Sila: El favorito de Fortuna 22 Roma #2
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22 Roma #2

—Entonces no tengo futuro. Sí. Lo entiendo.

—César cogió el vaso de agua y bebió. Después lo dejó y lo hizo girar sobre la mesa: el mismo gesto que Epícado había visto hacer a Sila cien veces, aquel giro lento y pensativo de un recipiente que ordenaba los pensamientos.

El gesto asustó a Epícado más que todo lo que César había dicho hasta entonces, porque mostraba hasta qué punto se parecían ambos hombres sin haberse encontrado nunca.

—Y ahora entiende tú algo, Epícado. Cornelia es mi esposa. Me casé con ella, no con su padre. Cinna está muerto. Lo que hizo Cinna es culpa de Cinna. Cornelia no tiene culpa alguna. Y no voy a repudiar a una mujer inocente porque un hombre que ha matado a miles me ordene hacerlo.

Tras la cortina había cesado todo sonido. El bebé había dejado de llorar. Epícado se preguntó si Cornelia estaba escuchando, si permanecía detrás de la tela oyendo cada palabra y si sabía que su marido estaba apostando en aquel instante su vida y la de ella a una sola carta.

Silencio. En la calleja bajo la ventana, un vendedor pregonó el precio de sus higos.

—Hay situaciones —dijo Epícado en voz baja— en las que la obstinación no es valor. Es estupidez.

—Y hay situaciones en las que la obediencia no es pragmatismo. Es cobardía.

Epícado lo miró. César le sostuvo la mirada. Los ojos oscuros, sin parpadear. Las manos tranquilas sobre la mesa. La sonrisa había desaparecido y en su lugar había una expresión más seria y más vieja de lo que el rostro permitía suponer.

—Transmitiré tu respuesta a Sila —dijo Epícado.

—Hazlo.

Epícado se levantó. Fue hasta la puerta. En el umbral se detuvo y se volvió.

—Una pregunta.

—Sí.

—Tienes poco más de veinte años. No tienes cargo, dinero ni ejército. Vives de alquiler en la Subura. ¿De dónde sacas el valor para contradecir al dictador de Roma?

César lo observó durante un largo momento. Después dijo, sin arrogancia, sin ironía, con la sencilla claridad de un hombre que enuncia un hecho:

—Porque el dictador de Roma es viejo, está enfermo y dentro de cinco años estará muerto. Y yo soy joven, estoy sano y tengo tiempo.

Epícado lo miró. Después asintió y se marchó.

En la escalera, mientras descendía junto a las paredes agrietadas y el olor a col y orina volvía a intensificarse, pensó en la última frase de César.

El contenido era evidente, frío, calculado y probablemente acertado.

Pero lo importante había sido la forma de decirlo.

Sin miedo. Sin fanfarronería. Sin necesidad de impresionar.

Era la voz de un hombre que expresaba una verdad que veía con tanta claridad como el suelo bajo sus pies.

Epícado sintió miedo. No de César. De aquello en lo que César llegaría a convertirse.

Sila recibió el informe aquella noche.

Estaba sentado en su despacho, con el vino a un lado y la lámpara sobre la mesa.

Las cortinas estaban corridas: a Sila le gustaba la penumbra cuando pensaba porque suavizaba los contornos y hacía más profundo el pensamiento.

Epícado permanecía ante la mesa y relató lo ocurrido. Palabra por palabra, como era su deber.

Sila escuchó. No interrumpió. No hizo ninguna pregunta hasta que Epícado terminó.

—Así que se niega —dijo Sila.

—Sí.

—¿Mostró miedo?

—No.

—¿Ni temblor, ni sudor, ni tragó nervioso?

—Nada. Bebió agua y me sonrió.

Sila bebió un sorbo de vino. Dejó la copa y la hizo girar sobre la mesa, despacio, pensativo, media vuelta, una vuelta entera.

—¿Qué dijo de mí? Exactamente.

Epícado dudó. —Dijo que eres viejo y estás enfermo y que dentro de cinco años estarás muerto. Y que él es joven y tiene tiempo.

Silencio. Sila hizo girar la copa. Una vez. Dos.

Entonces se rio. En voz baja, seca, con aquel tono que Epícado conocía: el tono de la risa auténtica que Sila reservaba para los momentos en que el mundo le mostraba algo que no esperaba.

—El mocoso —dijo—. El maldito mocoso.

Se levantó y fue hasta la ventana. Apartó la cortina. Fuera, Roma se extendía bajo el sol del atardecer: los tejados, los templos, las siete colinas que le pertenecían. Todo.

