Sila: El favorito de Fortuna 24 Roma #3
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24 Roma #3

Lúculo hizo preguntas: objetivas, metódicas, sin acusación, sin sospecha. ¿Dónde había estado Epícado la noche del 14 de abril? ¿Tenía contacto con personas ajenas al personal? ¿Conocía a las familias de los proscritos?

Epícado respondió. Respondió con calma, con precisión, con la serena honestidad de un hombre que dice la verdad cuando puede decirla, calla cuando debe callar y miente cuando tiene que mentir.

La noche del 14 de abril había estado en su cuarto, copiando correspondencia, y se había acostado temprano.

Era mentira. El 14 de abril había estado en una calle del Aventino diciéndole al alfarero que huyera.

Pero la mentira salió con facilidad porque era pequeña y porque las grandes verdades se sostenían sobre pequeñas mentiras, y porque Epícado había aprendido que un hombre que quiere salvar a diecisiete personas no puede decir la verdad.

Lúculo formuló treinta y dos preguntas. Epícado respondió a treinta y dos.

En la vigesimoséptima —«¿Has transmitido alguna vez a terceros información sobre detenciones inminentes?

»— Epícado sintió acelerarse su pulso, y lo sintió porque se había entrenado para sentirlo, y lo ralentizó conscientemente, con una respiración más profunda de lo necesario, y dijo: —No.

Lúculo lo miró durante tres latidos y escribió algo en la tablilla, y Epícado no pudo leer lo que había escrito.

Al final Lúculo asintió y dijo: —Gracias. Puedes irte.

Epícado salió. En el pasillo, cuando la puerta se cerró a su espalda, se apoyó contra la pared, cerró los ojos y respiró. Una vez. Dos. Tres. Después abrió los ojos y regresó a su mesa.

La investigación terminó sin resultados.

Lúculo presentó a Sila un informe de dieciocho páginas que Epícado copió porque era su trabajo copiarlo todo.

El informe afirmaba que había indicios de filtraciones, pero no pruebas.

Que varios proscritos parecían haber sido advertidos antes de que llegaran los cazadores de cabezas, pero que el flujo de información era demasiado complejo para identificar una única fuente.

Lúculo recomendaba reforzar las medidas de seguridad y rotar al personal.

Sila leyó el informe. Lo leyó despacio, página por página, con el dedo sobre el papiro y los ojos siguiendo las líneas. Después lo dejó y miró a Epícado. Una mirada larga y tranquila que no contenía nada y podía significarlo todo.

Era la mirada que Sila dirigía a sus adversarios antes de destruirlos.

Era la mirada que había dirigido a Metela cuando ella le pedía que parara.

Era la mirada que dirigía a la estatuilla de Fortuna cuando se sentaba solo por las noches.

Era una mirada que no pertenecía a ninguna categoría, porque Sila era un hombre que no cabía en ninguna categoría y porque su mirada —como todo en él— era al mismo tiempo amenaza e invitación, juicio y perdón, saber y la decisión de callar lo que sabía.

Epícado sostuvo la mirada. La sostuvo porque había aprendido a sostener la mirada de Sila desde el primer día en el mercado de esclavos de Capua.

La sostuvo y pensó: Lo sabe. Lo sabe y no dice nada, y ese silencio puede ser clemencia o indiferencia, y la diferencia entre ambas es la diferencia entre la vida y la muerte.

—Medidas de seguridad más estrictas —dijo Sila—. Bien. Aplícalas.

Epícado las aplicó. Reforzó las medidas destinadas a vigilarlo a él mismo. Era una ironía que no podía disfrutar.

Aquella noche, solo en su cuarto, escribió en su tablilla privada:

Lúculo no ha encontrado nada. O ha encontrado algo y no lo ha puesto en el informe.

No lo sé. No sé si Sila sabe. No sé si su silencio es ignorancia o tolerancia.

Solo sé que mañana volveré a sentarme a mi mesa, volveré a revisar nombres y la red seguirá funcionando, con más cuidado que antes, más despacio, más silenciosa, pero seguirá funcionando.

He salvado a diecisiete personas. Diecisiete frente a cuatro mil. Es ridículo. Es menos que nada. Y es todo lo que tengo.

Dejó el estilo.

Fuera, la noche cubría Roma. Las proscripciones se acercaban a su fin: faltaban tres semanas para el 1 de junio, la fecha que Sila había prometido.

Tres semanas en las que los cazadores de cabezas seguirían trabajando, las listas seguirían colgadas y la máquina seguiría funcionando.

Tres semanas en las que Epícado todavía podría tachar nombres, avisar a personas y permanecer despierto por las noches escuchando.

Después terminaría. Desaparecerían las listas. Los cazadores de cabezas serían despedidos. La máquina se detendría.

Y Epícado se sentaría a su mesa y escucharía el silencio que llegaba después de que la máquina se detuviera. Y se preguntaría si aquel silencio era paz o solo la pausa entre dos ruidos.

Apagó la lámpara. En la oscuridad escuchó la ciudad. Los perros. Los guardias. El traqueteo lejano de un carro sobre el empedrado. Los sonidos de un mundo que continuaba porque eso era lo que hacían los mundos: continuar, pasara lo que pasara, muriera quien muriese, salvara quien salvara.

Diecisiete personas. Era poco.

Era suficiente.