6. ¿El dinero no da la felicidad?
El miedo a no llegar a fin de mes es uno de los más habituales entre las clases sociales de menos recursos.
Cuando el hambre se cierne sobre tu cabeza, el resto de miedos pasan a un segundo plano.
Aunque no es que en los países ricos exista más depresión y ansiedad, lo que ocurre es que se diagnostica más.
Por suerte, yo nunca he pasado hambre. Como he dicho, mis padres son ricos.
Ya eran ricos mis abuelos y si nos remontamos más generaciones todavía, incluso podemos encontrar entre mis ancestros algún marqués.
Mi familia actual no ha heredado ningún título nobiliario, por suerte, pero sí multitud de tierras y propiedades de las que muchas provienen seguro de aquellas épocas.
La mayor parte de ellas se encuentran arrendadas en la actualidad, de forma que se suman a los ingresos que la familia tiene, sobre todo de la explotación de edificios de oficinas en las principales plazas mundiales, así como multitud de participaciones en empresas de varios sectores estratégicos.
La mayor parte de esos ingresos se han canalizado con el paso de los tiempos en varios fondos de inversión de los que en la actualidad mi padre tiene mayoría accionarial.
Todo este conglomerado empresarial forma un holding conocido como Grupo Peñalara Gris, en una clara alusión al pico más alto de la comunidad de Madrid junto a nuestro apellido.
Ni que decir tiene que llevo toda mi vida aprovechándome de la herencia familiar, viviendo a cuerpo de rey y que no tengo ni el más mínimo interés en hacerme cargo de la dirección de la empresa.
—Has estudiado lo que te ha dado la gana, Diego, y no me he opuesto. ¡Ya eres psicólogo! ¿No era lo que querías? —me decía mi padre visiblemente cabreado.
—Psiquiatra, Papá, no psicólogo.
—Lo mismo da. Querías estudiar eso y lo has hecho, pero un trato es un trato.
—En ningún momento hicimos ningún trato.
—Puede que no de forma explícita, pero estaba claro que la empresa la debías dirigir tú en el futuro. Todo lo he hecho por ti y para ti.
—No, papá, no lo has hecho por mí, lo has hecho por ti porque te encanta y porque es tu vida, pero no la mía. Además, Estéfano está encantado de hacerse cargo de todo.
—¡Mi hijo eres tú, no Estéfano! —grita.
Es imposible que pueda convencer a mi padre, es una discusión que viene de lejos.
Es una costumbre familiar que el primogénito se haga cargo de los negocios.
En el caso de mis padres no lo han tenido nada fácil.
Desde que contrajeron matrimonio, como si de una familia real se tratase, mi padre se obsesionaba por tener un sucesor.
La realidad andaba por caminos bien distintos.
Llevaban más de diez años casados cuando por fin mi madre quedó en cinta.
Desde el principio fue un embarazo complicado.
El parto lo fue incluso más y a punto estuvo de llevarse por delante la vida, tanto de mi madre como la mía misma.
Por suerte, todo tuvo buen final, pero las consecuencias fueron dramáticas.
Mi madre no volvería a tener más hijos y que yo no tendría hermanos o hermanas nunca.
Así que me crie solo, como se cría un hijo único, con las ventajas o desventajas que esto pueda tener.
Mi padre ha cumplido ya ochenta y algunos años, pero todos los días visita la sede de la empresa como máximo accionista.
Estéfano se encarga desde hace años de gestionar todo y es el CEO actual de la misma.
Aunque mi padre siempre le ha dicho que es un cargo temporal hasta que su hijo pueda asumir el puesto.
Estéfano, sí, el mismo Estéfano al que encuentro al salir de la habitación tras la discusión con mi padre.
Está tras la puerta, enterándose de todo, como siempre.
—¿Qué tal, Estéfano? ¿Todo controlado? —le digo al verlo.
—¡Por supuesto! —me contesta. Y lo hace con su habitual tono de superioridad y desdén.
Me odia, lo sé. Lo entiendo. No me parece extraño, pues mi simple existencia amenaza su posición.
Tampoco a mí me cae bien. Los sentimientos son mutuos y es muy extraño apreciar a alguien si no es de forma recíproca.
A veces pienso que tras esa mirada de odio hay una persona que, con tal de mantenerse en el poder, sería capaz de cualquier cosa.