media de la mañana estábamos vestidas, aseadas, desayunadas y preparadas para que nos recogiese el autobús.

Este nos llevaba a distintas escuelas públicas en Ávila.

La acogida que estas nos dispensaban variaba según los colegios.

En lo que sí coincidían todos era en no hacernos olvidar que éramos niñas de orfanato.

«Las segundas», nos tildaban. De esta forma nos recordaban siempre que primero estaban las niñas «normales», las que tienen familia y, luego, en segundo lugar, nosotras, las huérfanas.

Los niños pueden ser muy crueles, ya lo sabemos.

Eran los fines de semana y sobre todo las noches cuando el centro parecía dar un salto hacia atrás en el tiempo.

Todo en su interior retrocedía al menos cincuenta años.

La vejez de sus paredes se hacía más patente y los espíritus de las monjas de clausura parecía que envolvían las mentes de los que allí habitábamos.

El aire helado de la noche en mi cara me trae de nuevo a la realidad y, con sorpresa, me doy cuenta de que estoy paseando con el doctor Gris.

Ese imbécil melenudo que por la mañana me había chocado tirándome los papeles al suelo, sin dignarse a pedirme perdón y mucho menos a ayudarme.

Esa persona, que no conocía de nada, que debe tener como mucho cuarenta años, un par más que yo, pero que ya es un reputado psiquiatra, hijo de una de las personas más ricas e influyentes de Madrid.

Ese desconocido y yo caminábamos ahora por la calle cogidos de la mano como si fuéramos novios.

En ese momento, cuando tras dejar mis pensamientos y aturdimiento por las acusaciones de Sandra vuelvo a tierra y soy consciente de la situación, retiro la mano que me tiene sujeta el doctor, avergonzada, y cruzo los brazos para disimular, apretándolos en señal de frío, pues llevo un elegante vestido sin mangas.

—Toma, ponte esto —me dice el doctor quitándose su chaqueta y echándomela por mis hombros desnudos al ver mi gesto—. A mí no me hace falta, he entrado en calor con la puñetera cena.

—¿Qué ha pasado ahí dentro, doctor? ¿Nos han acusado a ambos de asesinato? ¡No me lo puedo creer!

—No hagas ningún caso. Sandra es capaz de cualquier cosa con tal de ganar audiencia —me dice—. Y, por favor, no vuelvas a llamarme doctor, soy Diego.

—Claro —le contesto, entonces me doy cuenta de que tiene unos ojos azulados que contrastan con su pelo negro y una voz cálida y reconfortante que me transmite tranquilidad—. Lo que tú quieras, Diego.

—Sin embargo, hay una coincidencia muy extraña. Creo en las coincidencias, pero hasta cierto punto. Tengo que preguntarte algo —me dice en un tono serio—. ¿Cuántos años tienes?

—Treinta y ocho recién cumplidos —le contesto extrañada, pues era la última pregunta que me esperaba.

—Treinta y ocho —repite él, asintiendo varias veces con su cabeza—. No tenía conocimiento de que habías estado en San Segundo, ¿recuerdas en el orfanato a una niña llamada Lidia? Debía de ser algo más pequeña que tú.