11. Miedo a la soledad
Fran y yo nos hemos separado. Él se marcha hacia la calle a por su pistola.
Todos los policías son un poco neuróticos.
Yo voy por el largo pasillo que transcurre desde mi camerino hasta el plató.
Siendo la presentadora del programa es extraño que mi camerino sea el que más lejos queda del escenario.
Fue elección mía, era el más lejano, pero también el más grande y uno de los pocos que tiene ventana al exterior.
Ventana que, dicho sea de paso, nunca cierro.
Incluso en los momentos más íntimos. Me gusta pensar que tengo otra audiencia fiel a través de ella.
Cuando llego al plató, mis dos invitados se encuentran allí hablando entre ellos.
Por sus caras noto que los irresistibles encantos de Diego ya han hecho mella en la doctora Alegría.
Ella lo mira con cara de bobalicona y él presume con su facilidad de palabra y su cara bonita.
Tan solo han hecho falta cinco minutos. Ambos están riendo y sus gestos son de excesiva complicidad.
Doy entrada de nuevo al programa. En la pantalla de televisión el reportero se encuentra comenzando una nueva entrevista. Está en un bar, y en la parte inferior de la pantalla se aprecia el tema sobre el que versa la entrevista: miedo a la soledad. El reportero está hablando a la cámara :
—Este miedo existe de forma muy frecuente en nuestra sociedad.
Curiosamente, en una época en la que tenemos los mejores medios de comunicación de la historia es cuando existe más gente que se siente sola.
Y aunque dice el refrán: «mejor solo que mal acompañado», lo cierto es que solemos buscar la compañía incluso de desconocidos si es necesario.
Y por supuesto, ¿qué otro lugar mejor para hacerlo en este país que en un bar?
—¡Hola, buenas noches! ¿Cómo están? —pregunta el reportero a unos clientes que se encuentran sentados alrededor de unas mesas, con pinta de llevar ya más de una copa.
—Hasta ahora estábamos cojonudos, pero viéndolos a ustedes… —contesta uno y el resto se ríen.
—¿Todos ustedes son amigos? —insiste el reportero.
—¿Amigos de quién? —Y siguen con sus risas.
—Entre ustedes, quiero decir —explica el reportero, haciendo caso omiso de sus risas.
—Pues no lo sé, somos clientes. ¿Qué más da?
—Intentamos hacer comprender a nuestro público si existe una relación afectiva entre ustedes.
Si se pueden considerar amigos o si lo único que persiguen, en el fondo, es luchar contra la soledad —añade el reportero para dejar claro que es un tema serio y que espera colaboración por su parte—.
Tenemos catalogada a la soledad como uno de los mayores miedos de nuestro tiempo.
Le ha costado acabar la frase porque todos han comenzado a reírse a carcajadas .
—Exactamente —dice uno de ellos—. A eso venimos, a luchar contra la «Soledad», que cada día nos pone los chupitos más caros. —Y el tono de las carcajadas aumenta.
—No entiendo por qué les hace tanta gracia, la verdad —dice el reportero en un tono enfadado.
—No se ofenda ni se lo tome a mal —contesta el que hasta ahora había permanecido callado y que es el único que parece sereno—. Es que, casualmente, la dueña de este bar se llama Soledad, «La Sole» para nosotros. —Dicho esto, todos se parten de risa otra vez.
Ha llegado el momento de recuperar la conexión a nuestros estudios y echarles así una mano a nuestros compañeros. Se han quedado fuera de lugar. Si ya de por sí es difícil realizar entrevistas, hacerlas en un bar es imposible.
—Bien, queridos telespectadores, recuperamos la emisión desde nuestro plató. Seguimos aquí con nuestros invitados, el doctor en Psiquiatría, el señor Gris y la doctora en Psicología, la señorita Constante. ¿Qué pueden comentarnos sobre este miedo tan habitual en nuestros tiempos?
No le doy la palabra a nadie en especial, pero noto que entre ellos se miran y que Diego, con un ademán caballeroso, indica a la doctora que comience.
—Los seres humanos tenemos una predisposición genética que nos lleva a interactuar los unos con los otros.
Si estas situaciones, me refiero a las de estar relacionándose con más gente, no se producen, es lógico que experimentemos emociones de ansiedad y desasosiego.
Pero no es solo estando acompañados como superamos esa sensación.
Hay momentos en los que una se puede sentir muy sola a pesar de encontrarse rodeada de mucha gente.
Creo que lo importante es sentirse querida —acaba diciendo la doctora.
—Bien, dicho así parece muy sencillo, pero ¿qué hacemos para sentirnos queridos? —le pregunto interesada.
—Es muy simple —nos dice ella retirándose el pelo hacia atrás.
Hasta este momento no me había fijado en la larga y morena melena que tiene la doctora.
No solo sus piernas son largas, su pelo también.
Me parece estar sintiendo algo de envidia por ella.
