Sila: El favorito de Fortuna 25 Villa de Sila, Roma
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25 Villa de Sila, Roma

VILLA DE SILA, ROMA

Sila mandó llamarlo al caer la tarde. No tenía nada de extraño: Sila solía llamar a Epícado por las noches, para dictar, para hablar, para guardar silencio en compañía.

Pero aquella vez había algo distinto. El criado que llevó el recado no dijo: El dictador quiere dictar.

Dijo: El dictador te espera. En el jardín. A solas.

Epícado dejó el estilete. Miró al criado —un joven sirio que llevaba tres meses trabajando en la casa y aún no había aprendido a interpretar los humores de Sila— e intentó leer en su rostro qué significaba aquella frase.

El rostro del muchacho no reveló nada. O no sabía nada, o era bueno ocultándolo.

Epícado se levantó. Ordenó las tablillas de su mesa: las oficiales, las que contenían proyectos de ley y correspondencia.

Depositó el estilete en el cuenco, junto a la tinta, y lo hizo despacio, con cuidado, como un hombre que guarda sus herramientas por última vez sin saberlo y, sin embargo, sintiéndolo.

Cruzó el corredor. La casa estaba bañada por la luz del atardecer, con las ventanas abiertas hacia poniente, y el aire olía a las rosas que había plantado Metela y a la cena que preparaban en la cocina: carne asada, hierbas, vino.

Los sonidos de la casa: el entrechocar de las ollas, el murmullo de los criados, los pasos de los guardias sobre la grava.

Sonidos normales. La casa de un hombre poderoso al final de un día normal.

Epícado avanzó por el corredor sabiendo que nada era normal.

El jardín estaba envuelto en la luz del atardecer: el olivo, el banco de piedra, el seto de rosas que había mandado plantar Metela y que ahora, en verano, florecía como si ignorase que la mujer que lo había plantado estaba muerta.

Sila estaba sentado en el banco. No había vino a su lado.

Ante él, sobre las losas, descansaban tres tablillas de cera.

Epícado las reconoció al instante.

Eran sus tablillas. Sus tablillas privadas, las que había guardado bajo llave en su arcón, debajo de los rollos y de los fragmentos de la estatuilla de Fortuna. Las tablillas en las que escribía por las noches, a la luz de la lámpara, con aquella letra diminuta que solo él sabía leer.

Evidentemente, había alguien más que sabía leerla.

Epícado se detuvo. A tres pasos del banco.

A tres pasos de Sila. A tres pasos de las tablillas sobre las que yacían sus pensamientos, abiertos, desnudos, ante los ojos del hombre sobre el que los había escrito.

La distancia era demasiado corta para huir, demasiado larga para defenderse y exactamente la adecuada para decir la verdad.

—Siéntate —dijo Sila.

Epícado no se sentó. —¿Desde cuándo?

—¿Desde cuándo encontré las tablillas? Hace dos meses. Cuando Lúculo llevó a cabo la investigación. Él no las encontró. Las encontré yo. Personalmente. En tu arcón, debajo de los rollos que salvaste de Atenas.

—Registraste mi arcón.

—Registré el arcón de mi liberto. Estoy en mi derecho.

Epícado permaneció de pie y sintió cómo llegaba el frío: el mismo frío interior que había sentido durante la marcha sobre Roma, ocho años atrás, cuando las legiones se pusieron en movimiento y supo que nada volvería a ser como antes.

—Siéntate —repitió Sila. Esta vez habló más bajo. No era el tono de una orden. Sonaba casi a súplica.

Epícado se sentó.

Sila tomó la primera tablilla. La alzó hacia la luz del crepúsculo y leyó en voz alta, con aquella voz clara y serena con la que dictaba leyes, intimidaba a senadores y recitaba comedias griegas:

—Las proscripciones han dejado de ser una herramienta. Se han convertido en un ser, en algo vivo que se alimenta de aquello que destruye.

Dejó la tablilla y tomó la segunda.

—Catilina no es el problema. Catilina es el síntoma. El problema es que un sistema basado en matar enemigos acaba quedándose sin enemigos y entonces empieza a inventarlos.

También dejó aquella tablilla. Luego tomó la tercera. La sostuvo durante más tiempo. La leyó dos veces en silencio, para sí, antes de hacerlo en voz alta.

—Mi mano descansa sobre la tablilla, junto a la mano de Sila, y la tinta que ambos usamos tiene el mismo color.

Yo escribo los nombres de quienes morirán.

Él firma las listas que yo escribo. Si la posteridad busca culpables, encontrará dos manos, no una.

La mano del hombre que dio la orden y la mano del hombre que escribió.

Y la tinta que ambos usamos tiene el mismo color.

La repetición de aquella última frase —la tinta tiene el mismo color— sonaba distinta en boca de Sila que en la cabeza de Epícado. En la cabeza de Epícado había sido un pensamiento, una reflexión escrita una noche en que el sueño no llegaba. En boca de Sila era una acusación. Contra los dos.

Las rosas estaban en flor. En algún lugar del jardín cantaba un pájaro, alegre, sin motivo, como si existiera en otro mundo.

Sila miró a Epícado.

—Tú escribiste esto.

—Sí.

—Sobre mí.

