12 Puerto de Brundisium
PUERTO DE brUNDISIUM
Italia olía de un modo distinto a como Sila la recordaba.
No era un olor concreto, ninguna nota aislada que hubiera podido nombrar.
Era la suma de todas: la arcilla húmeda de la llanura campana, el tomillo de las colinas, el humo de las granjas diseminadas a lo largo de la carretera costera.
Era el olor de casa, y golpeó a Sila con una fuerza que lo sorprendió, porque había creído que dos años en Oriente lo habrían endurecido contra aquello.
Estaba de pie sobre el muelle de Brundisium viendo desembarcar a sus legiones.
Cinco legiones, veinticinco mil hombres, formando una columna que ascendía desde el puerto por la carretera y desaparecía tierra adentro.
Además estaba el tesoro de guerra: oro póntico que las ciudades de Mitrídates habían pagado como indemnización, guardado en cofres bajo fuerte vigilancia, suficiente para financiar un ejército durante dos años.
Y la flota: treinta transportes más los setenta buques de guerra del tratado de Dárdano, ahora fondeados bajo bandera romana y ocupando tanto espacio en la dársena que apenas podía pasar una barca de pesca.
Epícado estaba detrás de Sila, en el muelle, y veía lo mismo y veía otra cosa.
Veía a los legionarios cruzar por las pasarelas y observaba sus rostros: el alivio tras semanas en el mar, pero también algo más duro, más cerrado, la expresión de hombres que sabían que la tierra que pisaban era la suya y que la siguiente batalla sería contra sus propios compatriotas.
Algunos legionarios se arrodillaban al llegar al muelle y tocaban el suelo, un gesto que hizo pensar a Epícado en los marineros griegos que besaban la playa después de una travesía.
Otros seguían andando en silencio, con la vista al frente, como si el desembarco fuera una orden de marcha y no un regreso a casa.
Un legionario de la tercera cohorte —un muchacho al que Epícado conocía de vista, Tiberio se llamaba, o Tercio, hijo de un campesino de la Sabina— se detuvo sobre la pasarela y miró alrededor.
Vio el puerto, la ciudad, las colinas de detrás, y su expresión cambió, y Epícado comprendió: aquel hombre llevaba dos años luchando, durmiendo y matando en suelo griego y ahora estaba en suelo itálico y descubría que nada había cambiado y que todo había cambiado.
Era una fuerza capaz de arrollar a cualquier adversario en Italia. El problema era que Sila no sabía quién era el adversario.
Las noticias de Roma eran contradictorias.
Cinna estaba muerto. Eso era seguro. Lo habían asesinado el año anterior en Ancona sus propios soldados amotinados, que no tenían ninguna intención de dejarse embarcar hacia Grecia para luchar contra Sila.
La muerte de Cinna había sumido al bando mariano en un caos del que hasta entonces no había surgido ningún líder indiscutible.
Los cónsules actuales, Lucio Cornelio Escipión Asiático y Cayo Norbano, eran moderados, no fanáticos; hombres obligados a combatir contra Sila porque el Senado así lo exigía y que habrían preferido evitar la guerra de haber existido una alternativa honorable.
No existía ninguna alternativa. Sila había sido declarado enemigo del Estado. Sus leyes habían sido anuladas, sus bienes confiscados, sus partidarios perseguidos. Cualquier regreso a Italia equivalía a una declaración de guerra. Y Sila había regresado.
Había reunido a su estado mayor al amanecer —Lúculo, los legados, los centuriones de la primera cohorte— y había repasado la situación.
La información procedía de agentes que Sila había dejado en Italia durante sus dos años en Oriente: hombres en las ciudades portuarias, en las poblaciones del interior y en los círculos cercanos al Senado, hombres que observaban, informaban y esperaban el día en que regresara quien les pagaba.
—Norbano ha reunido un ejército —informó Lúculo, que había ordenado y resumido los informes—.
Dos legiones, más aliados itálicos. Posición: Campania, al norte de Capua.
Escipión tiene un segundo ejército, más pequeño, cerca de Teanum.
La calidad es dudosa: reclutas, milicias, tropas reunidas a toda prisa durante los últimos meses. Ningún veterano.
—¿Y los samnitas?
—Se están movilizando. Tienen tropas propias, independientes de los cónsules. Los samnitas no luchan por Norbano ni por Escipión. Luchan contra ti.
Sila asintió. Los samnitas. El problema más antiguo de la historia romana: un pueblo orgulloso de las montañas que nunca había aceptado del todo el dominio romano y que había sufrido su derrota más amarga en la guerra Social precisamente a manos de Sila.
Para los samnitas, la guerra civil era una oportunidad.
Si Sila caía, también caerían los tratados que los habían encadenado.
—Bien —dijo Sila—. ¿Qué hay de los desertores?
Lúculo sonrió. La sonrisa le llegó a los ojos, algo poco frecuente en él.
—Están viniendo. De todas partes. Senadores aislados, oficiales, pequeños propietarios. Los proscritos que llevan escondidos desde el golpe de Cinna. Y unos cuantos que nunca fueron proscritos pero que ahora saben por qué lado sale el sol.
