14 Campania #2
La marcha hacia Teanum duró tres días. Sila empujó a sus legiones a una velocidad que rozaba la crueldad: treinta millas diarias por caminos reducidos a cauces de polvo bajo el calor del verano.
Los hombres marchaban en silencio, agotados, con el movimiento automático de máquinas que no saben que están cansadas.
Sila iba a la cabeza, a pie, porque ya no tenía caballo —el suyo se había desplomado bajo él en Tifata, de agotamiento y no por una herida— y porque sus veteranos respetaban más a un general que marchaba que a uno que cabalgaba.
Al tercer día alcanzaron el campamento de Escipión.
Escipión se había atrincherado: fosos, empalizadas, las fortificaciones de campaña habituales de un ejército consular.
Sus tropas eran mejores que los reclutas de Norbano: una legión completa, además de auxiliares, quizá diez mil hombres en total.
Pero el propio Escipión no era soldado. Era político, un hombre que había obtenido el consulado gracias a contactos y sobornos y que ahora se encontraba en una situación para la que nada de lo que había hecho en su vida lo había preparado.
Sila envió un parlamentario.
Las negociaciones duraron dos días. Sila lo ofreció todo: amnistía, cargos, garantías.
Envió emisarios al campamento de Escipión para explicar a oficiales y centuriones lo que podía ofrecerles: tierras, paga, un futuro que no terminara por haber estado en el bando equivocado de una guerra civil.
Hizo repartir dinero, no mucho, pero suficiente para hacer pensar a los centuriones. Mandó vino. Mandó cartas.
No era una guerra. Era seducción.
Epícado observó el proceso con una fascinación que le avergonzaba.
Sila no negociaba con Escipión; hablaba por encima de él, directamente con su ejército.
Mandaba a sus emisarios a las hogueras, no a la tienda de mando.
Se dirigía a los centuriones, no a los generales.
Y no les ofrecía clemencia: clemencia era una palabra para los vencidos, y los hombres de Escipión aún no habían sido vencidos.
Les ofrecía un futuro. Tierras después de la guerra.
Paga durante la guerra. Un general que ganaba sus batallas y no olvidaba a sus veteranos.
Eran los mismos argumentos que Sila había utilizado en Nola cuando preguntó a los centuriones: ¿Venís conmigo?
Los mismos argumentos, solo que dirigidos al enemigo en vez de a sus propios hombres.
El método era el mismo. El bando daba igual.
El segundo día de negociaciones desertó la primera cohorte. Trescientos hombres que durante la noche treparon la empalizada del campamento de Escipión y marcharon hacia las líneas de Sila con sus armas, sus estandartes y su centurión, que se presentó ante Sila y dijo:
—Te servimos a ti, cónsul.
A la mañana del tercer día, la mitad del ejército de Escipión había desaparecido. Se había pasado al enemigo, había desertado, se había disuelto durante la noche como niebla a la luz del sol. Escipión estaba en su campamento al mando de un ejército que ya no existía.
Sila entró a caballo por la puerta abierta del campamento.
Cabalgó solo, sin escolta, sin armas. Era un riesgo que sus oficiales consideraban una locura y que Sila consideraba necesario: un hombre solo entrando en el campamento enemigo sin espada ni escudo, porque quería demostrar que no tenía miedo y que el enemigo tampoco tenía motivos para tenerlo.
Escipión lo recibió ante su tienda. El cónsul era un hombre pequeño y nervioso con un rostro que parecía llevar días sin dormir. A su lado estaban tres oficiales, los últimos que no se habían pasado a Sila.
—Cónsul —dijo Sila.
—Cónsul —dijo Escipión.
Dos cónsules frente a frente en un campamento vacío, mientras el viento hinchaba las lonas de las tiendas sobre catres abandonados.
—Ya no tienes ejército —dijo Sila—. Y yo no deseo matarte. Vete a casa, Escipión. Llévate a tus oficiales y vete. Te concedo salvoconducto hasta Roma.
Escipión lo miró. Detrás del nerviosismo había algo más: alivio, quizá, o el agotamiento de un hombre que se desprende de una carga que nunca debería haber llevado.
—¿Y si me quedo?
—Entonces te quedas como invitado. No como prisionero. Pero tu consulado ha terminado.
Escipión guardó silencio. Después asintió.
—Me voy.
Se dio la vuelta, entró en su tienda y regresó con una bolsa de cuero que parecía contener todo lo que pensaba llevarse. Sila lo vio montar a caballo y salir por la puerta, seguido por sus tres oficiales. Cuatro hombres en el camino, perdiéndose en el polvo.
Sila los siguió con la mirada. Después se volvió y regresó a su propio campamento.
