Sila: El favorito de Fortuna 14 Campania
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14 Campania

CAMPANIA

El cónsul Norbano cometió su primer error por la mañana.

Sila lo vio a la distancia —no con un catalejo de verdad, por supuesto, sino con la mirada afinada de un hombre que había pasado media vida en lo alto de colinas leyendo las posiciones del enemigo—.

Norbano había desplegado su ejército en la llanura al norte de Capua, con el monte Tifata a la espalda y los flancos abiertos.

Era la formación de un hombre que pretendía atacar: ancha, poco profunda, concebida para romper la línea.

El problema era que Norbano no debería haber atacado.

—No ha ocupado las alturas —dijo Lúculo junto a Sila.

—No.

—El monte Tifata domina toda su retaguardia. Si llevamos una cohorte hasta la cresta...

—Dos cohortes. Y sí.

Sila estaba en lo alto de una colina al sur de la llanura, estudiando el terreno.

Campania en verano: el calor reverberaba sobre los campos y el aire olía a hierba seca y al polvo que levantaba el ejército de Norbano al formar para la batalla.

El Tifata se alzaba como un gigante dormido en el borde septentrional de la llanura, con las laderas cubiertas de bosque y la cresta desnuda; en la cima, las columnas blancas de un templo de Diana brillaban bajo el calor del mediodía.

Norbano había ignorado la montaña. No había apostado guardias en la cresta, ni exploradores en el bosque, ni protección alguna para su retaguardia.

Era el error de un hombre que conocía las batallas por los libros y no por el terreno.

En la llanura, el ejército de Norbano tomaba posiciones.

Dos legiones, además de auxiliares itálicos.

Quizá quince mil hombres. En su mayoría reclutas recientes, reunidos a toda prisa durante los últimos meses: hijos de campesinos del Lacio y Campania que acababan de aprender a lanzar un pilum y que ahora debían enfrentarse a veteranos que habían asaltado Atenas y destruido el ejército de Arquelao.

Epícado estaba detrás de Sila, mirando la llanura.

Veía las formaciones, los bloques de escudos y cascos que iban encajando lentamente en orden de batalla, y detrás los estandartes que se mecían al viento.

No podía ver a los hombres dentro de aquellas formaciones porque estaban demasiado lejos, pero sabía lo que vería si se acercaba: rostros de hijos de campesinos de dieciocho, diecinueve, veinte años, cascos demasiado grandes, escudos demasiado pesados, ojos demasiado abiertos.

Hombres que dentro de tres horas estarían muertos porque un general no había ocupado las alturas.

No era un combate justo. Sila nunca había buscado un combate justo.

Había cubierto el trayecto desde Brundisium en doce días: más deprisa de lo que Norbano esperaba, más deprisa de lo que sus propios oficiales de estado mayor habían creído posible.

Las legiones habían atravesado Apulia y Campania a marchas forzadas, treinta millas al día, con los veteranos de Oriente a la cabeza y las tropas nuevas de Pompeyo en la retaguardia.

El tren de bagajes se había quedado atrás.

Metela y los niños viajaban con una columna separada, protegida, más lenta y más segura.

Sila no tenía tiempo para la seguridad. Necesitaba velocidad.

Había que derrotar a Norbano antes de que pudiera unirse a Escipión, y neutralizar a Escipión antes de que los samnitas llegaran desde el sur.

Tres enemigos; ninguno abrumador por sí solo, pero aplastantes juntos.

La única posibilidad de Sila era destruirlos uno a uno, más deprisa de lo que pudieran reaccionar.

Se volvió hacia sus oficiales. Lúculo, dos legados, Enobarbo. El viejo centurión seguía allí, cinco años después, después de Nola y Atenas y Queronea, más canoso, más lento, pero con unos ojos que leían un campo de batalla como otros hombres leían un texto.

—Enobarbo. Toma la tercera y la quinta cohortes y rodea la montaña. Por el norte. Quiero que estés en la cresta antes de que Norbano se dé cuenta de que estás allí. Cuando llegues arriba, espera mi señal de trompa. A tres toques, bajas. Directo contra su retaguardia.

Enobarbo asintió. Sin preguntas. Un buen centurión no preguntaba por qué.

Preguntaba cuándo. Se dio la vuelta y Epícado lo vio bajar por la colina: la espalda ancha, los hombros encorvados, la vara de vid al cinto.

Cinco años durante los cuales aquel hombre había cumplido todas las órdenes de Sila sin vacilar, sin quejarse y sin preguntar nunca si la orden era correcta.

Epícado pensó en el túnel bajo Atenas, en el zapador sepultado al que Enobarbo había desenterrado con las manos desnudas.

En los hombres de Queronea sobre el Turio, a los que Enobarbo había conducido contra la retaguardia de la posición póntica.

Ahora el Tifata. Otra montaña. Otro ataque desde arriba.

Enobarbo era el hombre al que Sila enviaba cuando había que ocupar una montaña, y Epícado se preguntó si alguna vez se cansaba de subir montañas.

—Lúculo. Tú mandas el ala izquierda. Mantén la línea, no provoques un ataque. Quiero que Norbano se concentre en ti.

