Sin bragas no hay miedo 13. Cena #2
33%

13. Cena #2

Llegamos y nos vamos sentando uno a uno.

Es una sala pequeña, una especie de cueva.

Resulta muy acogedora con una luz cálida y con las paredes repletas de fotos de famosos que han pasado por el lugar.

Entre ellas está por supuesto la mía, varias veces.

De hecho, mi figura junto con la de diversos famosos abunda tanto en la sala que casi parece un mausoleo en mi nombre.

¡Menos mal que nunca repito vestuario! Sería horrible verme en tantas fotos con la misma ropa.

—Tú siéntate a mi lado, Fran, el resto pueden sentarse como quieran —les indico.

—Tienen el código QR con la carta en la tarjeta que hay junto a sus cubiertos —comienza a decir Fernando—.

La señora Ricci ya ha encargado unos entrantes, por lo que tan solo tendrán que elegir el plato principal.

Si me permiten, les indico los platos que les vamos a ir sirviendo: buñuelos de bacalao y patata, una crema de espárragos de Aranjuez, ostras escabechadas y acabaremos con unos entresijos y gallinejas fritos con nuestra salsa especial.

Al oír el último plato la cara de la doctora hace una extraña mueca. Al parecer, la idea de comer intestinos no le atrae demasiado. Diego, que por supuesto se ha sentado a su lado, se da cuenta del gesto de la doctora y esboza una tierna sonrisa. ¡Será capullo!

—Y para acabar, el delito de Torrija, nuestro postre especial. Todo ello regado con vino tinto de barrica de garnacha, que es el vino de la casa, salvo que los señores deseen cualquier otro.

—A mí me trae una cerveza si es tan amable, una caña —dice Fran con su habitual tono campechano.

—Bueno —intervengo, aunque todos siguen hablando y nadie parece hacer caso, por lo que me pongo en pie—.

¡Perdonen! —Hago tintinear el vaso con un tenedor, ahora sí he captado su atención—.

En primer lugar, quiero agradecerles, a todas y a todos, su asistencia a esta cena.

Les prometo que no se arrepentirán de haber venido o quizá alguno sí —lo digo intencionadamente para seguir captando su atención y por sus caras no he fallado la estrategia.

—Miedo me das, Sandra —contesta un personaje con gafas de sol y gorra que hasta ahora había pasado desapercibido para la mayoría que lo mira con inquietud.

—Tranquilo —contesto con una sonrisa—. Queda mucha noche para tener miedo de verdad. Mientras llega la cena, les he preparado otro menú alternativo. Los entrantes serán la presentación que de inmediato haré de cada uno de ustedes, pues soy consciente de que algunos no se conocen.

—Justo lo estaba pensando —dice Diego mirando al personaje de la gorra.

—El plato principal van a ser unas palabras de los doctores, resumiéndonos el tema del programa de forma que nos dará un entretenido tema de conversación para la cena.

—Gracias por avisar —interviene de nuevo Diego mientras la doctora Alegría lo mira embelesada.

—No se preocupen —les puntualizo—. No es necesaria ninguna disertación sobre la materia, tan solo unas sencillas palabras, sin más.

Y, por último, «el postre». El auténtico motivo por el que les he hecho venir a todos los presentes —Todos se miran entre ellos extrañados como si alguno pudiese dar una explicación—.

No se torturen ni indaguen entre ustedes, nadie de los aquí asistentes sabe nada y no lo desvelaré hasta que lleguemos a la hora del postre.

Así que, les recomiendo que disfruten de esta cena.

Soy una especialista en captar la atención del público, los años del directo me han proporcionado esa capacidad y a mí me encanta explotarla.

Solo así se capta audiencia hoy en día, solo así se llega a la fama y al éxito.

Y, desde luego, yo voy a llegar a toda costa.

Fernando aparece de nuevo y, con la debida educación, me solicita permiso para ofrecer el plato principal a los invitados.

Sí, que pidan el plato principal, el postre ya se lo daré yo .

—La mayoría de ustedes no conocen a la persona que se encuentra a mi derecha —digo una vez Fernando ha terminado de tomar nota a cada uno del plato que desea—. Se trata del subinspector de homicidios, Fran Amat, un buen amigo.

Noto cómo Diego me clava su mirada inquisitiva, sabe que entre Fran y yo hay más que una amistad.

—Buenas noches, encantado de conocerlos —dice Fran al resto de comensales, que al estar ubicados todos en una mesa redonda quedan a la vista.

—Siguiendo el mismo orden, al lado del subinspector está Ángel, a él le conocerán pues es el reportero que ha estado realizando las entrevistas en la calle mientras nosotros hacíamos el programa.

A su lado, Gloria, su mujer o, mejor dicho, su pareja.

