Sila: El favorito de Fortuna 18 Roma
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18 Roma

ROMA

Los prisioneros murieron al tercer día después de la batalla.

Tres mil samnitas, concentrados en el Campo de Marte dentro de un recinto de empalizadas y cuerdas, vigilados por dos cohortes.

Durante tres días habían permanecido allí arrodillados, sentados o tendidos, sin comida, sin agua salvo la lluvia que cayó el segundo día y que algunos recogían con la boca abierta.

Tres días durante los cuales Sila estuvo en la ciudad, convocó al Senado, reorganizó la administración de la República, dictó cartas, concedió audiencias y dejó sin respuesta la pregunta de qué debía hacerse con los prisioneros, porque ya conocía la respuesta y la aplazaba como si retrasarla pudiera hacerla más soportable.

Al tercer día dio la orden.

Epícado no estaba allí. Se enteró por el ruido.

Se encontraba en el templo de Belona, donde Sila había convocado una sesión del Senado: la primera desde su regreso, la primera en la que comparecía ante los senadores como vencedor y no como proscrito.

El templo se alzaba en el Campo de Marte, cerca del Circo Flaminio, y Sila lo había elegido porque el Senado no podía reunirse dentro del pomerium, el límite sagrado de la ciudad, en presencia de un general armado.

Sila estaba armado. Y seguiría estándolo.

Epícado ocupaba su rincón, con la tablilla de cera sobre las rodillas, y tomaba nota del discurso de Sila.

Sila habló de reorganizar la República. Habló de las leyes que pensaba promulgar.

Habló del futuro: tranquilo, objetivo, con la autoridad de un hombre que no pedía aprobación, sino que la daba por sentada.

Los senadores escuchaban. Trescientos hombres de toga blanca sentados en silencio en sus bancos, mirando al hombre que durante los últimos cinco años había hecho pedazos su mundo y lo había vuelto a ensamblar, conscientes de que no tenían elección y prefiriendo, aun así, fingir que la tenían.

Entonces Epícado oyó los gritos.

Venían de fuera, amortiguados por los muros del templo, pero lo bastante fuertes para atravesar la piedra.

No era un grito aislado, ni un alarido de combate, ni una voz de alarma.

Era un coro: cientos de voces a la vez que aullaban, se cortaban y volvían a alzarse siguiendo un ritmo que ya no tenía nada de humano.

Era el sonido de hombres muriendo. Muchos hombres. Al mismo tiempo.

Los senadores levantaron la cabeza. Algunos palidecieron. Varios se aferraron a los brazos de sus asientos como si buscaran apoyo. Un senador de la última fila se puso en pie, volvió a sentarse y se levantó otra vez. La inquietud se extendió como agua desbordándose de un recipiente.

Sila siguió hablando.

Habló de la reforma de los tribunales como si los gritos no existieran.

Su voz no cambió de volumen ni de tono. No miró hacia la puerta, ni hacia las ventanas, ni hacia los senadores que se miraban unos a otros.

Hablaba y los gritos atravesaban los muros; Sila hablaba y los senadores permanecían sentados escuchándolo, escuchando ambas cosas —las palabras y los gritos— y comprendiendo que las dos formaban parte de lo mismo.

Que las palabras eran lo que Sila decía. Y los gritos, lo que quería decir.

Un senador —Cayo Aurelio Cota, el mismo hombre que cinco años antes había dado media vuelta a su caballo en Nola y había dicho: «No puedo. Perdóname»— levantó la mano.

—Cónsul. ¿Podemos preguntar qué está ocurriendo fuera?

Sila se interrumpió. Miró a Cota. Tenía los ojos serenos. Completamente serenos.

—Están castigando a unos cuantos malhechores —dijo—. No os preocupéis por eso. Escuchadme.

Y continuó. Y los gritos fueron apagándose. No todos de golpe, sino despacio, uno tras otro, como velas que se extinguen. Hasta que llegó el silencio. Y el silencio fue peor que los gritos, porque significaba que había terminado y porque lo que había terminado ya no podía deshacerse.

Epícado anotó las palabras de Sila. El estilo se deslizó sobre la cera y su mano no tembló, porque él le impidió temblar con un esfuerzo de voluntad que iba a costarle el resto del día.

Después, Epícado fue al Campo de Marte.

Tenía que verlo. No podía escribir lo sucedido sin haberlo visto.

Aún no había formulado el pacto que sellaría cuatro años después, la noche del funeral, sentado en el muro junto al Tíber, al decidir que colocaría su propio libro junto a las memorias de Sila.

Pero el principio ya estaba ahí: tenía que mirar. Todo.

El recinto seguía allí. Las empalizadas, las cuerdas, los centinelas, que ya no vigilaban, sino que recogían.

Dentro estaban los muertos. Tres mil hombres que aquella mañana aún estaban vivos y que ahora yacían amontonados, unos encima de otros, unos entre otros, una maraña de miembros y tela y el marrón oscuro y pegajoso de la sangre, que con el frío de noviembre tardaba más en secarse que en verano.

