26 Roma
ROMA
Epícado estaba en un extremo del Foro y observaba cómo cuatro obreros retiraban las tablillas de madera de las columnas de la basílica.
Trabajaban en silencio, con la sobriedad rutinaria de artesanos que cumplen un encargo: sacar clavos, descolgar tablillas, cargarlas en un carro.
Las tablillas estaban castigadas por el tiempo.
Ocho meses de lluvia, sol y viento habían reblandecido la madera y borrado la tinta hasta convertir los nombres en sombras pálidas.
Algunas se habían combado. Otras estaban agrietadas.
Una estaba tan podrida que se partió en dos al retirarla, y el obrero arrojó los pedazos por separado al carro como si fueran leña.
Eso eran: leña. Las tablillas serían quemadas por orden de Sila. Ningún archivo, ninguna copia, ningún recuerdo. Las listas de proscripción debían desaparecer como si nunca hubieran existido.
Epícado sabía que no desaparecerían. Él tenía copias. Sila tenía copias. Lúculo tenía copias. Y las familias de los muertos conservaban copias en la memoria que ningún fuego podía borrar.
Pero las tablillas bajaban de las columnas. Y eso importaba.
La noticia se había extendido durante la noche.
Sila había anunciado el final de las proscripciones la víspera, en una breve intervención ante el Senado: tres frases, sobrias, sin solemnidad.
Los enemigos de la República han sido castigados.
Las listas quedan cerradas. A partir del 1 de junio no se añadirá ningún nombre.
Después se había vuelto y había salido, dejando a los senadores de pie, mirándose unos a otros, mientras el silencio de la sala sonaba como la exhalación de un hombre que ha contenido el aliento demasiado tiempo.
Ahora, en la mañana del 1 de junio, el Foro estaba lleno.
No era la multitud habitual: comerciantes, abogados y ociosos que cruzaban la plaza en un día cualquiera.
Era otra gente. Gente callada. Personas que permanecían de pie viendo cómo retiraban las tablillas y que no decían nada porque mirar bastaba.
Algunos se daban la mano. Algunos lloraban.
Un anciano a quien Epícado no conocía se quedó junto a una columna y acarició con las yemas de los dedos el lugar donde había colgado una tablilla, como si necesitara convencerse de que de verdad había desaparecido.
Una mujer se arrodilló y recogió las astillas que se habían desprendido de la madera al desmontarla: astillas en las que aún quedaban letras, medios nombres, sílabas truncadas.
Epícado la vio envolver los fragmentos en un paño y apretarlos contra el pecho, y comprendió.
En uno de aquellos trozos estaba el nombre de su marido, o lo que quedaba de él, y aquella astilla era lo único que conservaba.
Los niños corrían por el Foro entre las piernas de los adultos y jugaban con los clavos: los arrancaban de la piedra y los lanzaban.
Un muchacho alcanzó a otro en el brazo, el golpeado gritó, las madres protestaron, y todo parecía tan normal, tan cotidiano, que durante un instante Epícado creyó que el mundo se había curado.
Entonces vio los clavos que arrojaban los niños y pensó en las tablillas que habían colgado de ellos, y en los nombres escritos en aquellas tablillas, y la normalidad se hizo pedazos.
Los clavos seguían allí.
Los obreros habían retirado las tablillas, pero los clavos que las habían sostenido continuaban clavados en las columnas.
Clavos de hierro, pardos de óxido, que sobresalían de la piedra como muñones de dedos amputados.
Epícado los miró y supo que jamás olvidaría aquella imagen: las columnas vacías, los clavos oxidados, los lugares donde las tablillas habían colgado durante ocho meses y habían dejado sombras, rectángulos más claros que el resto, imágenes fantasmales de unas listas que ya no estaban.
Algún día alguien sacaría los clavos. Alguien rellenaría los agujeros de la piedra. Alguien aplicaría una capa de pintura fresca, y al cabo de uno o dos años ya no se vería dónde habían estado las tablillas.
Pero Epícado lo sabría. Y las familias lo sabrían. Y la ciudad lo sabría, como un cuerpo sabe dónde tiene una cicatriz aunque la piel haya vuelto a crecer encima.
Por la tarde, Epícado caminó por la ciudad.
Caminó sin rumbo y sin encargo, por primera vez en meses.
Sila le había dado el día libre, un regalo poco frecuente que Epícado había aceptado sin preguntar por qué, porque necesitaba aquel día.
