Sila: El favorito de Fortuna 15 Cuartel general de Sila cerca de Preneste
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15 Cuartel general de Sila cerca de Preneste

CUARTEL GENERAL DE SILA CERCA DE PRENESTE

Epícado recibió del mensajero el informe procedente de Sicilia: una carta sellada, transportada por un jinete que llevaba cinco días en la silla y cuyo caballo había empezado a cojear en el último tramo.

El mensajero bebió tres vasos de agua, comió un trozo de pan y se quedó dormido antes de que Epícado pudiera hacerle la siguiente pregunta.

Lo dejó dormir. La carta contaría bastante.

Se la llevó a Sila, que estaba en sus dependencias coordinando el asedio de Preneste.

El joven Mario —Cayo Mario el Joven, hijo del difunto, veintiséis años y cónsul contra toda lógica— se había refugiado en la ciudad fortificada tras su derrota en Sacriporto y se negaba a salir.

Sila había cercado la ciudad, pero había confiado el asedio a su legado Lucrecio Ofela.

Él necesitaba concentrarse en el panorama general.

Sila rompió el sello y leyó.

Epícado observó su rostro. La habitual máscara de piedra: ningún movimiento, ningún tic, ninguna reacción hasta que Sila decidiera qué reacción quería mostrar. Leyó la carta dos veces. Después la dejó sobre la mesa, entrelazó las manos y guardó silencio.

—¿Pompeyo? —preguntó Epícado.

—Pompeyo.

—¿Qué ha hecho?

Sila deslizó la carta por la mesa. Epícado la tomó y leyó.

Cneo Pompeyo Magno —Sila le había concedido el sobrenombre después del asunto de Escipión, medio en serio, medio en burla, y Pompeyo lo había aceptado como un niño acepta una condecoración, orgulloso y sin advertir la ironía— había conquistado Sicilia en tres semanas.

Eso, por sí solo, no era ninguna sorpresa. Sicilia apenas tenía tropas, y los gobernadores marianos que controlaban la isla eran administradores, no generales. Pompeyo había desembarcado con dos legiones, había ido reduciendo las guarniciones una tras otra y había capturado a los gobernadores.

La sorpresa era lo que había sucedido después.

Cneo Papirio Carbón —el antiguo cónsul que, tras la muerte de Cinna, había asumido el liderazgo del bando mariano, uno de los hombres más poderosos de Roma, senador con tres décadas de experiencia política— había huido a Sicilia cuando la guerra civil quedó perdida en el continente.

Pompeyo lo había capturado en la isla. Carbón se había rendido esperando ser tratado como prisionero de guerra: con la dignidad debida a un antiguo cónsul, quizá con un juicio, con negociaciones, con la posibilidad del exilio.

Pompeyo lo había mandado ejecutar. Sin juicio. Sin negociación. Sin la menor formalidad.

La carta describía la escena con palabras sobrias.

Habían llevado a Carbón ante Pompeyo, atado, con la toga rasgada, un anciano que suplicaba por su vida.

Pompeyo estaba sentado en una silla —no en una silla judicial, ni sobre un tribunal, sino en una silla corriente, con las piernas cruzadas y la barbilla apoyada en una mano— y había escuchado a Carbón.

El viejo cónsul había hablado largo rato, con urgencia, desplegando toda la capacidad retórica de un hombre que se había criado en la tribuna del Foro.

Había apelado a las leyes, a la tradición, a la dignidad de su cargo.

Había ofrecido someterse a juicio. Había pedido el exilio.

Pompeyo lo había dejado terminar. Después hizo una seña a un centurión, y el centurión se llevó a Carbón y lo mató. La carta no indicaba cómo. Epícado agradeció que así fuera.

Pero sí mencionaba otra cosa. Pompeyo había mandado colgar una lista en Messana, la ciudad donde había capturado a Carbón.

Doce nombres. Simpatizantes marianos, funcionarios, comerciantes que habían apoyado a Carbón.

La lista estaba escrita en una tablilla de madera, con grandes letras, clavada en la fachada del ayuntamiento de Messana.

