Sin bragas no hay miedo 3. La arruga es bella
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3. La arruga es bella

Este camerino es diminuto. Me estoy aburriendo de lo lindo.

Debería recordar que siempre nos citan con demasiada antelación.

Todavía no entiendo cómo me dejo engatusar para venir a estos programas.

Son realities de mierda. No necesitan profesionales, sino actores.

Y este espejo también podrían haberlo limpiado un poco.

—¡Eh, tú, chica! ¿Eres maquilladora?

—Sí, señor.

—Pues ven aquí, rápido. Ahora mismo salimos a escena y estoy fatal. Cúbreme las patas de gallo, que no se noten.

—¿Qué patas de gallo? —me dice la chica—. No sea tonto, doctor, está usted fenomenal. Ya quisieran muchos estar así a su edad.

Lo que parecía un halago se ha transformado en todo lo contrario.

—¿Cómo que a mi edad? ¿Pero qué demonios? ¿Qué edad piensas que tengo? Y yo, que pensaba invitarte a salir después de la entrevista. Anda, vete, que ya termino yo de maquillarme.

—Lo siento mucho, doctor, yo solo quería…

—¡Que te marches ya! —le tengo que gritar para que me obedezca .

La pobre se va fatal, aunque yo tampoco me quedo mucho mejor.

Estoy en la crisis de los cuarenta. Cada época de nuestra edad tiene su especial crisis, con sus síntomas concretos.

Con los cuarenta podemos decir que se nos acaba la juventud.

Comenzamos un periodo de madurez. ¡Madurez!

Qué eufemismo para describir que comienza nuestra decrepitud.

La vida es corta y llegando a los cuarenta, lo que no hayas hecho.

.. Es una época de frustración por no alcanzar el estatus deseado.

Pero este no es mi caso. Yo he triunfado.

Acabé la carrera de psiquiatría con un expediente decente, aunque es cierto que me tomé unos años de más.

Al fin y al cabo, ya tenía la vida resuelta; tampoco tenía que esforzarme más de lo indispensable.

En cualquier caso, me gusta la psiquiatría, no la medicina en general.

Eso se lo dejo a otros con vocación. A mí lo que me llama es la enfermedad mental.

Esta capacidad de que los pensamientos, las sensaciones o los estados de ánimo puedan incidir de manera tan decisiva en nuestra salud y bienestar.

Es lo que nos diferencia de los demás seres vivos.

El resto de médicos se parecen más a los veterinarios.

Bueno, igual me he pasado un poco, pero es una opinión.

No necesito opositar, ni siquiera me llama la atención pasar a formar parte del ejército de funcionarios del estado.

He optado por abrir mi propia consulta, eso sí, en uno de los mejores edificios del barrio de Salamanca en Madrid.

Si alguien puede pagar los servicios de un psiquiatra es la gente de dinero.

Además, son los más trastornados con diferencia.

El pobre bastante tiene con poner el plato de lentejas en la mesa.

Y lo digo por experiencia porque mi padre es rico, más que rico, le sobra el dinero, y soy su único hijo.

Tampoco voy a castigarme por eso. Sí, soy un tipo con suerte.

Soy consciente de ello y lo aprovecho al máximo.

No obstante, como cualquier mortal, tengo mis días de bajón, incluso a pesar de mi profesión o, sobre todo, por culpa de mi profesión.

Y ahora, las desafortunadas palabras de la maquilladora me han producido uno de esos bajones.

Aquí, frente al espejo, veo las arrugas alrededor de mis ojos.

Son pocas, no en vano me cuido a diario con todo tipo de cremas compuestas a base de colágeno, ácido hialurónico y demás.

Algún efecto hará, pero desde luego no son milagrosas. Los cuarenta son los cuarenta.

Mirando el espejo vienen a mi mente imágenes de mi niñez.

En el reflejo veo cómo voy creciendo con rapidez, incluso sobrepaso mi edad actual.

Mi imaginación me traiciona y la imagen del espejo se va tornando en una persona mayor.

Soy yo mismo, pero con otros cuarenta años más.

Las fantasías del espejo se han desbordado por completo.

Aparecen nuevos personajes en el mismo. Veo la plaza de un pueblo en el que se encuentra un achacoso abuelo, tosiendo en un banco.

Es el Dr. Gris, yo mismo. Otros dos abuelos, muy viejos, aparecen lentamente por los extremos del espejo y avanzan hasta mí.

