5. El azar
—¡Mierda! ¿Es usted idiota o qué le pasa? ¿No me ha visto? —dice el viandante.
—¡Lo siento, lo siento de verdad! Es que llevo mucha prisa y no, no le he visto. ¿Puede usted ayudarme, por favor?
—¡Para nada! Yo también llevo mucha prisa. Le aconsejo que la próxima vez mire mejor por donde anda.
Puedo notar de reojo que el muy cabrón me echa una mirada al culo que, sin querer, muestro mientras me agacho a recoger los papeles. ¡Es indignante! ¡Me trata fatal y encima se permite mirarme el culo !
—Con todos mis respetos: ¡váyase a la mierda! —le increpo. Él se ríe a modo de burla y se marcha andando rápido, dejándome sola recogiendo los papeles.
—¡Desde luego el mundo está lleno de imbéciles!
—lo digo al aire, en voz alta, pero nadie me escucha, nadie me mira, ni siquiera el estúpido con el que me he chocado—.
¡Aunque lleven melena! —le sigo gritando.
Y él continúa a su ritmo con su pelo al viento.
Demasiado negro ese pelo, pienso que igual lo lleva tintado, como yo.
Debo ser la única morena de bote que exista en este país. Lo habitual es que las morenas se tiñan de rubio, algo que nunca he logrado comprender. Tenía pensado que fuese el trabajo de mi tesis, idea que rápidamente me quitó de la cabeza mi profesora, que, cómo no, era rubia teñida.
«Mira, Alegría —me dijo—, has estudiado una carrera en psicología que se encarga de analizar la mente humana y su actividad, así como las conductas de los individuos.
Y todo ello con la finalidad de conseguir que las personas tengan la posibilidad de superar sus depresiones, ansiedades, enojos, en definitiva, para ayudarles a alcanzar la estabilidad emocional.
Seguro que encuentras temas más interesantes para tu doctorado».
«¿Y piensa que descubrir el motivo por el que muchas mujeres se cambian el color del pelo no puede contribuir a ello?
», le contesté. No hizo falta seguir, por la mirada de la profesora, noté que acababa de poner punto final a la discusión.
Es increíble la cantidad de cosas que se pueden decir solo con la mirada.
Si te interesa saberlo, puedes consultar mi tesis doctoral: Cómo la mirada comunica nuestro estado emocional.
Si alguien pudiese ver mi mirada en este momento, reflejaría lo sola que puede llegar a estar una en el centro de Madrid rodeada de gente.
Con ese pensamiento en mi cabeza retomo mi marcha hacia el metro de la plaza Callao.
A decir verdad, con ese pensamiento y con la cara del cabrón que me ha chocado que, dicho sea de paso, era bastante atractivo con esa melenita que le hacía tan interesante y salvaje. Él se lo pierde.
Observo cómo la morenaza de largas piernas continúa avanzando hacia su asiento en medio de los aplausos del público.
Me gusta introducir público en mis programas; de lo contrario hay una extrema frialdad que no logro superar.
El calor del público —siempre contento por asistir a un programa de televisión y ver la vida tras las cámaras— se te contagia y hace que te vengas arriba.
—¡La doctora en Psicología, la señorita Alegría Constante! —anuncio.
Los aplausos, que se han ido produciendo durante toda su entrada, van cesando y doy paso al siguiente invitado.
—Y, como no, ¡el doctor en Psiquiatría, señor Diego Gris!
Vuelta a los ensayados aplausos.
Un apuesto personaje de unos treinta y tantos largos años aparece de nuevo en el plató.
Tiene un semblante de pocos amigos, muy distinto al que presentaba apenas hace un rato en mi camerino.
Avanza pausadamente, con chulería impropia de un médico.
Al llegar donde estamos realiza un movimiento levantando la barbilla por todo saludo, lanza una mirada con desdén a la otra invitada que le mira sorprendida y se sienta.
Se espolsa sus pantalones como si se hubiese manchado con un polvo inexistente.
Lleva un traje claro, ajustado como es moda en la actualidad.
No lleva corbata y calza unos zapatos deportivos.
Causa un buen aspecto, de no ser por sus groseros modales.
