8. Miedo a tomar decisiones
Inspiro de nuevo, continuamos en el plató tras la publicidad. Me he acercado a charlar con la doctora Alegría. Las dos hemos coincidido en que el doctor Gris es un imbécil. Ya no por sus ideas, que son tan legítimas como las de cualquiera, sino por sus formas, toscas y groseras.
Los compañeros nos indican que entramos en directo en treinta segundos.
Compruebo con una mirada a los invitados.
Ambos doctores están sentados a cada uno de mis lados.
Yo permanezco de pie en medio de ellos. Cuando el público está sentado parezco más alta.
Y así es como me gusta estar. He tenido que vestirme de forma demasiado rápida para lo que es habitual en mí, la visita de Diego apenas me ha dejado tiempo para nada más.
Llevo un vestido ajustado, confeccionado con una tela suave y dorada.
Mis formas son más que aceptables para mi edad y con los tacones de aguja lo cierto es que estoy muy resultona.
No es un vestido de fiesta, pero resulta elegante. Nunca repito vestido.
—Buenas noches de nuevo. Vamos ahora a dejar descansar a nuestros reporteros y continuamos el programa desde el estudio.
Por si se acaban de incorporar ahora, les indico que a mi izquierda tenemos sentado al doctor Diego Gris, reputado psiquiatra de esta ciudad, que recientemente ha publicado un libro sobre los miedos a los que nuestra sociedad se somete a diario.
En la otra parte, a mi derecha, tenemos a la doctora Alegría Constante, una joven psicóloga que colabora en varias revistas con sus artículos y que también tiene varias publicaciones sobre el tema de esta noche.
A lo largo del programa estamos observando —continúo diciendo —que las personas no sufrimos miedos por las mismas causas, pues nuestras experiencias en la vida han sido diferentes. ¿No, doctor?
—Efectivamente, así es —contesta el doctor—. En principio el miedo a la muerte es el miedo básico de todos los seres humanos, si lo perdiéramos, podríamos perder al mismo tiempo el interés por la vida.
—A eso mismo me refería yo —interviene la doctora—. Hay que ver el lado bueno de las cosas. Somos nosotros, nadie más, los que decidimos de qué forma nos afecta una u otra situación.
—Justo ahí quería llegar —intervengo—. A que tratáramos el tema de las decisiones. Una cuestión que es en sí misma otro de los miedos que sufrimos: el miedo a tomar decisiones.
Tenemos a continuación a otros dos nuevos invitados, ellos prefieren no decir sus nombres. Se trata de un matrimonio muy «decidido».
—Pasen, por favor.
Entran al plató los invitados. Se trata de una pareja que aparecen titubeando y que no saben dónde sentarse, pues dudan si hacerlo en un sitio u otro. Una vez están sentados entre los dos doctores, yo continúo en el centro y comienzo a hablar de nuevo.
— Buenas noches y muchas gracias por haber decidido acudir a nuestro programa a contar su experiencia. Pueden comenzar cuando lo deseen.
—¿Empiezo yo o empiezas tú? —dice el esposo
—Lo que quieras, cariño —contesta ella—. Es que si empiezas tú… pero claro, si me dejas empezar a mí, parece que…
—¡Perdón, perdón! —No me queda más remedio que intervenir—. Eso no hace falta que lo decidan. Como yo soy la presentadora aquí, le ruego que comience usted mismo, señor. ¿Por qué han decidido venir a contar, frente a toda esta audiencia, sus miedos?
—Bueno, decidido, decidido…
—¡Vale! Continúe, por favor.
—Lo cierto es que nos gustaría impedir que otras personas sufran como nosotros —interviene la esposa, bajando la cabeza a su vez con vergüenza y cesando de hablar.
—Desde que tengo uso de razón mi vida es un suplicio —dice el esposo que por fin se ha animado a hablar—. Desde que me levanto hasta que me acuesto, me paso el día atormentado por la cantidad de decisiones que soy incapaz de tomar.