La que me había parecido hasta ese momento una mosquita muerta, se torna en una morenaza atractiva, a pesar de su cara angelical.
Normal que Diego haya desplegado sus dotes conquistadoras con ella.
Sí, definitivamente creo que me siento un poco celosa.
—Si fuese tan sencillo, no sufriríamos este miedo tan extendido, ¿no? —le interpelo, en un tono poco amigable, casi seguro que provocado por la sensación de envidia que me invade.
—Pues lo cierto es que es muy fácil y muy complicado al mismo tiempo.
¿No ha oído usted decir que los sentimientos entre las personas suelen ser recíprocos?
—Hago un gesto de extrañeza, por lo que continúa con su aclaración—.
Se lo explicaré con un ejemplo. Es habitual que, si a usted una persona le cae bien, al mismo tiempo usted le caiga bien a ella.
Las emociones que sentimos por los demás suelen ser las mismas que sienten ellos por nosotros.
Como consecuencia, no existe mayor felicidad que la que produce provocar la felicidad del otro.
—A ver si lo entiendo, doctora —le digo—. Lo que nos impide sentirnos solos es sentirnos queridos y para sentirnos queridos solo debemos ser nosotros los que queramos a los demás. ¿Por qué entonces no queremos siempre a los demás si ahí radica el secreto de nuestra felicidad?
—Por envidia, en una gran parte de los casos.
—La doctora se percata de nuestra cara de sorpresa y sigue con su explicación—: Es muy difícil querer a quien se envidia, salvo excepciones, que también las hay.
Por desgracia, es frecuente que personas a la que ni siquiera conocemos nos resulten antipáticas, pero si analizamos bien ese sentimiento, que a priori no tiene mucho sentido dado que no conocemos a la persona en cuestión, veremos que el origen de esa antipatía suele ser la envidia.
Es casi imposible sentir animadversión por alguien a quien no envidiamos.
Nadie tiene antipatía por un mendigo, puede darte pena, incluso asco, pero no llegas a odiarlo.
En cambio, las personas famosas o ricas suelen generar mucho odio.
Lo que en realidad sentimos es envidia por su fama o dinero, sobre todo si son de nuestro entorno más cercano.
Me quedo callada con la mirada de la doctora fija en mí y pienso si en el fondo no me habrá leído la mente hace un momento. Pero estamos en directo y aquí no hay lugar para las reflexiones personales .
—Y bien, doctor, ¿qué le ha parecido la intervención de la doctora Alegría?
—Perfecta, como toda ella. —«¡Joder, Diego!
Tampoco te pases de esta forma», pienso—.
La doctora ha dado con la clave del origen de las dañinas emociones humanas.
La envidia, sin duda, es el origen de muchos de nuestros males, lo que desemboca incluso en muchas ocasiones en las propias guerras cuando la envidia es colectiva o la detenta un loco dictador al que nadie puede aplacar.
—Me parece que nos estamos yendo un poco del tema —intervengo con el ánimo de ir quitando ya algo de protagonismo a la intervención de la doctora—.
Por volver a centrar la cuestión, hablábamos del miedo a la soledad, doctor.
¿Piensa usted que es tan frecuente como parece que aquí se está haciendo constar?
—Sin duda, la autofobia, que es el miedo a estar solo o lo que es peor a sentirse en soledad, puede ser un miedo intenso y desproporcionado, como lo son todos los miedos.
Y como bien dicen, un miedo contradictorio para la sociedad en la que vivimos.
Sin ir más lejos, las redes sociales más que ayudar pueden ser el origen de este problema.
En ellas solo aparece un mundo idílico, todo es belleza, fiesta y diversión.
Cuando lo comparamos con nuestra verdadera vida, esta nos puede resultar triste y monótona.
Todo ello puede influir de forma negativa en nuestras emociones y, entre otras patologías, hacernos sentir más solos con los problemas que ello supone .
—Entonces... ¿la solución no es estar acompañado? Porque, incluso así, uno se puede sentir solo. —le pregunto.
—Así es, incluso estando acompañado el autofóbico puede manifestar una sintomatología fisiológica y cognitiva.
Puede tener dolor de cabeza, respiración agitada, sudoración, taquicardia.
Todos los síntomas físicos agudizan los psicológicos de forma que pueden provocar una incapacidad de razonar y acelerar la posibilidad de entrar en pánico o en crisis de ansiedad.
Como ven, existen multitud de fobias diagnosticadas.
Casi quinientas en la actualidad. De ellas, algunas pueden resultar incluso graciosas para el público que las desconoce, pero le aseguro que no lo son para el que las sufre.
Siempre he dicho que cada uno puede tener su miedo o fobia particular y ser distinta a la del resto de personas.
Nuestra genética, nuestro entorno, nuestra infancia…
Todo ello y muchos más factores, condicionan nuestra forma de ser y nuestros miedos.
La infancia, eso sí, lo hace de forma especial.