10 Dárdano, costa de Asia Menor
DÁRDANO, COSTA DE ASIA MENOR
Tres días hasta Dárdano. Tres días en barco, bordeando la costa de Beocia y atravesando el Egeo, entre islas suspendidas en la bruma y tan hermosas que por momentos Epícado olvidaba adónde iban y por qué.
Sila había aprovechado el tiempo para leer informes: noticias llegadas de Roma a través de Rodas, todas malas.
Cinna gobernaba. Los partidarios de Sila eran perseguidos.
Se desconocía el paradero de Metela. La casa del Palatino había sido confiscada.
Entre informe e informe, Sila dictaba. No dictaba una carta ni una orden, sino notas: párrafos breves y secos que Epícado anotaba en tablillas de cera y que se leían como los pensamientos de un hombre que planea una partida de ajedrez.
Mitrídates: agotado, pero no vencido. Arquelao ha escapado, ejército destruido. Orcómeno fue la confirmación.
Orcómeno. La segunda batalla, pocas semanas después de Queronea, en la misma llanura, contra un segundo ejército póntico que Arquelao había traído desde el norte.
Epícado no la había visto —se había quedado en Atenas, entre los muertos y los supervivientes—, pero había leído los informes.
Sila había elegido por segunda vez la llanura junto al Cefiso, había cavado las mismas zanjas y aplicado la misma táctica.
Y cuando sus legionarios retrocedieron ante la superioridad numérica póntica, Sila lanzó su caballo contra las filas que huían, desmontó, arrancó del suelo el estandarte de la quinta cohorte y lo alzó frente a los fugitivos mientras gritaba: Si queréis huir, huid.
Pero decidle a la gente que abandonasteis a vuestro general en Orcómeno.
Los legionarios se habían dado la vuelta. Habían regresado. La línea había resistido. Orcómeno se había convertido en una victoria, más sangrienta que Queronea, más completa, definitiva. El segundo ejército de Arquelao había dejado de existir.
Ahora, tres meses después, Sila estaba sentado en un barco rumbo a Dárdano para firmar la paz con el hombre cuyos ejércitos había destruido dos veces. Era el tipo de ironía que Sila disfrutaba.
La tienda en la que iban a repartirse de nuevo el mundo olía a madera de cedro y al sudor de hombres que no se fiaban unos de otros.
Sila estaba sentado a la derecha de la mesa y observó entrar a Mitrídates VI del Ponto.
El rey avanzaba despacio, casi con parsimonia, como si dispusiera de todo el tiempo del mundo.
Y quizá así fuera, porque era él quien decidía cuándo comenzaba aquella reunión.
Sila había elegido dónde. Mitrídates elegía cuándo.
Era la primera jugada de una partida que ambos dominaban.
Mitrídates era más alto de lo que Sila había esperado.
Le sacaba media cabeza, era ancho de hombros y tenía el cuello poderoso de un hombre habituado a la lucha cuerpo a cuerpo, una tradición póntica que Mitrídates cultivaba como otros reyes cultivaban la caza.
Tenía el rostro ancho, la nariz fuerte y unos ojos oscuros y atentos bajo unas cejas pobladas.
Llevaba una clámide púrpura sobre una armadura adornada con oro, hecha más para impresionar que para combatir.
Del cinturón le colgaba una espada con empuñadura de marfil que probablemente costaba más que todo un campamento legionario.
Sila llevaba su vieja armadura de campaña. No se había cambiado.
Tras Mitrídates entraron tres consejeros, griegos a juzgar por la ropa y los modales. Intérpretes, escribas, testigos. Detrás de Sila estaban Lúculo y dos legados. Y entre ambas delegaciones, sentado en un taburete en uno de los extremos de la mesa, se encontraba Epícado.
Había sido Sila quien había elegido a Epícado como intérprete.
La decisión había suscitado dudas. Lúculo hablaba griego con fluidez y habría sido la elección evidente.
Pero Sila quería tener a Lúculo a su lado como consejero, no como traductor.
Y quería a Epícado en la mesa porque Epícado sabía hacer algo que Lúculo no sabía: escuchar lo que no se decía.
Las pausas, los énfasis, los cambios minúsculos en la voz de un hombre que negociaba en una lengua que no era la suya. Epícado lo oía todo, y Sila lo sabía.
Epícado había protestado. Era escriba, no diplomático. Nunca en su vida se había sentado a una mesa donde reyes y cónsules negociaran las fronteras de imperios. Sila lo había mirado y le había dicho: No tienes que negociar. Tienes que traducir. Y después tienes que decirme si miente.
Así que Epícado estaba sentado en su taburete, con la tablilla de cera sobre las rodillas y el estilo en la mano, intentando que no se notara cuánto sudaba.
Mitrídates tomó asiento. Sus consejeros se colocaron de pie a su espalda.
El rey apoyó las manos sobre la mesa —manos grandes, dedos cargados de anillos, uñas cuidadas— y miró a Sila.
No era una mirada hostil. Era la mirada de un hombre que evalúa a otro, como un mercader que calcula el valor de una mercancía.
—Lucio Cornelio Sila —dijo Mitrídates.
