2. Miedo al ridículo
Estoy en mi camerino, observando por mi pantalla privada las imágenes del tanatorio con el que pronto conectaremos para comenzar el programa. Ante el espejo ensayo mi actuación porque cuando estoy ante las cámaras desempeño un papel. Yo en realidad no soy así, soy mucho peor.
—¡Buenas noches, amigos y amigas telespectadores!
Les acabamos de retransmitir desde el tanatorio en el que se han instalado sus restos, el entierro de ese gran actor: Adrián Rúa.
La muerte de este personaje tan entrañable ha conmocionado a nuestra sociedad.
Este fallecimiento prematuro nos ha hecho reflexionar.
¿Es la muerte el principal de nuestros miedos o por el contrario es tan solo uno más?
¡Perfecto! Lo tengo —digo mientras me arreglo una pestaña frente al espejo.
Es una costumbre que tengo desde hace años.
Para nada quiero que se repita la experiencia que tuve en mis inicios.
Me quedé en blanco ante la cámara la primera vez que salí en directo a dar un informativo.
Aparecía tras las noticias, tan solo unos minutos, para dar una «buena noticia».
Algo intrascendente, pero que pretendía dejar con buen sabor de boca a los espectadores, abrumados como siempre por el cúmulo de las habituales y persistentes malas noticias.
Fue una idea del realizador. Acaban las noticias y aparece una chica guapa, dice algo bonito y se marcha.
El estreno de esta iniciativa no pudo ser peor.
Yo tenía experiencia, había intervenido varias veces en televisión, pero en diferido, donde el arreglo de los fallos siempre es posible.
Pensar que estaba en directo pudo conmigo y me quedé en blanco.
El nudo en el estómago hizo que la sangre no me llegase a la cabeza y casi me desmayé.
Por suerte los compañeros de realización solucionaron el problema pasando un vídeo con unos caballos salvajes, que era de lo que trataba la noticia.
Estuvieron a punto de no darme otra oportunidad, pero era demasiado guapa como para que no mereciera la pena intentarlo.
Ahora, con casi cuarenta primaveras a mis espaldas, no he perdido el encanto y, además, aunque peque de falsa modestia, he ganado en otros atributos.
¡Exactamente! ¡Me he hecho algunos retoques en lugares estratégicos de mi cuerpo!
Desde aquel día sigo este ritual antes de salir del camerino.
Me encierro y comienzo a repetir ante el espejo las primeras frases de mi intervención.
Controlo mi respiración, me digo lo guapa y encantadora que estoy, me tranquilizo y me lanzo.
Así gestiono mi miedo a hablar en público y es que, aunque resulte increíble, es una de las cosas que siempre he temido.
Seguramente va ligado al miedo al ridículo.
Lo cierto es que el programa va a quedar genial. Sin duda, vamos a aumentar la audiencia, nuestro objetivo primordial. El contenido y los invitados son lo más, pero lo mejor soy yo. A estas alturas ya me he convertido en el principal activo del programa: Sandra Ricci.
Por supuesto, ese es mi nombre artístico, no iba a ponerme el apellido real: Gutiérrez. ¡Joder! No hay apellido más bestia. Ricci suena breve y divino, como debe ser. Y, además, combina a la perfección con mi nombre, el hipocorístico del italiano Alessandra.
Podemos decir que Sandra Ricci es, en estos momentos, una de las más cotizadas presentadoras de la televisión, al menos de nuestra cadena.
Es cierto que hasta llegar aquí me he tenido que follar a más de un directivo y productor.
De hecho, aún lo sigo haciendo, la diferencia es que ahora soy yo la que decide a quién me follo y a quién no.
—¡Sandra! —Oigo a mi ayudante llamarme. La veo a través del espejo.
—¿Qué ocurre? ¿Ya es la hora? —le contesto.
—No, todavía faltan veinte minutos. Se trata de Fran. Está aquí y quiere verte.
Fran es uno de mis amantes. Lo cierto es que tengo varios.
Muchos, más bien. Aunque Fran es uno de los pocos con los que he salido tan solo porque me gustaba.
