Sila: El favorito de Fortuna 11 Campamento de Sila ante Atenas
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11 Campamento de Sila ante Atenas

CAMPAMENTO DE SILA ANTE ATENAS

En noviembre llegó el primero: un senador llamado Cayo Vergilio que había conseguido cruzar desde Brundisium en un barco mercante y llegó sin nada más que su toga desgarrada y una historia que no dejó en paz a Epícado durante tres días.

Vergilio estaba delgado; tenía el rostro tan hundido que las cuencas de los ojos parecían dos agujeros oscuros en una calavera.

Hablaba en voz baja, monótona, con la cadencia uniforme de un hombre que había vivido algo demasiado grande para su capacidad de ponerlo en palabras.

Sila lo recibió en el campamento ante las murallas de Atenas, en el cuartel general provisional que había instalado en una villa de campo requisada. Epícado permanecía sentado en su rincón, tomando nota.

—Cuéntamelo —dijo Sila.

Vergilio se lo contó.

Cinna había tomado Roma en el otoño del 87.

Se había aliado con Mario, que había regresado de su exilio africano: un anciano envejecido más allá de sus años, consumido, con la mirada de un perro al que han golpeado durante demasiado tiempo y que por fin quiere devolver el mordisco.

Juntos habían reunido tropas: las legiones de Cinna procedentes de Campania, los veteranos de Mario que habían salido de su retiro y un ejército de aliados itálicos que seguían esperando la ciudadanía que Roma les había prometido y no les había concedido.

La ciudad no había resistido mucho. El cónsul Octavio, encargado de defender Roma para el partido senatorial, no tenía suficientes tropas ni suficiente determinación.

Las murallas no fueron asaltadas: Cinna y Mario entraron porque nadie los detuvo.

Octavio se sentó en su silla curul en el Foro, vestido con todas las insignias de su cargo, y esperó a la muerte, que llegó puntual: un soldado le cortó la cabeza y se la llevó a Mario.

Después empezaron los asesinatos.

Vergilio hablaba. Sila escuchaba. Epícado escribía.

Había sido Mario quien había ordenado las matanzas.

Cinna, el más inteligente de los dos, había prometido moderación.

Había garantizado la seguridad de los senadores que se quedaron.

Había declarado públicamente que no habría represalias.

Mario no había prometido nada parecido. Mario había guardado silencio, y su silencio había sido más terrible que cualquier amenaza, porque todos en Roma sabían lo que esperaba detrás de él.

Al segundo día de la toma, Mario había soltado una banda por la ciudad: libertos que había recogido durante la marcha desde África, armados con espadas y con licencia para matar a cualquiera cuyo nombre les diera Mario.

La banda recorría las calles y mataba de forma sistemática.

No necesitaba listas. Mario conocía por su nombre a sus enemigos, y cuando pronunciaba uno y asentía al mismo tiempo, aquello era una sentencia de muerte.

Si saludaba a un hombre y este le devolvía el saludo pero Mario no respondía, también era una sentencia de muerte.

Los senadores que se aventuraban a salir a la calle empezaron a saludar a Mario y a leer su destino en la reacción del anciano.

Quien no recibía respuesta corría a casa y hacía las maletas, si era inteligente.

La mayoría no lo era lo bastante. El senador Publio Cornelio Léntulo había saludado a Mario en el Foro con la cortesía exagerada de un hombre que teme por su vida.

Mario lo había mirado, había vuelto la cabeza y había seguido andando.

Aquella noche apuñalaron a Léntulo en su propio atrio, ante los ojos de sus esclavos, atados en el suelo y obligados a mirar.

Otro senador, Quinto Ancario, un anciano que conocía personalmente a Mario y que había creído que aquella relación lo protegería, le había tendido la mano en la calle.

Mario no la tomó. Miró a Ancario sin decir palabra, y a la mañana siguiente la banda encontró al anciano delante de su casa.

Los vecinos no habían oído nada. O eso dijeron, que venía a ser lo mismo.

Las cabezas acababan en la tribuna de los oradores.

Los Rostra, el lugar más venerable de la República, donde el padre y el abuelo de Cicerón habían escuchado a los oradores, eran ahora una exposición del horror.

Vergilio las había contado antes de huir: catorce cabezas en un solo día.

Entre ellas, la del cónsul Octavio. Entre ellas, la del orador Marco Antonio, cuya cabeza Mario había ordenado llevar a su mesa para contemplarla mientras cenaba.

—Miraba la cabeza —dijo Vergilio. Su mirada estaba vacía—. Mientras comía. La miraba y se reía. Después mandó que se la llevaran y siguió cenando.

Sila permaneció sentado a la mesa sin moverse.

Su rostro no expresaba nada. Epícado, que lo observaba, vio el mínimo movimiento de su mandíbula, la tensión de unos músculos que ya conocía.

Sila estaba furioso. Pero la furia permanecía oculta, enterrada bajo la máscara de piedra que se ponía cuando el mundo le mostraba cosas ante las que él no podía mostrar nada.

—Sigue —dijo Sila.

