17 Roma
ROMA
Cincuenta mil hombres. Poncio Telesino, el samnita, había conducido a su ejército desde el sur en una marcha forzada: samnitas, lucanos, las últimas legiones marianas, todo lo que el bando contrario aún podía reunir, arrojado a una sola masa que olía a desesperación.
Telesino no era un necio. Sabía que no podía ganar la guerra: no contra Sila, no contra Pompeyo, no contra la superioridad que se cerraba sobre él desde todos los lados.
Pero podía hacer otra cosa. Podía tomar Roma.
El plan era brutal en su sencillez. Rodear Preneste, donde el joven Mario permanecía cercado.
Ignorar a las tropas de Sila que mantenían el asedio.
Marchar directamente hacia el norte, hacia una ciudad que nadie defendía porque Sila tenía sus ejércitos en campaña y porque las murallas de Roma no estaban preparadas para soportar un asedio desde la catástrofe gala de trescientos años atrás.
—Telesino está ante la Puerta Colina. Desde esta mañana. Su vanguardia se encuentra a media milla de las murallas.
Sila ya estaba en pie antes de que el jinete hubiera terminado la frase.
—¿Cuántos?
—Cincuenta mil. Samnitas, lucanos, las legiones de Damasipo. Todo.
Sila miró el mapa extendido sobre la mesa. Preneste, donde tenía cercado al joven Mario. Cuarenta millas al sudeste de Roma. Cuarenta millas que Telesino había recorrido en dos jornadas, pasando junto al cerco de Sila sin que nadie lo detuviera.
—Craso.
Craso dio un paso al frente.
—Aquí.
—Partimos. Ahora mismo. Todo el que pueda marchar. Sin retaguardia, sin impedimenta, solo armas y hombres. Vamos a Roma.
La marcha fue una carrera contra el tiempo.
Sila tomó lo que tenía: siete legiones, junto con las tropas de Craso, que habían llegado la tarde anterior.
Dejó el asedio de Preneste bajo el mando de Ofela y lanzó todo hacia el norte.
Cuarenta millas en un día. Los veteranos de Sila conocían las marchas forzadas, pero aquello era otra cosa: una carrera, no una marcha; los hombres avanzaban al trote por caminos abrasados por el sol de la tarde, entre el tintineo del equipo, el jadeo de las respiraciones y el polvo que envolvía la columna en una nube gris.
Los hombres arrojaron todo lo que no necesitaban.
Utensilios de cocina, sacos de provisiones, herramientas: cualquier cosa que les restara velocidad quedó abandonada al borde del camino, un rastro de metal y cuero que se extendía por la Vía Latina como la piel de una serpiente al mudar.
Los centuriones apremiaban a las cohortes, las cohortes corrían, y los hombres que ya no podían correr se detenían junto al camino y esperaban a la impedimenta, que no llegaba porque no había impedimenta.
Sila cabalgaba a la cabeza. Era su tercer caballo de aquel día: había reventado a los dos primeros. Lúculo no estaba con él; aseguraba el norte. Craso cabalgaba junto a Sila, callado, concentrado, con la expresión de un hombre que hacía cálculos. Craso siempre calculaba. A Sila eso le gustaba.
—Si llegamos antes de que anochezca —dijo Craso—, quizá tengamos dos horas para desplegarnos.
—No llegaremos antes de que anochezca.
—Entonces lucharemos de noche.
—Entonces lucharemos de noche.
Detrás de ellos, en algún lugar de aquella impedimenta que no era impedimenta porque Sila la había dejado atrás, Epícado iba montado en una mula e intentaba mantener el ritmo de la columna.
La mula era lenta, obstinada y, a todas luces, consideraba que una marcha forzada no era un uso apropiado para un animal de su dignidad.
Epícado la azuzaba, maldecía en griego y pensaba en Roma, a cuarenta millas de distancia, que quizá ya estuviera ardiendo mientras él iba montado en una mula y soltaba maldiciones.
A su lado, a pie, marchaba Papio.
El viejo centurión avanzaba con la regularidad mecánica de un hombre que llevaba décadas marchando y conocía su cuerpo tan bien que sabía exactamente cuándo reducir el paso, cuándo beber un sorbo de agua y cuándo aflojarse las botas.
Papio corría, callaba y miraba al frente, y Epícado observó su rostro y vio en él algo que nunca había visto antes en Papio. Miedo.
—Tu hermano —dijo Epícado.
Papio no respondió de inmediato. Después dijo, sin reducir el paso:
—En el Aventino. Con los niños. Si Telesino entra en la ciudad...
—Telesino no va a entrar en la ciudad.
—Si entra, no distinguirá entre silanos y marianos. No distinguirá entre soldados y civiles. Es samnita. Para él, todo romano es un enemigo. Todo romano desde hace trescientos años.
Epícado no dijo nada. No había nada que decir.
El Aventino estaba en el extremo sur de la ciudad, lejos de la Puerta Colina, y si Telesino atravesaba las murallas del norte probablemente no llegaría hasta allí, porque las callejuelas de Roma devoraban a un ejército con más lentitud que cualquier fortaleza.