Con sus lentos pasos tardan una eternidad en llegar hasta el banco en el que me encuentro.

Por fin se sientan junto a mí, no sin grandes esfuerzos.

Cuando los veo así, tan degradados, tan como yo, comienzo a hablar.

—Ya lo decía mi padre: «Juventud, divino tesoro».

—¿Quiénes son esos que pasan por allí? —me dice uno de ellos señalando la acera de enfrente—. No parecen del pueblo .

A lo lejos se ve pasar a un reportero con el cámara de un programa de televisión.

Llevan las siglas del canal en el que estoy en la actualidad, en el que van a realizarme la entrevista.

Van con la ropa de trabajo y en la parte de atrás del chaleco llevan impreso el logotipo del canal, con el literal «Tele Tú», un nombre simplón para un canal simplón.

—Son de la televisión «anatómica».

—¿Anatómica? Pues sí parece de la valenciana.

—Pues eso digo. Al parecer están haciendo un programa sobre los miedos.

—¡Uh, qué susto!

—Pues haber escogido muerte, que conforme estás ya te queda poco.

Tras esas palabras los tres nos reímos del chiste.

—¡Ay, ay, ay! Que me da miedo reírme —dice el abuelo de la izquierda.

—Pues ese miedo no lo había oído yo nunca: el miedo a la risa —le contesto.

—No, si digo que me da miedo reírme porque se me sale la hernia.

Nos volvemos a reír todos y tras las risas comienzan las toses.

—Nos podían haber hecho una entrevista a nosotros —interviene el abuelo de la parte derecha.

—No ves que los viejos no le interesamos a nadie —le contesto.

—Pero, ¿por qué eres tan negativo? ¿Cómo puedes decir eso? Claro que les interesamos y a mucha gente —dice ahora el otro abuelo.

—Venga ya, ¿a quién? —insisto.

—Pues... a... a... ¡A los políticos! Con todos los que somos, les importan muchísimo nuestros votos. Y también les importamos a los del geriátrico, y a los dentistas, y… —Asentimos con nuestras cabezas mi entras sigue enumerando los colectivos a los que les importamos—. Y... ¡A nuestros hijos!

Se produce un silencio tenso, el otro abuelo y yo vamos girando las cabezas lentamente en dirección uno del otro hasta que se cruzan nuestras miradas. En ese momento, estallamos en una carcajada y todos comenzamos a reír.

—A nuestros hijos dice. —Sin parar de reír.

—Ahí igual te has venido un poquito arriba.

—Habrá que tomarse las cosas con humor, al final el humor es lo único que nos queda —dice el primero.

—Bueno, y el dolor de rodilla —y todos se ríen de nuevo.

—Como te decía, nos tenían que haber entrevistado a nosotros. ¿Sabéis que el miedo a envejecer tiene amargadas a muchas personas?

—De algo tienen que vivir los del «photochock» ese.

—¡Madre mía! Contigo tendrían faena para quitar todas esas arrugas —le digo.

¡Será posible! Hasta en mi imaginación me obsesionan las arrugas.

La imagen del espejo se va diluyendo de nuevo y se va transformando hasta ser de nuevo el doctor actual.

Hemos vuelto a la realidad. Unos golpes a la puerta me avisan de que el programa comienza en unos minutos y debo estar preparado.

—¡Veinte minutos, doctor!

—Gracias —le contesto y lo hago en un tono de voz tan bajo que es imposible que me oigan tras la puerta.

La de cosas que se pueden hacer en veinte minutos. La de cosas que se pueden hacer en cuarenta años .

La mini crisis que acabo de sufrir, si así la podemos llamar, me incita a pasar a la acción. No hay mejor defensa que un buen ataque. Veremos lo que soy capaz de hacer con esta edad.

Conozco a Sandra desde hace años. Acababa de abrir la consulta por aquel entonces.

Realizó una entrevista a mi padre y por diversos motivos tuve que volver a verla.

Sí, ya sé que es poco habitual enrollarse con una desconocida la primera vez que la ves, pero tengo que decir que al menos no fue en la primera, fue en la segunda.

La primera vez que la vi me llamó la atención.

No era alta, más bien algo bajita, pero llevaba unos largos tacones que le hacían aparentar una estatura mayor.

Su pelo no era como ahora lo tiene, rubio y corto.

Por aquel entonces llevaba una media melena con un tinte rojizo.

No llevaba estas lentillas, por lo que sus ojos no eran azules.

