4. La tele
El estudio de Tele Tú no es muy grande. Es un canal de televisión pequeño, como cualquier canal que pretenda ser independiente.
Se ha especializado en noticias y documentales, pero con una mezcla de reality, en el que a menudo se muestra la parte oculta y oscura de los personajes que tanto gusta al resto de gente que en ese momento se encuentra al otro lado de la pantalla.
Lo que viene siendo telebasura, pero con un matiz intelectual.
Hoy, como casi siempre, los operarios se encuentran colocando los asientos para la entrevista del día. Se mueven deprisa. De fondo se oyen las voces dando órdenes e instrucciones para la preparación del plató de televisión.
—¡Diez minutos y salimos! ¡Vamos, esos focos en su sitio! ¡La cámara cuatro más hacia atrás!
Al fondo de un pasillo, al salir de la zona de grabación, se encuentra mi camerino, el de la presentadora.
En estos momentos estoy acabando de gesticular sobre el espejo.
Ensayo posiciones y gestos que modulan la voz.
Son los calentamientos que siempre realizo antes de salir a escena en cada programa.
Muevo la cara de forma exagerada y repito una y otra vez mi frase talismán .
—No tengo miedo de hablar en público. No tengo miedo de hablar en público —no ceso de repetir ante el espejo. Ya sabéis que desde siempre he tenido y tengo un enorme miedo escénico.
Desde que me llamo Sandra, es decir desde que nací, bueno desde que recuerdo, he deseado estudiar periodismo. Mis padres nunca discutieron conmigo ni me intentaron disuadir en ningún momento, salvo cuando me tocó elegir carrera. En ese momento la cosa cambió por completo.
—Hija mía, lo único que tu madre y yo pretendemos es que puedas tener un trabajo normal y ganarte la vida, como cualquier chica de tu edad. Es muy difícil vivir del periodismo.
—¿Y qué es tener un trabajo normal para vosotros? ¿Pasar ocho o diez horas al día en una oficina, escuchando gilipolleces de una cuadrilla de imbéciles?
—¡No hables así, por favor, Sandra!
—Sí, mamá, sí hablo así, que lo tuyo es aún más triste. Estar toda una vida en casa, limpiando, cocinando y cambiando pañales, para que cuando te quieras dar cuenta, tu vida haya pasado. Y entonces, ¿qué te queda?
—Me quedas tú, hija, lo mejor que le puede quedar a una madre. ¿No te parece suficiente? —me lo dice con lágrimas en sus ojos.
—Lo ves, mamá, solo quieres que siga pegada a ti para siempre.
Me haces chantaje emocional. No quiero esa vida.
Quiero, necesito, vivir la mía, aunque me equivoque.
Lo único que vosotros deseáis es que me quede en este pueblo de mierda y me muera de aburrimiento.
Y todo para que no me perdáis de vista en ningún momento.
Pues no, yo quiero vivir, conocer gente, incluso irme al extranjero, si puede ser.
Descubrir otras formas de vida y transmitir todo eso a los demás.
Explicar al resto de personas mi forma de ver las cosas.
«Tampoco es tan extraño que una chica joven tenga esa ambición», pensaba.
Naturalmente la discusión se mantuvo varios días y, como era de esperar, en la lucha contra mis padres gané yo.
Siempre, sin excepción, son los hijos los que ganan.
Me marché a Madrid y cuando llegué estuve estudiando en la Complutense, que para eso era una de las mejores consideradas para esa carrera.
Ya he dicho que soy una chica guapa, modestia aparte, un poco corta de estatura, aunque lo intente suplir con unos enormes tacones.
Esto me ha afectado a lo largo de mi vida.
No llego a sufrir un complejo por ello, pero estoy cerca.
Lo llevo bastante bien. Aun así, siempre me da mucha rabia observar a todo el mundo desde una posición inferior.
Por eso cuando me encuentro sentada en la mesa de las entrevistas, la visión cambia.
Por fin, ahí puedo tener al resto de gente a mi altura y, además, dirigir la conversación a mi antojo.
A las rubias de bote nos tienen manía, pero el pelo corto con una pequeña melena que apenas me tapa las orejas me proporciona un toque picarón e intelectual.
Me encanta ser la que pregunta y ordena al resto moderando las discusiones. Mi madre ya me lo decía.
—Eres guapa, pero mandona.
Acabo de recibir el mensaje de que salga al estudio.
Todo está ya preparado para comenzar nuestro programa.
Esta noche me encuentro espléndida, un poco acojonada, como siempre, pero con ganas de triunfar.
Noto que será una gran noche. Me he currado mucho el programa y ya es hora de que comience a sacar partido de mi trabajo.
Cuando llegué a Madrid a estudiar periodismo nadie daba un duro por mí.
Me costó acabar la carrera. No soy una buena estudiante.
Lo que me atrae de la profesión es más la parte romántica, los viajes, las entrevistas, el poder mostrar todo esto al resto del mundo, intentando una visión objetiva.
¡Una mierda visión objetiva! Lo cuento como yo lo vivo, como yo lo siento, y al que no le guste… pues a otra cadena y punto.
