16 Cuartel general de Sila cerca de Preneste
CUARTEL GENERAL DE SILA CERCA DE PRENESTE
Descalzo, sin armadura, sin casco: solo el ancho cinturón de cuero lo delataba como centurión.
Un ancho cinturón con apliques de bronce, la única pieza de equipo que no había tirado.
Había perdido las botas, se había quitado la armadura y había arrojado el casco a alguna cuneta entre Preneste y el campamento.
Rondaba los cuarenta, tenía el cuerpo de un soldado y la mirada de un animal al que llevaban demasiado tiempo dando caza.
Epícado estaba sentado junto a la puerta del campamento, llevando el registro de los desertores, cuando los centinelas hicieron entrar al hombre.
Era una rutina que se había asentado en las últimas semanas: cada día llegaban tres, cinco, a veces diez desertores procedentes de Preneste o de las unidades marianas que todavía operaban en el Lacio.
Hombres exhaustos, hombres hambrientos, hombres que ya habían tenido bastante y querían cambiar de bando antes de que fuera demasiado tarde.
Epícado anotaba sus nombres, sus unidades, sus lugares de origen.
Les hacía tres preguntas: ¿De dónde vienes?
¿Cuántos quedan dentro? ¿Qué sabes de las defensas?
Después los mandaba a comer y a la unidad a la que se los destinaba.
El centurión descalzo era distinto. No respondió a las tres preguntas. Se plantó ante Epícado sobre la arcilla apisonada del campamento, con los pies desnudos, ensangrentados y llenos de grietas, y se limitó a decir:
—Quiero hablar con Sila.
—Sila no habla con desertores.
—Hablará conmigo. Dile que estuve con Fimbria. En Asia. Dile que yo estaba allí.
Epícado miró al hombre. Después se levantó y fue al cuartel general.
Sila recibió al hombre.
Estaba sentado tras su mesa, con el mapa del Lacio desplegado delante, y examinó al centurión descalzo con aquella mirada que Epícado conocía: una mirada que lo recogía todo y no revelaba nada.
—Tu nombre —dijo Sila.
—Lucio Marcio Fígulo. Centurión de la cuarta cohorte, segunda legión. A las órdenes de Fimbria. —Hizo una pausa—. A las órdenes de Flaco, antes de que Fimbria lo asesinara.
Sila se echó hacia atrás. La silla crujió. Fuera, un mensajero llamaba a un oficial y, en algún lugar del campamento, un herrero golpeaba un yunque.
—Cuenta —dijo Sila.
Fígulo contó.
Epícado conocía la historia. La había vivido desde lejos, el año posterior a Dárdano, cuando Sila reorganizó la provincia de Asia y, al mismo tiempo, acabó con el último ejército mariano que quedaba en Oriente.
Pero Fígulo la había vivido desde el otro lado, y ese era un lado que Epícado nunca había visto.
Lucio Valerio Flaco había sido enviado a Asia en el 86 a.
C. como cónsul, oficialmente para hacerse cargo de la guerra contra Mitrídates, cuyo mando el gobierno mariano había arrebatado a Sila.
En realidad, Flaco había sido enviado para sustituir a Sila, y todo el mundo lo sabía, y Flaco lo sabía, y su legado Cayo Flavio Fimbria lo sabía mejor que nadie.
Fimbria era un hombre al que Fígulo describía con la concisión precisa de un soldado que había observado a su superior el tiempo suficiente para despreciarlo: joven, ambicioso, sin escrúpulos, con el talento de un demagogo nato y el dominio de sí mismo de un lobo hambriento.
Desde el principio, Fimbria había trabajado contra Flaco: había azuzado a los soldados contra su comandante, difundido rumores, provocado actos de insubordinación, hasta que la situación quedó tan envenenada que bastó una chispa.
La chispa saltó en Nicomedia. Una disputa por los alojamientos.