Eran de un tono entre verde y marrón. Pero lo que más me llamó la atención fue su olor.

De hecho, pude olerla antes de verla. Es increíble cómo nuestra mente puede llegar a olvidar palabras e imágenes y, sin embargo, puede recordar un olor durante años.

En este caso no es necesario recordarlo, pues si algo no ha cambiado en Sandra en todo este tiempo, ha sido ese olor.

Es algo suave e intenso al mismo tiempo.

Es una fragancia fresca, pero que permanece como un perfume, es como el olor del campo y el mar al mismo tiempo.

Solo tengo que cerrar los ojos para sentirlo.

En realidad, ahora lo percibo porque estoy en la puerta de su camerino .

Abro sin avisar y entro de golpe. Sandra está de espaldas, solo con unas bragas puestas por toda vestimenta.

Parece que estaba eligiendo vestuario. Al oírme entrar se sobresalta y se da la vuelta tapándose el pecho con el vestido que tenía en las manos.

No sé qué ha dicho de un tal Fran y que solo quedan unos minutos para salir al plató.

No oigo bien lo que dice. Tengo toda la sangre de mi cuerpo concentrada en un único sitio y la veo más atractiva que nunca.

Noto una mirada de complicidad y me acerco.

Sin dudarlo le arranco el vestido con el que se tapaba.

La veo allí, de pie, frente a mí, tan solo con las bragas.

En apenas unos segundos activo mi escáner humano y comienzo viendo sus dedos de los pies desnudos.

Son redondos y con las uñas pintadas de un color rojo intenso.

Subo la mirada por sus piernas. Son fuertes, por algo corre varios kilómetros casi todos los días.

Las bragas tienen unos encajes preciosos, sensuales como ella.

Sus caderas anchas, frente a una minúscula cintura.

Continúo subiendo y me paro en seco. ¡Sus pechos!

No los recordaba así; los noto distintos. ¡Claro!

—¡Tetas, te has puesto tetas! Quiero decir, que no es que no tuvieses tetas, que te has puesto más.

Sandra se ríe y me pone la mano en la boca, buscando mis labios con sus dedos para que se los muerda. Le encantan los mordiscos, tanto recibirlos como darlos. Comienza a besarme y morderme la boca y la barbilla.

—¡Oh, Diego! —me dice, y es su forma de indicarme que vamos a tope y con todo porque hay poco tiempo .

Animado y excitado como estoy, la levanto y ella rodea mi cuello con sus brazos y mi cintura con sus piernas mientras continúa con sus mordiscos, que en estos momentos se encuentran por las orejas.

Yo bastante tengo con sujetarla e intentar desabrocharme la bragueta. ¡Con lo fácil que parece en el cine!

Esta escena, en su camerino y en mis brazos, la venía imaginando desde que hace un mes me avisó que tenía la intención de hacer este programa sobre los miedos que atenazan al ser humano y que, por supuesto, contaba conmigo como invitado.

Seguramente podría aportar más como persona que los sufre, que como profesional que los soluciona.

Pero con el paso del tiempo lo cierto es que me he labrado cierta fama en la ciudad y a base de asistir a programas de televisión como tertuliano, gracias a Sandra, he incrementado la clientela en la consulta de forma notoria.

En honor a la verdad, hay que decir que una gran parte de esa clientela, más que solución a sus problemas, lo que desean es poder comentar a sus amistades que acuden a la consulta del doctor que sale en televisión.

Los minutos pasan lentamente y mis fuerzas flaquean; nada tiene que ver la edad.

Sandra, aunque pequeña, está maciza y pesa más de lo que parece.

Miro de reojo a mi alrededor buscando un apoyo que me auxilie.

Veo la mesa del camerino. Está llena de papeles y artículos de maquillaje, pero no tengo otra opción.

Me la llevo, así como la tengo en brazos, y casi la dejo caer de golpe sobre la mesa.

Ella, tumbada boca arriba; yo, de pie frente a ella.

Ahora sí, ya repuesto y con el aliento recobrado, voy con toda mi artillería que, dicho sea de paso, descargo enseguida tras oírla gozar apenas unos instantes.

El tiempo apremia, soy consciente, y lo bueno si es breve…

Ambos nos recomponemos, ella todavía agachada con el culo a la vista. Le doy un palmetazo cariñoso, aunque sonoro. Sin más me doy media vuelta y abandono la habitación. Sé que me está observando, piensa que me voy a volver a mirarla, pero no lo hago. Soy un tipo duro.