Creo que desde que los conozco están dudando si casarse o no.

Aunque a ella no han podido verla, es quien estaba detrás de la cámara que ha estado grabando a Ángel.

Soy mala, lo sé, y disfruto con ello. Me busco algún que otro problema a veces, pero merece la pena.

Ahora mismo me encanta ver la cara de rabia de Gloria cuando he dicho al resto de invitados que no sabía si estaban casados.

¡Por supuesto que lo sé! Igual que sé de todas sus intrigas para que fuese su esposo el presentador del programa.

Tanto Ángel como ella llevan muchos años más que yo en la cadena.

Cuando llegué, lo hice literalmente para arrebatarle el puesto a Ángel.

Hasta ese momento él era el mejor candidato que tenían para cubrir el puesto.

Yo venía de una televisión regional. Ahora Gloria parece una mosquita muerta, una vez perdida la partida, pero en aquel momento hizo todo lo posible para que no me dieran el trabajo.

Hasta ahí se lo perdono, era una lucha lícita, pero lo que no perdono son sus intentos de sabotaje posteriores.

Ella cree que no lo sé, pero a la que pueda se la devolveré.

Como suelo decir: «no soy rencorosa, pero quien me la hace me la paga».

Lo siento por Ángel, es un bendito. No puede ser de otra forma para estar con ella.

El pobre es guapete, pero, por supuesto, no tiene mi presencia para estar ante las cámaras.

Relegado a ese segundo puesto es donde tiene que estar, al menos, hasta que yo ascienda.

Si todo se desarrolla como espero esta noche, el camino a esa ascensión está iniciado.

—Los dos invitados siguientes no necesitan presentación —continúo—, ya los habéis visto en el programa, creo que ha empezado el momento de tutearnos, si no os importa. Son el doctor Gris, Diego, y la doctora Constante, Alegría, quienes en breves instantes podrán dedicarnos unas palabras.

—Estoy deseando que nos despejes la incógnita de quién es el siguiente invitado. Con esa gorra y esas gafas parece alguien que huye de la justicia —dice Diego con su habitual tono descarado.

—Desde luego, el doctor tiene razón. ¡Adrián!

Creo que ha llegado el momento de que te descubras el rostro —le digo mientras él se quita la gorra y las grandes gafas de sol que le tapan la cara casi al completo—.

Me complace presentarles a todos al gran actor Adrián Rúa, recién resucitado —digo riendo mientras todos se quedan perplejos .

—Buenas noches a todos, estoy encantado de volver al mundo terrenal —dice Adrián, uniéndose a mis risas.

—Pero ¡no es posible!, si había… si en el programa han dicho… —comienza a decir balbuceando la doctora.

—No se preocupe, doctora, como ven, en televisión todo es posible.

Lo que hemos visto al principio del programa no era su entierro, evidentemente.

Es un fragmento de su próxima película. Con esto comenzamos la campaña de marketing de la película en la que ha colaborado nuestra cadena de televisión.

En el próximo programa entrevistaremos a Adrián dando la oportuna explicación de todo y anunciando ya la película.

—Es increíble —dice la doctora—, no tienen ustedes límites.

—Bueno, Sandra —interviene ahora Fran—, te recuerdo que, aunque yo la conozco, te has dejado a una invitada todavía sin presentar.

—Por supuesto. —Pienso que Fran es muy atento y que seguramente el culo de Esther, al que no le quitaba ojo esta tarde, algo tiene que ver—. Aquí a mi izquierda, aunque en realidad es mi mano derecha, está Esther, mi infalible ayudante. No sería nada sin ella. —Veo cómo sonrojada baja la mirada.

Un camarero entra en la pequeña sala y comienza a servir la bebida, anunciando que los entrantes vienen de camino.

—Siguiendo con el orden que les he anunciado, me gustaría pedirle a la doctora Alegría que nos diera unas pautas, unas recomendaciones, no muy técnicas, de forma coloquial y aprovechando que la tenemos aquí, de cómo vivir sin miedo. Así que si es tan amable.

—Cómo no, estaré encantada de hacerlo —Se acomoda en la silla y se echa para atrás el pelo, un gesto que no se le escapa a Diego—.

Para empezar, les diré que es imposible vivir sin miedo.

De hecho, el miedo es un mecanismo de defensa y es necesario para nuestra supervivencia.

El miedo —continúa echando una mirada de reojo a Diego, que asiente con la cabeza—, puede deberse a multitud de situaciones.

La mayor parte de las veces estará justificado y constituye, como digo, una defensa imprescindible.

El problema viene cuando ese miedo es irracional e injustificado.

Cuando nuestra mente nos traiciona y se imagina, e incluso anticipa, situaciones que no tienen por qué producirse.

