12 Puerto de Brundisium #2
Pompeyo resplandeció. Una expresión que le iluminó el rostro entero: orgullo, alivio, la alegría desnuda de un joven que acababa de recibir el reconocimiento que deseaba desde la muerte de su padre.
Durante un instante, breve pero auténtico, no fue un general ni un estratega, sino un muchacho al que le habían hecho un regalo.
Los legionarios de la guardia de honor golpearon los puños contra los escudos. Los oficiales de Pompeyo vitorearon. Sila sonrió: la sonrisa contenida y breve de un hombre que sabe exactamente qué está haciendo y por qué.
Después se volvió y regresó al cuartel general. Epícado, que había estado observando desde detrás de la puerta, lo siguió.
En la sombra del pasillo, donde nadie podía oírlos, Sila se detuvo.
—Epícado.
—Sí.
—No olvides a este hombre.
—Ya lo recuerdo. De Roma. Me lo dijiste entonces.
—Pues recuérdalo dos veces. Tiene veintitrés años, tres legiones y se ilumina cuando lo elogian. Es valiente, ambicioso y está dispuesto a hacer lo que haga falta. Eso lo convierte en el mejor aliado que tengo. Y en el enemigo más peligroso que podría llegar a tener.
—Está de tu lado.
—Hoy. Mañana. La semana que viene. ¿Pero dentro de cinco años? ¿De diez? Pompeyo está del lado de Pompeyo. Permanecerá en el mío mientras le resulte útil. Ni un día más.
Epícado miró a Sila. El cónsul —el antiguo cónsul, el proscrito, el general sin Estado— estaba en el pasillo de un edificio portuario hablando de un aliado que acababa de duplicar el tamaño de su ejército como si fuera un problema y no un regalo.
—No digas eso en voz alta —dijo Epícado.
—¿Por qué no?
—Porque tiene tres legiones y lo necesitas.
Sila se echó a reír. Fue una risa auténtica, breve y seca, con el matiz que Epícado ya conocía: el tono de un hombre que disfrutaba de la ironía de su situación incluso cuando debería haberle dado miedo.
—Esa es la diferencia entre un estadista y un soldado, Epícado. Un soldado necesita aliados y confía en ellos. Un estadista los necesita y no se fía de ellos. Y yo ya no soy soldado.
En los días que siguieron a su llegada, el ejército de Sila se multiplicó.
Llegaron, como Lúculo había predicho: los proscritos, los expulsados, los oportunistas.
Metelo Pío apareció, un aristócrata de la vieja escuela, con las sienes grises y los modales impecables de un hombre que había estado en el bando perdedor de la guerra civil y por ello había pasado el exilio en África.
Traía tropas y experiencia, ambas escasas, ambas bienvenidas.
Craso llegó desde Hispania, más joven que Metelo, pero más corpulento, más compacto, con la mirada alerta de un hombre que había aprendido a ganar dinero y había trasladado esa habilidad al oficio de la guerra.
Craso traía menos soldados que Pompeyo, pero más oro, y en una guerra que podía durar dos años el oro era a veces más importante que las legiones.
Sila los recibió a todos. Recibió a los senadores que habían huido de Roma y ahora regresaban, pálidos y delgados, con las togas desgarradas y los ojos de hombres que habían visto demasiado.
Recibió a los oficiales que llevaban escondidos desde el golpe de Cinna y ahora salían de sus escondites.
Recibió a los comerciantes que ofrecían dinero, a los campesinos que traían grano y a los hijos de senadores muertos que se presentaban voluntarios porque el nombre de su padre había figurado en una lista y querían vengarlo.
Sila los recibió a todos, los observó y supo una cosa: ninguno estaba allí por lealtad.
Metelo estaba allí porque la guerra civil le había arrebatado lo que le correspondía.
Craso estaba allí porque la guerra civil era un negocio y quería invertir en el bando que prometía beneficios.
Pompeyo estaba allí porque la guerra civil le ofrecía un escenario al que, de otro modo, habría tardado veinte años en subir.
Y los cientos de hombres sin nombre —los proscritos, los expulsados, los hijos— estaban allí porque no tenían adónde ir.
La lealtad era un lujo. En una guerra civil solo existían intereses.
Sila lo comprendía. Nunca había creído en la lealtad: ni en la de los políticos, ni en la de los soldados, ni siquiera en la suya propia. Creía en el miedo, en la codicia y en Fortuna. Los dos primeros podía utilizarlos. A la tercera la veneraba.