—¿Sabes qué me molesta de él? —dijo Sila, de cara a la ventana—.

No que se niegue. Negarse requiere valor, pero valor lo tienen muchos.

Lo que me molesta es la frialdad. No se ha negado porque ame a su esposa; quizá la ame, quizá no, eso es secundario.

Se ha negado porque ha hecho sus cálculos.

Ha calculado que no lo mataré porque las proscripciones están terminando, porque las vestales intervendrán por él y porque su muerte llamaría más la atención que su obediencia.

Me ha leído, Epícado. Un muchacho sentado en un piso de alquiler de la Subura ha leído al dictador de Roma como si fuera un libro.

—Y tiene razón.

Sila se volvió. —Por supuesto que tiene razón. Por eso es peligroso.

Regresó a la mesa y se sentó. Cogió la tablilla en la que figuraba el nombre de César y la contempló.

—¿Sabes qué veo en ese muchacho? —dijo—.

A mí. Como era antes de que la guerra Social, Mario y Roma lo cambiaran todo.

Joven, pobre, furioso, brillante, con un nombre que promete más de lo que el dinero puede cumplir.

Yo necesité treinta años para llegar al consulado.

César será más rápido. Porque es más inteligente que yo. Y porque tiene menos escrúpulos.

—¿Cómo sabes que tiene menos escrúpulos? Nunca lo has conocido.

—Lo he conocido a través de tus ojos. Y lo que me has contado —la frialdad, la sonrisa, la frase sobre mi muerte— me dice todo lo que necesito saber. Un hombre que a los veinte años habla de la muerte del dictador como si fuera el pronóstico del tiempo no tiene escrúpulos. Tiene planes.

—O tiene valor.

—El valor y la falta de escrúpulos parecen lo mismo cuando los miras de frente. La diferencia solo se ve de lado. O desde atrás, cuando ya es demasiado tarde.

Sila dejó la tablilla.

—Podría ponerlo en la lista de todos modos. Podría escribir su nombre y mañana estaría muerto. Nadie me lo impediría. Las vestales pueden pedir, pero no pueden ordenar. Y Aurelia, su madre, puede mandar todos los intercesores que quiera; al final decido yo.

—¿Lo harás?

Sila guardó silencio. Miró el nombre. Cayo Julio César. Tres palabras sobre cera.

—No —dijo—. Lo dejaré marchar. Porque tiene razón: no sobre mí, no sobre mi enfermedad, sino sobre el cálculo.

Ejecutar a un joven cuyo único delito son su familia y su matrimonio me perjudicaría más de lo que me beneficiaría.

La gente diría: Sila mata niños. No quiero eso.

No ahora. No tan cerca del final de las listas.

Cogió el estilo y trazó una línea sobre el nombre. Una sola línea, fina, definitiva.

—Pero recuerda una cosa, Epícado.

—¿Qué?

Sila lo miró. A la luz de la lámpara, sus ojos parecían claros, más claros de lo habitual, con un brillo que no procedía del vino, sino de algo más profundo, quizá una certeza, quizá un presentimiento.

—En ese joven hay muchos Marios. Más de uno. Quizá una docena.

—¿Qué quieres decir?

—Quiero decir que César no es solo un hombre que se niega a repudiar a su esposa. Es un hombre que lee al dictador, juega con él y sonríe mientras lo hace. Y un hombre capaz de eso a los veinte hará a los cuarenta cosas que nosotros no podemos imaginar.

Sila dejó el estilo.

—Guardaos del joven mal ceñido.

Lo dijo en voz baja, casi para sí mismo, como si la frase no estuviera destinada a Epícado, sino a la habitación, a las paredes, al futuro que esperaba en algún lugar de la oscuridad al otro lado de la ventana.

Epícado anotó la frase. Palabra por palabra. La escribió en sus notas oficiales, en su cuaderno privado y en su memoria, donde permanecería mucho después de que la tinta se desvaneciera y la cera se hubiera fundido.

Al día siguiente llegaron los intercesores.

Primero las vestales: tres sacerdotisas vestidas de blanco que entraron en el Senado y pidieron a Sila que perdonara al joven César.

Su petición fue formal, ceremonial, con la dignidad de una institución más antigua que la República.

La mayor de las tres, una mujer con un rostro que parecía tallado en mármol, habló durante diez minutos y su voz llenó la Curia como el agua llena una pila.

Sila las recibió de pie, escuchó y asintió.

No hizo preguntas. Las vestales tenían derecho a pedir y el dictador tenía derecho a rechazar la petición, pero ambas partes sabían que rechazar una petición de las vestales tenía un coste político que ningún hombre inteligente pagaba.