Sin bragas no hay miedo 10. Rosas
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10. Rosas

La luz ha vuelto al estudio y los gritos han cesado, aun así, hay un enorme barullo. Necesito reorganizar el programa. Han sido unos minutos, pero han parecido horas.

—Estimados telespectadores, vamos a pasar de nuevo a la calle con nuestro equipo desplazado que va a continuar con entrevistas en directo con la intención de descubrir los principales miedos que sufrimos los seres humanos.

Los miedos que, con más frecuencia, les atenazan a ustedes —digo esta última frase señalando a la cámara con el dedo índice y con un primer plano.

Es una escena, por supuesto, ensayada de antemano.

Queda muy impactante ante los espectadores.

Permanezco unos segundos con el dedo acusador en alto hasta que, en la pantalla que tengo de referencia bajo las gradas del público, veo que la imagen ha cambiado.

Aparece ahora la de los reporteros que están en la calle buscando a alguien a quien entrevistar.

Vamos a disponer de unos minutos mientras realizan las entrevistas, así que les digo a los invitados que si quieren levantarse un momento a estirar las piernas pueden hacerlo hasta que vuelva la emisión al estudio. Mientras tanto, yo voy acelerada hacia mi camerino, he quedado ahí con Fran .

Al marcharme veo que Diego me hace señas, riendo y saludando con un pañuelo. ¡Hijo de puta!, no es un pañuelo. ¡Son mis bragas!

No puedo entretenerme ahora, pero hablaremos del asunto, ¡vaya si hablaremos! Entro a mi camerino. Fran ya está allí.

—¡Por fin! Mira que te haces de rogar —me dice mientras me escanea de arriba a abajo.

—¿Quieres hacer el favor de no mirarme así? —le contesto con la voz más sexy que me sale en ese momento.

—Ven aquí, que te voy a explicar por qué te miro así —me dice mientras me rodea con sus brazos y me proporciona un largo y empalagoso beso.

—¡Fran, por favor, no tenemos tiempo! —le digo mientras lo aparto con suavidad y con toda la sensualidad de la que soy capaz.

«No tenemos tiempo ni yo ganas», pienso.

Aún tengo la entrepierna dolorida del encuentro con Diego.

Me gusta el sexo, sí, mucho. De hecho, no sé si soy ninfómana.

Soy adicta al sexo, hipersexual, pienso en el sexo continuamente.

Vamos, lo que habitualmente hace un hombre y a ellos no los catalogan de «ninfómanos».

En mi defensa diré que Fran es un verdadero adonis.

Es alto y fuerte, con un mentón que lo hace aparentar un tipo duro.

Y digo aparentar porque en la cama es dulce y tierno.

Somos más o menos de la misma edad. Tiene el pelo corto y de un color castaño que le da un aspecto castrense.

Esto combinado con sus ojos verdes y, sobre todo, con el hoyuelo en la barbilla, hace que lo encuentre irresistible. Por eso me lo tiro tan a menudo.

Lástima que sea un simple policía. No quiero compartir mi vida con un tipo así. Lo tengo cuando quiero y para lo que lo quiero. El hecho de que esté felizmente casado y tenga dos hijos no es ningún problema para mí. No soy celosa. Fran tampoco lo es.

—¡Oye, Sandra! ¿Y esas flores? —me dice mientras señala un ramo que se encuentra sobre la mesa de mi camerino—. ¿Tienes un admirador secreto y yo no lo sabía?

—Tengo muchos admiradores secretos que tú no sabes.

—Pues este en particular no te conoce bien. Son rosas blancas. Tus preferidas son las rojas. Las blancas son demasiado inocentes para ti —me dice apartándose de la mano que le he lanzado a la cara para abofetearle por el comentario.

—¡Pero bueno! —le digo mientras fallo el golpe—. Ambas tienen espinas, como yo. Vamos a ver que dice la tarjeta.

Fran y yo nos acercamos a la mesa, él es más rápido y coge la tarjeta que se encuentra en el ramo de flores. La abre y hace un gesto de preocupación.

