Sila: El favorito de Fortuna 23 Roma #3
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23 Roma #3

Fue el mayor funeral privado que Roma había visto en décadas: más grande de lo que permitía la ley, más suntuoso, más ruidoso, más caro.

Sila había pasado por encima de sus propias normas y nadie se había atrevido a impedírselo.

El Senado guardó silencio. Los magistrados guardaron silencio.

El pueblo acudió a mirar, y algunos lloraron, no por Metela, sino porque el funeral mostraba algo que no habían esperado ver: que el dictador era un ser humano.

Sila caminó detrás del féretro. No llevaba armadura, ni coraza, ni insignias del poder.

Vestía una toga sencilla, blanca, sin franja púrpura, y avanzaba a pie, solo, sin lictores, entre las plañideras, los músicos y los cientos de dolientes que habían acudido porque había que acudir y porque algunos lloraban de verdad.

Las calles estaban bordeadas de gente: ciudadanos que no habían sido invitados y aun así habían ido porque la noticia se había extendido y porque un funeral que quebrantaba las leyes del dictador era un espectáculo que nadie quería perderse.

Algunos arrojaban flores al camino. Otros permanecían en silencio.

Un anciano a quien Epícado no conocía inclinó la cabeza cuando pasó el féretro y la mantuvo baja hasta que terminó la procesión: un gesto que decía, Lloro a la mujer, no al hombre.

Epícado caminaba en la segunda fila, detrás de los niños.

Fausto lloraba. Fausta no. La niña avanzaba erguida, con las manos a los lados y el rostro inexpresivo, y Epícado pensó: Tiene once años y se parece a su madre.

Y algún día se casará, tendrá hijos y morirá, y nadie la recordará porque la historia olvida a las mujeres que no libran batallas.

Y después pensó: Yo la recordaré. Lo escribiré.

El paño que doblaba y desdoblaba junto a la cama.

Los ojos que se le entrecerraban cuando Metela le acariciaba el pelo.

La forma en que comía, todo, metódicamente, porque el hambre le había enseñado a no desperdiciar nada.

Lo escribiré, y si algún día alguien lee mi libro, Fausta estará en él y la historia no la olvidará.

Sila pronunció él mismo el elogio fúnebre.

Subió a la tribuna de los oradores —los Rostra, el lugar donde habían colgado las cabezas, el lugar donde habían estado las tablas de las proscripciones— y habló de su mujer.

Habló poco. Habló de su valentía, de la huida de Roma, de los años de exilio.

No habló de la enfermedad, ni de la muerte, ni del hecho de que no había estado junto a su cama cuando murió porque se encontraba en el Senado eligiendo cónsules.

Pronunció la última frase y se le quebró la voz.

No de forma sonora ni dramática: una grieta, un tropiezo, un instante en que el control cedió y dejó ver algo que Sila volvió a ocultar enseguida.

Pero Epícado lo oyó. Y los miles de personas reunidas en el Foro lo oyeron.

Y durante aquel único instante Sila no fue un dictador, sino un hombre que enterraba a su esposa.

La noche después del funeral, Epícado encontró a Sila en el jardín.

Estaba sentado en un banco de piedra bajo un olivo que había mandado plantar cuando construyeron la nueva casa.

A su lado había una jarra de vino medio vacía.

En la mano sostenía la estatuilla de Fortuna: la pequeña figura barata de bronce dorado que llevaba consigo desde la Subura, a través de todas las guerras, todas las batallas, todos los campamentos.

Sila estaba borracho. Profunda, metódicamente borracho, con la deliberada voluntad de destrucción de un hombre que buscaba el entumecimiento y todavía no lo había encontrado.

Epícado se sentó a su lado. El jardín estaba bañado por la luz de la luna: las losas de piedra, los arbustos, el olivo cuyas hojas brillaban plateadas. Reinaba el silencio. La ciudad dormía.

—Fortuna —dijo Sila. Levantó la estatuilla y la hizo girar bajo la luz de la luna—. Me ha dado su respuesta.

Epícado no dijo nada.

—Le pedí que perdonara a Metela. ¿Lo recuerdas? En el campamento. En Cales. Recé. La única vez en mi vida. Y la respuesta...

Dejó la estatuilla sobre el banco, entre él y Epícado. La pequeña mujer del cuerno de la abundancia permaneció allí bajo la luna, sin sonreír.

—La respuesta es no. Fortuna da y Fortuna quita, y no explica por qué. Me dio la guerra y la dictadura y las leyes y la victoria y todo cuanto un hombre puede desear. Y me quitó a Metela. Ese es el precio. Siempre fue el precio.

—Sila...

—Dijo: «Para». Esas fueron sus últimas palabras.

Epícado lo miró. —Lo sé. Yo estaba allí.

—Para. ¿Sabes qué significa?

—¿Qué crees tú que significa?

Sila bebió. Un largo trago directamente de la jarra, sin copa, dejando que el vino le corriera por la barbilla. Después bajó la jarra y se limpió la boca.

—Significa todo. Deja de gobernar. Deja de matar. Deja de intentar salvar la República. Deja de ser Sila. Todo.

—¿Lo harás?

—¿Dejar de ser Sila? Eso no puedo. Pero lo demás...

Miró al cielo. Las estrellas brillaban sobre Roma, frías y lejanas, las mismas estrellas que habían estado sobre Queronea, sobre Dárdano y sobre la Puerta Colina.

—Lo demás sí puedo. Y lo haré.

Lo dijo en voz baja. Sobrio en medio de la embriaguez, claro en medio del dolor. Era el tono que Epícado conocía: el tono de una decisión ya tomada.

—¿Cuándo? —preguntó Epícado.

—Pronto. Las leyes están en pie. Los tribunales funcionan. El Senado tiene cónsules. Unos meses más. Después me iré.

—¿Por Metela?

Sila miró la estatuilla de Fortuna. El oro barato brillaba a la luz de la luna y el rostro de la diosa —tosco, insignificante, el rostro de una pieza hecha para gente que no podía permitirse nada mejor— parecía casi hermoso en la penumbra.

—Por Metela. Y por mí. Y por la República. Porque Metela tenía razón. Y porque un hombre que quebranta sus propias leyes para enterrar a su esposa ya no es el hombre que puede proteger esas leyes.

Epícado asintió. No dijo nada porque no había nada que decir.

Permaneció sentado junto a Sila en el jardín, escuchando la noche, el viento entre las hojas del olivo y los ladridos lejanos de los perros, y pensó en Metela, reducida a cenizas en la pira, y en sus últimas palabras, aquellas dos sílabas que pesaban más que todas las leyes que Sila hubiera escrito jamás.

Para.

Sila pararía. Epícado lo creyó entonces. Lo creyó porque el hombre sentado a su lado estaba borracho, triste y roto, y porque a veces los hombres rotos veían con más claridad que los intactos.

Permanecieron en el jardín hasta que la luna se puso, las estrellas palidecieron y el cielo del este se volvió gris.

En algún momento Sila se quedó dormido, con la cabeza apoyada contra el tronco del olivo, la jarra vacía a sus pies y la estatuilla de Fortuna encerrada en el puño.

Epícado le echó una manta por encima y se marchó.

Por el este empezaba a clarear. Comenzaba un nuevo día. El primer día sin Metela. El primer día del final.