Pero «probablemente» no era una promesa.
Llegaron a Roma al caer la tarde.
La ciudad se extendía ante ellos como un animal que contiene la respiración: las murallas, las torres, las cúpulas de los templos, todo gris y silencioso bajo la luz que se apagaba.
Había ciudadanos sobre las murallas mirando hacia abajo, y Sila no podía distinguir sus rostros, pero sí oler su miedo, aquella mezcla particular de sudor, pánico y plegarias silenciosas a unos dioses que probablemente no escuchaban.
Entre los adultos había niños, alzados en brazos, con las cabezas asomando por encima del parapeto, y Sila se preguntó qué veían: si comprendían al ejército que se desplegaba al norte de la ciudad o si pensaban que era una parada, algo que terminaría entre vítores.
No terminaría entre vítores.
Al norte de la ciudad, en la llanura ante la Puerta Colina, estaba el ejército de Telesino.
Sila lo contempló desde la colina donde detuvo su caballo.
El ejército samnita se había formado en una línea ancha que se extendía desde la Puerta Colina hasta la Vía Salaria, a lo largo de casi dos millas.
En el centro estaban los veteranos samnitas: hombres de las montañas, duros como raíces, que esperaban aquel día desde la guerra Social.
Sila podía ver sus enseñas brillando bajo el sol del atardecer: el toro, símbolo de los samnitas, sobre estandartes más antiguos que la República.
En los flancos, los lucanos y las legiones marianas.
Y delante de la línea, a caballo, un hombre con una capa roja que gritaba órdenes.
Telesino.
Sila no lo conocía personalmente. Conocía su reputación: un general competente, un patriota, un hombre convencido de que el dominio de Roma sobre los pueblos itálicos era una injusticia que debía terminar.
Telesino no luchaba por Mario. No luchaba por Cinna.
Luchaba por los samnitas, y los samnitas luchaban contra Roma, y aquella era una guerra más antigua que la guerra civil, más antigua que Sila y Mario, más antigua que la propia República.
Un espía había informado de que, antes de partir, Telesino había dicho a sus tropas: «Los lobos que han saqueado Italia no desaparecerán hasta que sea talado el bosque donde se esconden». El bosque era Roma.
Sila se volvió hacia sus oficiales.
—Craso. Tú llevarás el ala derecha. Las mejores cohortes que tengamos: la primera y la segunda de la cuarta legión, además de tus propias tropas. Tu tarea es sencilla: rompe su línea. Pase lo que pase en el ala izquierda, tú rompes su línea.
Craso asintió. Sin preguntas. Quizá Craso no fuera un táctico inspirado, pero era un hombre que comprendía una orden y la ejecutaba sin perder tiempo en objeciones.
—Yo tomaré el ala izquierda. Enobarbo, estarás conmigo. Papio, toma la segunda cohorte y asegura el enlace con el centro. La reserva permanecerá detrás del centro, al mando de Dolabela.
—¿Y si el ala izquierda no aguanta? —preguntó un legado.
Sila miró al hombre.
—Entonces no aguantará. Y Craso tendrá que ser más rápido.
Miró a Enobarbo. El viejo centurión estaba junto a su caballo...
No. Ya no tenía caballo. Se lo había cedido por la mañana a un oficial herido y había recorrido a pie las últimas veinte millas, igual que sus legionarios.
Tenía el rostro gris de agotamiento, el pelo pegado por el sudor y la armadura cubierta de polvo.
Parecía tener sesenta años, aunque era más joven.
Pero sus ojos estaban despiertos y las manos que sostenían la vara de vid no temblaban.
—¿Preparado? —preguntó Sila.
Enobarbo sonrió. La misma sonrisa fea que había mostrado en Nola mientras defendía la rampa oriental.
—Desde que tengo memoria, cónsul.
La batalla comenzó al ponerse el sol.
Era el peor momento posible para una batalla: la luz desaparecía, las sombras crecían y, dentro de una hora, la oscuridad convertiría el campo en un lugar donde amigo y enemigo serían indistinguibles.
Sila lo sabía. Telesino lo sabía. Ninguno de los dos podía esperar.
Sila, porque cada hora acercaba a Telesino a la ciudad.
Telesino, porque cada hora acercaba los refuerzos de Sila.
Así que se lanzaron el uno contra el otro al anochecer, ante las murallas de la ciudad que ambos reclamaban para sí.
Sonaron los cuernos. En ambos bandos a la vez: los toques graves y retumbantes de las legiones romanas y la señal más aguda, más estridente, de los cuernos de guerra samnitas, fabricados con cuernos de toro y cuyo sonido parecía el alarido de un animal.
Las líneas se pusieron en movimiento. Treinta mil romanos a un lado, cincuenta mil samnitas y aliados al otro, y entre ambos media milla de llanura en la que, pocos minutos después, ya no quedaría hierba.
El ala izquierda de Sila chocó contra los veteranos samnitas.