—¿Qué pasa? —le pregunto intrigada por su expresión.

—Seguramente nada, pero no me gusta —me contesta mientras me entrega la tarjeta—. Mira lo que pone. ¿Te imaginas quién puede haberlas enviado entre todos esos admiradores secretos que tienes?

Le cojo la tarjeta y veo su contenido. Tampoco me gusta. «Querida Sandra, serás mía o de nadie más» .

—Algún imbécil —exclamo con indiferencia, y tiro la tarjeta a la papelera haciéndola pedazos.

—Pero ¿qué haces, insensata? —dice Fran, apresurándose a recoger los trozos rotos—. Estás destruyendo lo que puede ser una prueba.

—¿No puedes dejar de ser policía ni por un momento? —le digo riéndome—. Venga, deja eso que tengo que explicarte el motivo por el que te he hecho venir.

—Un momento, antes de que me digas nada —me dice mientras saca su móvil—. ¿Conoces a este individuo? Lo he visto merodeando varias veces por aquí y antes le he hecho esta foto. Tiene un comportamiento sospechoso, no me gusta su carita de inocente. Puede que sea el que te ha enviado las flores.

—¡Claro que lo conozco! Es un tipo muy pesado, pero seguro que es inofensivo.

La verdad es que me está costando quitármelo de encima.

Lo conocí un día en el que tuve que ir a realizar una gestión en la oficina comarcal agraria sobre unos terrenos que heredé de mi padre.

Es un funcionario que trabaja allí. Me reconoció de salir en televisión y fue muy cortés conmigo.

Yo le correspondí de la misma forma y al parecer se ha encariñado conmigo.

—¿Te lo tiraste? —me suelta a bocajarro Fran.

—¡Por favor! ¿Quién piensas que soy? —le digo con una falsa indignación.

—¿Te lo tiraste? —me repite.

—¡Solo una vez! Y fue muy rápido.

—¡Joder, Sandra! No puedes ir así por la vida .

—¡Mira quién habla! Te recuerdo que estás casado y con hijos.

—Me refiero a que no puedes enrollarte con el primero que conoces, puede ser peligroso. No sabes la gente que hay por ahí fuera.

—Lo sé, y aquí dentro también —le digo algo cabreada—. Además, ¡que es un funcionario! Los funcionarios son muchas cosas, pero nunca asesinos en serie.

—Bueno, dejémoslo ya. ¿Sabes al menos su nombre? —me pregunta.

—Creo que se llama Juan Carlos, sí, Juan Carlos Ferrer, me acuerdo porque tengo un primo que se llama igual —le digo afirmando con la cabeza.

—Está bien, lo investigaré —me dice, anotando al mismo tiempo el nombre que le he facilitado en la típica mini libreta que suelen llevar los policías para hacerse los interesantes.

—Bueno, Fran, me quedan treinta segundos antes de volver al programa para explicarte el motivo por el que te he llamado. Quiero darte una información que te ayudará en tu carrera, siempre que logres resolver el misterio —le digo, y con ello consigo sacarle una mirada de curiosidad.

—Soy todo oídos, Sandra.

—No, Fran, no puedo decírtelo en este momento. Será más tarde, en la cena.

—¿En la cena? ¿Qué cena? —me pregunta extrañado.

—En la que vamos a celebrar cuando acabe el programa.

Iremos con los invitados y parte del equipo todos juntos a cenar.

Allí revelaré unos secretos que atañen a algunos de los comensales.

Se trata de unos delitos que podrás investigar y que hasta ahora no se conocían —lo digo mientras lo tomo por el brazo y lo arrastro hacia fuera del camerino.

—No dejarás nunca de sorprenderme —me contesta—. Entiendo que tus invitados no saben nada de esta encerrona tuya.

—¡Por supuesto que no! —Me río—. Va a ser una cena muy entretenida.

—No sé yo, por si acaso pillaré la pistola que había dejado en el coche —me dice sonriendo mientras cierro la puerta del camerino.