Flaco había reprendido a Fimbria, Fimbria le había respondido a gritos y Flaco lo había relevado del mando.
Aquella misma noche, Fimbria había reunido a los soldados —sus soldados, no los de Flaco, porque hacía tiempo que la lealtad de las tropas ya no estaba del lado del cónsul— y había marchado con ellos hacia el cuartel general.
Flaco había intentado huir. Se había escondido en un pozo.
Los hombres de Fimbria lo encontraron, lo sacaron de allí y lo mataron.
—¿Cómo? —preguntó Sila.
Fígulo bajó la vista hacia sus pies.
—Apuñalado. En el patio. Delante de la guardia personal, que no hizo nada.
—¿Estabas allí?
—Estaba de guardia. Delante de la puerta.
—Y no hiciste nada.
Fígulo levantó la mirada. Había algo en sus ojos que Epícado reconoció: no vergüenza ni arrepentimiento, sino la sinceridad vacía de un hombre que había dejado de mentirse a sí mismo.
—No. No hice nada. Ninguno hicimos nada. Fimbria nos había convencido de que Flaco nos llevaba a la perdición. Y puede que tuviera razón. Pero eso no cambia el hecho de que vimos cómo apuñalaban a un cónsul dentro de un pozo y que ninguno de nosotros desenvainó la espada.
Después Fimbria había asumido el mando. Así, sin más, como si el asesinato de un cónsul fuera un trámite administrativo que hiciera ascender al siguiente hombre en la cadena de mando.
Había conducido al ejército hacia el sur, contra las tropas de Mitrídates en la provincia de Asia, y lo había dirigido con una energía salvaje y desenfrenada que impresionaba a sus soldados y aterrorizaba a sus adversarios.
Fimbria había sitiado ciudades que se habían unido a Mitrídates.
Las había tomado y saqueado a conciencia, sin la contención que Sila al menos había intentado mostrar en Grecia.
En Ilión —la antigua Troya, la ciudad de la que los romanos afirmaban descender—, Fimbria había derribado las puertas y soltado a sus soldados, y los soldados habían hecho lo que hacían los soldados cuando los soltaban, y los habitantes se habían refugiado en el templo de Atenea y habían ardido allí dentro.
Troya, la ciudad cantada por Homero y que los romanos veneraban como tierra de sus antepasados.
Fimbria la había incendiado porque podía hacerlo y porque nadie le dijo que no podía.
Fígulo lo contaba con voz vacía. Contó cómo las llamas salían por el tejado del templo, cómo los gritos de la gente que estaba dentro atravesaban los muros y cómo Fimbria se había quedado en la plaza frente al templo riéndose.
No la risa de un loco: la risa de un hombre que incendia una ciudad y le parece divertido.
Después había llegado Sila. El ejército de Sila había rodeado el campamento de Fimbria, y los soldados de Fimbria —los mismos que habían matado y saqueado por él— se habían mirado unos a otros y habían depuesto las armas, uno tras otro, porque conocían a Sila, porque Sila era el hombre que ganaba batallas y porque los soldados seguían al más fuerte.
Fimbria se había quedado solo en el templo.
Había pedido a su esclavo que le hundiera la espada en el pecho.
El esclavo había vacilado. Fimbria lo había hecho él mismo.
Fígulo hablaba sin adornos. Frases sobrias, palabras cortas, la voz de un hombre que enumera hechos como un contable enumera partidas.
Troya. Incendiada. Por orden de un hombre que había asesinado a su propio comandante.
Epícado escribía. El estilo se deslizaba por la tablilla y las palabras parecían formarse solas, y pensó en los árboles de la Academia ante Atenas que Sila había mandado talar, en la Estoa Pecile, donde había cerrado los ojos al filósofo muerto, y en la biblioteca, donde había salvado siete rollos y dejado atrás a un anciano.
Sila había tomado Atenas y había puesto fin a la matanza cuando se lo pidieron.