—Esta noche, estos dos grandes profesionales nos darán sus distintos enfoques sobre los miedos que atenazan nuestras vidas, así como las formas en que podemos solucionarlos —digo dirigiéndome hacia la cámara.
Ambos se encuentran sentados uno frente al otro, aunque de cara al público. Yo me quedo de pie. Me siento más cómoda si puedo moverme con libertad en el plató. Puedo desplazarme hacia un invitado y otro. Domino más la situación y, lo que es muy importante, me luzco mucho más.
—Comenzamos por usted misma, doctora Alegría. Con ese nombre habrá sido para usted muy fácil tener siempre pensamientos positivos, ¿no?
—Para responder con propiedad esa cuestión, debería usted preguntarme mejor ¿qué es la vida? —añade la doctora intentando susurrarme las palabras.
Me quedo callada, algo descolocada. Un silencio tenso recorre la sala.
Los espectadores se miran unos a otros sin entender la situación.
Siempre he intentado que mis programas sean en directo.
Estoy dispuesta a asumir el riesgo que ello conlleva, con tal de no perder la frescura y la improvisación que supone.
De la misma forma, me niego a que los invitados sepan con antelación a que se van a enfrentar, las preguntas que les voy a realizar y hasta los contertulios con los que van a compartir mesa.
Esto me permite reunir en ocasiones a personajes de ideologías totalmente opuestas.
Personas que de saber con quién debatirán, no estarán dispuestas a asistir al programa.
Como digo, esto le da una emoción al programa que de otra forma se perdería.
Mi público lo sabe y lo aprecia. Estos segundos de silencio, que parecen siglos, se rompen de nuevo cuando habla la doctora en voz baja:
—Pero pregunte, pregunte usted, ¿qué es la vida?
—¡Ah, claro, claro, por supuesto! ¿Qué es para usted la vida? —le pregunto al fin.
—Me alegra mucho que me haga esa inesperada pregunta. Sin duda no existe la vida.
—¿Cómo? —le vuelvo a preguntar extrañada.
—Quiero decir que no hay una vida como tal, sino multitud de vidas. No existe una realidad, sino la realidad que cada uno de nosotros percibe. Es nuestra percepción de los sucesos lo que nos hace ver una y otra situación.
El doctor Gris interviene solapada y grotescamente con un desafortunado comentario que me sonroja.
—Esta mujer es tonta, yo no sé por qué me invitan a estos programas absurdos. A esta le recetaba un par de pastillas y la dejaba como nueva .
Una cosa es buscar frescura en el programa y otra que se me vaya de las manos. Con diplomacia, pero con autoridad, le corto en seco.
—Por favor, doctor Gris, un poco de respeto, pronto llegará su turno de palabra.
—Mis palabras son diplomáticas, pero la mirada que dirijo a Diego es letal, espero que sea capaz de captarla y se le bajen un poco los humos—.
Creo que lo que la doctora quiere decir es que todo depende de cómo veamos la botella, si medio llena o medio vacía.
Pero el doctor no está dispuesto a dar su brazo a torcer y continúa:
—Lo que digo, absurdo. Miren, es justo eso lo que produce los mayores males de la humanidad.
La realidad es la que es y no la que nosotros deseamos que sea o nos parece que es.
Si un gato es negro, es negro, por mucho que yo lo vea gris o blanco.
Si eso ocurre, lo que tengo es una distorsión mental.
Son distorsiones cognitivas. Se consideran distorsiones porque no son un reflejo objetivo de la realidad, sino que nos hacen ver dicha realidad de una forma equivocada.
Existen muchos y muy variados tipos de pensamientos distorsionados.
Uno muy típico a modo de ejemplo es la sobregeneralización.
Llegamos a una conclusión general, teniendo en cuenta un hecho puntual.
Si nos ocurre algo malo, pensamos que siempre nos ocurrirá.
En general, todos estos pensamientos tienden a una exageración de las circunstancias que no obedecen a la realidad, que, como he dicho, es la que es .
Miro a la doctora y la veo un tanto compungida, al parecer no se esperaba la brusca contestación del doctor. Llega el momento de hacer un cambio de tercio. Cuando las cosas se caldean, lo mejor es quitar a la persona de pantalla y dejar que sus ánimos se enfríen.