De todas formas, nunca pensé más que en ser periodista.
Ni remotamente llegué a imaginar que en algún momento podría estar presentando un programa.
Es lo mejor, no pensarlo, no hacerse falsas esperanzas.
La realidad normalmente te da unas bofetadas que te espabilan de golpe o de muchos golpes.
En mi caso me dio, más bien, un beso y un abrazo.
Así pensé en llamar al programa: Un beso y un abrazo.
Es tan cursi que enseguida se me fue de la cabeza.
Igual hubiese sido mejor dejar ese nombre y no el que le pusimos al final: Con prisa y con pausa.
No es fácil elegir nombres. A las pruebas me remito.
Con todo, el nombre —al margen de la referencia al famoso refrán, pero justo al contrario— expresa bien nuestra idea del programa.
Que sea rápido y dinámico para que no aburra al televidente, pero al mismo tiempo que se detenga cuando el tema merezca que lo analicemos con mayor profundidad.
Me vuelven a llamar por el altavoz interno del camerino.
Es el momento de que haga mi habitual entrada triunfal al plató.
Me encuentro espléndida, aunque un poco insegura por el hecho de no llevar bragas.
Después del inesperado encuentro con Diego he tenido que vestirme tan rápido, pues apenas quedaba tiempo, que no he encontrado mis bragas entre el desastre de camerino que hemos dejado con nuestro revolcón.
Me levanto, miro fijamente al espejo y por última vez esta mañana digo mi frase talismán de calentamiento:
—¡No tengo miedo de hablar en público!
Lo digo una y mil veces y de esta forma intento convencerme a mí misma de que es así.
En realidad, es todo lo contrario, pero puedo decir que lo voy llevando.
Imagino que el miedo a hablar en público no es otra cosa que una manifestación del miedo al ridículo.
Esta noche le preguntaré a los invitados. No debo perder una ocasión así.
Salgo y cierro la puerta tras de mí. Respiro hondo y con paso firme me dirijo hacia fuera.
Abandono el largo pasillo y aparezco en una sala totalmente iluminada.
Siento como varios focos y miles, millones de miradas se clavan en mi rostro.
Les regalo a todas la mejor de mis sonrisas mientras miro a la cámara uno.
Me echo el pelo hacia atrás con la mano, en un acto muchas veces estudiado.
Paso la mirada a la cámara dos. Esta me sigue como un perro faldero hasta que me sitúo en el centro del escenario.
El público asistente en el plató arranca un fervoroso aplauso que llevan ensayando más de una hora.
Durante todo el trayecto que realizo mantengo la sonrisa.
Camino sensualmente. Y lo que es más importante, voy sola.
Sí, de esta forma no tengo a nadie de referencia y no se nota mi pequeña estatura.
Una vez en el centro del escenario, me hincho como un pavo. Ahora los tengo a todos a mi merced.
Toda la audiencia que hemos ido ganando con el paso de estos meses está pendiente de mis palabras, hasta mis padres.
Sí, ellos, que tanto lucharon para que no saliese de su entorno.
Hasta ellos están ahora orgullosos de mí.
Tenía razón, siempre la tengo. Con el paso del tiempo he aprendido a desprenderme de la presión que tenía las primeras veces.
Ahora el tiempo transcurre despacio cuando estoy frente a una cámara.
Me permito tener todo este tipo de pensamientos; puedo hacer movimientos y pausas a mi antojo.
Es como si todo a mi alrededor transcurriese a cámara lenta, como si todo mi entorno estuviese bajo mis órdenes.
Con solo una mirada consigo captar la atención del espectador.
A mis espaldas la pantalla gigante del estudio se ha encendido.
Un ataúd sale en primer plano. Dentro del mismo se encuentra el fallecido.
Es un conocido actor. Ahora, por fin, comienzo a hablar.
—Buenas noches, amigos y amigas telespectadores.
Les acabamos de retransmitir desde el tanatorio en el que se han instalado sus restos, el entierro de ese gran actor: Adrián Rúa.
La muerte de este personaje tan entrañable ha conmocionado a nuestra sociedad.
Este fallecimiento prematuro nos ha hecho reflexionar.
¿Es la muerte el principal de nuestros miedos o, por el contrario, es tan solo uno más?
Dejo de mirar al centro y me voy hacia el lado derecho del estudio. La cámara me sigue. Me tomo mi tiempo para que el público pueda digerir la noticia, así como la profunda pregunta que he lanzado.
—Con este motivo vamos a realizar un programa especial —sigo diciendo animada—, en directo, a las 21h de la noche. Tendremos en la calle a nuestro habitual equipo de reporteros, que nos transmiten las opiniones de los viandantes, de la gente de la calle, de las personas como tú y como yo.
Hago una nueva pausa y me marcho hacia el otro lado del estudio. Me encanta que la cámara me siga.
—Y aquí, en el plató, nos acompañan…
Nueva pausa para generar suspense mientras una de las cámaras enfoca a la puerta de entrada. Una morena de esbeltas piernas y larga melena aparece en el plató. Vuelven a sonar los aplausos. Menos mal que no estoy junto a ella, pienso, parecería una maldita enana.