Fimbria había tomado Troya y la había dejado desangrarse porque nadie le dijo que parara.
Esa era la diferencia que Epícado intentaba convencerse de que existía. La diferencia entre Sila y Fimbria. La diferencia entre un hombre que conocía los límites y a veces los respetaba y un hombre que no tenía ninguno.
La diferencia se hacía más pequeña con cada capítulo de aquella historia.
—Y entonces llegaste tú —le dijo Fígulo a Sila—. Después de Dárdano. Le concediste la paz a Mitrídates y luego marchaste contra nosotros.
—Contra Fimbria. No contra vosotros.
—Contra nosotros. Éramos el ejército de Fimbria.
—Erais el ejército de Roma. Fimbria era un asesino que había usurpado un mando. Os di a elegir.
Fígulo asintió.
—La elección. Sí. —Torció la boca—. Instalaste tu campamento junto al nuestro. A cien pasos. Y después esperaste.
Epícado lo recordaba. Había estado allí.
Se había sentado en el campamento de Sila, a cien pasos del ejército de Fimbria, y el silencio entre los dos campamentos había sido el silencio más ruidoso que había oído jamás.
Dos ejércitos romanos frente a frente, que podrían haberse combatido y no lo hicieron porque los soldados de ambos bandos sabían que el hombre del otro lado era el mejor general.
Los desertores habían empezado a llegar el primer día.
Primero de uno en uno, después en grupos, después cohortes enteras que levantaban las tiendas por la noche y marchaban hasta el campamento de Sila.
Fimbria había intentado mantener unido a su ejército: con discursos, con sobornos, con amenazas.
Nada había funcionado. Al tercer día, su ejército se había reducido a la mitad.
Al quinto le quedaban menos de tres mil hombres.
—No hiciste disparar contra nosotros ni una sola flecha —dijo Fígulo—. Ni una. Te limitaste a quedarte allí y esperar, y nosotros fuimos llegando hasta ti uno tras otro, como ovejas que cambian de pastor.
—No había motivo para hacer luchar a romanos contra romanos. No allí. No por Fimbria.
—¿Y Fimbria?
Sila guardó silencio. Fígulo guardó silencio. Epícado guardó silencio. El silencio llenó la estancia como agua que se filtra en una fosa.
Fimbria se había refugiado en el templo de Asclepio cuando desertó su última cohorte.
Había pedido a su esclavo que lo matara. El esclavo había clavado la espada, pero no lo bastante hondo. Fimbria se había sacado la hoja de la herida, había contemplado la sangre y le había dicho al esclavo que esta vez lo hiciera bien. El esclavo lo había hecho bien.
Fígulo se había enterado por el guardián del templo.
Había sido el último centurión en abandonar el campamento, no por lealtad a Fimbria, sino porque no sabía adónde ir.
Había ido al campamento de Sila, se había incorporado a sus filas y había pasado los tres años siguientes sirviendo en Grecia y Asia Menor bajo las órdenes de Sila, como si nada hubiera ocurrido.
Después había regresado a Italia y había acabado en el ejército de Escipión, porque Sila no se lo había llevado consigo tras licenciarlo y porque un hombre sin trabajo acepta la siguiente oferta.
Cuando el ejército de Escipión se deshizo, se quedó con las unidades que se unieron al joven Mario porque estaba acostumbrado a marchar y no sabía qué otra cosa hacer.
Ahora estaba descalzo ante Sila y cambiaba de bando por tercera vez.
—¿Por qué me cuentas todo esto? —preguntó Sila.
Fígulo lo miró.
—Porque tienes que saberlo. Porque lo que hizo Fimbria no terminó cuando se mató.
Continúa. En Sicilia. Aquí, en el Lacio.
En todas partes. Hombres que matan a sus comandantes.
Hombres que ejecutan sin juicio. Hombres que cuelgan listas ofreciendo recompensas por cabezas.
No termina, cónsul. No terminará nunca mientras dure la guerra.