—¿Y eso le pasa con todas o solo con aquellas decisiones que considera importantes? —pregunta el doctor Gris .
—Pues viene y va. En ocasiones puedo estar horas sin poder comer porque no sé si cocinar o pedir comida en un restaurante. Otras veces, volviendo caminando a casa, porque en coche ni te cuento, me quedo parado en un cruce sin saber si continuar por la izquierda o por la derecha.
—No quiero ni imaginar como lo pasará en las elecciones con la de partidos nuevos que hay —señala el doctor riendo.
—Ya te digo —dice el esposo.
De vez en cuando debo de ir interviniendo para dotar a la conversación de más intensidad o dramatismo, según las circunstancias.
—¡Increíble! —digo—. Supongo que llega un momento en la vida que la conoce a usted y comienza a solucionar toda esta dramática situación, ¿no? —pregunto dirigiéndome hacia la esposa.
—¡Qué va! Si somos tal para cual —contesta ella—. Yo hay días que ni siquiera puedo salir de casa porque soy incapaz de decidir si me pongo falda o pantalón.
—¡Pero todo esto es alucinante! —continúo metiendo intensidad—. Deben de haber sufrido ustedes muchos problemas. Sin ir más lejos, en el trabajo.
—No lo imagina —dice entonces el esposo—. Yo ahora mismo estoy en paro, he ido haciendo alguna que otra chapucilla, pero nunca he logrado alcanzar el trabajo de mis sueños .
—Y por curiosidad —dice por fin la doctora que permanece muy callada—, ¿qué trabajo es ese que tanto le hubiese gustado tener?
—Pues yo es que soy muy aficionado al fútbol —contesta entonces el esposo.
—¡Ah, futbolista! —deduce la doctora.
—No, no, soy muy mal deportista —dice sonriendo—. Yo siempre he querido ser árbitro.
Y lo dice con rotundidad, asintiendo con la cabeza, reafirmándose en su decisión. Los demás se quedan en silencio, mirándose estupefactos. Es el doctor quien rompe el silencio tenso con una nueva pregunta a la esposa.
—¿Y usted, señora, se encuentra trabajando en la actualidad?
—Sí, yo la verdad es que siempre he sido muy buena estudiante y hace años me licencié en derecho.
—¿Y trabaja de abogada? —continúa preguntando el doctor.
—¡Nooo! Como le he dicho siempre he sido buena estudiante. Aprobé la oposición y ejerzo de juez.
—¿Ha dicho ju…?
Me faltan las palabras, una cosa es intentar generar más emoción en el programa y otra que esta pareja me rompa todos los esquemas.
Hago una pequeña pausa mientras me recompongo bebiendo un poco de agua y, de esta manera, gano tiempo para seguir con el programa de forma coherente.
El directo me da estas licencias y a mí me encanta tener a millones de personas pendiente de mí en el momento que bebo agua.
La cámara me enfoca un plano medio contrapicado.
Son las instrucciones que les he dado. Así se aprecia mi imagen como si fuese una heroína.
La audiencia tampoco es tonta y lo sabe.
Además, aprovecha para cotillear los detalles del vestido o del maquillaje.
Solo permito primeros planos los días que he podido maquillarme correctamente y siempre por breves instantes. Soy guapa, y a media distancia aún más.
—Es una auténtica lástima que no tengamos más tiempo para profundizar en la increíble vida de nuestra pareja de invitados —continúo diciendo—, pero tenemos que dar paso a nuestros reporteros para una nueva entrevista.
Les deseamos mucha suerte para superar su pequeño problemilla y les ruego un fuerte aplauso para despedirlos.
El matrimonio invitado se levanta y comienza a marcharse del plató con la misma vergüenza que han entrado, pero algo más contentos por los aplausos del adiestrado público que mantenemos en el estudio.
