Sin bragas no hay miedo 1 Muerte
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Sin bragas no hay miedo

Sin bragas no hay miedo

Por Pepe G. Pardo

© inepub.com

1 Muerte

Nunca me han gustado los tanatorios. Bueno, imagino que a nadie le gustan y yo no voy a ser una excepción.

Por mucho que intenten disimular ese olor, huelen a muerto, a muerte.

Y eso que no sé cómo huele la muerte. Los pasillos y las estancias son frías, a pesar de estar dotadas de calefacción.

La verdad es que los nuevos tanatorios tienen todos los detalles posibles.

Incluso caramelos. ¡Odio los caramelos de los tanatorios!

Es imposible endulzar esos momentos. Lo único bueno que tienen es que se nota que al menos son negocios rentables para sus propietarios. Alguna ventaja debía tener.

Seguro que la percepción cambia cuando la muerta eres tú.

Dentro del ataúd debe encontrarse una como en casa.

Mejor tener esa sensación, al fin y al cabo, será el barco hacia la eternidad.

Y hablando de barcos: ¡qué bonitos los entierros vikingos!

La imagen del barco que se adentra ardiendo en alta mar.

.. Todos los entierros deberían ser así.

El hecho de ser el muerto en el entierro, no cabe duda, le da al individuo un protagonismo difícil de superar.

A mí me encanta ser la protagonista. Por eso me dedico a lo que me dedico.

Ahí, en esa mini sala acristalada, expuesto a las miradas ajenas, el muerto debe encontrarse muy solo.

Además, a través del cristal no oirá lo que dicen esas personas.

Seguro que están hablando de él. Sería una estupenda oportunidad para conocer sus opiniones, aunque quizá no fueran del todo sinceras.

¿Para qué enemistarse con un finado o con sus familiares?

No vale la pena a estas alturas. Mejor dejarlo correr.

Bueno, tanto como correr, es una forma de hablar.

Esas dos mujeres que están ahora mirando y cotorreando entre ellas, es posible que ni siquiera conozcan al fallecido.

No sé qué narices hacen aquí. Habrán venido a hacer turismo porque, aunque parezca increíble, hay mucha gente a la que le gusta el turismo funerario. Imagino lo que estarán diciendo.

—Con lo bueno que era —dice la más alta.

—Sí que lo era, sí —añade la más baja y rechoncha de las dos.

—¿Y guapo? Era más guapo…

—Yo… más que guapo, lo veía interesante.

—¡Y listo, era más listo!

—Sí que… Era muy guapo, desde luego.

—¿Qué pasa, tú lo conocías personalmente?

—No, para nada, solo de verlo en sus películas. Además, me encantan los gais.

—¿Cómo que gay?

—¿No lo sabías?

—No. ¿Y qué más da eso hoy en día?

—Nada, mujer, solo era un comentario.