Necesitaba las calles bajo los pies, el aire en los pulmones y la sensación de atravesar una ciudad en la que las listas ya no colgaban.
La ciudad respiraba. Lo notaba: una distensión, una relajación, como si alguien se hubiese aflojado un cinturón demasiado apretado.
Los comerciantes abrían sus tiendas. Las tabernas estaban llenas.
Un músico callejero tocaba una flauta, mal pero fuerte, y nadie le mandaba callar porque aquella música era una señal de que el miedo empezaba a retroceder.
Roma en junio. El calor que subía del pavimento.
El olor del pescado asado, del pan caliente y del polvo suspendido en el aire, un polvo que olía a verano.
Las voces de los comerciantes pregonando sus mercancías.
Las risas de los niños que jugaban en la plaza ante el templo de Cástor.
Los sonidos normales de una ciudad normal en un día normal.
Solo que nada era normal.
Epícado lo veía en los rostros. La gente caminaba más deprisa que antes.
Miraba a su alrededor con mayor frecuencia.
Hablaba más bajo y reía menos, y cuando reía era una risa breve, nerviosa, que se apagaba enseguida.
La ciudad había vivido ocho meses bajo las listas, y las listas habían desaparecido, pero el miedo que habían creado seguía allí, como el olor a humo que permanece en la ropa después de apagar el fuego.
Epícado subió al Aventino. No sabía por qué, o quizá lo sabía sin querer admitirlo. Ascendió por la calle empinada, dejó atrás las insulae y los talleres y llegó a un callejón donde colgaba un letrero: ARTÍCULOS DE CUERO. L. PAPIO.
El hermano de Papio.
Epícado se detuvo. Contempló el establecimiento: una pequeña tienda abierta a la calle, con cinturones, botas y alforjas colgados de ganchos.
Detrás del mostrador había un hombre que se parecía a Papio: la misma constitución robusta, el mismo rostro curtido, pero sin las cicatrices que dejaba la guerra.
El hombre cortaba cuero con un cuchillo curvo y silbaba una melodía que Epícado no conocía.
Cuatro niños jugaban en el callejón ante la tienda. La mayor, una niña de unos doce años, llevaba al más pequeño en brazos. Reían. Era una risa auténtica, despreocupada, la risa de niños que no sabían qué eran unas listas de proscripción.
Epícado miró la tienda, los niños y al hombre que cortaba cuero y silbaba, y pensó en Papio.
En el viejo centurión que había estado junto a Sila en la Puerta Colina y había recibido una lanza en el costado...
no, aquel había sido Enobarbo. Papio había sobrevivido.
Papio seguía allí, en algún lugar del ejército de Sila, y su hermano estaba en su tienda del Aventino cortando cuero, y los niños jugaban, y Sila había cumplido su promesa.
El hermano de Papio vivía. La familia vivía.
La tienda tenía mercancía, los niños reían y el mundo que Sila había roto y vuelto a recomponer estaba, allí, en aquel lugar, en aquel callejón, todavía entero.
Epícado compró un cinturón. No necesitaba ninguno, pero lo compró porque quería comprar algo, realizar un acto normal, un intercambio de dinero por mercancía que no tuviera nada que ver con listas, nombres y muerte.
El hermano aceptó las monedas, le dio las gracias y no preguntó quién era Epícado. Epícado tampoco se lo dijo.
Siguió andando. Bajó del Aventino, caminó junto al Tíber y atravesó las callejuelas del barrio que conocía desde que vivía en Roma. La ciudad respiraba. Despacio, con cautela, como un animal que despierta de un sueño largo y no sabe si el peligro ha pasado.
El peligro había pasado. Las listas habían bajado. Los clavos seguían allí, pero las tablillas ya no.
Al atardecer, Epícado regresó a la villa.
Sila estaba en el despacho, pero no a la mesa. Se encontraba sentado en el suelo, con la espalda contra la pared y las piernas estiradas. A su lado había un rollo de papiro medio desenrollado. El Dyskolos de Menandro. La obra que llevaba veinte años leyendo y que a Metela nunca le había gustado.
—Sila.
—Epícado.
—¿Qué haces en el suelo?
—Leer. La silla es incómoda. El suelo es más sincero.
Epícado se sentó junto a él. En el suelo, con la espalda contra la pared. Dos hombres uno al lado del otro sobre el mosaico de un despacho que olía a tinta y vino.