Los legionarios que habían llevado a cabo la matanza permanecían en grupos junto al perímetro, sin fumar, sin beber, sin hablar. Algunos se habían quitado los cascos. Otros estaban sentados en el suelo. Uno vomitaba en una zanja, en silencio, como si le avergonzara hacerlo.

Epícado se quedó al borde del recinto y miró dentro.

Vio los rostros de los muertos vueltos hacia el cielo, gris y bajo.

Vio manos que intentaban aferrar algo que no estaba allí.

Vio a un hombre que no estaba muerto, que se movía débilmente, una mano que se alzaba y volvía a caer, y vio cómo un legionario se acercaba a él y le daba el golpe de gracia con la espada, con la misma indiferencia con que un campesino mata una gallina.

Epícado se dio la vuelta y se marchó.

Caminó por las calles de Roma, vacías porque los ciudadanos se ocultaban en sus casas.

Caminó junto al Tíber, cuyas aguas corrían grises y tranquilas y donde cuatro años después se sentaría sobre un muro apretando contra el pecho las memorias de Sila.

Caminó hasta que las piernas dejaron de sostenerlo; entonces se sentó en un peldaño del Foro Boario, clavó la mirada en el pavimento y esperó a que desaparecieran las imágenes de su cabeza.

No desaparecieron.

Dos días después llegaron las listas.

Sila las había redactado durante la noche.

No solo, como Epícado había pensado al principio, sino junto a un círculo de consejeros, oficiales y senadores que le proporcionaban los nombres.

Las listas estaban escritas sobre tablillas de madera blanca, con letras grandes y claras, y la mañana del quinto día después de la batalla fueron colgadas en el Foro, en las columnas de la basílica, donde cualquiera podía leerlas.

Listas de proscripción. La palabra era nueva. Sila la había creado: proscriptio, anuncio público. Sonaba inofensiva, burocrática, como un acto administrativo. Era una sentencia de muerte.

Cada nombre de la lista significaba: este hombre es enemigo del Estado. Sus bienes quedan confiscados. Su vida queda sentenciada. Quien lo mate recibirá una recompensa. Quien lo esconda se convertirá a su vez en enemigo del Estado.

La primera lista contenía ochenta nombres. Senadores, caballeros, oficiales: hombres que habían estado del lado mariano, que habían perseguido a los partidarios de Sila, que se habían beneficiado de los asesinatos cometidos en Roma. Los enemigos de Sila. Los deudores de Sila. Las cuentas de Sila.

Epícado se plantó ante las tablillas y leyó los nombres.

Conocía algunos, no personalmente, sino por los informes, los expedientes, los años de guerra civil.

Los leyó uno por uno, y con cada nombre la lista se hacía más pesada, no sobre la madera, sino dentro de él, como si cada letra se hundiera en su pecho igual que una piedra en el agua.

Había gente a su alrededor. Hombres y mujeres de pie ante las tablillas, leyendo y buscando y, en algunos casos, encontrando.

Epícado vio a una mujer leer un nombre y desplomarse sin emitir sonido; las rodillas se le doblaron y quienes estaban a su lado no la sostuvieron porque estaban demasiado ocupados buscando sus propios nombres.

Vio a un anciano recorrer las listas, detener el dedo sobre un nombre, bajar la cabeza y cerrar los ojos.

Epícado no supo si había encontrado el suyo, el de un hijo o el de un amigo, y daba igual, porque el dolor era el mismo en los tres casos.

Aquella noche Sila entró en sus aposentos y encontró a Epícado sentado a la mesa.

—Has visto las listas —dijo Sila. No era una pregunta.

—Sí.

Sila se sentó. Parecía cansado, no con el cansancio de una noche sin dormir, sino con el de un hombre que había hecho algo que incluso según sus propios criterios pesaba demasiado para despacharlo con un encogimiento de hombros.

Sila rara vez se encogía de hombros. Pero parecía cansado, y eso era peor.

—Ochenta nombres —dijo Epícado.

—Para empezar.

—Habrá más.

—Sí. Habrá más. Espero los informes de las provincias. Sicilia, África, Hispania. En todas partes hay hombres que estuvieron en el bando equivocado y ahora creen que pueden esconderse.

—¿Cuántos habrá al final?

Sila guardó silencio. Tomó la copa de vino que había sobre la mesa y bebió. El vino era rojo, más oscuro de lo habitual: falerno procedente de las reservas de una casa confiscada que había pertenecido a un senador cuyo nombre figuraba en la lista.

—Los que sean necesarios —dijo.

—Eso no es una cifra.

—No. Es un principio. Las proscripciones terminarán cuando termine la amenaza. Cuando todo hombre que haya empuñado un arma contra mí, o que pueda hacerlo en el futuro, esté muerto o lo bastante intimidado para no atreverse.

—¿Y los inocentes?

Sila dejó la copa. Su mirada era firme. —Nadie de la lista es inocente, Epícado. Todos los nombres han sido comprobados. Por mí personalmente.

—¿Y los que se añadan mañana? ¿Y pasado mañana? ¿También los comprobarás todos personalmente?

—Sí.