—Sobre nosotros. Sobre las proscripciones. Sobre lo que hicimos.

—Lo que hicimos —repitió Sila, como si paladease las palabras—. Nosotros. Te incluyes.

—Me siento en la mesa donde se examinan los nombres. Cada nombre que no tacho es un nombre del que también soy responsable. Sí. Me incluyo.

—Y aun así me engañaste.

La palabra quedó suspendida entre ambos. Engañaste. No traicionaste: engañaste. Era una palabra más suave, y Sila la había elegido, y en aquella elección había algo que Epícado no sabía interpretar.

—Diecisiete —dijo Sila.

—¿Qué?

—Has salvado a diecisiete personas. Las advertiste, las sacaste de la ciudad, las escondiste. Diecisiete desde el caso Roscio. Las he contado. ¿Quieres oír los nombres?

Epícado negó con la cabeza.

—Voy a decírtelos de todos modos. Sexto Roscio, a quien defendió Cicerón. Cayo Tulio, el caballero de Arpino al que Fígulo sacó por la puerta Flaminia. La viuda de Procilo, a quien Licinia escondió en el templo de Vesta. El hijo de...

—Basta.

—...Emilio Escauro, al que Sestio llevó a Brundisium. Los tres comerciantes griegos que...

—¡Basta!

Sila calló. Miró a Epícado, y había en sus ojos algo que Epícado jamás había visto en él: ni durante el asalto de Atenas, ni en Queronea, ni en la Puerta Colina.

No era ira. Era dolor. El dolor de un hombre que descubre que la persona en quien más confiaba le había ocultado un secreto, y que aquel secreto era mejor que todo cuanto él mismo había conseguido hacer.

—¿Desde cuándo lo sabes? —preguntó Epícado.

—Desde el principio. Desde Roscio.

—Desde el principio. Epícado sintió que algo se derrumbaba en su interior.

No era miedo. Era otra cosa, algo mayor.

Comprendió que nunca había sido invisible.

Que Sila lo había observado todo aquel tiempo con la misma atención con la que leía un campo de batalla o estudiaba a un senador.

Que la investigación de Lúculo había sido una fachada, no para Epícado, sino para el resto del estado mayor, que necesitaba ver que el dictador reaccionaba.

—¿Por qué no me detuviste?

Sila se levantó. Se acercó al olivo y apoyó una mano en el tronco, como si necesitara algo a lo que aferrarse.

La corteza era áspera bajo sus dedos. Epícado contempló aquella mano —la piel inflamada, agrietada; la mano que firmaba leyes, empuñaba espadas y sostenía una barata estatuilla de Fortuna— y pensó: Esa es la mano de un hombre que se agarra a un árbol porque, de lo contrario, caería.

—Porque no podía.

—Eres el dictador de Roma. Puedes hacerlo todo.

—Todo menos eso.

Se volvió. A la luz del atardecer su rostro parecía más afilado que de costumbre: las mejillas hundidas, los surcos profundos, los ojos claros que parecían más oscuros, como si detrás de ellos se ocultara algo que normalmente permanecía escondido.

—Tú hiciste lo que yo no podía hacer, Epícado.

Tachaste nombres que yo no podía tachar, porque el dictador no puede mostrar debilidad.

Advertiste a personas a las que yo no podía advertir, porque el hombre que cuelga las listas no puede al mismo tiempo salvar a la gente de esas listas.

Construiste una red que hace exactamente el trabajo que mi conciencia me exige y que mi cargo me prohíbe.

—Y tú lo veías.

—Sí. Lo veía. Porque... porque necesitaba que alguien lo hiciera. Y porque eras el único en quien confiaba para hacerlo bien.

Epícado sintió crecer la ira. Llegó despacio, desde muy adentro, y era más abrasadora que cualquier cosa que hubiera sentido: más que el miedo en Atenas, más que el horror en la Puerta Colina, más que el dolor por Metela.

Porque aquella ira no iba dirigida contra las proscripciones, ni contra los muertos, ni contra el sistema, sino contra el hombre que tenía delante y que acababa de decir: Lo sabía.

—Me utilizaste.

—Sí.

—Me convertiste en tu conciencia: en el hombre que revisaba las listas, en el portero de la muerte.

Y al mismo tiempo veías cómo salvaba gente a tus espaldas y lo permitías porque te convenía.

Porque necesitabas al salvador sin tener que ser tú el salvador.

Porque mis diecisiete supervivientes son tu coartada: ante ti mismo, ante Metela, ante los dioses, ante quienquiera que tengas que justificarte por las noches cuando estás solo y el vino ya no es lo bastante fuerte.

Sila lo golpeó.

No hubo aviso. La mano abierta, no el puño.

El golpe alcanzó a Epícado en la mejilla, le hizo girar la cabeza y dejó un dolor ardiente que le subió desde la mandíbula hasta la sien.

Epícado se tambaleó sobre el banco, recuperó el equilibrio y se aferró a él.

Se llevó una mano a la mejilla y sintió el calor, la marca de los dedos, el latido de la sangre.

Sila estaba de pie ante él. Aún tenía el brazo levantado y la mano abierta, y el rostro contraído, pero no de ira: de otra cosa, algo más profundo que la ira, como si algo dentro de él se estuviera desgarrando.