—Las tablillas ya no están —dijo Epícado.
—Lo sé. Yo di la orden.
—Los clavos siguen puestos.
Sila guardó silencio un instante. —Déjalos.
—¿Qué?
—Los clavos. Déjalos en las columnas. No los saques. Que la gente los vea. Que recuerde qué colgaba allí, por qué colgaba allí y por qué ya no está.
—Quieres que lo recuerden.
—Quiero que tengan miedo. El suficiente para no empezar otra guerra civil. Y el suficiente alivio para saber que el miedo puede terminar.
Era cálculo. Por supuesto que era cálculo. Sila siempre calculaba, incluso en el dolor, incluso en la pérdida, incluso sentado en el suelo de un despacho con una comedia en la mano.
Pero había algo más. Epícado lo oyó en su voz: un cansancio más profundo que el agotamiento, el cansancio de un hombre que durante ocho años había hecho la guerra, redactado leyes, matado personas y creado orden, y que ahora, aquella noche, estaba sentado en el suelo leyendo a Menandro sin saber qué hacer después.
—Sila.
—Sí.
—¿Qué viene ahora?
Sila enrolló el papiro. Despacio, con cuidado, con los dedos de un hombre que trataba las cosas valiosas como cosas valiosas.
—Ahora —dijo— empieza la parte más difícil.
—¿Cuál?
—Soltar.
Se puso en pie. Pesado, rígido, con aquel quejido que se había vuelto más frecuente en los últimos meses. Dejó el Dyskolos sobre la mesa, junto a los proyectos de ley, la correspondencia y las tablillas de cera.
—Dentro de seis meses renunciaré a la dictadura. He elegido a los cónsules que vendrán después de mí. He escrito las leyes que seguirán vigentes cuando me vaya. He llenado el Senado que gobernará después de mí. He hecho todo lo que podía hacer.
—Y no basta.
—No. Nunca basta. Pero llega un momento en que un hombre tiene que detenerse y decir: ahora os toca a vosotros.
Miró a Epícado. A la luz de la lámpara su rostro era el de un anciano: los ojos claros hundidos en las órbitas, la piel inflamada que asomaba bajo la tela de la túnica, el cabello ya más blanco que rojizo.
—Epícado. Quiero que vayas por delante a Puteoli. Prepara la casa. Organiza la biblioteca. Compra papiro, tinta, todo lo que necesitaremos para las memorias. Iré cuando haya renunciado a la dictadura.
—Me mandas lejos.
—Te mando por delante. No es lo mismo.
Epícado sonrió. Por primera vez en varios días. —Como con Enobarbo en Tifata. Mandas por delante a la tercera cohorte y, cuando llegas, todo está preparado.
Sila le devolvió la sonrisa. Leve, cansada, auténtica.
—Exactamente. Solo que sin samnitas.
Epícado salió de Roma tres días después.
Viajaba ligero: un arcón con sus pertenencias, los siete rollos de Atenas, los fragmentos de la estatuilla de Fortuna, los papiros de Metela, sus propias tablillas de cera. Todo lo que poseía cabía en un carro.
En la puerta de la ciudad se detuvo y miró atrás.
Roma quedaba a su espalda, envuelta en la bruma de la mañana; los templos y los tejados dibujaban la silueta de un animal que se recoge sobre sí mismo.
Vio las colinas: el Palatino, el Esquilino, el Aventino, donde el hermano de Papio tenía su tienda y los niños reían.
Vio el Foro, pequeño en la distancia, donde estaban las columnas con sus clavos oxidándose.
Pensó en el día en que había entrado por primera vez en Roma: esclavo, encadenado, camino del mercado de Capua.
Pensó en el día en que Sila lo compró. En el día en que Sila le dio la libertad.
En el día en que marcharon sobre Roma con seis legiones y rompieron el mundo.
En el día en que las listas aparecieron en el Foro. En el día en que las retiraron.
Siete años. Un círculo que se cerraba.
Epícado apartó la mirada de Roma y la dirigió al sur, hacia la carretera de Puteoli. El sol ascendía. El aire olía a verano. Delante lo esperaba una casa que había que preparar, una biblioteca que había que llenar y un libro que había que escribir.
El libro de Sila. Y el suyo.
Azuzó al animal y puso el carro en marcha. Detrás quedaba Roma. Delante, el resto de la historia.