—Podrías haberlo detenido —dijo Epícado aquella noche.
Sila estaba sentado a su mesa estudiando el mapa.
Había confiscado las provisiones de Escipión, sus armas y su caja de guerra.
Los desertores del ejército de Escipión estaban siendo incorporados a sus propias legiones, un proceso que los centuriones llevaban a cabo con la eficiencia pragmática de hombres que sabían que un soldado era un soldado, al margen del águila bajo la que hubiera marchado el día anterior.
—Podría —dijo Sila.
—¿Por qué no lo hiciste?
—Porque un cónsul al que detengo se convierte en mártir. Un cónsul al que dejo marchar se convierte en una nota a pie de página. Escipión irá a Roma y le contará al Senado que Sila negoció con justicia y lo dejó marchar con honor. Eso vale más que diez victorias.
—Lo calculas todo.
—Siempre.
Epícado se sentó en su taburete y apoyó la tablilla de cera sobre las rodillas. Había llevado el registro durante todo el día: efectivos, bajas, las negociaciones con Escipión. Ahora, al anochecer, disponía de un momento para pensar.
—Norbano está derrotado. Escipión, neutralizado. ¿Quién queda?
Sila apoyó un dedo sobre el mapa, al sur de Roma, en las montañas de los Apeninos.
—Los samnitas. Poncio Telesino. Ha reunido cincuenta mil hombres y marcha hacia el norte.
—Cincuenta mil.
—Más o menos. Samnitas, lucanos, los últimos marianos. No es un ejército; es un pueblo en armas. Hombres que luchan porque no tienen nada que perder. El tipo de enemigo más peligroso.
—¿Y Pompeyo?
—Pompeyo está en el norte limpiando la Cisalpina. Craso está en Umbría. Metelo, en Apulia. Si Telesino marcha sobre Roma, yo soy el único que se interpone entre él y la ciudad.
Epícado sintió que algo se le encogía en el estómago.
Conocía el mapa. Conocía las distancias.
Y conocía a los samnitas, no por experiencia propia, sino por los informes que habían pasado por su mesa y por las historias de los veteranos que habían luchado contra ellos en la guerra Social.
Los samnitas no eran griegos que citaban filosofía mientras uno asaltaba su ciudad.
Eran campesinos de montaña que llevaban trescientos años luchando contra Roma, que habían perdido en todas aquellas guerras y que siempre se habían levantado de nuevo para la siguiente.
Telesino era su último general, y ya no tenía nada que perder; y a un hombre que no tiene nada que perder no se lo puede sitiar, ni matar de hambre, ni convencer. Solo se lo puede matar o morir.
Epícado pensó en la batalla de Queronea, en los esclavos liberados que habían mantenido su falange porque la derrota significaba volver a las cadenas.
Los samnitas de Telesino lucharían del mismo modo: con la desesperación de hombres para los que no existían retirada, paz ni rendición.
Los samnitas sabían qué hacía Sila con los enemigos vencidos.
Habían visto a Norbano. Habían visto a Escipión.
Y habían oído los relatos de Oriente: Atenas, Queronea, Orcómeno.
Sabían que Sila no conocía la clemencia cuando la clemencia no resultaba útil.
Y con los samnitas la clemencia no era útil, porque los samnitas no la aceptarían.
Sería una batalla distinta de la del Tifata. Ningún envolvimiento rápido, ninguna maniobra hábil, ninguna cohorte cambiando de bando. Sería una carnicería que duraría toda la noche ante las murallas de su propia ciudad y, al terminar, decenas de miles de hombres cubrirían el campo.
Sila levantó la vista del mapa. Su rostro estaba sereno, con esa calma calculadora que Epícado conocía ya lo bastante bien para distinguirla de la verdadera serenidad. Sila no estaba sereno. Sila calculaba.
—La Puerta Colina —dijo en voz baja—. Si llega a eso, se decidirá en la Puerta Colina.
Dobló el mapa y se puso en pie.
—Escribe a Craso. Que marche hacia el sur. Inmediatamente. Cada día que tarde es un día que aprovecha Telesino.
Epícado escribió. La pluma raspó el papiro. Afuera había oscurecido, ardían las hogueras del campamento y, en el sur, invisible tras las montañas, avanzaba un ejército mayor que cualquiera al que Sila hubiera derrotado hasta entonces en aquella guerra.
Dos batallas ganadas. Dos enemigos vencidos. Y el tercero, el más peligroso, todavía estaba por llegar.
Sila apagó la lámpara. En la oscuridad Epícado oyó su respiración, regular, controlada. Después, la voz de Sila, baja, como si hablara consigo mismo:
—La Puerta Colina.
Luego, silencio.