—¿Nombres?
—Quinto Cecilio Metelo Pío. Ha regresado de África y trae un ejército propio. Marco Licinio Craso, también con tropas; reclutó a sus hombres en Hispania. Y...
Lúculo vaciló. Sila lo miró.
—¿Y?
—Cneo Pompeyo. El hijo de Pompeyo Estrabón.
Sila recordaba al muchacho.
Recordaba la Curia de Roma, cinco años atrás, y al joven silencioso que lo observaba desde detrás de una columna. Diecisiete años, quizá dieciocho entonces. Hombros anchos. Postura erguida. La mirada de un hombre que contempla el mundo y decide que le pertenece.
—¿Qué tiene? —preguntó Sila.
—Tres legiones. Reclutadas entre los veteranos de su padre en Piceno. Por su cuenta, por iniciativa propia. Ha derrotado a los mandos marianos de Piceno, a los tres, y se ha abierto camino hasta aquí por la fuerza. Tiene veintitrés años.
Sila guardó silencio. Veintitrés años, tres legiones reclutadas por él mismo y financiadas por su cuenta. A esa edad, Sila vivía en una casa de alquiler de la Subura y no sabía cómo iba a pagar la renta del mes siguiente.
—¿Cuándo llega?
—Hoy. Ha enviado mensajeros por delante. Solicita una audiencia.
Sila se puso en pie. Fue hasta la ventana de sus aposentos —una sala de la comandancia del puerto de Brundisium que había requisado como cuartel general— y miró hacia el puerto. Los barcos. Las legiones. Los cofres de oro póntico.
—Prepara una recepción —dijo—. Oficial. Con todos los honores. Guardia de honor, lictores, todo.
Lúculo alzó una ceja.
—¿Para un hombre de veintitrés años que no ocupa ningún cargo?
—Para un hombre que manda tres legiones y se pone voluntariamente de mi lado. Eso merece respeto.
—O es una trampa.
—No es una trampa. Es cálculo. Pompeyo sabe que voy a ganar y quiere estar en el bando correcto cuando se reparta el botín. Eso no lo hace poco fiable. Lo hace previsible. Y los aliados previsibles son los mejores.
Pompeyo llegó por la tarde.
Epícado lo oyó antes de verlo: el golpeteo de los cascos de una columna de caballería en la carretera del norte, el chirrido de las ruedas de los carros, las voces de la vanguardia hablando con los centinelas de la puerta de la ciudad.
Después apareció la columna. Al frente, un semental negro; detrás, una docena de oficiales con armaduras bruñidas; y luego el águila.
No una: tres. Tres águilas legionarias que relucían bajo la luz de la tarde y decían: este hombre no viene a pedir. Este hombre trae un ejército.
Sila lo recibió delante del cuartel general, en la plaza de la comandancia del puerto, rodeado de sus lictores, sus legados y una guardia de honor de la primera cohorte.
Los legionarios formaban dos filas, con los pila erguidos y los escudos al costado, y Pompeyo entró a caballo entre ambas sobre el semental negro, seguido por sus oficiales y por el signifer que portaba el águila de su primera legión.
El joven había cambiado. Ya no era el observador silencioso de la Curia.
Había crecido, se había ensanchado y su rostro había perdido la blandura de la juventud, sustituida por algo más duro.
Llevaba una armadura que parecía más cara de lo que un hombre de su edad debería poder permitirse: bronce pulido con herrajes de plata y una capa roja que ondeaba al viento.
Cabalgaba como un hombre acostumbrado a que otros lo siguieran.
Epícado lo observaba desde la entrada de la comandancia.
Vio a Pompeyo desmontar —un único movimiento fluido que parecía ensayado y probablemente lo estaba, porque Pompeyo era el tipo de hombre que entendía incluso el acto de bajar de un caballo como una puesta en escena—.
Lo vio avanzar hacia Sila, erguido, con los hombros rectos, detenerse a tres pasos y saludar: el puño contra el pecho, el saludo militar correcto.
Y vio lo que los demás no vieron: la fracción de segundo en que la mirada de Pompeyo recorrió el rostro de Sila, las sienes blancas, las mejillas hundidas, la piel inflamada del cuello, y algo brilló en los ojos de Pompeyo que Epícado reconoció.
Era el cálculo de un hombre que evalúa la fuerza de su aliado y al mismo tiempo registra su debilidad.
Sila lo examinó. Cinco latidos. Diez. El silencio de la plaza era absoluto. Pompeyo sostuvo la mirada sin parpadear.
Entonces Sila hizo algo que nadie esperaba.
Dio un paso hacia él, apoyó una mano en el hombro de Pompeyo y dijo, lo bastante alto para que lo oyera toda la guardia de honor:
—Bienvenido, imperator.
Imperator. El título honorífico que un ejército concedía a su general victorioso. Un título al que aspiraban senadores después de décadas de servicio y que le sentaba a un hombre de veintitrés años sin cargo como una toga consular a un muchacho de la calle.