—Terminará cuando yo la termine.
—¿Y cuándo será eso?
Sila no respondió de inmediato. Miró el mapa. Preneste, cercada. Los samnitas, avanzando desde el sur. Pompeyo al oeste, Craso al norte. Las líneas de los ejércitos cerrándose en torno a Roma como un puño.
—Pronto —dijo—. Terminará pronto.
Hizo una señal al centinela. Se llevaron a Fígulo: a comer, a recibir unas botas nuevas, a una cohorte que necesitaba un centurión.
Aquella tarde, Epícado se sentó delante de su tienda y pensó en Fimbria.
Pensó en el templo de Asclepio al que había entrado después de la muerte de Fimbria.
Era un templo pequeño, levantado en una colina sobre la ciudad de Tiatira, con columnas blancas y un suelo de piedra pulida.
La sangre seguía allí: una mancha oscura delante del altar que los sacerdotes intentaban quitar con agua y arena y que se había metido en las juntas.
El cadáver de Fimbria ya se lo habían llevado.
Sila había ordenado que lo enterraran: sin ritos honorables, pero sin profanarlo tampoco. «Enterradlo», había dicho. Nada más.
Epícado pensó en la sangre sobre el suelo del templo y en las palabras de Fígulo: No termina. No terminará nunca.
Y pensó en la tablilla de cera vacía que había en el arcón de Sila.
Aquella noche, Epícado oyó sonidos procedentes del cuartel general. No era una conversación, ni un dictado, ni pasos. Era el sonido de un estilo sobre la cera. Un raspar tenue, rítmico, que iba y venía y volvía de nuevo.
Sila escribía.
Epícado estaba tumbado sobre su jergón de paja y escuchaba.
No podía ver qué escribía Sila. No podía saber sobre qué tablilla se movía el estilo: si sobre una de las habituales, destinadas a órdenes y correspondencia, o sobre la otra, la pulida hasta quedar lisa, la que había estado guardada en el arcón.
El raspar continuó. Diez minutos. Veinte. Después cesó.
Silencio.
Epícado cerró los ojos. Intentó no pensar en la tablilla. Intentó pensar en otra cosa: en Atenas, en el olor del tomillo, en los siete rollos de su arcón, en los paños azules de su madre, en cualquier cosa que no oliera a sangre y cera y al raspar de un estilo.
El raspar volvió. Regular, sereno, el sonido de un hombre que escribía lo que tenía que escribir con la calma que Sila reservaba para los momentos en que los demás temblaban.
Sila nunca temblaba cuando escribía. Temblaba cuando sostenía la mano de Metela.
Temblaba cuando hablaba de noche con la estatuilla de Fortuna.
Pero cuando escribía nombres, cuando escribía en una tablilla los nombres de personas cuya vida dependía de ella, tenía la mano firme.
Eso era lo más aterrador de Sila. La quietud de la mano que se deslizaba sobre la cera.
La serenidad de un hombre que consideraba la redacción de listas de condenados a muerte un acto administrativo, una rutina, lo que había que hacer para que la República siguiera existiendo.
Sila creía en ello. Lo creía con la convicción de un hombre que había entregado toda su vida al Estado y que ahora se lo reclamaba de vuelta.
Y aquella reclamación tenía un precio, y el precio estaba escrito sobre una tablilla de cera, y la tablilla ya no estaba vacía.
Epícado permaneció tumbado sobre el jergón de paja, escuchando el raspar, y pensó: Mañana veré la tablilla. Mañana leeré los nombres. Y entonces empezará la parte de la historia que no quiero escribir y que tengo que escribir.
Llegaban las proscripciones. Epícado lo sabía. Lo sabía con la certeza de un hombre que oía el estilo, conocía aquel raspar y comprendía lo que significaba que un hombre como Sila se sentara solo de noche a escribir.
La pregunta ya no era si ocurriría. La única pregunta era cuántos.