Hablaba griego sin acento, con la pronunciación cultivada de un hombre que pensaba en dos docenas de lenguas y se sentía en casa en todas ellas.
—He oído hablar mucho de ti.
Epícado tradujo al latín. Sila asintió.
—Y yo de ti —dijo Sila. Epícado tradujo—. Aunque sobre todo a través de la gente a la que mandaste matar.
Una sombra cruzó el rostro de Mitrídates. Uno de sus consejeros se aclaró la garganta. El rey levantó una mano, un gesto mínimo que lo hizo callar, y sonrió. La sonrisa no le llegó a los ojos.
—Las Vísperas de Éfeso fueron un incidente lamentable —dijo—. Pero comprenderás que los romanos de Asia no se habían hecho precisamente populares. Vuestros publicanos exprimían a mis súbditos como aceitunas.
—Ochenta mil personas —dijo Sila—. En un solo día. Por orden tuya. Hombres, mujeres, niños. En sus casas, en sus templos, en plena calle. Eso no es un incidente lamentable. Es un crimen.
El aire de la tienda pareció espesarse. Epícado lo sintió: la tensión que crecía entre los dos hombres como el calor entre dos piedras que se frotan. Los consejeros de Mitrídates intercambiaron miradas. La mano de Lúculo descansaba sobre la empuñadura de la espada.
Mitrídates se inclinó hacia delante.
—¿Vamos a empezar esta reunión con reproches, cónsul? ¿O con negociaciones?
Sila se reclinó.
—Vamos a empezar llamando a las cosas por su nombre.
Mandaste matar a ochenta mil romanos e itálicos.
Yo destruí tus ejércitos, en Queronea y en Orcómeno.
Estamos aquí porque ninguno de los dos quiere continuar la guerra.
Tú no, porque ya no tienes ejércitos. Yo no, porque necesito los míos para otra cosa.
Epícado tradujo. Cada palabra, sin suavizarla, sin atenuarla. Sila se lo había exigido y Epícado obedecía, aunque veía cómo la mandíbula de Mitrídates se tensaba un poco más con cada frase.
Las negociaciones duraron tres horas.
Tres horas en las que dos hombres que se odiaban negociaron una paz que ninguno deseaba porque ambos la necesitaban.
Era una danza: Mitrídates ofrecía, Sila exigía, Mitrídates rebajaba, Sila insistía, y Epícado permanecía entre ambos traduciendo los pasos de aquella danza a dos lenguas que no podían ser más distintas: el griego flexible y dúctil del rey y el latín duro y conciso del cónsul.
Sila lo quería todo. La retirada de Mitrídates de Grecia y de la provincia de Asia.
La liberación de todos los prisioneros romanos.
La devolución de los territorios ocupados a sus gobernantes originales.
Una indemnización de guerra en oro. Y la flota: setenta naves de guerra que Mitrídates debía entregar a Roma.
Mitrídates quería conservar el trono. Sus provincias centrales junto al mar Negro, intactas.
Ningún castigo por las Vísperas de Éfeso.
Y el título que se había atribuido: amigo y aliado del pueblo romano.
Un título que no significaba nada y que, precisamente por eso, no tenía precio, porque le permitía salvar las apariencias.
Regatearon. Por ciudades, por puertos, por el número de barcos, por la cuantía de la indemnización. Mitrídates argumentaba con la elegancia de un filósofo que hubiera previsto cada objeción. Sila lo hacía con la paciencia de un carnicero que sabe que, al final, el animal acabará sobre la mesa.
—Setenta barcos —dijo Sila.
—Treinta.
—Setenta. No es negociable.
—Cincuenta, y te regalo las tripulaciones.
—Setenta, y te quedas con las tripulaciones. Marineros tengo de sobra. Lo que me faltan son barcos.
Mitrídates lo miró. Después soltó una risa breve y seca que decía: eres mejor de lo que esperaba.
Se volvió hacia uno de sus consejeros y pronunció tres frases en póntico —uno de los pocos momentos en que no utilizó el griego—, y Epícado, que no hablaba póntico, vio cómo el consejero entornaba los ojos y asentía.
—Setenta —dijo Mitrídates.
Con la indemnización fue más complicado.
Sila exigió dos mil talentos de oro. Mitrídates ofreció quinientos.
Las cifras fueron y vinieron, y Epícado anotó cada oferta, cada contraoferta, cada vacilación.
Se dio cuenta de que Mitrídates negociaba con menos dureza las cifras que los territorios: al rey le importaba menos el oro que la tierra, porque el oro podía multiplicarse; la tierra, no. Sila también se dio cuenta.
—La provincia de Asia —dijo Sila—. Retirada completa. Sin guarniciones pónticas, sin gobernadores, sin publicanos.
—Vuestros publicanos volverán de inmediato y exprimirán a mis antiguos súbditos como si nada hubiera ocurrido.
—Lo que hagan mis publicanos es problema mío. Lo que hagan tus soldados en mi provincia es problema tuyo.
—Tu provincia. Hace veinte años ningún romano sabía dónde estaba Asia.
—Hace veinte años Roma tampoco tenía ejércitos en Grecia. Los tiempos cambian. Casi siempre para peor.