—Seguiremos hablando de esto, por supuesto, pero ahora vamos a dar paso a nuestros reporteros que ya están en la calle esperando conexión.
Pueden observar en sus pantallas —digo mientras señalo la pantalla grande que tenemos en el plató— cómo nuestros compañeros intentan detener para entrevistar a alguna persona de las que pasan por la calle.
La mayoría salen huyendo cuando los ven acercarse.
Lo cierto es que el público suele tener un pánico escénico importante.
Es habitual que nos cueste encontrar gente a la que entrevistar, pues, siguiendo con la política de nuestro programa, tampoco preparamos estas entrevistas callejeras.
Al final la cámara se sitúa frente a un señor y este se ve obligado a detenerse.
Rápidamente el reportero se acerca a él con el micro en mano.
—Buenas noches, caballero, estamos haciendo una encuesta en directo para el programa Con prisa y con pausa. ¿Nos permite una pregunta?
—Venga, dispara rápido, que tengo mucha prisa —contesta la persona.
—¿A qué tiene usted más miedo? —le pregunta el reportero.
—¿Yo? A mi mujer —contesta sin dudar .
«¡Vaya! Hemos ido a dar con el graciosillo», pienso. Veo en la pantalla a mi compañero el reportero sintiendo un poco de vergüenza ajena y con una risa forzada continúa con la pregunta:
—Bueno, no nos referimos a eso —intervengo—, sino más bien a situaciones o emociones desagradables provocadas por la percepción de un peligro real, supuesto o imaginario, presente, futuro o pasado.
—¡Vale, vale! Si es así, me ratifico: a mi mujer. Usted no la conoce.
Hago una sutil señal al regidor con la intención de que advierta al reportero de que deje ir al entrevistado para que no nos cause un problema.
Si algo hay que cuidar en los programas de hoy día es todo lo referente al género y cualquier actitud que se pueda entender machista.
Si eso te pasa, estás muerta. Este lo capta a la primera y lo advierte por el pinganillo.
—Está bien, caballero, muchas gracias por su opinión, en cualquier caso.
—Oiga, pero esto no lo verá ella, ¿verdad? —le dice al reportero.
—Pues esperemos que no —le contesta.
Desde el plató, nosotros seguimos viendo las entrevistas realizadas a pie de calle.
Se acerca otra viandante. El reportero se dirige hacia ella.
Ya tiene práctica en el movimiento de interceptación a realizar.
Lo habitual es que el cámara se ponga frente a ella cortando el paso mientras que el reportero, micrófono en mano, se lanza a preguntar sin más explicaciones, pues ya se nota que es para una televisión.
—¡Señora, buenas noches! Si es usted tan amable… —Le coloca el micro delante de la boca mientras con su cuerpo hace de pantalla para no darle otra opción más que la de contestar—. ¿Nos puede decir a qué tiene usted más miedo en esta vida?
La cara de la persona se muestra extrañada unos segundos, pero pronto y con decisión responde.
—Por supuesto, lo tengo clarísimo: ¡a no llegar a fin de mes!
La cara de mi compañero es un poema. Parece caer en el desánimo. No son exactamente esas las respuestas que esperábamos y para lo que nos habíamos preparado, pero así es el directo.
—¿A no llegar a fin de mes? No sé si eso es un miedo como tal. Nos referimos más, pues a lo típico. El miedo a la muerte, a la soledad, al fracaso.
—¡Corta el rollo! —dice la viandante—. Soy mujer, separada, en paro, con una hipoteca que el cabrón de mi ex fue lo único que me dejó, aparte de tres hijos, claro, ¿y a ti te parece que el miedo a no llegar a fin de mes no es suficiente?
Mira, guapo, si quieres un día que no esté la pava esa detrás de la cámara, quedamos y te lo explico —le increpa la mujer bastante cabreada.
Igual tiene razón. De todas formas, ha llegado el ansiado momento en todo programa, el corte publicitario, que —al margen de ser una fuente de ingresos para la cadena— en los directos es más que necesario para recomponer al equipo y a nuestro propio ánimo.
—¡Bien, queridos telespectadores! Ha llegado el momento de ir a publicidad. Solo unos instantes y volvemos con ustedes.