Vergilio continuó.

Las matanzas habían durado cinco días.

Cinco días durante los cuales la banda de Mario había recorrido Roma matando: en las calles, en las casas, en los templos.

Los cadáveres no se enterraban; permanecían donde habían caído hasta que llegaban los perros.

El Tíber se había vuelto rojo, decían los supervivientes, aunque Epícado dudaba de que fuera literalmente cierto.

Pero había suficientes cadáveres en el río como para que resultara verosímil.

Finalmente Cinna había puesto fin a la matanza.

Había enviado contra los asesinos a sus propias tropas, más disciplinadas que la banda de Mario, y había ordenado que los apresaran.

A la mayoría los ejecutaron. Fue una decisión fría y pragmática: Cinna necesitaba restablecer el orden para poder gobernar.

Mario se volvió más silencioso después. No más pacífico: más silencioso.

Como si la venganza lo hubiera agotado sin llegar a saciarlo.

En enero del 86, Cinna y Mario se habían hecho elegir cónsules: el primero para su segundo mandato, el segundo para el séptimo.

Diecisiete días después, Mario estaba muerto.

Durante sus últimas noches había delirado, luchado contra enemigos que no existían, hablado con las paredes y llamado a personas que llevaban años muertas.

Vergilio terminó su relato. Se quedó sentado en la silla, en silencio, y el silencio que siguió a su historia fue el silencio de una habitación vacía de la que se hubiera escapado todo el aire.

Sila también guardó silencio. Mucho tiempo. Después preguntó:

—¿Mi casa?

—Quemada. Al tercer día. Cinna ordenó la confiscación. Los hombres de Mario se encargaron del resto.

—¿Mi mujer?

—Huyó. Antes de que quemaran la casa. No sé adónde. Se decía que había ido al sur, con unos parientes en Campania. Pero nadie lo sabe con certeza.

Sila asintió. Asintió como un hombre que da por recibida una factura que ya esperaba. Después se levantó, fue hasta la ventana y miró el campamento extendido ante las murallas de Atenas: las tiendas, los fuegos, las murallas tras las que Aristión se sentaba y dejaba morir de hambre a la ciudad.

—¿Cuántos muertos? —preguntó—. En Roma.

—Cien. Quizá más. Senadores, caballeros, partidarios tuyos, cónsul. Todos los que no consiguieron esconderse a tiempo.

Sila no se volvió. Permaneció junto a la ventana mirando hacia el oeste, aunque no había nada que ver salvo las murallas de una ciudad sitiada y, por encima de ellas, un cielo del color de la ceniza.

Epícado miró las manos de Sila. La derecha descansaba sobre el alféizar, con los dedos abiertos y los nudillos blancos. La izquierda colgaba junto al cuerpo y se cerraba y se abría, se cerraba y se abría, con un ritmo semejante al pulso de un animal que se prepara para saltar.

Durante las semanas siguientes llegaron más refugiados.

Llegaban solos y en grupos pequeños: senadores, caballeros, hombres de negocios, oficiales que habían servido a las órdenes de Sila y cuyos nombres figuraban en las listas de enemigos de Cinna.

Traían historias que se parecían unas a otras como monedas acuñadas con el mismo troquel: los asesinatos, las cabezas en los Rostra, los saqueos, la arbitrariedad.

Cada historia añadía al cuadro un detalle que lo hacía un poco peor.

Los refugiados cambiaron el campamento. Epícado lo percibía: el aire parecía más denso, el ánimo se oscurecía, como si las historias de Roma hubieran extendido sobre las tiendas una sombra que no desaparecía.

Los legionarios llevaban meses hundidos en el barro ante Atenas y estaban hartos de esperar.

Ahora tenían un motivo nuevo para estar furiosos.

Oían los relatos. Oían que habían confiscado sus casas, que amenazaban a sus familias, que sus propiedades habían sido repartidas entre los partidarios de Cinna.

Oían que hombres a los que conocían —vecinos, compañeros, amigos— estaban expuestos como cabezas en la tribuna de los oradores.

Y la ira que hasta entonces se había dirigido contra las murallas de Aristión se volvió hacia el oeste, hacia Roma.

Papio fue una noche a la tienda de Epícado. Se sentó en el suelo frente a la entrada, con la vara de vid cruzada sobre las rodillas, y no dijo nada. Se quedó allí, Epícado se sentó a su lado, y durante una hora ninguno de los dos habló. Después Papio dijo:

—Mi hermano no me ha escrito. Tres meses sin una carta.

Epícado no respondió. No podía. Todas las frases que se le ocurrían —el correo tarda, puede que la carta se haya perdido, seguramente tu hermano está a salvo— habrían sido mentiras, y Papio no merecía mentiras.

—Cuatro hijos —dijo Papio—. El mayor tiene nueve años. Se llama Marco. Como mi padre.

Después se levantó y regresó con su cohorte. Epícado lo vio alejarse y escribió el nombre Marco en su tablilla privada, porque un nombre escrito desaparecía con más dificultad que uno que solo existía en la memoria.