7. Miedo al olvido
Si hay algo que siempre ha caracterizado a mi familia es la discreción, la hipócrita discreción, la manipulación, incluso la extorsión si llega el caso. Cuando me cruzo con Estéfano veo todas esas cualidades en su rostro, es decir, que ya es casi de la familia.
Sin duda no va a encontrar a mi padre en su mejor momento.
Tampoco es que mi padre tenga muchos buenos momentos.
El dueño y señor de todo nuestro imperio tiene un terrible miedo al olvido y esto, aparte de una enorme cantidad de manifestaciones físicas, le produce otras tantas emocionales y conductuales.
Manifestaciones de las que, por desgracia, los demás hemos sido víctimas en más de una ocasión.
Un miedo que puede estar ligado al miedo a la muerte, pero que es mucho más egoísta.
Muchas veces el miedo a la muerte es más bien una enorme pena que se confunde con miedo.
Pena por dejarlo todo y a todos. En realidad, mi padre sufre de atazagorafobia.
Es un temor irracional tanto a los olvidos propios como, en el caso de mi padre, a ser olvidado.
Sin duda, en su estado necesitaría terapia y, más que eso, ayuda y medicación.
Pero mi padre jamás ha ido a terapia, jamás seguiría las recomendaciones de un psiquiatra ni de nadie y menos las mías.
El único consuelo que le queda es que su recuerdo perdure con su estirpe y encima ha tenido la desdicha de tener tan solo un hijo. Aunque hasta esto es discutible.
Ahora soy yo el que se queda tras la puerta. Lo mejor es pagar a la gente con su misma moneda, así que, si te espían, espía.
—Buenos días, señor Gris —le dice Estéfano a mi padre.
—Hola, Estéfano —contesta él en un tono apesadumbrado.
—Perdone, pero cuando entraba no he podido evitar oír que discutía usted con su hijo.
—Sí, como de costumbre.
—Si me permite, le diría que no debe usted martirizarse de esta forma. Está claro que Diego no desea asumir la gestión del grupo. Además, sin ánimo de faltar, no está preparado para la misma.
—Lo sé perfectamente —contesta mi padre—, pero para eso estás tú.
Ya lo hemos hablado mil veces. Él estaría en la cúspide de la pirámide, pero tú serías el que llevaría el día a día, por supuesto.
Lo que no estoy dispuesto a consentir es que nuestro apellido se pierda en la presidencia de la empresa.
—Gracias, señor, por su confianza.
Lo dice en un tono que no me creo. Aunque no lo veo, estoy seguro de que Estéfano está haciendo una reverencia ante mi padre.
Es increíble que un profesional como él —que se ha educado en las mejores universidades, no solo de España, incluso de Estados Unidos— sea una persona tan sumisa y por otra parte tan ambiciosa.
La situación que plantea mi padre sería ideal para cualquiera, pero Estéfano no es cualquiera.
Él no solo desea dirigir la empresa, cosa que de facto ya hace, no, él pretende aparecer como la máxima cabeza visible de todo.
Y eso nos va a dar problemas, estoy seguro.
—Aunque no sé, señor, si esa puede ser la mejor solución. Me duele decirle, aunque creo que es mi obligación, que su hijo no es solo incapaz de dirigir la empresa, sino que con seguridad puede ser una carga para la misma.
Seguro que mi padre debe estar fulminándolo con la mirada en este momento, pero Estéfano no se amilana y continúa hablando. Se la está jugando, pero quiere ganar todas las manos.
—Siento decir que su hijo es en estos momentos una persona con muy mala reputación. Trasnochador, mujeriego y…
—¡Ya está bien, Estéfano! No estoy dispuesto a dejarte insultar de esa forma a mi hijo — le corta en seco muy cabreado mi padre.
—Lo siento mucho, señor, nada más lejos de mi intención. Lo único que deseo transmitir es que esa reputación puede perjudicar de forma seria a la empresa, en caso de que asumiera la presidencia.
—Pues, aun así, esa es mi intención —sentencia categóricamente mi padre—. Y así lo voy a hacer constar en mi testamento.
—No se hable más, señor, si esa es su decisión.
—Lo es.
Ahí termina la conversación. Lo normal sería que saliese corriendo para que no sepan que he estado escuchando, pero si algo no me gusta en esta vida es hacer lo normal y mucho menos salir corriendo.
Así que me quedo plantado ante la puerta.
Estéfano la abre y me encuentra allí. Me resulta curioso ver ante mí a este hombre de casi cincuenta años tan desconcertado.
Su cara es un poema, eso sí, no tiene ni una sola arruga.
Parece haber hecho un pacto con el diablo, si no fuese por su pelo canoso, no aparenta para nada su edad.
Sin duda, Lucifer recompensa siempre a sus súbditos de alguna manera.
Me llama la atención lo poco que sé de su vida fuera de la empresa.
Ni siquiera sé si está casado, si tiene hijos, cuáles son sus aficiones.
Ha estado toda la vida con nosotros y no sé nada de él.
Entró en la empresa hace ya más de veinte años.
Mi padre lo fichó tras una selección de personal realizada por una empresa externa, como es habitual.
En pocos años ascendió, siempre como consecuencia de acertadas decisiones hasta llegar a lo más alto de la escalera.
Solo le queda un escalón y parece dispuesto a subirlo.
Es increíble que esté tantos años con nosotros y no sepa nada de su vida.
Me digo a mí mismo que debo averiguar algo más sobre él.
Ahora lo tengo frente a mí. Es consciente de que he oído toda la conversación.
Intenta disimular la sorpresa y recomponerse.
Inspira, haciendo un ademán de despedida con la cabeza.
—¡Diego!
Le contesto sin palabras, con otro ligero movimiento de cabeza, más altivo si cabe que el suyo, y se marcha. Es bueno saber quiénes son los enemigos de uno en esta vida.