Me gusta. Es guapo, metro ochenta de puro músculo, listo o, al menos, espabilado.
En la cama podríamos calificarlo de una bestia.
Pero es solo un policía, aunque recién ascendido a subinspector.
No quiero esa vida, ligada a un pequeño sueldo de funcionario y esperando cada noche a que vuelva a casa sano y salvo.
Nos vemos de vez en cuando y no se puede decir que salimos, pero así conservamos viva la llama.
Podemos decir que nos desahogamos mutuamente y nos tenemos cierto cariño.
Lo veo junto a Esther, mi ayudante, desde el espejo. Él no me ve a mí. No puede hacerlo, dado que no le quita ojo al culo de Esther. Me río. Seguro que, si estuviéramos saliendo, no me haría ninguna gracia. Le contesto gritando y sin asomarme:
—¡Dile que no puedo verlo ahora! Estoy acabando de prepararme. Mejor que vuelva en el intermedio del programa, que necesito contarle algo.
Me encanta hacerme la interesante y me encanta maltratarlo. Creo que a él también le gusta. Seguro que al acabar lo tendré aquí. Si el programa ha salido bien, como espero, él también tendrá su premio. Porque yo maltrato, pero cuando trato… lo hago muy bien.
Sigo mirando por el espejo la rendija de la puerta y veo como mi ayudante le transmite mis instrucciones.
Algo innecesario, puesto que Fran se encuentra justo a su lado y lo ha oído igual que ella.
Mi policía favorito se acerca coqueteando y le dice unas palabras al oído a mi ayudante.
Debe de ser alguna guarrada, estoy segura, pero ella se ríe.
Yo me río también. En el fondo me pone este trío imaginario que me he montado a través del espejo.
Me levanto y cierro la puerta de forma suave, no quiero que se den cuenta de que los estaba observando.
Me giro y voy hacia el fondo de la habitación.
Allí hay un armario sin puertas donde cuelgo toda la ropa que me traen.
Soy muy escrupulosa con el tema de vestuario y bajo ningún concepto repito modelo de un día para otro.
Desplazo los distintos vestidos colgados en las perchas, por fin elijo uno.
Es de una sola pieza, con la espalda al descubierto, por lo que no me permite llevar puesto el sujetador.
No me resulta indispensable, antes porque apenas tenía pecho y ahora porque las tengo firmes y con la mirada al frente.
Me quito los vaqueros que llevaba puestos, la camiseta y el sujetador.
Descuelgo el vestido de la percha para ponérmelo.
Huele a nuevo, a tejido sin estrenar. Tan solo tendrá un uso y lo devolveremos a la tienda con la que tenemos el acuerdo.
Siempre me ha hecho gracia pensar que alguien lo comprará y pensará que está sin estrenar.
No le echo perfume, es una de las condiciones que nos ponen.
No es conveniente que pierda ese olor a nuevo.
Estoy buscando la apertura del vestido, cuando en ese momento la puerta se abre de repente.
Mi ayudante jamás haría esa entrada, así que me vuelvo cabreada.
—¡Maldita sea, Fran! Ya te he dicho…
—Pero bueno, ¿quién es Fran? Pensaba que conocía a todos tus ligues —me contesta la persona que acaba de entrar.
—¡Diego! ¿Qué demonios haces aquí? Quedan quince minutos para que comience el programa.
—Pues entonces nos sobran diez —me contesta mientras se abalanza hacia mí.
Me encuentro con el vestido arrugado delante de mi pecho, pues al oír abrir la puerta la reacción natural ha sido la de cubrirme.
Diego ya está frente a mí. Me quita el vestido de un tirón con brusquedad y me abraza.
No me da tiempo a reaccionar y antes de poder emitir palabra ya tengo su lengua dentro de mi boca.
Quiero apartarme, pero incluso así me dejo llevar unos segundos.
Nuestras lenguas se abrazan entre ellas hasta que recupero el control tras un empujón.
—¡Estás loco, estás loco y eres un insensato!
—Y tú estás buenísima… y distinta —me contesta mientras clava su mirada en mis pechos, que han quedado al descubierto tras quitarme el vestido con el que me cubría—. ¡Te has puesto tetas! —grita—. ¡No me lo puedo creer!