Junto a cada nombre figuraba una recompensa.

Epícado leyó el pasaje dos veces. Después dejó la carta y miró a Sila.

—Ha escrito una lista de proscritos —dijo Epícado—. En Sicilia. Por su propia autoridad. Sin decisión del Senado, sin ley, sin tu autorización.

Sila guardó silencio.

—Tiene veintitrés años, Sila. Veintitrés años, y cuelga listas de nombres y hace ejecutar a un antiguo cónsul sin juicio. ¿Qué hará a los treinta? ¿A los cuarenta?

Sila tomó la carta, la dobló y la guardó en su arcón. Junto a la estatuilla de Fortuna. Junto al mapa de Roma. Junto a la tablilla de cera vacía que llevaba semanas allí, que Epícado veía cada vez que abría el arcón y que cada vez le provocaba un escalofrío.

—Lo que haga a los treinta —dijo Sila— dependerá de lo que yo haga durante los próximos meses. Pompeyo es una herramienta. Una buena herramienta, afilada, eficaz, pero una herramienta. Hace lo que se le encarga. El problema es que empieza a encargarse cosas a sí mismo.

—¿Y la lista de Messana?

—Es un problema. Pero menor de lo que crees. Sicilia está lejos. Lo que ocurra en Roma es más importante.

—¿Qué ocurrirá en Roma?

Sila lo miró. Los ojos claros que no revelaban nada y lo decían todo.

—Lo que tenga que ocurrir.

Epícado comprendió. Comprendió qué significaba la tablilla vacía en el arcón.

Comprendió por qué la lista de Pompeyo en Sicilia preocupaba a Sila menos de lo que había esperado: porque Sila planeaba su propia lista, más larga, más minuciosa, más completa.

Pompeyo había clavado doce nombres en la pared de un ayuntamiento.

Sila clavaría miles en las columnas del Foro.

La diferencia era la escala. El método era el mismo.

La carta incluía un detalle peor que la propia ejecución: Pompeyo se había limpiado las uñas durante todo el discurso de Carbón.

Con un pequeño cuchillo que había sacado del cinturón.

Había escuchado al cónsul de Roma —al antiguo cónsul, al colega de Cinna, al hombre que durante tres décadas había contribuido a dirigir la política de la República— mientras se limpiaba las uñas, como si la vida de Carbón fuera un molesto trámite administrativo que debía despachar antes de ir a cenar.

Aquel detalle lo decía todo. Decía más que la muerte misma, porque la muerte era previsible en una guerra civil: los hombres se mataban, los vencedores ejecutaban a los vencidos; así habían sido las cosas desde que existían las guerras.

Pero las uñas decían otra cosa. Decían: Tu muerte ni siquiera merece mi atención.

Decían: Te mato porque puedo, y mientras lo hago me aburro.

Epícado dejó la carta sobre la mesa de Sila y esperó.

—Veintitrés años —dijo.

—Veinticuatro ya.

—Un antiguo cónsul. Sin juicio.

Sila se recostó. Su mirada fue hacia la ventana, donde la luz del atardecer teñía de naranja las colinas frente a Preneste.

—Pompeyo no tiene autoridad para condenar a un cónsul. No es magistrado, ni juez, ni procónsul. Es un particular con un ejército. Y ha hecho ejecutar a uno de los hombres de mayor rango de la República como si fuera un ladrón de caminos.

—¿Te sorprende?

Sila guardó silencio un instante.

—No. Pero me impresiona. No todos los hombres tienen el valor de hacer algo que convierte a la mitad del Senado en enemigos suyos. Pompeyo lo ha hecho porque sabe que puede permitirse que le dé igual la mitad del Senado mientras yo esté de su parte.

—¿Y estás de su parte?

—Estoy del lado de la victoria. Y Pompeyo acaba de conquistar Sicilia.

Tomó la carta y la guardó en la bolsa de cuero donde conservaba su correspondencia. El gesto fue definitivo: la carta archivada, el asunto resuelto.

