13. Cena
Me dirijo con paso firme hacia mi camerino por el largo y oscuro pasillo.
Solo voy a entrar un momento a asearme y a coger mi bolso.
Pronto, en unos minutos, tenemos que vernos todos para ir a cenar.
Llevo pensando en esta cena mucho tiempo.
Va a correr la sangre, lo sé, y muchas cosas van a cambiar a partir de ese momento, pero, una periodista como yo, hay oportunidades que no puede dejar pasar.
Esta es una ocasión única, el programa de hoy solo me va a servir de pretexto para todo lo que a continuación va a ocurrir.
Con cuarenta años a mis espaldas y habiendo sacrificado todo por mi carrera, este es el momento que necesito para dar el salto definitivo a la fama.
Es cierto que tengo un buen programa en una estupenda franja horaria y con una magnífica audiencia, pero esto no dura para siempre.
Tengo claro que, con el paso del tiempo, o voy hacia arriba o no tardaré en ir hacia abajo.
La fama es así. Cualquier trabajo es así.
Siempre he tenido miedo al fracaso, un miedo que durante años no me ha permitido evolucionar, que me paralizaba por la interpretación que hacía de los hechos, que me hacía anticipar unas consecuencias inexistentes para mis actos, que me provocaba una injusta autovaloración y que me llevaba a creer que solo cometería nuevos errores.
Con mucho esfuerzo lo he superado y, aunque ese miedo a fracasar me acompaña como un parásito, he conseguido dominarlo o, al menos, gestionarlo para que me deje avanzar.
Lo que suceda esta noche me puede dar el impulso definitivo a mi carrera y no lo voy a desaprovechar, le pese a quien le pese.
—¡Sandra! —me dice de repente una voz salida de la oscuridad.
—¡Joder! ¿Quién es? —grito asustada por el repentino sonido mientras que el propietario de aquella voz aparece desde la penumbra del portal de un camerino que se encontraba entreabierto.
—Lo siento mucho, no quería asustarte —me susurra.
—¿Juan Carlos? ¿Eres tú? —le pregunto, recuperando poco a poco mi habitual ritmo cardíaco.
—Sí —me dice con una voz lacónica—. Perdóname no quería asustarte, pero es que no contestas a mis llamadas y…
—Mira, no sé qué has podido pensar que hay entre nosotros.
Lo siento si te he dado a entender algo que no era mi intención.
Pasó lo que pasó y punto, fue solo sexo, nada más.
Estuvo bien. Olvídame y sigue con tu apasionante vida de funcionario —desde luego lo digo con un tono irónico y cabreada por el susto que me acaba de dar.
Acabo la frase y lo veo frente a mí, con su mirada nerviosa, igual que sus gestos.
En el fondo me da pena, he sido brusca en exceso con él.
Permanecemos unos segundos en silencio mientras le echo un vistazo a su aspecto.
Lleva puesto un traje de color grisáceo con una camiseta clara abrochada hasta el último botón, pero sin corbata.
El traje le queda algo grande y desprende un olor a rancio, propio de estar guardado sin usar bastante tiempo.
Me gustan los hombres calvos o, más bien, con el pelo rapado, pero a él le quedan tan solo unos centímetros por encima de sus orejas.
Siempre he pensado que para tener tan poco pelo es preferible afeitárselo todo.
No lleva gafas, pero diría que las llevaba puestas el día que…
bueno, el día que nos enrollamos. Viéndolo ahora no sé cómo pudo ocurrir.
Supongo que en cierta forma me daba morbo hacerlo con un funcionario en su despacho.
Aquel día fue todo tan rápido y yo adelanté una gestión con aquellos terrenos que de otra forma hubiese tardado meses en conseguirla.
Lo cierto es que sucedió y algo que para mí no tenía la menor importancia parecía haber calado hondo en aquel pobre desgraciado, que igual hacía años que no mantenía relaciones sexuales con nadie.
—Lo siento, Juan Carlos, de verdad que lo siento mucho —le digo ya en tono mucho más calmado y sincero—.
No quiero hacerte daño, pero no deseo tener ninguna relación sentimental contigo, de hecho, no la quiero tener con nadie.
Estoy centrada en unos proyectos importantes para mi carrera y no tengo tiempo para otra cosa.
Te agradezco mucho tu interés, pero ahora no puedo entretenerme, me están esperando.
Al tiempo que le digo estas palabras me acerco para darle, en la mejilla, un beso de despedida. Él aprovecha para darme un abrazo, que en lugar de cesar comienza a hacerse más intenso .
—¡Juan Carlos, por favor, me estás haciendo daño! —le digo intentando apartarlo de mí, pero eso solo hace que me apriete con más fuerza e intente besarme.