—Una distracción.

—Exacto. Necesito una hora. Una hora para que Enobarbo llegue arriba. Durante esa hora no puedes retroceder ni avanzar un solo paso. Mantenlo sujeto.

—¿Y tú?

—Yo tomaré el ala derecha y daré el golpe.

La batalla comenzó poco después del mediodía.

Sila había dispuesto sus líneas: el ala izquierda, bajo Lúculo, adelantada como cebo; el ala derecha, contenida; la caballería, en el flanco. Norbano vio el ala izquierda adelantada, lo interpretó como un ataque y lanzó contra ella sus mejores cohortes. Era la reacción natural. Y la equivocada.

Lúculo aguantó. Sus veteranos permanecieron como piedras.

Los reclutas de Norbano chocaban contra el muro de escudos y rebotaban, volvían a cargar y volvían a rebotar, y cada vez quedaban más tendidos en el suelo, y quienes seguían en pie estaban un poco más cansados, un poco más lentos, un poco menos seguros.

Lúculo no cedió un palmo. Se mantenía detrás de sus filas y hablaba con una voz tan tranquila como si estuviera dictando una carta: Aguantad. Aguantad. Todavía no. Aguantad.

Una hora. Sesenta minutos interminables durante los cuales el sol abrasaba los cascos, el polvo se pegaba a las gargantas y el choque del hierro contra la madera marcaba el ritmo del día.

Norbano arrojó sus reservas contra la línea de Lúculo, una cohorte tras otra, y cada cohorte rebotaba y dejaba muertos atrás, y Norbano no entendía por qué la línea resistía porque jamás había luchado contra veteranos que hubieran roto la falange de Arquelao.

Entonces sonaron los tres toques de trompa.

Enobarbo apareció sobre la cresta del Tifata como un espectro.

Dos cohortes, mil hombres que habían ocupado la montaña sin que los exploradores de Norbano se dieran cuenta, porque Norbano no había enviado exploradores a la montaña, porque la había ignorado, porque creía que la batalla se decidiría en la llanura.

Las cohortes se precipitaron ladera abajo, directamente contra la retaguardia de Norbano.

El efecto fue devastador. Los reclutas de Norbano, que llevaban una hora estrellándose contra el muro de escudos de Lúculo y estaban ya al borde del agotamiento, oyeron los gritos a su espalda, se volvieron y vieron a mil veteranos bajar corriendo de la montaña, las espadas desenvainadas, los rostros ocultos tras los cascos. Los reclutas se quebraron.

No de inmediato. Una cohorte resistió: milicia campana, hombres de más edad que habían servido en la guerra Social y sabían lo que significaba el pánico.

Formaron un erizo, espalda contra espalda, escudos hacia fuera, y detuvieron el ataque de Enobarbo.

Cinco minutos. Diez. Después el erizo fue arrollado y los últimos defensores desaparecieron como una roca cubierta por la marea.

En ese momento Sila avanzó con el ala derecha.

Había esperado, paciente, inmóvil, mientras Lúculo resistía y Enobarbo ascendía.

Ahora, cuando la retaguardia de Norbano se abrió y el pánico empezó a correr como fuego por las filas marianas, Sila lanzó a sus veteranos contra la brecha que se había abierto entre el centro de Norbano y su flanco izquierdo.

El golpe cayó sobre un ejército que ya se estaba desmoronando y convirtió la retirada en una desbandada.

Norbano huyó. Logró refugiarse con un puñado de jinetes en Capua y cerró las puertas. Su ejército había dejado de existir: los muertos cubrían el campo, los supervivientes arrojaban las armas y corrían hacia el norte, hacia el sur, en cualquier dirección que los alejara del campo de batalla.

Sila los dejó marchar.

Al anochecer estaba en la cresta del Tifata, contemplando la llanura.

El campo de batalla se extendía bajo él como un mapa del horror: los muertos, los heridos, las armas abandonadas, los estandartes rotos.

El campamento de Norbano, que sus legionarios ya estaban saqueando.

El camino hacia Capua, por el que desaparecían los últimos fugitivos.

El humo suspendido sobre la llanura, aunque nada ardía: era polvo levantado por miles de pies, que descendía lentamente, capa tras capa, sobre los muertos y los vivos y la diferencia entre unos y otros.

Lúculo subió por la pendiente. Estaba exhausto. Aquella hora de resistencia le había costado más de lo que admitiría. Su armadura estaba abollada, había perdido la cimera del casco y en la mano izquierda llevaba sangre que no era suya.

—Norbano está en Capua —dijo—. Tras las puertas cerradas. ¿Qué hacemos?

—Lo dejamos. Capua es una fortaleza. Un asedio costaría meses que no tengo.

—Entonces seguimos hacia el norte. Escipión.

—Escipión.

Escipión era otro problema.

El cónsul Lucio Cornelio Escipión Asiático estaba con su ejército cerca de Teanum Sidicinum, cincuenta millas al norte, esperando noticias de Norbano. Las noticias que recibiría serían malas. Sila quería llegar antes de que Escipión tuviera tiempo de asimilarlas.