Epícado observó a los nuevos aliados y pensó en Papio, que llevaba siete años marchando al lado de Sila sin haber pedido nunca rango ni botín.
Papio era leal. Enobarbo era leal. Los veteranos de las primeras cinco legiones, los hombres que habían cavado en Nola, asaltado Atenas y sangrado en Queronea, eran leales de la manera silenciosa y sin pretensiones de quienes siguen a un general porque él los conoce y ellos lo conocen a él.
Pompeyo no conocía a Sila. Craso no lo conocía.
Metelo conocía la idea de Sila —el general, el senador, el defensor del partido senatorial—, pero no al hombre que por las noches sostenía entre las manos la estatuilla de Fortuna y hablaba con una diosa que no le respondía.
La diferencia entre los viejos aliados y los nuevos era la diferencia entre el amor y los negocios. Sila necesitaba ambas cosas. Pero no las confundía.
Al séptimo día del desembarco, Sila convocó un consejo de guerra.
Lo celebró al aire libre, en el patio de la comandancia del puerto, porque no había ninguna estancia en Brundisium lo bastante grande para todos los oficiales que se habían incorporado ya a su ejército.
Sila se situó sobre un muro bajo que delimitaba el patio y miró a los reunidos: sus legados, los centuriones, los nuevos aliados, quizá un centenar de hombres en total, esperando en silencio.
—Partiremos dentro de tres días —dijo Sila—. Hacia el norte, por la Vía Apia, atravesando Campania. Norbano está al norte de Capua y nos espera. Escipión tiene un segundo ejército junto a Teanum. Al sur se movilizan los samnitas. Somos inferiores en número. De momento. Eso cambiará.
Habló durante diez minutos. Sin retórica, sin metáforas, sin apelaciones al honor o a la gloria.
Cifras, rutas, calendarios. Sila hablaba a sus oficiales como un constructor a sus capataces: con sobriedad, con precisión, con la autoridad natural de un hombre que no necesita convencer porque los hechos hablan por sí solos.
Pompeyo estaba en primera fila, escuchando.
Su expresión era seria y concentrada. Tomaba notas en una tablilla de cera.
Craso estaba a su lado, con los brazos cruzados, analizando evidentemente la logística.
Metelo permanecía algo más atrás, erguido y silencioso, con el rostro de un hombre que había librado guerras cuando Pompeyo y Craso todavía eran niños y que ahora se subordinaba a un general más joven porque los tiempos lo exigían.
—Una cosa más —dijo Sila al final.
Dejó que su mirada recorriera la asamblea.
—No estoy haciendo una campaña de venganza.
Quien se rinda será perdonado. Quien cambie de bando será aceptado.
Quien luche contra mí será derrotado. Pero no mataremos prisioneros, no saquearemos ciudades y no incendiaremos poblaciones itálicas.
Esta guerra no es una guerra contra Italia.
Es una guerra contra los hombres que han robado Roma.
Hizo una pausa.
—¿Está claro?
Cien voces a la vez:
—Entendido, cónsul.
Sila bajó del muro. La reunión se disolvió. Los oficiales empezaron a hablar en pequeños grupos, los centuriones regresaron con sus cohortes, se enviaron mensajeros. La maquinaria de la guerra se puso en movimiento.
Epícado, que había permanecido sentado en un extremo del patio tomando acta, vio acercarse a Sila. El general pasó junto a él sin mirarlo, camino de sus aposentos. Después se detuvo y se volvió a medias.
—Epícado.
—Sí.
—¿Has anotado lo que he dicho sobre los prisioneros y las ciudades?
—Palabra por palabra.
—Bien. Guárdalo.
Siguió andando. Epícado lo vio alejarse y pensó en la carta a Pompeyo Rufo, años atrás en Nola: la carta que no había sido escrita para su destinatario, sino para la posteridad.
Sila volvía a planear. Hablaba en público de clemencia, y quizá incluso lo decía en serio.
Pero hacía que quedara por escrito porque sabía que la clemencia tenía fecha de caducidad y que, cuando esa fecha llegara, alguien necesitaría el documento que demostraba que una vez había querido actuar de otro modo.
Epícado escribía. Lo anotaba todo. Y se preguntaba cuánto duraría la clemencia.
Tres días. Entonces comenzó la marcha. Y al final de aquella marcha esperaba Roma, por segunda vez en cinco años.
La primera vez, Sila había tomado la ciudad y después la había soltado.
La segunda, Epícado lo sabía, no la soltaría.