—¡Eres mía! ¿Lo entiendes? Mía y…
—Al parecer el que no lo entiende eres tú, chavalote —le dice alguien que ha aparecido por fortuna mientras lo agarra por el cuello de la camisa y lo lanza hacia la pared con facilidad.
La figura que ha venido en mi auxilio se queda entonces entre los dos, poniéndome a salvo.
Es al menos un palmo más alto que Juan Carlos y mucho más corpulento que este, que no debe de pesar más de 65 kilos.
Así que, aunque en un primer momento parece tener la intención de volver al ataque, se para ante su nuevo oponente y parece dudar de su acción.
—¡Esto no va a quedar así! ¡Volveremos a vernos! —dice dándose la vuelta y marchándose a la carrera.
—¡Joder, Fran! —le digo—. Menos mal que has venido. Este tipo comenzaba a asustarme de verdad.
—No estaba aquí por casualidad, ya te dije que me parecía un tipo extraño con una actitud sospechosa. Siento comprobar que tenía razón. Vamos, te acompaño a tu camerino y nos volvemos hacia la puerta, donde hemos quedado con los demás.
En unos minutos, Fran y yo hemos entrado a mi camerino y estamos de vuelta en la puerta del estudio. Esperamos unos instantes y enseguida nos reunimos con las personas a las que he convocado .
—Siete… y ocho. Pues ya estamos todos. Si os parece vamos dando un pequeño paseo hasta el restaurante. Está cerca de aquí —les indico la dirección hacia la izquierda según estamos saliendo del estudio.
El estudio de Tele Tú se encuentra en la parte norte de Madrid, donde la zona residencial va desapareciendo, pero todavía tenemos varios servicios entre los que se encuentra el restaurante al que nos dirigimos.
Tiene una pequeña sala interior que, aunque no tiene puerta y se puede ver al resto de clientes, nos permite cierta privacidad en la cena. Nos va a hacer falta.
Estamos a mediados de septiembre, los días son todavía calurosos, pero no tanto las noches.
Esta en especial es fresca, aunque no llega a ser fría.
Mi cuerpo y mi cara agradecen ese frescor, sobre todo tras el bochorno que acabo de sufrir en los pasillos del estudio.
Vamos caminando por parejas, dada la anchura de la acera.
Fran y yo somos los primeros, pues conocemos el lugar, nos siguen los demás de dos en dos.
Vuelvo la cabeza mientras charlo con mi acompañante, quiero comprobar que no dejamos a nadie en el camino.
Nos siguen de cerca un par de parejas y algo más retrasados, como no, Alegría y Diego.
Los veo animados y riendo con su conversación.
Parece mentira lo pronto que cambian de signo las relaciones entre las personas, tanto para bien como para mal.
Fran me está hablando sobre un caso que está investigando.
Nuestras sombras, que aparecen proyectadas en el suelo por la potente luz de la luna, se llevan mi atención y me voy despistando de su conversación.
Una vez en mis pensamientos y ajena a las palabras de Fran, le voy dando un repaso al plan que tengo concebido para la cena. No quiero dejar ningún cabo suelto.
—Ya hemos llegado —le digo al grupo, señalando el cartel donde aparece el nombre del restaurante.
Sobre nuestras cabezas tenemos un gran rótulo iluminado con el nombre del restaurante: El delito.
«No puede ser casualidad», pienso. Aunque no he elegido el restaurante por su nombre, pues es el único que tenemos cerca del estudio y no me apetecía tener que disponer de vehículos para la cena.
Siempre me gusta dar un pequeño paseo cuando acabo el programa.
Medito cómo ha ido ese día y me despejo un poco de la presión del directo.
Con todo, el nombre encaja a la perfección para la noche que nos espera.
—Vamos entrando, por favor —dice Fran, abriendo la puerta de forma muy educada y haciendo un ademán con la otra mano para que pasemos.
—¡Buenas noches! —Nos recibe un elegante maître, que hace las funciones de recepcionista, además—. Su mesa está preparada, señora Ricci. Hagan el favor de pasar por aquí.
—Gracias, Fernando —le contesto con familiaridad. Lo conozco, dado que frecuento el lugar por comodidad y porque se come bien allí.
—¿Está la noche tranquila? —le pregunto mientras nos acompaña a nuestra mesa, pues no me interesa que tengamos mucho público .
—Sí, ya sabe que los domingos por la noche no hay muchas reservas, la gente está cansada de todo el fin de semana, además, mañana es lunes y hay que madrugar.
Atravesamos el local y compruebo que efectivamente no hay mucha clientela esa noche.
Tan solo una mesa con una pareja que parecen comerse con los ojos y que con toda probabilidad están celebrando un aniversario.
Y otra, de cinco o seis comensales que conversan acaloradamente.
Seguramente de fútbol o política, dado su tono de voz.
Ambas mesas quedan lejos de nuestro reservado, por lo que me tranquiliza saber que no escucharán nuestra conversación.