Epícado advirtió que Sila no había condenado ni una sola vez la ejecución de Carbón.

Aquella noche Epícado escribió en su tablilla privada.

Estaba sentado en su tienda, con la lámpara baja y el estilo en la mano, intentando poner en palabras lo que sentía.

No lo consiguió de inmediato. Lo que sentía no era una única emoción: era una acumulación, como sedimento en el fondo de un río, capa sobre capa, comprimidas hasta que el peso formaba algo nuevo.

Escribió:

Pompeyo ha matado a Carbón. A un antiguo cónsul, desarmado, atado, suplicando.

Sila lo ha recibido como si fuera un informe de suministros.

No lo ha aprobado ni condenado. Ha hecho cuentas: Sicilia conquistada, un enemigo menos, el balance cuadra.

Eso es lo que me asusta. No el acto. La contabilidad.

Dejó el estilo. Después volvió a tomarlo y siguió escribiendo:

La pregunta no es si Pompeyo ha ido demasiado lejos. La pregunta es si Sila le ha dado permiso para llegar tan lejos. Y la respuesta es: no hay permiso. Solo hay silencio, y el silencio suena más fuerte que cualquier orden.

A la mañana siguiente llegó un segundo informe desde Sicilia.

Era más breve que el primero. Pompeyo había publicado una lista en Messana después de la ejecución de Carbón.

No era larga: una docena de nombres, oficiales marianos, gobernadores, funcionarios que habían buscado refugio en Sicilia.

Junto a cada nombre figuraba una cifra: la suma que se pagaría por capturar o matar a aquella persona.

No era una lista de proscritos. Sila no había decretado proscripciones. No existía una ley, ni una declaración formal de proscripción, ni una votación del Senado. Era una caza de recompensas, improvisada, local, personal.

Epícado leyó la lista y sintió que algo giraba dentro de él, despacio, a regañadientes, como una llave en una cerradura oxidada.

Los nombres le eran desconocidos salvo dos: un antiguo cuestor al que Epícado había visto una vez en la antesala de Sila y un caballero de Campania que años atrás había prestado dinero a Sila, después se había arrepentido y se había pasado a Mario.

Hombres pequeños. Carreras insignificantes. Nombres que nadie echaría de menos.

Y ese era precisamente el punto.

La lista era un experimento. Un ensayo. Pompeyo probaba hasta dónde podía llegar, no en el campo de batalla, donde regían las reglas de la guerra, sino después, en una paz que no era paz, en la zona gris entre la victoria y el orden, donde un hombre con soldados y dinero escribía sus propias reglas.

Epícado llevó el informe a Sila. Sila lo leyó como leía todo: despacio, entero, sin comentarios.

—La lista —dijo Epícado.

—La he visto.

—Pompeyo está haciendo listas de proscritos. En tu nombre.

Sila dejó el informe.

—Pompeyo está organizando una caza de recompensas. En su propio nombre. Hay una diferencia.

—Pequeña.

—Decisiva. Yo no he decretado proscripciones. Lo que Pompeyo haga en Sicilia es responsabilidad suya.

—¿Y si la gente de Roma no ve la diferencia?

Sila lo miró. La mirada era fría: no hostil, no desdeñosa, sino fría como la de un hombre que realiza un cálculo en el que no hay sitio para los sentimientos.

—Entonces aprenderán a mirar con más atención.

Epícado salió del cuartel general y atravesó el campamento.

Necesitaba aire. Necesitaba el olor de la tierra, del fuego y del sudor, el olor normal de un campamento legionario, que le recordaba que el mundo no estaba hecho únicamente de cartas y listas y de la fría aritmética del poder.

El campamento frente a Preneste había crecido desde la última vez que lo había recorrido.

Habían llegado nuevas cohortes: desertores del ejército disuelto de Escipión, voluntarios de las ciudades latinas, incluso un destacamento de jinetes galos que alguien había reclutado en el norte de Italia.

El ejército crecía con cada victoria, como un río que se hincha después de la lluvia.