—Pero no grites —le susurro mientras me acerco a taparle la boca para que no siga hablando.
Al poner mi mano en su boca aprovecha y me muerde los dedos.
Ya está, entre el morbo por el recuerdo del trío imaginario anterior y sus dientes en mis dedos, ocurre lo inevitable o más bien lo que no quiero evitar.
Me abalanzo sobre él de un salto. Rodeo con mis brazos su cuello y con mis piernas atrapo su cintura.
El ataque de la boa constrictor está en marcha.
Tan solo llevo puestas mis braguitas, por lo que ya le he facilitado bastante el trabajo.
—¡Oh, Diego! —le digo, excitada y un tanto cursi—. Te recuerdo que tenemos solo unos minutos, todavía tengo que vestirme. Y deja de morderme por toda la cara. ¡Me vas a quitar el maquillaje!
—No te preocupes, sabes que puedo correr lo que sea necesario —me dice mientras me sujeta contra su pecho con una mano en mi espalda y con la otra intenta desabrocharse la bragueta .
Diego es fuerte, mide casi uno noventa y, aunque no está cincelado de gimnasio, sale a correr de forma frecuente.
Tan solo fuma de forma ocasional y juega al pádel a menudo.
Podemos decir que se encuentra más o menos en buena forma.
Sin embargo, lo oigo jadear y dudo si es de excitación o, más bien, porque está agotado a causa del esfuerzo de mantenerme en alto.
Busca el apoyo de la pared y comienza a empotrarme contra ella.
Su respiración no mejora, más bien todo lo contrario.
—¿Estás bien, Diego? —le digo un poco preocupada.
—Por supuesto, no puedo estar mejor. Estaba soñando con tenerte así en tu camerino desde que me llamaste para decirme que deseabas entrevistarme. Aquí no lo habíamos hecho nunca.
Me da la impresión de que al ritmo que va nos quedaremos todavía sin hacerlo.
Lo noto cada vez más agotado, estoy más pendiente de su ritmo cardíaco que de mi placer.
De repente da un giro y andamos unos pasos.
Sigo en volandas. Cuando creo que vamos a caer al suelo, me doy cuenta de que me está llevando hacia la mesa.
Me deja caer en ella de forma violenta. Una vez depositada en la mesa se apoya sobre sus manos.
Su cara y la mía están a un palmo. Su miembro continúa dentro de mí.
Tiene la cara roja y su respiración muy acelerada.
Ahora lo tengo claro, no es la excitación del momento. Está agotado.
—Diego, ¿seguro que estás bien?
—No he estado mejor en mi vida —me contesta mientras retoma la cabalgada. Ahora sí se ha recuperado. ¡Cómo se ha recuperado el muy capullo !
Sus movimientos son ahora rápidos y certeros. En cada empujón estamos más cerca del clímax, que llega al instante. Los dos nos quedamos exhaustos. Él está de pie, pero con el torso apoyado en mi pecho.
—¡Diego! —le grito, pero no me contesta. El peso de su cuerpo empieza a cortarme la respiración—. ¡Diego, me ahogo!
—Perdona. Necesitaba disfrutar del momento. Ya me levanto.
—¡Maldita sea, Diego! No puedes entrar así en mi camerino y… —Me da un beso en la boca sin dejarme acabar la frase y me ayuda a ponerme en pie.
—Vale, acaba de vestirte y nos vemos ahora mismo en el plató.
—Eres un auténtico cabronazo. Y lo sabes.
—Y tú eres preciosa y también lo sabes. No intentes vengarte en directo, que te conozco.
Me propina una palmada en el culo. Quiero pensar que es una palmada cariñosa, como la que se le daría a una esposa.
Se va hacia la puerta, sé que, aunque es su deseo, no se va a volver.
Ni se imagina la sorpresa que le espera esta noche.
Lo cierto es que en este momento me siento más como una vulgar ramera.
Este pensamiento no me produce ningún malestar.
Ya he dicho que en estos momentos yo soy la que elige a quién y cuándo me follo.