9 Llanura de Queronea, Beocia #4
—En enero. Diecisiete días después de comenzar su séptimo consulado. Murió loco, según dicen. En sus últimos días hablaba con fantasmas y luchaba contra enemigos que no estaban allí.
Sila guardó silencio un momento. Sostenía la carta doblada entre ambas manos y la miraba como si fuera un objeto, no una noticia.
Después habló en voz baja, con un tono que Epícado no conocía: ni frío ni cálido, ni triunfal ni afligido, sino algo intermedio, algo antiguo que procedía de una profundidad que Sila no enseñaba a nadie.
—Fue el mejor soldado que tuvo Roma. Y el peor hombre.
Miró la carta.
—Quizá también digan eso de mí.
Permaneció en la entrada de la tienda, la carta en la mano, mirando el campamento. Los fuegos. Las sombras de las tiendas. Las siluetas de los centinelas patrullando entre las hogueras. Y detrás, invisible en la oscuridad, el campo donde yacían los muertos.
—Treinta años —dijo Sila—. Treinta años he luchado contra ese hombre. Por Yugurta. Por los cimbrios. Por el consulado. Por Mitrídates. Y ahora está muerto y ni siquiera me he enterado porque estaba en un campo de Beocia destruyendo a un ejército extranjero.
Dobló la carta una última vez y se la metió en el cinturón, junto a los fragmentos de la estatuilla rota de Fortuna.
—Se acabó —dijo Epícado.
—No —respondió Sila—. No ha hecho más que empezar.
Mario ha muerto, pero los hombres que dejó gobiernan Roma.
Cinna, el joven Mario, Carbón. Están sentados en la ciudad escribiendo leyes, colgando cabezas y creyendo que han ganado.
Y yo estoy aquí, con un ejército que me obedece a mí y a nadie más, y entre Roma y yo hay un mar y una guerra que todavía tengo que terminar.
Entonces se volvió y entró en la tienda. La lona cayó tras él. Epícado se quedó en el resplandor del fuego y escuchó: nada. Ni un sonido, ni una palabra. Sila guardaba silencio.
Enobarbo puso una mano sobre el hombro de Epícado. Era pesada, áspera y cálida, la mano de un hombre que había matado todo el día y que ahora, en la oscuridad, no era más que un hombre cansado.
—Mañana es Orcómeno —dijo Enobarbo—. No hoy.
Fue la frase más sabia que Epícado había oído jamás de boca de un centurión.
Epícado fue a su tienda, se tumbó sobre el jergón de paja y miró la lona, sobre la que la luz de las hogueras proyectaba un resplandor vacilante.
En el campo de batalla, a media milla de distancia, comenzó el sonido que siempre llegaba después de una batalla y que era peor que la propia batalla: los gemidos de los heridos, tendidos en la oscuridad, pidiendo agua, llamando a sus madres, invocando a un dios que no los oía.
No era un sonido fuerte. Era un zumbido, un murmullo, un coro de miles de voces que no cantaban sino que gemían, y aquel lamento cruzaba la llanura en silencio como el humo sobre un campo.
Epícado se tapó los oídos con las manos. No sirvió de nada. Nunca servía.
Pensó en las palabras de Sila: Quizá también digan eso de mí.
El mejor soldado y el peor hombre. Pensó que Sila tenía razón.
Que la historia lo juzgaría así, o de un modo parecido, y que la historia se equivocaría porque no sabía qué se llevaba Sila a su tienda cuando terminaba la batalla.
Una carta de tres frases dirigida a una mujer que nunca la leería.
Una diosa rota en el cinturón. Y los sonidos de los heridos en la noche, que él escuchaba igual que Epícado y que jamás mencionaría, ni en sus memorias, ni en sus discursos, ni en sus leyes.
Algunas cosas las cargaban los hombres a solas.
Pensó en Mario. En el anciano al que nunca había conocido y que, sin embargo, había estado presente en todas las conversaciones, como sombra, como medida, como el enemigo que lo explicaba todo.
Mario, que ahora yacía en una tumba de Roma y no sabía que el hombre que lo había odiado durante tres décadas estaba en una colina de Beocia sintiendo algo que parecía dolor y quizá no lo era.
Quizá era vacío. El vacío de un hombre que pierde a su adversario y descubre que, sin él, le falta una parte de sí mismo.
Epícado tomó la tablilla de cera y escribió a la luz del fuego, con las letras torcidas, la tinta débil:
Queronea. Sesenta mil muertos. Sila ha cruzado dos veces el campo de batalla para salvar ambos flancos.
Ha sido la maniobra más brillante que he visto en mi vida, y no la he visto porque estaba detrás de las líneas escuchando los gemidos de los heridos.
Mario ha muerto. Sila no ha llorado. Pero ha escrito una carta que jamás enviará, se ha guardado una diosa rota en el cinturón y ha dicho una frase más verdadera que cualquier cosa que vaya a figurar en sus memorias: Quizá también digan eso de mí.
Los gemidos cesaron antes del amanecer. Una tras otra, las voces fueron callando, y el silencio que llegó después fue el peor que Epícado había oído jamás, porque significaba que los hombres habían dejado de llamar y porque solo había una razón por la que un herido dejaba de llamar.
Mañana era Orcómeno. Pero eso sería mañana.
Hoy era Queronea.