Las tiendas estaban más juntas. Las hogueras ardían con más fuerza. El ruido era mayor.

Junto a una de las hogueras estaba sentado un hombre al que Epícado conocía.

Papio, el viejo centurión. Había sobrevivido a la guerra Social, a la marcha sobre Roma, al asedio de Atenas, a la batalla de Queronea, a la batalla del Tifata.

Estaba sentado junto al fuego remendando una bota con la concentración serena de un hombre que sabía que un soldado que cuidaba sus botas vivía más que uno que cuidaba su gloria.

Epícado se sentó a su lado.

—Papio.

—Epícado. —Papio no levantó la vista. La aguja atravesó el cuero, arrastró el hilo y volvió a clavarse—. ¿Qué trae al griego hasta las hogueras? ¿Malas noticias?

—Noticias de Sicilia. Pompeyo ha mandado ejecutar a Carbón.

Papio se detuvo. Alzó la mirada con la aguja entre los dedos.

—Carbón. El cónsul.

—El antiguo cónsul. Sin juicio.

Papio tensó el hilo y lo cortó con los dientes. Dejó la bota a un lado y miró al fuego.

—Cuando era joven —dijo—, mi padre me enseñó a degollar un cerdo. Lo más importante, decía, es el primer corte. Si el primer corte es limpio, todo va rápido y limpio. Si sale mal, se convierte en una carnicería.

Miró a Epícado.

—Pompeyo ha hecho el primer corte. Y no ha sido limpio.

—¿Qué quieres decir?

—Que un hombre que ejecuta a un cónsul sin juicio abre una puerta. Y que todos los que vengan después atravesarán esa puerta. También Sila.

Epícado guardó silencio. El fuego crepitó. En algún lugar del campamento alguien se rio.

—Tu hermano —dijo Epícado—. En el Aventino. ¿Cómo está?

Papio miró las llamas.

—Vive. La tienda funciona. Los niños crecen.

—¿Temes por él?

—Siempre. Desde el día en que marchamos sobre Roma. Desde entonces, siempre.

Papio volvió a tomar la bota y clavó la aguja.

—Sila me prometió que a mi hermano no le pasaría nada. Y le creo. Pero Pompeyo no me ha prometido nada.

A la semana siguiente llegó un tercer informe.

Pompeyo había abandonado Sicilia y cruzado a África.

Los últimos gobernadores marianos de la provincia —Domicio Enobarbo, sin parentesco con el centurión de Sila, y un jefe mercenario de origen númida— se habían atrincherado y se preparaban para resistir.

Pompeyo había desembarcado con sus dos legiones y había derrotado a Domicio en una batalla campal.

La batalla había tenido lugar cuarenta días después del desembarco. Domicio había muerto.

África era de Sila. Sicilia era de Sila. Todo el Mediterráneo occidental era de Sila. Pompeyo había conseguido en tres meses lo que a otros generales les llevaba años.

Sila leyó el informe y sonrió. Una sonrisa estrecha, calculadora.

—El muchacho —dijo. Después se corrigió—: El hombre. Algún día gobernará la República. Que la salve o la destruya dependerá de si aprende cuándo hay que detenerse.

—¿Crees que lo aprenderá?

Sila no respondió. Dobló el informe y lo dejó con los demás.

Epícado pensó en la lista de Messana. En los doce nombres. En las recompensas. En las palabras de Papio sobre el primer corte y sobre la puerta que ya no podía cerrarse.

Y pensó en otra lista, una que todavía no había sido escrita.

Una tablilla vacía en el arcón de Sila, junto a las cartas, la estatuilla de Fortuna y los fragmentos de la diosa rota de Queronea.

Había visto la tablilla aquella mañana, mientras ordenaba la correspondencia de Sila.

Estaba vacía. Cera pulida, sin una sola marca.

Pero estaba allí.

Una tablilla vacía esperando ser llenada. Y Epícado sabía —con la certeza de un hombre que conocía a su señor mejor que cualquier otra persona en el mundo— que no permanecería vacía para siempre.

La única pregunta era cuándo.