Unas botellas de agua y unas galletas y esta gente hacen lo que le pidas durante más de tres horas, y encima contentos por haber estado en televisión.
Estoy todavía despidiendo a los invitados cuando, de repente, se hace un apagón en el plató.
Se oyen las voces y gritos del público, así como del personal dando las típicas instrucciones para cuando ocurren estas cosas.
Como digo, el directo es lo que tiene. Pero por encima de los gritos, que solo duran segundos, dado que tenemos generadores de emergencia para estas situaciones, se oye un grito de desesperación que supera a todos los demás. Es la doctora Alegría.
—¡¡¡Ahhhhh, por favor, que alguien encienda la luz!!!
—¡Tranquilidad! No pasa nada —grito yo—. Tan solo es un corte momentáneo. Son los problemas del directo —digo por intentar tranquilizar al público.
—Bueno, del directo y de esta compañía eléctrica, que falla más que una escopeta — se oye decir al doctor Gris, siempre con su tono burlón.
—Eso es que esta televisión no paga la factura de la luz —añade gritando una voz anónima desde el público.
En ese momento vuelve la luz al plató. Todos se recomponen con tranquilidad, pero la doctora aparece muy nerviosa e hiperventilando.
—¿Está usted bien, doctora Alegría? —le pregunta con ironía el doctor Gris—. ¿Diría usted, como experta, que esto que hemos presenciado ha sido, por su parte, un pequeño ataque de pánico?
—No, por supuesto que no —le contesta la doctora mientras recupera el aliento—. Ha sido tan solo que le tengo un poco de miedo a la oscuridad.
—¡Bueeenoo! —retomo la conversación, pues desde el pinganillo me avisan de que de nuevo estamos en línea—. La emisión se ha cortado y no podemos contactar con nuestros reporteros, así que les propongo que hablemos un poco, mientras tanto, de este inesperado miedo que ha surgido en el apagón .
—Bien, si no les importa —interviene el doctor con un tono prepotente—, comenzaré yo mientras la doctora acaba de recomponerse. El miedo a la oscuridad es un miedo importante, sobre todo en su versión interior.
—¿A qué se refiere con esto de interior, doctor? —le pregunto, pues la doctora aún no parece estar del todo repuesta.
—El miedo a la oscuridad, conocido como nictofobia —dice el doctor mientras se aprieta las gafas con su dedo índice sobre su nariz—, es una fobia que se caracteriza por un miedo irracional y desmedido a la noche o a la oscuridad en general.
Lo que acabamos de presenciar con la doctora es un miedo principalmente infantil.
—Hombre, pues muchas gracias por rejuvenecerme —consigue al fin decir la doctora.
—Sí, es justamente el miedo de los niños a que se apague la luz uno de los primeros miedos que sufrimos los seres humanos.
En esa oscuridad es cuando el niño piensa que pueden aparecer los monstruos —dice el doctor mirando fijamente a la doctora y haciendo una mueca con su cara para hacerla terrorífica—.
El problema real lo tenemos cuando la oscuridad es interior, cuando lo que se apaga es la ilusión y la motivación.
Los monstruos interiores son los difíciles de aniquilar.
—Siento desilusionarle doctor, pero ese no es mi caso. Lo mío es más superficial .
—Me alegro. Espero que nunca le ocurra, pero si lo hace, no dude en llamarme y acudir a mi consulta —acaba diciendo el doctor en su habitual tono.
—Gracias, doctor, pero veo más posibilidades de que sea usted el que acuda a la mía —le contesta la doctora con una forzada sonrisa—. Por el momento, estoy perfecta.
—Eso deseo —intervengo—, porque me comunican por el pinganillo de que han avisado de que se va a producir un nuevo corte en el suministro eléctrico.
De nuevo se hace la oscuridad en el plató y de nuevo se oyen gritos del público y el personal, en especial los de la doctora Alegría.