Sin bragas no hay miedo 11. Miedo a la soledad #2
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11. Miedo a la soledad #2

Los niños sufren lo que se denomina amnesia infantil.

Los recuerdos no existen en nuestras mentes infantiles hasta que no alcanzamos la edad de unos tres años.

Antes de esa edad, nuestro cerebro está más preocupado por generar nuevas neuronas que por almacenar recuerdos.

Imaginaos, por un momento, la sensación si recordásemos el periodo en el que nos encontramos en el útero materno.

Hablando de miedos, ¿cómo viviría ese recuerdo una persona con claustrofobia?

«Lo cierto es —pienso en ese momento— que con cinco años hay una que noche tengo grabada perfectamente, cada detalle y cada palabra.

Nunca antes recuerdo que mi padre, el intachable empresario señor Gris, hubiese pegado a mi madre.

Por contra, recuerdo con nitidez todas las otras noches en las que volvió a pegarle».

La residencia familiar no era un castillo.

El castillo había sido de mis abuelos y se encontraba unos kilómetros más arriba.

Mi padre había llegado a un acuerdo con el estado y lo había cedido a Patrimonio Nacional a cambio de unas compensaciones urbanísticas, entre ellas la que nos permitió edificar la nueva residencia mucho más cerca de la ciudad.

En definitiva, había logrado quitarse un tremendo gasto de encima y había conseguido unos beneficios a cambio.

Otra cosa puede que no, pero los negocios siempre se le han dado bien a mi padre.

La nueva residencia era mucho más cómoda y funcional.

Se trataba de una edificación de dos plantas y unos mil quinientos metros cuadrados.

Entre otras dependencias, tenía un precioso salón, doce habitaciones con sus baños y, la joya de la casa, el despacho de mi padre.

Una enorme dependencia con una gran biblioteca que daba un aspecto intelectual y con hermosas cristaleras desde las que se podía ver, como no, el pico de Peñalara, símbolo de la empresa familiar.

Desde entonces pienso que mi padre era como su biblioteca, pura fachada.

Multitud de maravillosos libros que había ido comprando y que nunca había leído.

Él estudió económicas, por supuesto, pero al margen de los libros de su carrera creo que jamás leyó ningún otro.

Eso sí, tenía un asombroso don de gentes.

Era su forma natural de ser, con la serenidad y autoridad que te proporciona el haber estado forrado desde siempre.

De puertas para adentro, en cambio, su forma de ser cambiaba radicalmente.

Se convertía en un ser retraído y hosco.

Estúpido y maleducado en el trato y su forma de ser tanto al servicio como a su familia.

Con el único que parecía llevarse bien era con aquel chaval que acababa de entrar en la empresa y que con el paso de los años se convertiría en su mano derecha: Estéfano.

Quizá Estéfano era el hijo que le hubiese gustado tener. Lo cierto es que con el paso de los años yo me iba distanciando cada vez más de él. Cada vez me iba pareciendo menos al hijo que deseaba. Pienso que todo pudo empezar aquella noche, cuando yo tenía solo cinco años.

—Pero ¿cómo has podido hacer algo así? —oigo que le dice mi madre a mi padre gritando—. ¡Jamás te lo perdonaré, jamás!

—Venga, mujer, no es para tanto. Solo se trata de dinero, nada más.

—¿Solo dinero, solo dinero? ¿Lo dices en serio?

¿Piensas que acaso me importa el dinero?

—Mi madre va levantando el tono—. Para ti todo se reduce a dinero.

Hemos construido esta casa y nos ha costado tanto dinero.

Este trimestre en la empresa hemos recibido tantos dividendos.

¡Todo es dinero, solo el dinero te importa!

—Si no fuese por ese dinero, que tanto parece molestarte, no vivirías esta vida con tus amigas, tus clubs y tu estúpida fundación —le dice mi padre gritando.

—¡Claro! Todo lo que yo pueda hacer carece de interés, porque tú y tus grandes negocios son los que importan.

El resto solo somos accesorios — va diciendo mi madre en tono inquisidor mientras se acerca a mi padre hasta que sus caras quedan a menos de un palmo—.

No, no me importa el dinero, no me importa que hayas estado realizando donaciones a ese orfanato.

Lo que me importa y me duele es el motivo por el que lo has estado haciendo.

—Te repito que solo fue un desliz, nada más —le contesta mi padre, de forma pausada y conteniendo una enorme rabia en lugar de culpabilidad.

—¡Hijo de puta, eres un maldito hijo de puta!

Esas fueron sus palabras antes de recibir el golpe por parte de su marido y dar por zanjada la discusión.

Todavía no sé si fue una torta o un puñetazo.

Lo cierto es que mi madre rodó por el suelo y cuando se giró pude ver que le sangraba la nariz.

Yo me quedé allí donde estaba, fuera de la habitación, mirando por la puerta entreabierta, incapaz de hacer nada, sobrepasado por la situación. ¿Qué iba a hacer un niño de cinco años?

—Ya está bien —gritó mi padre propinándole aquel golpe—. No voy a consentir que me faltes al respeto ni un segundo más. A pesar de las circunstancias es mi responsabilidad.

De este asunto jamás hemos vuelto a hablar en casa, aunque siempre ha sido un secreto a voces; se ha tratado como un tema tabú.

Al parecer mi padre tuvo una aventura con una de las chicas del servicio y esta quedó embarazada.

Se trataba de una joven extranjera. No tenía medios ni posibilidades de criar ella sola al bebé y, sobre todo, no fue capaz de aguantar los chantajes y las presiones a los que se le sometió por mi padre.

Este no estaba dispuesto a dejar que la chica tuviese a un crío corriendo por ahí y ser fruto de todos los cotilleos.

Era más fácil pagarle una buena cantidad con el fin de que pudiese comenzar una nueva vida lejos de allí y sin la carga del hijo con el que pudiese venir cualquier día a reclamarle, quién sabe qué derechos o prebendas.

Así pues, le pagó con la condición de que renunciase a su hijo y se marchase para siempre.

Para mi padre resultó muy fácil que aceptaran al crío en el orfanato de San Segundo en la provincia de Ávila.

Su amistad con el presidente de la ONG que en ese momento regentaba el orfanato (antes un convento de monjas de clausura) y, como no, la sustanciosa cantidad que como donación realizaba y se comprometía a seguir realizando, fue decisiva.

Como digo, no volvimos a hablar nunca del tema, pero desde hacía años algo se movía en mi interior. En algún sitio tenía un hermano.