Sin bragas no hay miedo 9. El centro
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9. El centro

Todo está oscuro. Mi vida y la oscuridad han caminado juntas desde que era muy pequeña.

Nunca he llegado a saber cómo me llamaba antes de tener el nombre de «Alegría».

Sé que llegué al orfanato con unos siete años más o menos.

Tengo un leve recuerdo de un hombre sin afeitar, con barba de varios días, que pudo ser mi padre.

Para nada recuerdo haber tenido nunca una madre.

Lo que sí recuerdo, más de lo que me gustaría, eran las palizas y la oscuridad. Sobre todo, la oscuridad.

—Verás como tarde o temprano aprendes a comportarte como es debido —me dice la señora Úrsula mientras me arrastra con fuerza en dirección al patio, donde se encuentra el sótano en el que suele meterme.

Pero apenas la oigo, no alcanzo a conocer el significado de sus palabras porque lo único que siento es un constante y doloroso zumbido en el oído, fruto del tremendo tortazo que me acaba de dar.

—¡No, por favor, señora Úrsula! ¡No me meta ahí otra vez, ahí no! —le digo llorando mientras me pongo la mano en la oreja para intentar aliviar el dolor y me resisto a caminar—. Voy a portarme bien, ¡lo prometo !

—¡Entra de una vez! —me dice dándome un último empujón—. De nada me valen tus promesas que incumples una y otra vez. Pero no te preocupes, que a base de tortas lo vas a entender.

Y, tras lanzarme por la escalera, deja caer la trampilla de golpe y me encierra, otra vez, en aquel horrible sitio.

Ruedo por unas siete u ocho escaleras, no son más.

El sótano del patio, como así llamábamos a ese lugar, era un espacio muy reducido que no permitía, ni siquiera a una niña pequeña como yo ponerse de pie.

Por lo demás, la estancia no superaba los diez metros cuadrados.

Algún día debió de tener alguna utilidad.

Ahora solo servía para recluir a aquellas que, como yo, no tenían el comportamiento que la señora Úrsula consideraba correcto.

Era un lugar húmedo y putrefacto, consecuencia del agua que se filtraba desde el patio los días de lluvia; lúgubre y lleno de trastos viejos que no acertaba a reconocer por la oscuridad, pues la única luz que entraba era un pequeño haz por la rendija de la trampilla.

Olía a podrido, seguramente debido a alguna rata muerta entre las que intuía que andaban por allí y a los excrementos que, en más de una ocasión, alguna de las criaturas allí encerradas no había podido evitar hacer.

Yo era una habitual inquilina de aquel lugar.

Todavía hoy no entiendo cómo podía tener comportamientos que me llevasen allí una y otra vez con el terrible miedo que aquello me producía.

Me quedaba horas esperando que alguien volviese a por mí, sentada en las escaleras, cerca de la pequeña rendija de luz que entraba por la deteriorada trampilla.

Pero cuando llegaba la noche, la luz desaparecía y era el miedo el que venía a sustituirla.

Era un terrible pánico el que sentía una niña encerrada en un siniestro y asqueroso lugar a oscuras.

Así que sí, tengo miedo a la oscuridad. Tengo miedo a cualquier situación que me recuerde aquellos momentos.

El terrible delito que me había llevado a ingresar de nuevo en aquel hoyo inmundo no era otro que el de no haberme terminado el plato de arroz en la comida.

Y es que, a mi desgana general en aquel lugar, se unía mi falta de hambre aumentada por la aparición de algún gusano en él, ya de por sí insulso, plato de arroz hervido.

La comida en general dejaba mucho que desear en el orfanato.

Con toda probabilidad alguien engordaba sus bolsillos con el ahorro de víveres, a costa de mal alimentar a unas crías que no tenían opción de quejarse.

—¿Por qué no te has comido todo el plato de arroz? —me dice la señora Úrsula, haciendo un alto en su paseo controlador que solía realizar mientras comíamos—. ¿No sabes que es un pecado tirar comida?

—Sí, señora, pero es que me ha salido un gusano y…

—Los gusanos son criaturas del señor —me corta sin dejarme acabar mi frase—. Eso no es malo, son más vitaminas para tu esmirriado cuerpo. ¡Cómetelo! —me ordena.