—Aquí estaríamos ante la multitud de fobias a las que hacíamos referencia esta noche.

Casi quinientas decía el doctor. Y de nuevo, otra mirada de complicidad entre los dos—.

Podemos citar algunas, comunes o no, a modo de ejemplo: zoofobia, miedo a los animales; hematofobia, miedo la sangre; acrofobia, miedo a las alturas; aerofobia, miedo a volar; como no, la famosa claustrofobia que es el miedo a los espacios cerrados; la astrafobia, miedo a las tormentas.

Y así podemos estar horas nombrando distintas fobias.

Incluso hay una que les va a llamar la atención, pues su nombre supone la palabra más larga que, al parecer, existe en nuestro idioma.

Se trata de hipopotomonstrosesquipedaliofobia.

Con sus treinta y tres caracteres, significa precisamente miedo irracional a las palabras largas.

Como ven hay miedos y fobias para todos los gustos.

Lo importante es que todas ellas dificultan la forma de vida de la persona que las sufre, a nivel laboral, familiar y social.

Las dificultan o pueden llegar a anularla por completo.

En ocasiones puede desembocar en serios episodios como son la crisis de pánico y graves situaciones de ansiedad o incluso depresiones.

Nuestro actual sistema de vida tampoco ayuda muchas de las veces.

Se nos vende la idea, desde la propia sociedad, desde las redes sociales, de que siempre debemos estar felices, incluso trabajando, y eso es lo ideal, pero no siempre es posible.

—Y, ¿qué podemos hacer, doctora, frente a todo esto? —le pregunto mientras pienso todas las fobias que a mí personalmente me afectan.

—Sin duda, si vemos que la situación nos afecta, lo primero es acudir a un especialista. Juntos intentaremos encontrar la causa que origina ese miedo. Es mejor no enfrentarnos a él, sino más bien comprenderlo y gestionarlo. Hay muchos tipos de terapias para lograrlo.

—Entonces, doctora... —Trascurren unos segundos y le pregunto—: ¿usted piensa que se puede ser feliz viviendo con miedo?

—Por supuesto, en mi consulta tengo multitud de personas que lo ratifican. En realidad, lo que es imposible es vivir sin él.

—Y bien, doctor, ¿qué piensa usted del comentario de la doctora ?

—Estoy de acuerdo con ella. —Y conforme ha dicho esas palabras, le echa otra mirada acompañada de sonrisa, pienso que es la primera vez que Diego le da la razón a alguien—.

Ambos profesionales, tanto psicólogos clínicos como psiquiatras, solemos trabajar juntos para alcanzar mayor efectividad con el paciente.

Si bien los primeros se preocupan más de los aspectos emocionales, nosotros, nos centramos en los biológicos y nos apoyamos con la farmacología, es decir, ansiolíticos, antidepresivos y neurolépticos principalmente.

—Entonces, también coincide usted en que se puede vivir con miedo y ser feliz.

—Mira, Sandra, sin duda se puede vivir con normalidad, aun padeciendo todo tipo de miedos, ahora bien, la felicidad es un espejismo.

—Creo que comienza a sacar su lado oscuro, no puede remediarlo y es la parte que más me gusta de él—.

El mayor de los miedos es el miedo a la muerte, si superamos este será mucho más fácil que superemos a todos los demás.

No podremos ser momentáneamente felices hasta que no aceptemos nuestro destino mortal, con independencia de nuestras creencias religiosas.

—¿Y por qué dice «momentáneamente» doctor? —pregunta Fran, al que con su instinto policial no se le escapa ningún detalle.

—Porque, por desgracia, como he dicho, la felicidad es solo un espejismo.

—La cara de la doctora Alegría se vuelve seria mientras lo escucha atentamente—.

Una situación transitoria hasta el desenlace que, sin excepción, es trágico.

Una historia feliz es tan solo una historia inacabada.

No existen los finales felices y si lo son, es que no son finales todavía.

Dicho esto, el doctor alcanza su copa y le da un trago.

Los invitados se miran unos a otros, un silencio se hace en la sala y se rompe con la entrada de nuevo del camarero con los platos que hemos pedido.

A mí no me sorprenden sus palabras, a Diego le gusta hacerse el interesante de esta forma.

Estoy segura de que en el fondo no piensa así, pero le encanta ver las caras del público cuando hace esas afirmaciones fatalistas.

Luego, a solas, es el tío más cachondo que conozco y no digamos en la cama.

Seguimos disfrutando de la cena que, por cierto, está riquísima.

Los invitados charlan entre ellos. Que se rían mientras puedan, la hora del postre se acerca y puede que entonces esas risas se tornen en llantos.