12. Miedo al aburrimiento
—¡¿Qué me dice, doctor?! ¿Casi quinientas fobias o miedos diagnosticados? —pregunto con sorpresa a Diego que parece haberse quedado ensimismado y no contesta—. Necesitamos un programa para hablar de cada una de esas fobias. Y por el momento solo tenemos uno.
Estamos terminando nuestra emisión y son momentos en los que debo dejar mi impronta, así que camino en busca de la cámara. Me alejo del resto de invitados, quiero todo el protagonismo para mí sola.
—Dicen que todo tiene un principio y un final.
Quizá sí, quizá no. Lo cierto es que nuestro programa sí lo tiene.
Seguramente hemos llegado al final de este sin darles una solución a sus miedos.
¿Acaso pensaban por un momento que seríamos capaces?
—Voy clavando la mirada en el objetivo de la cámara y me acerco hasta la medida que ya tengo estudiada, hasta donde no se aprecian los detalles de mi rostro que deben pasar desapercibidos—.
El miedo es, junto con la rabia, la alegría y la tristeza, una de las cuatro emociones básicas de los cientos de ellas que existen.
Ahora bien, es una de las más difíciles de controlar.
Confiamos en haberles ayudado, al menos con el miedo al aburrimiento.
No hay mejor forma de combatirlo que estando en compañía, riendo y, como no, bailando.
Así que, aquí les dejo con nuestro ballet que cierra el programa con la sintonía habitual.
Aparece entonces en pantalla el grupo de bailarines y bailarinas de Tele Tú.
Es importante acabar de forma alegre y que el público se quede con buen sabor de boca para convertirlos en una audiencia fiel.
El baile y la música son un buen antídoto contra el miedo, porque activan una de las mejores armas para combatirlo: la distracción.
—Está bien —les digo a los invitados—, hemos acabado, ya pueden quitarse los micros.
Si desean entrar un momento a sus camerinos pueden dejar sus cosas allí y después de la cena volvemos a recogerlas, no hay problema.
En diez minutos nos vemos en la puerta, desde allí iremos andando al restaurante, que está a solo unos minutos de aquí.
—Perfecto, hasta ahora —me contesta Diego.
—¡Ah! —le digo con ironía—. ¿Se queda usted a cenar? Pensaba que me había dicho que pasaba de esos «rollos.
—He cambiado de opinión, Sandra, con mucho gusto los acompañaré en la cena —contesta mientras le dirige una sensual mirada a la doctora Alegría, que sin duda, a estas alturas de la noche, ya ha caído bajo sus embrujos.