—¡No puedo, de verdad, me da mucho asco! —le contesto haciendo un esfuerzo por guardar la compostura.

—¡Que te lo comas te digo! —me grita ella de nuevo con más fuerza.

El resto de niñas del comedor se quedan en silencio ante el grito de la Sra.

Úrsula. Es una sala grande, con dos hileras de mesas alargadas que llegan de una punta de la sala a otra.

Somos cerca de cien niñas de diferentes edades las que en ese momento estamos en el comedor.

Yo tengo unos 11 años, ya soy veterana, hace cuatro años que vivo allí.

Los niños son capaces de expresar emociones como miedo, alegría, tristeza desde que tienen muy pocos meses.

El manejo de estas emociones influirá desde siempre en el desarrollo de su salud física y psíquica.

No sé a qué edad aparece en ellos el orgullo, pero yo entonces ya lo tenía bastante desarrollado, quizá solo era el arma con la que ocultaba mi baja autoestima.

Lo cierto es que aquella noche la señora Úrsula me tocó mi pequeño orgullo.

Allí donde lo tuviese. Allí, ante las cien niñas, atentas y mudas de miedo, me levanté, miré a los ojos de la señora Úrsula y grité con todas mis fuerzas:

—¡¡¡No, no pienso comérmelo!!! ¡Es asqueroso!

—¡Desgraciada! —esa es la última palabra que pude oír esa noche, justo antes de recibir el tortazo de mi vida, la madre de todos los tortazos.

Las horas pasan muy lentas cuando se tiene miedo, cuando una está sola sin nadie que la consuele. Las horas pasan lentas, pero los días son muy largos. Y las noches eternas.

No era tan extraño que pasase toda la noche en el sótano.

En una ocasión estuve casi dos días enteros.

Esta vez salí a primera hora de la mañana.

Era sábado y la señora Úrsula libraba ese fin de semana.

Así que, con las primeras luces del día colándose entre las rendijas de la trampilla, oí cómo alguien la abría.

Era la señora Julia, una de las mayores y más antiguas cuidadoras que había en el centro. Nunca lo llamaban orfanato.

La señora Julia era amable y cariñosa, algo muy raro entre el personal que se hacía cargo de nosotras. Quizá por eso le endosaban una gran cantidad de fines de semana mientras el resto del personal libraba.

—¡Cariño, sal! ¿Estás bien? —me dice con ternura mientras me tiende la mano para ayudarme a salir.

—¿Has pasado aquí toda la noche? Tienes que dejar de portarte así y hacerle caso a doña Úrsula.

—¡Es una rata inmunda! ¡Algún día la mataré! —le contesto con toda la rabia que soy capaz de expresar.

No hay mejor motivación para la supervivencia que el deseo de venganza. En ocasiones eso es lo que nos mantiene en pie y con el suficiente aliento para soportar la mísera vida que nos ha tocado vivir.

—Anda, ven y no hables así. No quiero pensar lo que te pasaría si alguien te oye —me contesta la señora Julia con cariño.

—Lo que necesitas es un buen tazón de leche caliente con galletas. Y luego puedes subir a tu habitación a echarte un rato hasta la hora de comer, que seguro que en esas escaleras no has dormido nada esta noche.

Me hacía gracia aquello de oír cómo hablaba de «tu habitación» como si fuese un lugar íntimo donde pudiese descansar con tranquilidad.

Mi habitación era mía y de otras noventa y nueve niñas más.

Era una especie de nave industrial en la que todas dormíamos juntas.

Eso sí, cada una en su cama. Al menos casi siempre, puesto que a veces había alguna que realizaba una escapada a otra cama ajena.

En el centro, cada una buscaba el afecto de la forma que podía.

Mi forma preferida era estar sola. Me bastaba con odiar a casi todo el mundo, especialmente a mis padres, si los había tenido alguna vez y, por encima de todos, a la señora Úrsula.

Muchas noches no dormía, otras sí. Y cuando lo hacía, solía soñar que una noche todo ardía y quedábamos libres para siempre de aquel maldito lugar.