18 Roma #3
Ante una de las tablillas había una mujer con una niña de la mano.
La niña tendría diez u once años, era delgada y llevaba un gorro de lana calado hasta las orejas.
La mujer leía los nombres uno tras otro, siguiendo la madera con el dedo y moviendo los labios.
Encontró el que buscaba y Epícado lo vio: vio detenerse el dedo, vio tensarse el cuerpo de la mujer, vio a la niña agarrada a su brazo mirar a la mujer sin comprender y comprendiéndolo al mismo tiempo.
La niña se volvió y Epícado le vio el rostro. Ojos castaños, casi negros, demasiado grandes para aquella cara estrecha. Y bajo el gorro de lana, que se le había deslizado, una zona sin pelo sobre la oreja izquierda. Redonda. Rosa. Lisa.
El corazón dejó de latirle.
La niña del callejón. La niña que cuatro años antes había sacado de una casa en llamas, la noche en que las legiones asaltaron Roma.
La niña de la cuenta de barro azul colgada de un cordón de cuero, a la que había dejado en brazos de una anciana porque su madre se había quedado arriba, entre el humo.
Estaba viva. Había crecido, estaba más delgada, más angulosa, pero la cicatriz de la quemadura seguía allí, los ojos seguían allí y de su cuello pendía, sujeta por un cordón de cuero, la cuenta de barro: azul vidriado, barata, lo único que la niña se había llevado de aquella noche.
Epícado dio un paso adelante. Quería hablarle, preguntarle a la mujer: ¿Quién está en la lista? ¿Puedo ayudar?
Pero la mujer ya había leído el nombre. Tomó a la niña de la mano y se marchó deprisa, con la cabeza baja de quien no quiere que lo vean, y desapareció por una calle lateral.
Mientras se alejaba, la niña se volvió y miró por encima del hombro —las tablillas, los nombres, a Epícado—, y la cuenta de barro destelló bajo la última luz de la tarde. Después desaparecieron.
Epícado se quedó mirando la calle vacía. No sabía qué nombre había señalado la mujer. Pero al día siguiente revisaría todos los nombres de la última lista. Todos. Y si encontraba al padre de la niña —o al marido de la mujer, o a quienquiera que la lista hubiese engullido—, lo tacharía.
Era todo lo que podía hacer. Era demasiado poco.
Junto a Epícado había un hombre que también leía.
Joven, de poco más de veinte años, delgado, con un rostro que Epícado conocía sin lograr situarlo.
Leía los nombres con una atención que no tenía nada de pánico: no buscaba el suyo.
Leía como se lee un documento que uno pretende estudiar. Metódicamente. A fondo.
Epícado lo observó. La toga colocada con descuido, el cinturón demasiado flojo, la actitud de un hombre que conocía las convenciones y las despreciaba.
Entonces lo reconoció.
El funeral. El joven junto a la columna del Diribitorium que había contemplado arder la pira y había sonreído.
No: el funeral estaba en el futuro. Aquel hombre era ahora cuatro años más joven. Pero era el mismo. Cayo Julio César, el joven mal ceñido a quien Sila había querido mandar matar y al que las vestales habían salvado.
César leía las listas. Su rostro no mostraba nada: ni miedo, ni ira, ni dolor. Solo aquella vigilancia fría y atenta que había inquietado a Epícado la primera vez y que ahora, frente a las tablillas de proscripción, le produjo un escalofrío.
César advirtió que Epícado lo miraba. Giró la cabeza y sostuvo su mirada. Durante un instante permanecieron así: el liberto y el patricio, el escriba del dictador y el hombre que algún día poseería todo lo que Sila había construido y destruido.
César asintió. Un gesto breve, ni amistoso ni hostil. Después se volvió y se alejó, la toga descuidadamente dispuesta sobre el hombro, atravesando el Foro, pasando junto a las tablillas y entre las personas que permanecían ante las listas, buscando y encontrando y llorando.
Epícado lo siguió con la mirada. Pensó en las palabras de Sila: «En ese muchacho hay más de un Mario».
Luego volvió la vista hacia las listas. Los nombres. Más de cuatro mil. Y la tinta aún no estaba seca.
Se dio la vuelta y regresó a casa. Mañana volvería a sentarse a su mesa y a comprobar nombres y a tacharlos o no tacharlos; la lista seguiría creciendo, los cazadores de recompensas continuarían con su trabajo y la ciudad seguiría callada, porque el silencio era lo único que protegía de la muerte a quienes todavía vivían.
Y algún día —no hoy, no mañana, pero algún día— las listas terminarían. Sila lo había prometido. Las proscripciones terminarían cuando terminara la amenaza.
Epícado le creyó. Le creyó porque necesitaba creerle, porque la alternativa —que las listas nunca terminaran, que la máquina se alimentara a sí misma, que matar engendrara más muerte como el fuego engendra fuego— era demasiado grande para pensarla.
Caminó a casa por las calles silenciosas. La noche era fría. Las estrellas colgaban sobre Roma, indiferentes y lejanas, y la ciudad yacía bajo ellas como un animal que se hace el muerto y espera que el cazador pase de largo.
El cazador no pasó de largo. El cazador era el dueño de la casa.